<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-6302781537218621346</id><updated>2012-01-30T06:34:44.339-08:00</updated><title type='text'>Cuentos chilenos</title><subtitle type='html'>edicionesgabriela@gmail.com

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JORGE BOUSDON.                 &lt;br /&gt; FIDEL.  PEDRO ORTHOUS.  &lt;br /&gt; CUSTODIO.  MANUEL MIGONE.  &lt;br /&gt; CELINDA.  BRISOLIA HERRERA.  &lt;br /&gt; LA VIUDA.  CARMEN BUNSTER.  &lt;br /&gt; ÑICO.          MARIO LORCA.  &lt;br /&gt; DON GELDRES.  PACO ADAMUZ.  &lt;br /&gt; DOÑA MECHE.  MARÍA CÁNEPA.  &lt;br /&gt; FLORA.          MARÍA TERESA FRIKE.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;DIRECCIÓN&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pedro de la Barra&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;ESCENOGRAFÍA E ILUMINACIÓN&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Raúl Aliaga&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[8]&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La acción ocurre en un lugar al sur y al interior de Temuco, alrededor de 1925.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;PRIMER ACTO&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el Otoño&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;SEGUNDO ACTO&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A comienzos del Verano siguiente&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;TERCER ACTO&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el Otoño, dos años más tarde.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[9]&lt;br /&gt;ArribaAbajo&lt;br /&gt;Primer Acto&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Patio interior de vieja casona de campo cuyas ventanas se abren al corredor donde se guardan los caballos de madera con las monturas, las riendas, lazos, yugos, arados y aperos campesinos. Lateral izquierda, ancho portalón de bodega. A su lado, un gran montón de paja. Decorando el corredor, maceteros de cardenales y jaulas con pájaros nativos. REMIGIO, FIDEL y CUSTODIO juegan a la rayuela. Derecha, CELINDA aviva el fuego del brasero, sentada en un piso junto a la mesilla con los menesteres del mate. Después de jugar, los tres se acercan a la raya y discuten.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- ¡Quemaíta! Al puro pelo...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     FIDEL.- Dos por cinco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CUSTODIO.- A mano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- ¡Chi! ¡Cómo a mano ey vos perdiste cuatro y yo llevo cinco! [10]&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CUSTODIO.- Los cinco deos de la mano p's, cabro...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- Gracioso el niño. Pa jugar hay que tener formaliá... Los recontra a quemás y con maulas...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA.- ¿Y no puee irse a juar a otro lao...? La zalagarda que tienen los peazos de treiles...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- No se enoje pus Celindita... Si es puro juguete no más...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CUSTODIO.- Si no apostamos ni cobre...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA.- Así será, pero si los merece rochar mi tía, los encumbra...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     FIDEL.- Y qué vamos hacer si Ñico no se entriega los aperos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA.- ¿Cómo? ¿Y Ñico ónde está?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     FIDEL.- Ratazo que no lo vimos... Antes de terminar la lechaúra salió p'al bajo a buscar la vaquilla Pampa, que estaba pasá e cuenta...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- Y hará como una menguante que lo estamos esperando...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA.- ¡Güen dar con el hombre éste! Onde diablos se habrá metío... Contimás que mi tía se las tiene sentensiá... ¿Y aónde están los aperos pa entregárselos?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CUSTODIO.- Si ey están los yugos; pero las coyundas las guarda Ñico, con llave, en la caja de las herramientas, porque en la noche vienen a comérselas los perros del indio Curimil...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- Pero la viua tiene llave mestra... Píasela usted.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA (Se acerca a una de las ventanas.).- Oiga, tía... Aquí dicen éstos que les empreste la llave mestra p'abrir el cajón de las herramientas; que a Ñico no lo [11] pueen hallar, que salió a buscar la vaquillona Pampa que está pasá e cuenta... Y las coyundas están ey.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA (Apareciendo con su gran moño de cohete, blusa de percal de color vivo con las mangas a los codos y con zuecos.).- ¿Qué decís, Celinda? ¿Que Ñico no ha entregado los aperos y ya con el sol alto? ¡Me cachis con el peazo de mugre éste! Tomá las llaves vos, Custodio, y sacá las coyundas. Si una tiene que andar metía en too... Son las nueve y los bueyes d'iociosos... Ves, Fidel, anda p'al bajo a buscar al Ñico...   (Mutis de FIDEL. CUSTODIO entra a la bodega.)   Moleera e gente, sacando la güelta a too tiro y una llamándolos aquí... Hase visto... ¿Me tenís el mate preparao?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA.- Ya está lavá la yerba... Y ey tá el cedrón y ey tá l'azúcar quemá...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA (Sentada, mateando, a REMIGIO.).- ¿Y vos?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- ¡Mande!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- ¿Qué hacís parao ey?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- ¡Chi! Esperar las coyundas p's, patrona...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- Anda a buscar a Ñico también.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- Güeno, su mercé...   (Iniciando el mutis.)   No puee vivir sin Ñico... Ya parecimos perdigueros detrás d'él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- Y vos... ¿Qué me icís de esta farta? Encomodarla a una, ques la dueña, por el Ñico. ¡Puchas digo! Y recoja guachos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA.- ¿Le cebo otro mate, tía?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- No... Se me avinagran cuando tengo estas molestias. Me aflatulento. Ñico acabará por matarme... [12] ¡Ay, qué sofoco! ¡Uf...! Cuándo será el día que éste entre por güen camino y se le quite lo maula... Apostaría que anda vichando coipos por el estero... ¡Pa qué necesitará coipos si conmigo tiene de un cuantuay...! Pero no van a ser pencazos los que le voy a dar... Mal mandao, mal agraesío... Mal guacho... ¿Pero ónde estará el Ñico? ¡A puchas con el escarabajo grande!   (Llegan FIDEL y REMIGIO y sale de la bodega CUSTODIO.)   ¿Y Ñico?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     FIDEL.- En niuna parte...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- Juimos p'al bajo, rondamos el macal del norte, campiamos el estero... Y niagua...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA (A CUSTODIO.).- ¿Y encontraste las coyundas?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CUSTODIO.- No están ey.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- ¡Maldición de hombre! Me viene a descomponer too... Mándense acambiar... Ya está la mañana perdía... Después llegará el tiempo malo y tendremos que sembrar sin la cruza... Y los babosos andarán diciendo por ey qu'el migajón de mis tierras está gastao, que mi semilla es puro ballico y granza y que mis aperos no sirven pa ná... Y que la media no les alcanza ni pa la mantención... ¡Ahijuna! ¡Cómo quieren güen rendimiento si hacen los barbechos tardíos y las reices no se alcanzan a poirir! ¡Y ni la cruzan siquiera, y pierden estos días de sol jugando a la rayuela y buscando las coyundas...! Viviera el finao Apablaza ya los habría descuerao y les habría quitao las pueblas... ¡Juera de aquí! Ya está perdía la mañana... Pero me trabajarán hasta que escurezca, con las candelillas y si no, frangollo [13] les valgo yo. ¡Juera! ¡Ráspenla...!   (Iniciando el mutis los tres peones.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- En perdiéndosele el Ñico, pierde el seso también...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CUSTODIO.- Y pagamos el pato nosotros...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     FIDEL.- ¡Chas, la vieja veleidosa...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA (Ordenándoles, con rabia.).- ¡Juera ey dicho...! Mermuradores... ¡Chirpientos...! ¡Pa juera ey dicho...! Y que les den agua a los güeyes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CUSTODIO.- ¡Mande!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- ¡Que les den agua a los güeyes! ¡Orejas cerillentas!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CUSTODIO (Mutis.).- Agua toman los güeyes... Que tienen el cuero duro... Aguardiente y vino puro que es bebida de los reyes... ¡Mi alma!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- Y vos ¿desaguaste la cuajá?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA.- Sí, tía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- ¿Le hiciste la crupa que no se ojíe?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA.- Sí, tía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- Güeno. Treme un cigarro e mi pieza...   (Mutis de CELINDA. Pausa.)   ¡Que venga el Ñico! Yo le abriré las entendedoras pa que sepa cumplir con su deber..., pa que sepa agradecer too lo que mey mortificao dende que lo recogí en cueros... Si lo voy a hacer humiar a palos... Fascineroso... Porque el Ñico es más que si lo hubiera parío, es más que hijo natural del finao... Que se amarre la soguilla el Ñico. A guantá limpia hay que manijar a estos indinos, quiltros, perdíos...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA (Con los cigarros. Aparte.).- Le va a llegar [14] con mi tía...   (A LA VIUDA.)   Aquí están los cigarros, tiíta...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- Tiíta, laya e tiíta... Tiaza y brava pa los mal comportáos... Pasa pa'cá... Cuando lo tenga al Ñico al frente le voy a soltar una gritaera pa que se le dentre el habla hasta la otra creciente.   (Grita.)   ¡Ñiiico! ¡Ñiiicooo! ¡Ñiiiiicoooo! Peazo de bestia, guacho asqueroso. Guacho pulguiento, guacho aparecío..., ¡requeterrecontra guacho!   (Mientras LA VIUDA enciende el cigarro, el montón de paja empieza a moverse, aparece un brazo, luego un pie descalzo y después la cabeza con chupalla de ÑICO, bostezando... A LA VIUDA se le cae el cigarro de la boca y queda estupefacta.)   ¡Tú, ahí!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Me parece... Mi había quedao ormío, me parece...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- ¡Parece! ¿Que no habís sentío como ti han llamao...? Buscándote por toos laos y ni luces... Los aperos guardaos y el rey urmiendo en la paja, enrollao com'un quiltro... Ahora vamos a hablar los dos... Tú, Celinda, anda vete pa entro... Pícales mostaza a los pavos nuevos y espanta las aves de la hortaliza, que ya me tienen acabá la chicoria.   (Mutis de CELINDA quien le hace señas a ÑICO con la mano, dándole a entender que LA VIUDA se las va a dar. LA VIUDA se pasea, tranqueando fuerte, con los brazos en caderas.)   ¡Sácate la pastora, ínsolente...! Acércate pacá... ¡Mira de frente, badulaque! ¿Qué habís hecho toa la mañana...? ¿A qué horas te levantaste?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO (Dando vueltas la pastora entre sus manos.).- [15] De albazo... Antes del canto e los gallos... Como toos los días, me levanté con chonchón...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- ¿Y qué habís hecho? Dime...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- ¡Cuasi ná! Arrié las vacas p'al corralón y lechamos... Con la Celinda, llenamos los tarros de la cuajá... Le di avena y agua a los chanchos... Espués salí a buscar la vaquillona Pampa que parió anoche un ternero ídem a las manchas del Kalifa... ¡Lozanito y caerúo el bruto! Espués ensebé las coyundas y los cabrestos; acarrié cuatro sacos de treol pa los güeyes y mancagüé el toro, pa que no se salga del pasto ovillo, porque su yegua Muñeca rompió a patás las tranquillas... Y aemás, le machuqué un pernil de grillo con raíces de frutilla a la vaca Chupilca, porque está con mal de orina... Y espués..., espuecito..., me senté ey y parece que anduve queando dormío... Si ey fartao..., ahora...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- Ta bien. ¿Y por qué no te juiste a escansar a tu catre...? ¡Cuándo será el día que te diferencís de los piones! Vos soi aquí más que pion, más que campero, más que capataz, más que mayordomo, ¡y no poís ejar los chirpes, la ojota pegá al ñervio, la rayuela y el vivir en que te criaste...! Mal que pese, vos tenís que respetarte un poco, porque eres bien nacío, aunque seáis un salto del finao de mi marío... Y de salto y too, llevay la mesma sangre d'él. ¿M'entendís?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- ¿Y no cumplo rebién mis obligaciones, y los mandaos p'al pueblo, y no le cuido too, como lo propio...? ¿Me habrá faltao un grano e trigo en las entriegas a la bodega, habré medio mal las cuairas de siembra...? Y los destronques, ¿no los llevo en l'uña...? [16]&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- Naiden te reprocha tu trabajo... Harto honrao y alentao que soi; pero te faltan maneras y que te arreglís tus monos...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- ¡Chi! ¿Y di'aónde voy a sacar maneras, si aquí vivimos mesmamente que animales...? Hay veces que me dan ganas de hacerme entender a puro lairío... ¡Me recondenara! Yo creo que cumpliendo con su mercé, naa tiene que icirme... Desde que vivo aquí, sólo me curé pa la Candelaria y ése jué un gusto perdío, como las torcazas que bajan sólo cuando están los guindales colmaos... Jué un reventón y ná más...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- ¿Y por qué no te comprai calamorros, a ver?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Me duelen las chalas y vi a andar con zapatos...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- Debís aprender a cacharpearte porque, cuando yo esté más vieja, tú serís aquí el patrón...   (Lo mira en una pausa de silencio y suspira.)   ¡Y mes qué laya e patrón a pata pelá, con los jundillos amarraos con tiras...! ¿Quién te respetaría, dime?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Es que si usted lo manda, se puee variar la compostura... Andan por ey otros mal encachados que no saben ni amarrarse la faja ni hombrearse el poncho.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- Y caballos que no te fartan ni plata ni botas calzón... Pero too lo guardai p'al día e san blando... Güeno, basta e tertulia que tenís que ensillar pa ir al pueblo... Pasai onde on Jeldres y le peís la cuenta e los quesos. A on Lobos que me mande la lima para la corvina... La Celinda te entregará la lista e las fartas... [17] Too lo pedís onde la Coña Guapa y que lo apunten...   (Inicia el mutis, llamando.)   Celinda... Celinda...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA (Entrando.).- ¡Mande!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- Entrégale la lista a Ñico...   (A ÑICO.)   Antes de la siesta, tenís que estar de güelta... Te venís, como un balazo... Cuidaíto con comadrear en niuna parte... Pa eso tenís güenas bestias...   (Mutis.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA.- Urmiendo en la paja... ¡Apesta pus, Ñico!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- El que no tiene ná, con su mujer se acuesta...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA.- Pero te las pusiste con mi tía...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- ¡Qué tanto jué! ¡Si ya está el chancho en la batea y el mote pelándose!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA.- ¡Alabancioso que te han de ver! Si andan diciendo por ey que hay ciertos entendimientos... Mejor ¡boquita, cómete un pavo!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Qué culpa tengo yo de ser bien parecío, parao en el hilo, tranqueador y güeno pa la vara... ¡Échale, mi alma, pa elante!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA.- Claro... Si así son toos los hombres... Se allegan del otro lao, cuando hay una pobre que les lava las tiras, los cuidia y les quiere... En no habiendo como ser perra pa que los hombres se hagan huinchas con una... Oye, Ñico...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- ¿Qué querís, cabra?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA.- Te cuento... Pero me da vergüenza...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Tápate la cara con la punta del elantal y lárgala no más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA.- ¿No te vai a reír?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- ¿Pa que se me vea el diente que me falta? Desembuche no más... [18]&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA (En secreto y avergonzada.).- Yo... Yo... Oye..., fíjate que yo..., estoy durmiendo toas las noches con la puerta destrancá... Yo...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- ¡Ves qué novedá...! La tranca mía la eché al juego hace ratito... ¿Y eso es too?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA.- Y tamién, es que... ¡Es que me da mieo dormir sola!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- ¿Y pa qué estrancai la puerta entonces? ¡De puro tentá e la risa!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA.- Ñiquito... Tú no m'entendís...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Ni cobre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA (Llorando.).- Es que tú no me querís entender, no me vai a entender nunca lo que te quiero ecir...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- ¿Y por eso moquillai...? Aquí en esta casa pueen dormir toas con las puertas destrancá, porque, lo qu'es Ñico, está escamao...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA.- Es que vos no m'entendís mis indiretas...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Porque no me conviene... No vis que espués me salis con un regalo con patas y el cura civil tiene encargo de los que se meten a las puertas destrancás de las chicuelas... ¿Por qué no me soplai este ojo? Y dame la lista... Yo estaré aquí de suple falta, ¿no es cierto?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA (Pasándole la lista a ÑICO que empieza el mutis.).- Busca ahora quién te lave tus chirpes, que te pegue los botones y te seque la arpillera de las ojotas... Lo qu'es yo, ni te daré los güenos días...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO (Leyendo.).- Un cuarto e yerba..., cuarenta e comino..., un paquete e velas «Buque»..., tres tarros de salmón «Mariposa»..., sesenta de pimentón pa color... [19] cuatro pesos de levadura..., un kilo e clavos de dos pulgadas..., un tarro de aceite e carreta...   (A CELINDA.)   Y a vos te traeré un pañuelo yerbatero, pa que te rajís llorando... Enamorándome la pervertía... Cierra mejor tu tranquera que, si Ñico no entra, no fartan otros gallos en el gallinero...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA.- Oye, Ñico, ven.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- ¿Me vai a encargar una tranca e temo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA.- Si es pa contate otra cosita...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Mañana por la mañana voy a estar aquí con las fartas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA.- Afírmate con lo que te voy a icir. Mañana a las dos, llega la Florita... Me escribió en papel fino y con letra de imprenta...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Tu hermana... La profesora... ¡Chitas con la noveá, oh! Esa que estuvo aquí cuantuá y que andaba cimbrándose pa'llá y pa'cá... La fruncía p'hablar..., y que andaba con tizne en los ojos...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA.- La mesma pus, Ñico, y que a vos te icía Colacho...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Ahora estoy más hombre... Que tenga cuidao tu hermana conmigo...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA.- Y en la carta dice que mañana, en tren de dos, le manden caballo a la estación...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     Ñico.- ¿Y ónde va a ormir?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA.- En mi pieza pues, tonto... ¡Conmigo!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Entonce, m'hijita, le voy a peír un favor... ¿Quiere?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA.- ¿Cuál será? [20]&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO (Suspirando.).- ¡No güerva renunca a trancar la puerta!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA.- ¡Hase visto el atrevío!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Dos mujeres solas tienen más mico que una mujer sola... ¿O no dice usted? Y un hombre que quiere a dos, tiene dos velas prendías, sí una se le apaga, la otra le quea encendía... Y no me haga golver más m'hijita, mire..., que...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA.- ¿Y qué hacís que no te vai?   (ÑICO toma su montura y las riendas e inicia el mutis, mientras CELINDA canta una pavísima canción de las mujeres de la frontera:)&lt;br /&gt;         Sosiégate, José                      &lt;br /&gt; Sosiegate, María  &lt;br /&gt; Si no te sosegai,  &lt;br /&gt; ¡yo te sosegaré!  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO (Repite, dándole unos cuantos manotones por el cuerpo y riéndose a carcajadas:)&lt;br /&gt;         Sosiégate, Celinda.                      &lt;br /&gt; Si no te sosegai,  &lt;br /&gt; ¡yo te sosegaré!  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA.- ¡Asosiégate, te icen! ¡Manisuelto!   (Mutis de ÑICO.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- ¿Se jué Ñico?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA.- Ratazo. Ya debe venir de güelta...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- Acordate que mañana llega tu hermana. Cuando venga Ñico le ecís que mate un lechón y a la [21] Juana que pille un pavo... Longanizas no han de faltar... Y que el dulce no se te pegue, mira que esa paila tá saltá... Anda a ver que l'almíbar esté de pelo... Y arregla tu cuarto. Enflóralo y quita las telarañas... En el segundo cajón de mi cómoda, hay sábanas deshilás... Pónele payasa al catre, mira que estas pueblerinas son de costillas blandas... Contimás que viene enferma... Por su culpa... Anda pa entro... Si se hubiera quedao conmigo, no se le habría desgraciado la salú..., y tendría su yunta e güeyes y sus vaquillas... Pero le entró el humo a la caeza y como se cree tan letrá y bonita, se le ocurrió que iba a conquistar la ciudá... Pero aquí la mejoraremo. Aquí hay cambimento pa toos y la salú anda botá por el campo y no la venden en frascos, como en los pueblos... Le ponís las deshilá, las fundas con tiras bordás y que no se pegue l'almíbar...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA (Mutis.).- Güeno, tía...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     (Pausa. Afuera, se oyen los gritos de los hombres que llegan con los bueyes. LA VIUDA se sienta, preocupada:)   ¡Erre, Clarín..., erre... Tiiiza, Precioso..., erre! ¡Pónete, Noble...! ¡Ya no sabís ponerte, caracho! ¡Caballero, Caballero! ¡Noble! Noble, Noble, Noble, Noble! ¡Precioso! ¡Clarín! ¡Tiiiza! ¡Güélvete, Clarín...! ¡Cordillera...! ¡Limón...! ¡Erre...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA (Dirigiéndose a la izquierda.).- ¡Oye, Custodio! ¿Por qué enyugai el Clarín con el Precioso?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CUSTODIO (De afuera.).- ¡Mande! Porque se acompañan mejor pa las güeltas... ¿No ve que el Precioso, con el novillo, me tiran el arado juera del surco?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- Ñeclas que se lagartean por ná... Les [22] duelen las manos con los americanos, onde están acostumbrados a trabajar con arados chanchos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CUSTODIO.- Ya la viera yo trabajando con güeyes mañosos y mal amansaos...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- Y vos, Remigio, no me habís dao cuenta e la semilla... ¡Vení pa'cá!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO (Con chupalla y con picana.).- Sembrá tá la semilla. Ñico tuvo en el desparramo...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- Pero algo te abrís comío...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- Pa lo que gusta la harina tostá... Dos sacos por cuaira le echamos...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- Ralito le echaríai el voleo...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- Si falta algo, se lo habrán comío los pájaros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- Los pájaros de caeza negra y con patas...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- Pa qué ice eso, su mercé, cuando los loros llegan a escuerecer... Harto que ley pedío prevenciones pa la escopeta...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- Como no me rinda el 18 ese huacham que tenimos en media, te podís ir buscando posesión en otra parte... Hay que rodonar a tiempo pa apretar la tierra y pa que la cuncunilla no acabe con el trigo en yerba, y hacer canales y desmalezar, y entonces tenimos el 18 y el 20 por uno. ¡No hay que vivir confiao en Dios! Ustedes creen que, en poniéndole una crú a San Francisco, ya tienen too hecho y se tienden de guata al puelche... No, señor, ¡pa ganar, hay que suar la gota gorda! Y el roce, ¿cuándo lo empiezan...? Curdiao con volteame el guayisal. [23]&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- Cuando usted mande pues, su mercé.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- Ya veré con Ñico lo que se hace... Váyanse a trabajar... Después de la siesta, iré yo a ver la punta que le están dando al barbecho... Váyanse, no más...   (Mutis de REMIGIO. Pausa.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA (Cantando en el interior:)&lt;br /&gt;         Corazones partíos,                     &lt;br /&gt; yo no los quiero.  &lt;br /&gt; Cuando yo doy el mío,  &lt;br /&gt; lo doy entero, si ay, ay, ay.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     (Afuera, los carreteros empiezan a irse, avivando a los bueyes:)   ¡Precioso! ¡Clarín...! ¡Erre! ¡Noble...! ¡Caballero, Caballero, Caballero! ¡Limón...! ¡Cordillera...! ¡Erre!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA (Abatida y sentimental.).- ¡Diez años viua...! Diez años que me ejó sola el finao Apablaza... Solita... ¡Y entuavía estoy rebosando juventú! La sangre me priende juego en el corazón... ¡Pa qué querré tantas tierras y tanta plata, si me falta dueño!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     (La voz de CELINDA llega desde más lejos:)&lt;br /&gt;         Al cruzar el arroyo                     &lt;br /&gt; de Santa Clara,  &lt;br /&gt; se me cayó tu anillo  &lt;br /&gt; dentro del agua, si ay, ay, ay.  &lt;br /&gt; Antenoche y anoche  &lt;br /&gt; y entamañana,  &lt;br /&gt; me corrieron los perros  &lt;br /&gt; de doña Juana, si ay, ay, ay. [24]  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;ArribaAbajo&lt;br /&gt;Segundo Acto&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El mismo escenario del Primer Acto. Al levantarse el telón, la escena está vacía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     DON JELDRES (Desde el interior.).- ¡Gente...! ¡Geeenteee!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     DOÑA MECHE.- ¡Buscan...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     DON JELDRES.- ¡Espanten los perros... que hay genteee!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA (Saliendo del interior.).- ¡Napoleón! ¡Anda, vete, mugre! Pasen... ¡Adelante! ¿Si los perros no hacen ná a los conocíos...   (Entran DON JELDRES y DOÑA MECHE.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     DON JELDRES.- ¡Casa bien defendía es que tié que guardar! ¡Cómo te va, chiquilla!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA.- Bien, on Jeldres... Pa servile...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     DOÑA MECHE.- ¿Y la viua...? [25]&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA.- Con la Florita, en las frutillas... Siéntense a escansar... Siéntese, on Jeldres...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     DON JELDRES (Limpiándose la transpiración.).- Ta picaor el solsito... Nos venimos de a pie y, aunque salimos bien de alba del pueblo, como esta mujer es tan lerda, nos pilló en el camino la polvareda de las carretas, emparvadoras... ¡Qué carretío, mujer, por Dios!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA.- Parece que este año la cosecha va a ser muy güena...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     DON JELDRES.- ¡Quiá! Buena como todos los años; pero como pa cancelar los documentos de la plata que se vale hay que mermar las utilidades, nadie confiesa lo que cosecha... ¡Qué se lo cuenten al cura! Hace 25 años que salí de España p'hacer la América... ¡Soy un Cristóbal Colón al revés! Otros se han enriquecío, han vuelto de indianos millonarios, y yo sigo quebrándome los güesos como un gañán, como un negro de las galeras...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     DOÑA MECHE.- Mala estrella tenimo... Agonizamo trabajando y la América se nos esquiva, se nos sale de los deos, como si las ganancias fueran agua o harina flor...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     DON JELDRES.- En estos pueblos de la Frontera, en diez años bien trabajaos, uno se hace rico, poderoso y hasta terrateniente; pero estoy condenao a la miseria, al pasar a medias... Llega el invierno y los indios hacen cola en el almacén y vamos valiendo lauchos de harina, cuartos de azúcar, kilos de yerba, qué sé yo...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     DOÑA MECHE.- La santa verdá... Fiamos hasta por misericordia y así y too nos tratan de gringos y de «güincas treguas»... [26]&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     DON JELDRES.- Pues ná... Que llega el verano, la cosecha, vamos, y toos se pierden y yo me quedo saldando cuentas con los documentos impagos... Y a los indios no se les puede perseguir por la justicia, porque no tienen responsabilidad jurídica, ¡eso es! Si parece que yo estuviera pagando con mi desgracia los desaguisados de los Conquistadores... Por las manos de Galvarino, cuatro quintales de harina y, por la pica de Caupolicán, más azúcar que cuartos tié un rascacielo... Y vamos tirando pa delante... Este otro año, hará 26 que llegué de España y cuando ya esté en los 40 de colono y 70 de edad, tendré que comprarme un metro de tierra en el cementerio, pa que descansen la Meche y on Jeldres... ¡Me cachis con la suerte veleta...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     DOÑA MECHE.- Y descanso bien merecío... Aunque en tierra ingrata.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     DON JELDRES.- No digas eso, Meche. Ingrata no. Si no es más que la suerte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA.- ¿Le dio Ñico el recao de mi tía?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     DON JELDRES.- A eso venimo. Pa arreglar la cuenta de los quesos y pa disfrutar del domingo y ver a la Florita que debe haber llegao de repámpanos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     DOÑA MECHE.- Y me vuelvo loquita por el campo... ¡Cuánto no le he dicho a éste que vendamos el almacén y nos compremos una hijuela!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     DON JELDRES.- Que no pué sé...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     DOÑA MECHE.- Cómo se las da de castizo, le hace falta la sociedá..., el clú..., el bambolla y el pelambre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     DON JELDRES.- Pues claro... Somos dos españoles en el pueblo y hemos fundao un Clú Ibérico. Yo soy el [27] presidente perpetuo y el otro es el vice. Y no hay más socios... Si no fuera por los ratitos que pasamos recordando a España y comentando los cablegramas, yo me habría muerto, me habría secao de pena... Que Algeciras, que San Jurjo, que Primo de Rivera... Porque, a decir verdad, no podemos ni jugar tresillo entre el vice y yo... ¿Y así querés vos que yo me soterre en el campo, entre los palos quemaos de los roces y me ponga más bruto y más triste de lo que estoy? No, mujer... Pídeme que me vaya a la Legión Extranjera...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA.- ¡Cómo tarda mi tía...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     DOÑA MECHE.- ¡La iremos a buscar mejor!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     DON JELDRES.- Ya hemos descansao... El frutillar quea pa ese lao, ¿verdad?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA.- Sí, on Jeldres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     DON JELDRES.- Que te digo, que cada vez que ando por el campo, se me llena la cabeza de documentos y se me clavan entre las cejas los indios que me deben... Al don Alonso de Ercilla y Zúñiga, por su madre, yo le voy a meter su Araucana por las narices... Vamos, Meche..., que hemos venío a disfrutar del sol y del aire y ya parezco pastor evangélico... Pero yo no me moriré sin destripar a un indio pa que respeten los documentos y tengan responsabilidad, ¡eso es! Vamos, Meche...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     DOÑA MECHE.- ¿Y los perros, Celinda?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA.- Los perros están amarraos. Vayan sin curdio...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     DON JELDRES.- No se preocupe: si llamé al llegar, fue por fineza... Mire usté este palo e guindo... ¡Pa [28] mí, no hay más perros en er mundo que los indios...!   (Mutis DON JELDRES y DOÑA MECHE.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA (Dirigiéndose hacia afuera.).- Tuerzan a la derecha..., por ahí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     DON JELDRES.- Gracias, Celinda...   (Pausa.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO (Entrando.).- Celinda...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA.- ¿A qué venís...? Hoy no estoy pa pláticas... Ando con los ñervios hechos peazos... Con estas sorpresas que tenimo ahora, no se puee vivir...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- Cosas de la vía pues, Celinda...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA.- ¿Y Ñico? ¿Habís hablao con él?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- Anoche estuvimos en l'era, hasta tarde.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA.- ¡Y qué te dijo!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- Ná. Que había tenío sus palabreos con la viua... No te enojís; pero la Florita, tu hermana, es la que ha venío a armar la revoltura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA.- Qué curpa tiene ella de ser bien parecía...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- Lo mesmo digo yo. ¡Con esos ojazos de güey manzanera y ese cuerpo culebriao...! Yo me la queaba mirando cuando recién llegó y pa qué te igo cómo hilaba...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA.- Pero vos ya tenís dueña..., ¿no es cierto, Remigio?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- Primero me caigo muerto antes que ligar con otra... Aunque sea más entallá que vos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA.- ¿Y vos le habís contao al Ñico?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- Le ije que nos andábamos entendiendo y él me ayúa, con una condición... [29]&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA.- Ya se las tengo maliciá... Vos le llevai recaos a la Florita...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- Mandao no es curpao...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA.- Y la Flora no mira mal al Ñico...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- Pero la viua anda matrera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA.- Y cuando sepa la verdá, el embrollo va a ser tremendo. Cuando sepa que el Ñico se compró zapatos pa parecerle bien a la Florita, que fue al pueblo a cortarse las chascas y que, en las noches... ¡Ay!, se me atoran las palabras en la garganta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- Que en las noches, salen pa debajo e los castaños...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA.- Y se están, ay, hasta la madrugá...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- La curpa la tiene la viua... Traer pollas a este descampao, en que, las únicas mujeres que se ven, son la madre de uno o las indias chamalientas que hablan a gritos... Nosotros no somos ná de ulmo y también tenimos su peazo e corazón... Si hasta los perros lairan toa la noche buscando su compañía... ¿Y nosotros íbamos a espreciar lo presente? Renunca, pues, m'hijita, ¡si l'amor es más constante que la cizaña y crece más luego que el yuyo!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA.- Pa mí, Remigio, el amor es una enredadera: se me enredó el Ñico con la Florita y te enredaste vos conmigo...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- ¡Benaiga, con la enredadera...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA.- Pero mi tía anda más seria, callaíta, pensando y pensando... Yo le tengo mieo... Anoche no comió y llamó al Ñico pa su pieza... Lo que platicaron, no lo hemos sabío... [30]&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- Pa mí que la enreaera del Ñico se va a desenrear...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA.- ¿Y la Florita qué hará si ya está ilusioná con el Ñico?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- Dirse... La viua da cavimento; pero que no le farten en ná.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA.- ¿Y aónde se va dir?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- Dio ayuda a too el mundo... Lo qu'es a mí me farta tiempo y resuello pa quererte a vo y no me preocupan los males ajenos... El Ñico es harto hombre...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA.- ¡Es má hombre mi tía!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- Tamién es cierto... Nosotros campeamos lo que pasa y callamos... T'apostaría que on Jeldres la aconseja pa su lao... Ese gringo colorao, que me parece pavo mechón, con tal de estar en las güenas con la viua, es capacito de malogramos toos...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA.- Y vos no tenís mico...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- Algo... Pero qué mi hacen a mí; si no respetan mis sembraos... Yo sentiría la trifulca por vos...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA.- Andavete, entonces... ¿querís?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- Ya estoy encerrao... Ellos deben venir por el camino del frente y me pueen ver salir... Me esconderé en la boega... Yo en jamasito me meto en la casa de la viua sin su permiso...   (Pausa.)   ¿Y va a dejar a su negro dirse así? ¿No se apensiona de verme encerrao ey dentro? ¡Prométame siquiera que va a salir a platicar a la noche!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA.- Andavete luego... Sí saldré, pero un ratito: mira que las noches están tan oscuras. [31]&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- ¿Ni un abrazo me va a dal?   (Haciendo amago de abrazarla.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA.- ¡No me toquís...!, hasta que no te compromisai conmigo...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- ¡Ni que juerai guitarra pa tocala a la señorita...! Pero esta noche...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA.- Esta noche..., güeno... Pero si no se ven ni las manos...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- ¿Diaónde saca esas coilas...? Si p'al amor toos somos tucúqueres.   (Mutis a la bodega.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA.- Si no juera por el tiempo que tengo con éste..., yo me encerraba en la cocina... Me palpita que va a pasar más de algo... Por ey vienen.   (Se va cantando «Corazones partidos»:)&lt;br /&gt;         Lo doy entero si,                    &lt;br /&gt; Chilena hacele  &lt;br /&gt; con la punta'el pañuelo  &lt;br /&gt; los cascabeles si, ay, ay, ay, ay...  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- Este año haré plantar cuatro melgas más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     DON JELDRES.- Son fresones de la Tierra Prometía... Tién más carne que una mujer de quince...   (Mirando pícaramente a FLORITA.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     DOÑA MECHE.- Cállate tú..., que hay niñas solteras por delante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     DON JELDRES.- Pero, mujé... Si la Florita disculpa las galanterías de los hombres rúos... ¿O acaso comparar [32] las mujeres con las frutillas es un delito? Mira como reza: boquita e guinda, carne e frutilla, ¡eso es!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     FLORITA.- Siempre usted de buen humor, don Jeldres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     DOÑA MECHE.- Es que, pa entusiasmarse, no hay como la primavera... Toos somos cigarras...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     FLORITA.- Y eso que está bien conservao...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     DOÑA MECHE.- Se conserva en alcohol... Se santigua en la mañana chupilca y en la noche hace examen de conciencia con un guindao de 43 grados, que pela el gaznate...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     DON JELDRES.- Y duermo soñando como un faraón...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- Yo tamién tengo ey dentro un asoleado de Cauquenes que me mandó del norte un primo hermano...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     DON JELDRES.- ¡Con su amigo, que yo tengo má sé que un barbecho cruzao en febrero!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- No se hagan de rogar, entonces... Pasemo...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     DON JELDRES.- Esos asoleados de Cauquenes y los pajaretes del Huasco me hacen recordar los caldos de mi tierra...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- Me alegra que, en mi casa, tenga esos gustos...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     DON JELDRES.- Muchas gracias, señora...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- Y no ha de faltar algo pa entretener el diente... Pasemo...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     DOÑA MECHE.- Gracias... Porque si éste bebe sin comer, de aquí no lo saco ni con una yunta e güeyes...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     DON JELDRES.- Modérate, Meche... Si aquí tamién [33] hay techo y entre toas las hijuelas del contorno en ninguna hay mejor mesa ni mejor mosto ni más amabilidá que en la de la viuda de Apablaza. Aquí uno está en el ciclo...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- Cumplíos suyos, on Jeldres. Aquí hay cavimento y güena disposición pa recebir a las visitas... Aquí no hay trancas en las puertas pa los conocíos que se aprecean...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     DON JELDRES (Aparte.).- Eso..., eso que se lo pregunten al Ñico.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- Aelante, pué...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     DOÑA MECHE.- Gracias...   (Mutis LA VIUDA, DOÑA MECHE y CELINDA. Pausa.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     DON JELDRES.- Y usted, Florita, ¿no nos acompaña?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     FLORITA.- Ya voy, don Jeldres. Me duele un poco la cintura de tanto recoger frutillas... Voy enseguidita...   (Pausa.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     DON JELDRES.- ¿Es cierto, Florita, que usted no volverá más a Santiago?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     FLORITA.- Así parece... Me hastió la ciudad...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     DON JELDRES.- Algún desengañito, ¿verdad?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     FLORITA.- Nada más que buscar la sinceridad de la vida. En la ciudad se falsea todo y como yo tengo mis despuntes románticos... ¿Ha comprendido usted?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     DON JELDRES (Suspirando.).- Entendido... Y, ¿vivirá usted aquí con su tía?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     FLORITA.- Seguramente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     DON JELDRES.- Entonces tendremos frutillas todo el año... ¡Eso es...! Y este paisanote podrá venir más de continuo, a presumir de joven, porque, cuando en una [34] casa entra el sol, toos nos afiebramos... He hablado en castizo y porque usted es una alegoría de mi sangre, es decir, de la sangre española fundía en esta fragua mapuche... Yo, a usted, la pintaría al óleo pa ponerla detrás del mostraor de mi almacén...   (Entra ÑICO, de repente, con dos baldes de leche, y se queda mudo escuchando el discurso de DON JELDRES.)   Y pa que, después de l'oración, cuando se escurece y los murciélagos se vienen a los pañuelos de narices, usted iluminara...   (Al ver a ÑICO, se calla repentinamente.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     FLORITA.- Muy bonito, don Jeldres, siga usted.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- ¡Siga pa'entro, iñol, que lo están esperando!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     DON JELDRES (Aparte, refunfuñando.).- ¡Vaya un animal inoportuno...! Cuando estaba inspirao... ¡Sigo pa'entro...!   (Mutis. FLORITA se ríe a carcajadas.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- ¡Y yo que venía con toa la leche...! Tamién on Jeldres anda a las güeltas...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     FLORITA.- Los conozco demasiado... Amarraos toa la vida a un sargento de mujer, no desperdician la ocasión de decir zalamerías a las mujeres mejores parecías que la propia... Son inofensivos... ¿O eres capaz de ponerte celoso por ese vejete de don Jeldres?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- No. Tengo harta confianza en usted. Por algo llegó aquí a buscarme un sentimiento que yo no me conocía...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     FLORITA.- ¿Te arrepientes, acaso...?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Eso nunca... Muy dura ha sío la vida... Desde que abrí los ojos, no ey hecho otra cosa que trabajar desde el alba a la oscurana... Pa la suerte mía, soy robusto y no me apensiona ná. Pero nunca me había [35] puesto a pensar que too esto se acabará y yo tendré que buscar mi puebla y quien me cuide... Llegó usted y las cosas van cambeando... Se me han quitao las ganas de trabajar y me paso mano sobre mano, perdía la caeza, y mirándola, aunque usted no esté ilante... ¡Ni que hubiera ojiao!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     FLORITA.- Eso, Ñico, es el cariño que se le entra a uno como un mal, como un postema, como un pasmo en el corazón... Y, cuando se aquerencian dos almas, no hay más remedio que juntarse, que trenzarse, como cuando se corta un látigo en dos pedazos...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Ya sabía esa nombrá; y con ese látigo, se hace la marcorna... La viua me ijo cuantuá qu'el hombre debía pensar má en comer, dormir y trabajar... Que debía tener su debiliá en el corazón y sufrir por una mujer... Yo no sé pa qué me diría esas payas cuando aquí, las mujeres, hay que buscarlas con candil...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     FLORITA.- ¡Bien haya que así fuera...!, porque de no, habría llegao a esta casa y no habría encontrao la ilusión que dejé cuando me fui muchacha para la ciudad. ¿Te acordai, Ñico, cuando íbamos a los digüeñes? ¿Cuando tú me traíai esas aldás de cógiles y los comíamos juntitos...? Y después corríamos por el campo, hasta que el corazón se me arrancaba del pecho y vos me tapabai con copihues y con flores de conelo y hacías cuencas en las manos para traerme agua de la vertiente... ¿Te acordai?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- ¡No vi a acordar...! Cuando una vez que usted se cansó y yo la traje en brazos, sentí en mi cara su resuello olorocito... Desde entonces, Florita, yo tenía [36] una pena enrabiá y cuando pensaba que usted estaba relejos, en la ciudá, m'iba andar por donde mesmo la vide correr... Y muchas pensé enamorarme e la Celinda, pa sentir cerca algo de su sangrecita... Pero la Celinda no tenía su alegría ni su carácter ni sus ojos ni ese resuello que no se olvidó nunquita... Y esperé, esperé como esperamo que nazca el trigo, que crezca, que macolle, que espigue y nos dé su rendimiento... Y, ahora que usted llega, ya estoy guainón, sé trabajar y tengo que dir pensando en algo más qu'en comer y dormir, como ice la viua...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     FLORITA.- ¡Qué alegría me da oírte hablar así...! ¿Y me querís como antes de irme para el pueblo..., aunque te murmuren de mí?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Yo la quiero como la conocí... Más mujer ahora y con dolores en los ojos, que algo malo habrán visto por esos pueblos, pa eso estoy yo pa consolala y cuidala...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     FLORITA.- Me habís enternecío... Tú eres muy bueno, Ñico...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Así no má... Guacho sufrío...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     FLORITA.- ¿Y no habís pensao en la tristeza de mi tía...? Si anda muere... No habla palabra... ¿Tú sabes algo? Dime...   (ÑICO agacha la cabeza.)   ¿Y te callai? Dime, Ñico, ¿por qué anda enrabiá...?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Es qui'anoche, cuando salimos pa'cá, yo sentí crujir sus ventanas...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     FLORITA.- ¿Nos está espiando, entonces?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Así parece... Esta mañana, me dio una miré [37] fiera, larga, clavaora... Y espués me golvió la esparda, sin chillar...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     FLORITA.- ¿Y tú qué piensas hacer?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Decile lo que tengo que decile... Que yo tengo mi querer y que un hombre trabajaor como yo tiene derecho a buscarse su compaña y qu'esa compaña es usted.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     FLORITA.- ¿Y te atreverís, Ñico?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Por esta crú...   (Se besa la cruz de los dedos.)   ¡Si con mi trabajo pueo mantener de más una mujer y hasta con pollos...! Pa eso tengo dos yuntas de güeyes paleros, un caballo con too apero y cuatro vacas parias... Y, entre trigo y avena, mías tengo sus nueve cuairas...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     FLORITA.- ¿Y te arreglarís en una puebla conmigo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Me parece. Y nos casamos pa después de las cosechas. A naiden ley vendío un almú en yerba... Recogeré too mi trigo y lo venderé al que me pague mejor... Porque el triguito tamién es limosna... Pa eso, soy libre, ¡y naiden manda aquí aentro!   (Se golpea el pecho.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     FLORITA.- ¡Cómo te quiero, Ñico...! Si en los pueblos fueran las gentes como vos, el mundo sería otra cosa...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Y usted no se habría venío pa'cá, entonces... Y este pobre guacho se habría quedao solo toa la vía...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     FLORITA.- Juraría que he sentido a alguien en la bodega...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Tá difariando usted.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     FLORITA.- Yo creo que nos espían...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Pero si la viua tá ey dentro con on Jeldres. [38]&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     FLORITA.- Asómate, ¿querís?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- P'al trabajo que me cuesta desengañala...   (Va a la bodega y sale empujando a REMIGIO.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     FLORITA.- ¡Era Remigio...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Estaba rezando una manda a la Candelaria...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO-. Comu'es domingo, escansaba haciendo hora pa dir a los terneros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     FLORITA.- ¿No le estarías rezando a la Celinda...?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- ¡Chi...! Ni la conozco e nombre...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Si andái etrás de la Celinda, anda a las güenas, porque vos sabís que yo la quiero como una mesma hermana...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- Pa qué les voy a negar, entonces... Nos querimos y nos vamos a casar pa las cosechas... Vamos a ser más felices que las torcazas...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Parece que la tentación ha entrao por toas partes... ¡En no habiendo como empezar a entenderse pa enredarse hasta los ojos...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- Mire, Florita, hacen falta bocas pa comerse lo que ganamos a la tierra. ¡Es más rendiora, por la madre!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Ya ve usted que toos somos hombres güenos... Y usted, no ice ná... Tá callaíta ey... ¿Que no le gusta qu'estos pobres labraores e la Frontera tengan su feliciá..., y se quieran..., y tengan su alegría...? ¡Venga p'acá pa abrazala...! Yo tamién, Remigio... Yo tamién...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- ¿Te casai pa después de las cosechas...?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Tamién me casaré en mayo...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- ¡Éste es brote, mi'alma! Pa entonces tenimo [39] plata e sobra, como muelas e gallo... Yo, a la Celinda, le voy a regalar un corte e blusa, unas medias e sea y unos zapatos e cabritilla más lindos qu'esos que compró la viua en Temuco...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     FLORITA.- Yo me conformo con que me querai...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- Píale algo... ¡Si este Ñico tiene má suerte con las siembras! Ni una maleza, ni una cizaña, ni un cardo, ¡y esas medias espigas que se revientan como cuetes...! El otro día conté sesenta y dos granos de una sola espiga... ¡Sesenta y dos granos de trigo «Primavera»...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA (Entrando.).- Así es que, cuando yo tengo visitas en mi casa, ustedes se discurpan de cualquier laya pa no atendelas... ¡Hase visto!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     FLORITA.- Si estaba descansando...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- Incivilizá... ¿Por qué no vai entre la gente...? On Jeldres, a caa rato, priduntando por su mercé... A las visitas, hay que poneles güena cara, contimá qu'él me toma toos los quesos y ni se regodea pa pesar los quintales...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     FLORITA.- No le digo, tía, que estaba descansando...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- ¡Bonita manera de escansar...! Anda p'allá y dile qu'es conveniencia p'al negocio y como a vos te gustan los letraos, de la hebra se saca el ovillo... Y decile a la Celinda que le vaya a icile a la Juana que se va a quear a comer..., que preparen una mayonesa e salmón y que pongan un costillar al asaor..., y que maten gallina y que machuque charqui p'al valdiviano... Y vos   (A FLORITA.)   te queai en el comeor... Dale conversa y que no le falten gárgaras de asoleao... ¡Miren [40] con la señorita, escansando cuando una tiene visitas de importancia...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     FLORITA.- Está bien, tía.   (Mutis.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- ¿Y vos, Remigio?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- ¡Mande!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- Andavé a encerrar los terneros... Ya debían estar enchiquereaos. Mañana me dan poca leche las vacas porque los terneros pasan teteando hasta l'oración.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- Curpa mía nu'es.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- ¡Tate callao, mermuraor! Me debís hacer caso y encerrar los terneros a las cuatro... Ya sabís vos que son las cuatro cuando la sombra de las casas llega al cerco... Y que te güelva a enseñar el reló... Aemás, ensilla tu bestia y vai a dir al pueblo a ecir en el almacén que on Jeldres y doña Meche no se van esta noche porque están en gusto con la viua. Que no los esperen y que mañana, si están con el cuerpo güeno, podrán dirse... Day el recao sin mermurar... Y como hoy quiero que toa mi gente esté contenta y alegre, te traís dos cántaros de pipeño a lo de on Sanbueza..., pa ustedes... Covidai a Fidel y a Custodio. ¡Ya! ¡Te juiste, moleera...! Too que me lo apunten... Andavete y que golvai al tiro...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- Güeno, su mercé...   (Aparte.)   ¡Ésta sí qu'es grande!... ¡La viua a medio filo! Esta noche se quema la casa...   (Mutis. Pausa.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA (A ÑICO.).- ¿Y vos, no hablai? ¿Qué te habíai hecho?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Por aquí andaba... Mande no má. [41]&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- ¿Que no sabís qu'es domingo...? ¿Y que escansar..., y que tu patrona está contenta..., y que hay que estar en gusto, aunque sea pa la cuaresma...?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Así lo estoy viendo...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- ¿Entonces...?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Si yo no digo ná... Usted está en su gusto con on Jeldres ¡y yo qué le vi a icile, pus!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- ¡Eso creís vos porque soy un inorante...! Si ahora ando puesta es porque tengo que criar valor pa icite unas cuantas palabras. Muy platúa seré, pero hay cosas en la vía que necesitan má juerza que la que una tiene... Aguárdate no má...   (Llamando.)   ¡Celinda...! ¡Celinda...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA (Entrando rápidamente.).- ¡Mande!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- Acarréate una botella y dos vasos...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA.- ¡Qué me emoro...!   (Mutis. Pausa.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- ¿No tendré derecho entonces a tomar, marío a mano, con el que curdia mis sembraos, con el que me vende los quesos, con el que campea mis animales y qu'es, aquí, en m'hijuela, el hombre pa too...? ¿Se disgustarán las visitas si la viua de Apablaza se confiancea con el hijo de su finao...? Pa eso mando yo...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Muchas gracias, su mercé...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- Guárdate la mercé... Vos sabí qu'eres más que capataz, más que admenistrador, más que too... Vos soi la sobra del finao...   (CELINDA llega con el vino y los vasos.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA.- Aquí está, tía...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- Anda pa la cocina y que preparen lo que te ije... Como e tu mano quiero que queen las cosas [42] y que naiden rezongue después de mis causeos...   (Mutis CELINDA. LA VIUDA llena los vasos y sirve.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Me da vergüenza tomar ilante e su mercé...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- ¡Te l'hago, Ñico...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Se la pago, pues...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- El vino alienta la confianza, Ñico...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Yo tamién quería hablale de algo que tengo metío en la caeza y que me tiene sin dormir...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- ¡Ya me lo han contao too...! ¿Qué t'estábai creyendo..., que en mi casa yo no sigo hasta los trancos del gato? Yo siempre estoy de güelta cuando ustedes se van... ¡Por algo soy más vieja y más matrera...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Yo no ey fartao en ná... Los asuntos que me traen apensionados son con la Florita...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- ¡Cállate, Ñico...! A eso mesmo vengo yo...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Quiero que me consienta casarme con ella... Nos querimos y too depende de su voluntá...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- Pues mi voluntá y'astá formalizá... No te casarís con ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- ¿Y por qué? Si too quea en la familia... Pa eso es su sobrina... Y yo le sigo sirviendo, como usted mande...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- Tey de hablar como hombre... Vos me conocís el carácter y sabís que yo no ando con rodeos...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Usted dirá, entonces...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- Siéntate aquí, a mi lao...   (Pausa. ÑICO da vueltas a su sombrero nerviosamente.)   Cuando murió mi finao..., naiden quería recogerte porque icían qu'erai un guacho perdío... Te espreciaban porque no teníai [43] nombre. Andábay de rancha en rancha, con las carnes al adre y limosniando un peazo e pan... Y entonces, entonces yo te recogí, t'ice lavar y te di ropa... Aquí, en esta casa, aprendiste a ser hombre... Te mandé a la escuela, y, ahora que tenís veinte años, de agraecío con la viua, querís casate con la Flora y abandoname... ¡Ya te mataron el hambre y te dieron techo...!, ¡agora espréciame...! ¡Que la viua se mortifique con los piones y que rabee too el santo día...! ¡Pa eso es platúa y es brava...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Qué le voy a contestar, si no sé dicile lo agraecío qu'estoy... Too lo que tengo se lo debo a usted. Si usted no me hubiera recogío, ¡quién sabe cuántos quiltrazos me habría dao en la vía...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- Te parecís al finao, qu'es tu padre... Tenís las mesmas hechuras dél; los ojos íden cuando él era guaina y estábamos enamoraos...   (Suspira hondamente.)   ¡No te casís, Ñico...! Toas esas tierras y la plata son pa vos..., pero habís de quearte conmigo... ¡Cuánto t'estay formando tus realitos, ya querís encalillarte con una mujer...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Tengo da la palabra...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- ¡La desempeñai, pus Ñico...! Los enamoraos cambean como'sté el puelche y como sople la travesía... Si te guiai de mis consejos, te irá rebién...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Como le ijera... Es qu'uno ya va necesitando su mujer... Pa vivir, no habiendo como la plata..., pero la mujer, tamién...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA (Levantándose.).- ¿Y vai a preferir vos una mujer cualquiera, sin riales, que te sea un estorbo y que te pía hasta los ojos...? [44]&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Pa eso soy alentao...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- Pero aquí se hace mi voluntá... ¡Por algo tey criao y soy mío. Desde hoy en adelante, vos reemplazá al finao...! Tuyas son las tierras, la plata y... la viua. Mandarís más que yo... Porqu'ey tenío que verte queriendo a otra pa saber que yo te quería como naiden, como naiden te podía querer...   (Lo abraza estrechamente.)   ¡Mi guacho querío! ¡Mi guachito lindo! [45]&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;ArribaAbajo&lt;br /&gt;Tercer Acto&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El mismo escenario de los actos anteriores. Van corridos dos años. Al levantarse el telón, aparecen LOS TRES PEONES, sentados en el suelo, fumando automáticamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA (Iracunda, se pasea accionando.).- ¡Creen que, aculataos ey, van a tener mejor cosecha! Sacaores de güelta no má, ya tendrían cabriao a otro patrón y les habría cortao la galleta... Pero como aquí se discurpa too y caa uno tira pa su lao, los guainas pasan boqueando el pañecito... Les priduntan argo y los odiosos se quean hilando babas... Como si a una no le queara derecho a saber de sus cosas... A ver vos, Remigio, ¿por qué no me icís qué se han hecho la yunta del Precioso con el Caballero? A talaje, no lo han podío mandal porque el treal está como nacío en roce... ¡Contesta, moleera...!   (Pausa.)   Y a vos, Fidel, ¿quién ti ha dao permiso pa tener [46] en l'hijuela una bestia paría...? No saben hablal los niños medianos... Y el Custodio ey, que no puee dar razón entuavía de esa avena que se llevó pa los chanchos y que los chanchos no han olío siquerita porque están como soguilla e flacos... No saben ná... Callaos ey, como si los acusara el pecao... Ya pué, ¿me van a dicir ónde está la yunta e güeyes paleros?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LOS TRES PEONES.- La ferió el patrón on Ñico...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- ¿Cómo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LOS TRES PEONES.- D'él eran, pue...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA (Pausa.).- Tamién es cierto... Bien dueño qu'es él de hacer y deshacer de too... Con haberme dicho que Ñico los había vendío, estaba too arreglao y no andame arrancando las priduntas como huillines... Tienen que poneles pial en la lengua pa que suelten las palabras... Seré forastera aquí, entonces...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO (Entrando.).- ¿Qué gritaera es ésta...?   (Pausa.)   Señora, ya vaya pa'entro... Ya ley dicho que, con los trabajaores, m'entiendo yo... Vaya pa'entro, señora...   (Mutis silencioso de LA VIUDA.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LOS TRES PEONES (Levantándose y sacándose el sombrero.).- Güenas tardes, patrón...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- ¿Que no me dieron ya los güenos días...? Entonces, ¿pa qué tanto salúo a caa rato...? ¡Claro que mi'han visto las canillas! ¡Pero cuantuá...! Ahora no sabía yo qu'el Ñico, que ustedes vieron a pata pelá, había que andar sobándole el lomo, como bestia arisca... ¡Güenas tardes, patrón! ¡Cuando antes se acalambraban toos pa ayudarme a lechar...! Tamién es cierto que, con esta media facha, se le entra el habla a cualquiera...   (Pausa.)    [47] Vamos a ver, ¿pa qué me querían los gañanes...? ¡Pa qué será...! Pa que les valga, ¿nu'es cierto...? ¡Cómo les voy a ecir que no, cuando son firmeros...! Güeno: vayan a «La Paloma» y pían hasta veinte pesos caa uno... Y no se dilaten mucho que tenimos que medir el cerco de palo e pique que m'hicieron al lao el puente e «Los Pilos».&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     FIDEL.- Yo no voy a poder dir porque mi bestia está con un pulmón...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Vay en el caballo e Remigio y le traís las faltas a él porque a Remigio lo necesito...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CUSTODIO.- Y en plata, ¿no nos poiría valer algo? Un algo na más... Mire qu'estamos «puro, Chile...»&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- ¿Y pa qué quieren plata...?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CUSTODIO.- Las cosas de su mercé...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Pa ponerle al guargüero ¿nu'es cierto? Con dos pesos, tiene hasta pa pagar la multa al dragoneante del retén... Toma.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CUSTODIO.- Gracias, patrón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     FIDEL.- Y a mí, válgame otros dos porque yo no me parto con Custodio...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- También vos... Toma... Son seis pesos entre los dos...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CUSTODIO.- ¡Cómo, patrón, si jueron dos pesos a cada uno...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Son seis pus, inorante...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     FIDEL.- Si dos y dos son cuatro...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Tate callao. Si aquí, en el campo, dos y dos pesos prestaos son seis. ¿No vis que van ganando lo mesmo que en el Banco...? [48]&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CUSTODIO-. Así ¡hasta quién no se hace rico...!   (Mutis.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Si van mermurando, degüélvanlos... ¡Mes que niñazos!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     FIDEL.- Pa las cosechas se los vamos a degolver...   (Mutis.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Clarito... A diez cobre el kilo e trigo, me llevan más o menos, cinco almúes... Pían no más...   (Pausa, mientras apunta en una libreta.)   Pían no má... Fidel Arévalo, tres pesos y veinte en «La Paloma»... Custodio Arce, tres pesos y veinte en «La Paloma»... Suma: sesenta pesos... Ésta es la cuenta con recacha, por peír fiao.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- Y a mí no apuntai los veinte...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Vos vai librao conmigo... ¿Y qué contai?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- Como se piden no má... Lo tengo too arreglao...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- ¡Me gustai por lo aniñao que soi!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- Así, así no más Ñiquito... La pobre Florita llega a bailar e gusto y la Celinda se pavonea orgullosa con el arreglo porque ice que agora van a vivir como personas..., aunque la viua les caiga más pesá que un caldo e chancho...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Taba en lo justo no má...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- Es que vos, Ñico, tenís el corazón como brazo e mar... Y no habís envanecío con la mucha plata, con los muchos animales y con la mucha bota e calzón... ¡Y hay que ver la paraíta que te gastai...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Toy perfeutamente e patrón ¿nu'es cierto...? Me ha cambeao la compostura, pero el corazón lo tengo [49] intauto ¡el mesmo corazón guacho perdío...!   (Se ríen y se palmotean.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     DON JELDRES (Entrando.).- ¿Hay gente por aquí?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Ailante, iñol... Pase p'acá...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     DON JELDRES.- Buenas tardes...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Como todos los días...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     DON JELDRES.- La felicidá anda enyugá con la plata...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- ¡Cómo no pué, on Jeldres...! ¿Usted venía por la cuenta e los quesos?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     DON JELDRES.- Exactamente...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- La platita, pásela p'acá..., y la tertulia con la señora porque a mí, me discurpa la conversa, mire que tengo que remarcar unos novillos... Anda la nata e cuatreros y, cuando pasan arreos de Pucón, los caminos son tan bien reliberales que tiran los propios y lo d'iuno, lo comprao y lo cuatreriao... Por eso, yo marco en la paleta y en el cacho izquierdo...   (Llamando.)   ¡Señora...! ¡Señooooraaa...! Aquí está on Jeldres que quiere echar una parrafá...   (A REMIGIO.)   ¿Tá encendía la fogata?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- Ratazo... Y la gallá tá lista...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Güeno... Apúrese pus, señora... Mire que también on Jeldres tiene aburrieras... Marcar animales es lo mesmo que sacar carnete..., güeyes y vacas jardines, neblinas, limones, chupilcas, cabritos, lagartitos, overos, rosaos hay qu'es vicio... Pero N. A. Nicolás Apablaza, nuhay ná más qu'ino desde el mar a la montaña y espero, con el favor e Dio, llegar a quejarme e rico...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA (Entrando.).- Güenas tardes, on Jeldres. [50]&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     DON JELDRES.- Buenas tardes, mi señora... Pa servirla...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Le estaba iciendo que yo me voy a la remarca... Usted lo atiende y parrafea con él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     DON JELDRES.- Gracias, Ñico...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- La platita la guarda Ñico y les eja la tertulia... Güelvo al tiro. ¿Qué me emoro?   (A REMIGIO.)   ¿Tienen toas las maneas...? ¿Llevaste el lazo mío?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- Tá too en el corral.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Los terneros di'año los marcamos mañana...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- Como te parezca a vos...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- ¡Si es orden mía, baboso...! ¿Te voy a peír licencia pa mandal?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- Callao el loro comiendo nueces, entonces...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Pasa la marca... ¡Qué me emoro en golver...!   (Mutis con REMIGIO. Pausa.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     DON JELDRES (Mirando a todos lados.).- Ya va lejos... Ahora ya se puee hablar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- Pa darle gusto a la lengua..., porque ya no sacamos ná...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     DON JELDRES.- ¿Tan perdío lo cree usted? No se desespere usted, señora. La vida da más vueltas que un ratón entrampao... En mi tierra, mientras lloramos las penas con un sólo ojo, el otro nos zandunguea... Está viejo Pedro pa cabrero y la tortilla se vuelve, los pobres comen pan y los ricos..., yerba. Y viciversa...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- Nos dormimos cantando..., y amanecimos dijuntos...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     DON JELDRES.- Es la letra; pero hay que tener los [51] nervios en un puño y al corazón ponerle una pared de cemento armado... Cuando se razona con esto   (Se toca la cabeza.)   y esto   (Se toca la región del corazón.)   es bofe pa los perros, se solucionan toas las dificultades y la persona puee alentar lo que le da la gana... Lo demás es baile de cernícalo... ¡Apechugue, señora, y sea hombre como lo ha sido toa la vida...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- Eso quisiera, on Jeldres, pero estoy con el mal: la goluntá la tengo en los suecos...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     DON JELDRES.- ¡Parece mentira que usted, que tiene ají mirasol en las venas, esté ahora más delicá que un cristal de escarcha...! Hoy mismo dígale a Ñico que, si le trae a la Flora a esta casa, usted le quita la administración, le anula el poder. ¡Hasta cuándo le da larga a ese malagradecío!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- La curpa jué mía y las cosas no tienen remedio... Estoy fregá en mis intereses y en mis sentimientos. ¡Ey caío como una coipa vieja en el cebo!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     DON JELDRES.- ¿Acaso usted le traspasó las hijuelas, los animales...?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- Los aperos y diun cuantuay... Ya no tengo ná de qué disponer... ¡Hay que ver cómo me han emborrachao la perdí...! Juimos a Temuco y ey me hizo firmar la colchá e papeles de traspaso... ¡Qué m'importaba a mí la plata si yo me creída dueña del dueño e too!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     DON JELDRES.- Equívocos de la vida... No se ve nada ni se oyen los buenos consejos, cuando el alma está infestá...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- Disimuló como tres meses... Después, [52] destapó el almú... ¡Cuántas noches no ey pasao sola entre estas paredes, agonizando e dolor y mascándome la hiel de la rabia...! Sin pegar pestaña, me levantaba al claro del alba, a catealo; pero ni asomos dél...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     DON JELDRES.- Remoliendo la plata suya...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- Eso no sería ná. La plata güelve toos los años... ¡Es más güena la tierra! Pero un día, llegó seriazo y me ijo: «Señora, yo la respeto a usted, como la ey respetao siempre; pero estoy enamorao de la Flora... Aquí, no hay más que un cariño de entenao y el casamiento e nosotros jué un cuento julero». Me ijo que era un hombre guaina y que tenía recachá en el corazón l'ilusión de la Flora... Ey llorao com'una chiquilla y too ese valor, esa bravura di'hombre qu'era mi orgullo jué un ánima en pena de la viua de antes... On Jeldres, ey salío a conversar sola, solita, a desahogame por el campo que jué mío y esos coigües retorcíos de la requema parecían los esqueletos de mi goluntá... Toy seca e llorar, de apensioná... Caminando pa la vejez, creída yo que mi guacho Ñico m'iba a dar ese cariño, ese consuelo que no lo da la plata... Y agora, ey perdío too y tamién a él...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     DON JELDRES.- No se aflija, señora... Ñico, a pesar de too, nu'es un mal hombre... Es un montaraz, un cabro sin experiencia, que se rindió a los instintos de su juventud; pero yo, que conozco a los hombres, he visto que tiene por usted un respeto de hijo... Podría él estar en propiedad de sus derechos sobre tierras, animales y enseres; pero esa gratitud que lo hizo obedecerle para que se casara con usted, es más grande que ese instinto [53] que lo atrae a la carne tierna de la Flora. Hay vínculos santificados por el agradecimiento y ni el perro que criamos para nuestra guarda es capaz de mordernos en la noche: nos reconoce por el olfato... No se desespere... Usted es siempre aquí la viuda de Apablaza, sin amor y sin tierras... Como yo seré, mientras viva, un español que vino a hacer la América y sólo encontró el desamor de la fortuna.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- Y hoy la veré llegar... Ya les preparé las camas y he dispuesto la comía... Si Dios me diera un minuto de energía la viua de Apablaza no sufriría esa vergüenza de recibir en su casa a esa entrometía de la Flora... ¿Ónde está mi goluntá de fierro? ¿De aónde mi'ha llegao esta flaqueza de mujer?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     DON JELDRES.- Lo que Dios dispone nadie lo sabe ni lo puede calcular... Si es pa bien o es pa mal... ¡Ponga el cuero duro, señora...! Ya me voy... La llevo metía aentro... Esta noche hemos de conversar con la Meche para desearle conformiá... Deme un abrazo, señora, y no se aflija... Somos dos fracasados: yo en hacer la América y usted, en rehacer su vida... ¡Cuándo será el día que la güelva a ver decidía y brava, como era su nombrá por los contornos!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- ¡Nunca má, on Jeldres...! Ya'estoy consumía...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     DON JELDRES.- Bueno..., adiosito... Y las penas, a la espalda. Mire usted mi optimismo. Si parece que tuviera veinte años... Despíame de Ñico...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- Recuerdo pa doña Meche... [54]&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     DON JELDRES.- Gracias... De su parte, se los voy a dar. Adiosito y que se conserve...   (Mutis.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- Ni un novillo me quea... Ya'etá remarcá toa la hacienda... Ni una pulgá e tierra. Ñico la incribió toa a su nombre y pagó las contribuciones. No le quea má remedio a la viua de Apablaza que sentase al fogón a tostar en la cayana pa que sus mercées tengan harina fresca y llename la vía de pulchén... En un soplo e dos años, se deshizo too como si el finao me hubiera dejao, en vez de fortuna, un puñao de humo...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO (Desde afuera, haciendo bocina con las manos.).- ¡Más que tiento pa lazo...! ¡Cabrero me tenís pa arrear los novillos...! Creis que son tuyos y casi me los despaletai... Pa otra güelta, a vos te voy a correr en vaca... Nacío y criao entre bestias y no sabe atajar la arranca... ¡Deja el caballo solo, estúpedo, que sabe má que vos...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO (Trayendo los lazos, maneas y marca.).- ¡Cómo querís que sepa picar la güelta, si ha sío carretero toa la vía...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Tamién es cierto... ¡Cómo le voy a peír a estos desgraciaos que no sean animales con sus semejantes!   (Dirigiéndose a LA VIUDA.)   ¿Se jué on Jeldres?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- Sí... Se jué hace un soplo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Parrafiaron.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- Un algo conversamos...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Güeno.   (Pausa.)   Ya tengo da las órdenes... ¿Usted m'entiende, nu'es cierto?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- Muy a mi pesar, te tengo qu'entender.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Mirá, Remigio..., entonces te las vai a trer... [55] Que manda decir la viua que aquí tienen su cabimento... Usted m'entiende tamién... Anda vete entonces y que las quiero ver aquí antes de l'oración...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- En dos pestañazos traigo a las niñas... Los trastos los acarriamos mañana, si le parece...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- Entonces ¿yo no pueo poner reparos? Si ya lo tienen too dispuesto, ¡mátenme mejor...! ¡Mátenme!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Ya hablaremos, señora...   (A REMIGIO.)   Anda vete vos y no dilatís mucho...   (Mutis de REMIGIO. Pausa.)   A usted, no la mata naiden, señora... Y le pío que no sufra por lo presente porque l'ey explicao hasta la recontra que la vía suya estaba equivocá...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- ¡Harto campo te habís apropiao pa que vengai a espreciarme entre las paredes de mi casa...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- El patrón no pue tener dos posesiones: la mantención dividía hace mermar las ganancias. Aquí lo junto too... Usted será como la maire. Naiden le faltará y alabá sea la señora...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- ¿Y vos te pasarís festeando con la Flora?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- ¡Claro qu'es una fiesta el quererse...! Usted tamién jué joven y harto pará en el hilo y la quisieron a la güena...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- ¡Y entuavía tengo hechuras pa entusiasmar a cualquiera que no sea un desgraciao conforme vos...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- ¡Lástima grande de estar empachao con miel...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- La finura en que te criaste...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Mi padre jué su marío y él amontonó estas [56] tierras, crió estos animales y juntó estos pesos... Muy chipiento seré yo; pero de su familia no tenimos ni seña...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- Pero el finao me lo dejó too a mí...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Porque usted no jué capaz de darle ni un hijo siquiera...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- Por eso, yo te recogí a vos...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Pero yo era hijo d'él, yo era el salto, como ice usted.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- No te miró nunca ni te reconoció...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO (Pausa.).- Porque parecía qu'el finao iba a saber la canallá que usted iba a cometer conmigo... Y que yo m'iba a prestar, por ambicioso... Porque, hablemos claro y sin faltarle el respeto, ¿cómo se le poía ocurrir a usted que yo m'iba a enamorar cuando, lo que me halagó, jué su plata y las faciliaes que yo tenía pa hacerme rico a su sombra...? Yo tampoco le peía a mi paire que me echara al mundo, hambriento y desnudo, como una bestia... Y agora, no ey hecho otra cosa que recuperar lo que me valía por sangre... Usté jué la que idió estas artes y yo juí manso cordero... A un huaso bruto no se le ocurren estas maldaes, estos avenimientos descontrapesaos, en los que casi maire se casa con el casi hijo...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- ¡Bien duras las estoy pagando...! Me habís dejao en la calle...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Naiden la despoja. Aquí se puee quear tranquila en paz con toos, sin acordarse de esa viua hombruna que nos manijaba con la punta del rebenque...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- Ésa era la manera de efender los cobres... Hasta qu'el corazón me dio un vuelco y se propasó contigo... Entonces perdí la caeza y vos habís [57] hecho de mi goluntá un montón de hilachas... Lo único que te deseo es que a vos te pase lo mesmo... Ojalá no se secaran mis ojos sin verte engañao y falsiao por una mujer guaina y vos arrastrándote, acatarrao y sin juerzas ni pa abrazarla... Tey de maldecir pa que así te sucea... Te habís de enamorar de la mejor parecía y más cabra y más coqueta, cuando andís sarnoso y viejo...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Too puee ser... Güey viejo, pasto tierno; pero pa casame con una guaina, tendría que nacer de nuevo...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- Si el finao supiera ¡las güenas güinchas te echaba al mundo otra vez...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- ¡Chitas el brote...! Me buscaba otro paire pus, señora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO (Entra con dos canastos y un saco de ropa.).- Quean dos viajes má... Las niñas vienen por ey... ¿Aónde pongo estos trastos...?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Señora, vaya usté a indicarle a éste, las piezas que les ha dao... Acuérdese que la Flora y la Celinda, que llegan a nuestra casa, son sobrinas suyas y usté les da cabimento pa que no hable la gente...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- O pa que hable má y me compadezca... ¡Habís de pagar caro esta vergüenza! ¡Nunquita tu paire me dio ni una fatiga y agora viene el salto a recondename a penas...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- El salto es su marío agora y se lo manda... ¡Y no rezongue má, señora, mire que yo no tengo árguenas de aguantaeras...! Vaya pa entro y disponga too... Seguila, Remigio...   (Pausa.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- No ey dir... Pa eso, los forasteros son [58] los dueños de mi casa y pueen disponer de toas layas... Yo no soy sirviente de naiden... Estaría conforme con que vos me hubiérai quitao mi hijuela y mi plata; pero que no vengan a cebase con la pobre viua, robándole lo qu'ella quería... No me obliguí a que sea sirvienta d'ellas... Primero muerta, hecha peazos... Saqueen la casa si les gusta, porque soy una aparecía, un ánima de lo que juí... Ey tá too... Pero a mí orvíenme, porque tengo la lepra de haberte querío, ¡guacho maldito!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Señora, no se ajite ¡por la gran flauta...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     LA VIUDA.- Tey de penar hasta que te rompai el bautismo en un barranco o te empantaní en un hualve... Cueros nuan de faltar tampoco pa que te ahoguen en el vao el río... Los chonchones ti'han de arrancar los ojos... ¡Tieso, agusanao, poirío tey de ver, como tenís el corazón agora pa espreciarme...! ¡Culebronazo requetemaldecío...! ¡Hacela llorar a una que jué mejor con él qu'el pan candial...! ¡Maldito...! ¡Hacela llorar a una que era más hombre que naiden...!   (Mutis llorando. Pausa.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Se duebla el fierro con ser fierro y no se va a dueblar uno qu'es de carne y güeso... ¡Bien maldito qu'estoy con lo qu'hice...! ¡Ónde se le va a ocurrir encelarme, cuando ya las cosas no tiene remedio...! ¡Esta vieja tiene más pelos qui'agua...! ¿No le gustó un guaina? ¡Que corcovee, entonces...! Y, al fin de cuentas, yo no estoy pa enrabiame la vía y venir a encendeme la sangre... ¡Si le pica, que se rasque con una coronta! Agora que soy don, tengo derecho pa elegir mi moza... Como ella m'eligió a mí, haciéndome espreciar a la Flora... ¿No te parece, Remigio? [59]&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- Como no pus, Ñico... Tu güeno que te cuesta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Me habrán creído tranqueaor por la línea y pegaor a la mala... ¡Eso nunca...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- Y pa eso, estoy yo: ¡Tá su amigo pa ayudalo en too...! En jamás, ey conocío el mieo ni la plata...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- ¿Yo era el patrón coilero entonces?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- ¿Cuándo tenís la pana más grande que la cuerpá? No le aflojís ni un pelo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Tate callao... Si yo soy como esos lazos de cuero e lobo: s'estiran como cuerdas de vigüelas; pero no aflojan renunca...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- Entonces la viua no dispone ná.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- La viua dispondrá lo que yo ordene... ¡No faltaba má...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- ¡A tiempo...! Ey vienen las chiquillas...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Llegan a mi casa... Éjame haceme el sorprendío... Espués de la rabia que mi'ha dao la viua se me puee conocer demasiao el gustazo que me da ver a la Florita en mi casa... Y oye, Remigio, a las mujeres hay que aparentales indeferiencia porque, de lo contrario, nos hacen barrer el suelo con la lengua... Te lo igo yo qu'ey aprendío en ese libro viejo y matrero de la viua...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- ¡Lindas payas cuando uno está enamorao...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- ¡Ey vienen...!   (Entra FLORA y CELINDA, con su guagua en brazos y algunos canastos y envoltorios de ropa.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- ¡Puchas que vienen acalorás...! [60]&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA.- Podíai haberme eyudado a trer a Remigito siquiera... ¿Qui'ubo, Ñico...?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- ¡Salú, mi alma! ¿Cómo le va...? ¿Qué ice la Florita...? ¿Y la guagua...? ¡Qu'está lindo el chiquillo!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- Íden al taita e su paire...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     FLORITA.- ¡Estoy tan nerviosa...! ¡Me parece mentira que esté otra vez en la casa de mi tía...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Es mi casa... Aquí el dueño soy yo y la hospitaliá se la agradecen a este pecho...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     FLORITA.- Por bueno a las derechas tey conocío...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Naa e bondá... Es más el cariño, m'hijita...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA (A REMIGIO.).- ¡Apriende vos a ser bien hablao...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- Yo no hablaré tan bien como el Ñico..., pero ey tenís en los brazos algo que te habla claro e mi cariño... Nosotros los gañanes no sabimos ecir las cosas... Las hacimos y si'acabó...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA.- ¡Dios te guarde...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- Muchas gracias...   (Pausa.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     FLORITA.- ¿Y mi tía...?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Aentro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- Pa'entro se escuendió...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     FLORITA.- ¿Y por qué?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Por lo mesmo...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     FLORITA.- ¡Ah!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA.- ¿Sigue la cuestión entonces?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- ¡No hay cuestión..., aquí talla Ñico...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- Aquí talla Ñico y la viua se rasca...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- ¡Cállate, insolente! [61]&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- Discurpe, su mercé...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     FLORITA.- Volveremos a las mismas historias... ¡No importa...! Aunque tenga que sufrir todos los días, yo me queo en tu casa... ¡Por algo soy tu moza! Ella podrá haber pasado por las dos leyes contigo; pero no te ha dado el corazón ni vos tampoco a ella... Tú soi má mío que nadie... ¿No es cierto, Ñico?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Ciertito, Flora... Por eso, te traje pa'cá... Aquí viviremos felices y si hay penas que aguantar, a la esparda con ellas... Nos querimos pa sufrir... Ella no quiso que vos fuérai mi compañera a la güena..., y nos encontramos a la mala... De toas layas el cariño es güeno como la miel... Y vayan a ver las piezas... Las mismas que tenían cuantuá... La comía está hecha en horno de ustedes... Hay que pasar los tragos malos y desimular..., desimular muchazo... Oye, Remigio, anda ve con la Celinda pa que le acomodís los monos... Nosotros vamos al tiro...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- ¡Ándale, negra...! ¡Pobrecito m'hijo que entuavía no conocía las casa e tejas...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA.- No dilaten mucho pus...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     FLORITA.- Ya vamos nosotros...   (Mutis CELINDA y REMIGIO. Pausa.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- ¿Me querís harto..., pero harto?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     FLORITA.- ¡Las preguntas tuyas...! ¡Te quiero a morir...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Me querís con pica entonces...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     FLORITA.- Sí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- ¡Venga, mi guacha, pa'abrazala...! Está en [62] su casa... Too es suyo... Le voy a mirar los ojos pa curdiala y que no sufra...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     FLORITA.- Too lo soportaré por ti...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- ¡Qué carguen conmigo, pero que naiden me la palabree ni me la miren tan siquierita...! ¡Harto codicioso qu'estoy e mi Flora! ¡Tan suave qu'es mi borreguita...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     FLORITA.- En queriéndonos, too lo demás pasa...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- Y, como los dos nos desarmamos e cariño, que temporalee, que truene. ¡Y endei qué pus!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     FLORITA.- Al fin estamos uníos y vamos a vivir bajo el mismo techo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- ¡Y pa siempre!   (La abraza cariñosamente. De pronto suena un disparo de revólver en el interior de la casa.)   ¿Pero qu'es eso...? ¿Qué ha pasao?   (En el intervalo de silencio que sigue, mientras todos se muestran consternados y aparecen corriendo REMIGIO y CELINDA, ésta con el niño en brazos, ÑICO entra en la casa y sale inmediatamente, tapándose la cara horrorizado y mesándose los cabellos.)   ¡Por Diosito...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     CELINDA.- ¿Qué ha sucedío, Virgen Santa...?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- ¡Tése callaíta usté...! ¡Puchas la esgracia grande...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     FLORITA.- ¡Too por mi culpa...! Por entrometía y por haberte querío...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO.- ¡Recontra mala suerte...! Ella me había recogío guacho perdío, cuando yo andaba con las carnes al adre y no tenía ni un piazo e pan que llevarme a la boca... Y agora está muerta. ¡Muerta por la vía...! Ella que me enseñó a trabajar. Con ella me gané mi primera [63] yunta e güeyes y cuando ella más que quería, se me torció el corazón... ¡Si'ha matao la viu...! ¡Si'ha matao! Y yo que la quería más que a mi maire, más que a naiden en el mundo...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- ¡Mal'haya sea nunca...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     ÑICO (Abrazando a FLORITA.).- A naiden la quería como a ella; pero vos, m'hijita linda, erai mi debiliá... ¡Éjame llorar por la viua, que si'ha esgraciao pa dejarme gozar solo, antes e morirse e la pena de vernos...! ¡Éjame llorar por la viua...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     REMIGIO.- ¡Qu'era más rehombre que toos nosotros...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esta obra se terminó de imprimir, bajo el sello de la Editorial Del Nuevo Extremo, el 24 de octubre de 1958, en las prensas de la Universidad Católica, Carmen 360, Santiago de Chile.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La viuda de Apablaza&lt;br /&gt;Germán Luco Cruchaga&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6302781537218621346-9060582881720045921?l=antologiaschilenas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://antologiaschilenas.blogspot.com/feeds/9060582881720045921/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6302781537218621346&amp;postID=9060582881720045921&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6302781537218621346/posts/default/9060582881720045921'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6302781537218621346/posts/default/9060582881720045921'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://antologiaschilenas.blogspot.com/2008/08/la-viuda-de-apablaza-autor-germn-luco.html' title='La viuda de Apablaza  autor Germán Luco Cruchaga'/><author><name>EDITORIAL PUBLIGRAFICA CHILE</name><uri>http://www.blogger.com/profile/10558168194552098239</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='22' src='http://3.bp.blogspot.com/-UL_QkX7AfyU/TyaqTjcwXWI/AAAAAAAAEJs/YqvGdZdTstM/s220/Tapa-sopas-11.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_Nl5R9jYn2Zg/SU0J4n-UUyI/AAAAAAAAAmU/7pQMmgeZh98/s72-c/la+viuda+de+apablaza.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6302781537218621346.post-167509556846254158</id><published>2008-04-25T18:53:00.001-07:00</published><updated>2008-04-25T19:05:35.528-07:00</updated><title type='text'></title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://bp1.blogger.com/_Nl5R9jYn2Zg/SBKNu2vSnpI/AAAAAAAAAKA/QQ5i5Ck8m44/s1600-h/7+tazas+00066+.jpg"&gt;&lt;img style="cursor:pointer; 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Es la noche, hacia la medianoche tal vez, en medio del campo, está despierto, completamente despierto y seguro de sí mismo, tiene una larga vida por delante, le extraña que hayan venido tantos y piensa que eso mismo es de buen augurio. Cuando unjan para matarme, vendrá uno solo, algún amigo traicionero, un pariente de la rosa. Sangüesa tal vez, el feroz y cobarde Sangüesa me buscara cuando yo esté dormido. Se sonreía a solas acocándose, sentado en el suelo, atisbando la noche húmeda luminosa y acariciando su carabina. La tenía sobre las piernas cruzadas y pasaba la mano despaciosamente por el cañón, acariciaba con suavidad, con una firme y casi hiriente suavidad el cuerpo, la madera, la dura y tensa y firme y suave y salvaje madera de la carabina, como un pescuezo de caballo siempre apegado a sus manos, listo para ir a posarse bajo su brazo, como aquella vez, después que había saltado por la ventana y adentro, muy adentro, más allá de los innumerables pasadizos y de los rincones solitarios y extensos y de las arboledas lúgubres y húmedas, impregnadas de viento y del agua de la laguna, en la que flotaba ahogado un pantalón de niño y a él se le apegaba el llanto, los gritos, esas lágrimas ribeteadas de sangre que él adivinaba, aunque no había visto, pero es que hay gritos llenos de sangre, horrorosos, desagradables que dan miedo, pensaba mientras había saltado por la ventana y sentía el sudor frío y la carabina agarrada en su mano izquierda le daba miedo, al mismo tiempo un poco de seguridad y miedo, porque siempre se enredaba en alguna parte, en el postigo, en los zapatos del viejo, viejo desgraciado tan cobarde, se afligía corriendo despacio bajo los árboles, lloriqueaba como un niño, tenía la cara asustada de un huaina cualquiera, del Toño si estuviera conmigo ahora, del hijo de la Rosa, cuando él en las madrugadas estaba limpiando, precisamente, la carabina y se bajaba de la cama y se metía bajo ella y arrastraba el cajón trajinando encontraba el bolsón con las balas y bostezando, bostezando de sueño el pobrecito desparramaba las balas en el suelo y con el ruido que hacían se despertaba la Rosa y encendía la vela y la levantaba en la mano paseando la palmatoria por el aire para buscarlas. Toño, Toño, gritaba asustada y el Toño, asustado también, no contestaba y tenía entre las piernas un montón de balas y él cargaba la carabina en silencio y sonaban como huesitos los fuelles y. entonces, como la Rosa estaba siempre sentada en la cama y había dejado encendida la vela en el suelo miraba llena de horror de cansancio y miedo y presagios al Toño y lo miraba sobre todo a él, me estás mirando lleno de hoyitos lleno de sangre, Rosa, Rosa, no mires así, le gritaba y alzaba la carabina para asustarla y se reía en lo oscuro y el Toño le pasaba un montón de balas y se reía con miedo y él gritaba llenos de risa, los gritos, Rosa, Rosa, te voy a matar la garganta, y ella se quedaba tiesa sentada en la cama y como muerta, me estás mirando lleno de sangre, crees que los agentes me van a matar, eso crees tú, Rosa, le decía, y el Toño se arrastraba hacia la cama y cogía la palmatoria del suelo y levantaba, él comprendía y se lo agradecía, la levantaba bastante como para que él pudiera tener toda la luz que le iluminara los pechos de la Rosa, su bonita cara tostada, sus ojos hundidos en las ojeras que te he hecho pacientemente noche a noche de tanto quererte y llamarte y meterte miedo labrando mi amor como una tablita. Te voy a matar, le gritaba, y entonces el tono le decía, riendo de pie en la oscuridad: Mátala, mátala, bonito, Eloy, y él disparaba justo para que la bala se llevara por delante un trozo iluminado de la vela y el Toño lloraba asustado en la oscuridad y la Rosa gritaba verdaderamente temerosa, no grites por Dios, chillaba él desilusionado ahora, lleno de desencanto y de tristeza y se sentía nervioso y nadie sabría nunca cuánto los quería a los dos, al mocoso y a la Rosa, porque ahora mismo se hubiera sentido más seguro si los hubiera tenido a su lado, durmiendo ahí en la cama, tal vez llorando de miedo y mirándolo a él sentado en el suelo, fumando en las tinieblas, atisbando la noche por la ventana abierta.&lt;br /&gt; Cuando se quedó solo había arrojado con furia la carabina al suelo y el cinturón con las balas y el bolso de cuero, estaba cansando y amargado y desconfiado debí matarlos, pensaba, pensaba rápidamente en ello porque comprendía y no quería asustarse que había cometido un error al dejarlos ir. Tenían tanto miedo, se decía para disculparse y aún se reprochaba que les hubiera tenido lástima. Al viejo sobre todo. El viejo lloraba sin pudor y con escándalo, sin mirarlo siquiera, lloraba para él solo, revolcado en su horror, lo había mirado con desprecio cuando recogía temblando la ropa, los zapatos, el sombrero y el canastito con las cosas. Cuando él miró el canasto y le dijo: «Déjalo en el suelo, el viejo soltó un sollozo horrible, un sollozo que ya tenía que ya tenía preparado y dejó todo en el suelo, los pantalones, el sombrero, los zapatos, todo encima del canasto y cuando él se le acercó el viejo se cubrió la cara con las manos y lo atisbaba con miedo, viejo mariconazo. pensaba, viejo indigno, tiroteándolo con asco, y con el cañón de la carabina» había ido sacado de ahí los pantalones, el sombrero, los zapatos y con un golpe más firme había destapado el canasto, ¡qué llevas, mierda aquí! El viejo lloró con bríos para contestarle y fue la mujer la que lo miraba hosca, asustada tal vez, pero sin llorar, sin llorar en absoluto, sólo agarrando al chiquillo y apretándolo contra el pecho, fue la mujer la que le había dicho: son cositas para llevar al hospital, don, cositas para la Juana. Había alcanzado a ver unas manzanas bonitas y pequeñitas, unas naranjas tísicas, descoloridas, una botella de leche, un paquete de galletas y una fea muñeca de trapo, grandota y esmirriada, que le daba lástima. La botellita para el viejo, pensó con piedad y burla. Déle leche al viejo, vieja, había dicho y cogiendo del suelo el sombrero se lo había incrustado al viejo mirándolo con sarcasmo y viendo que lloraba más y que su camisa era pobre y rota y descolorida y que por entre ella asomaban unos pelos blancos sobre el cuerpo rojizo y pálido, le había aconsejado: Ponte corbata para que te veas estupendo, viejo, y como el viejo lloraba siempre, le dio vuelta de una manotón, empujándolo hacia la puerta y ya en ella de un puntapié lo envió rodando hacia lo oscuro. Lo sentía sollozar y correr por el campo, entre el viento. Eso lo había puesto rabiosos y pensativo y deseoso de beber un poco de vino. No tenemos licor, le había dicho la mujer, somos pobres, el viejo no bebe. Debiera beber para criar coraje, contestó él para sí, sin mirarla, y la verdad era que tener a un tal cobarde junto a él era ya ponerlo un poco cobarde también, te salpican y carcomen sus llantos y sus gritos y se te olvida quién eres, lo que has hecho, cómo has vivido, si olvidas quién eres, cómo te llamas, verás qué fácil resulta ser cobarde. Podían haber tenido vino, es bueno el vino, agregó él, mirando con reproche a la mujer. Nadie bebe aquí, contesto ella con miedo y rabia y dando explicaciones que eran también un reproche. El vino es una buena compañía, agregó, Mirando pensativo su carabina. Yo no necesito compañía, yo  nunca estoy sola, dijo la mujer llena de reminiscencias, y otro poco que te acercas, Eloy, otro poquito, te suelta el llanto también y te cuenta su historia.&lt;br /&gt; La historia de la mujer era simple, a Eloy le hubiera gustado, pero ya nunca tendría ocasión de conocerla y esto él aun no lo sabía. Ella tampoco lo sabía, ignoraba quién era él, pero presentía que era un perseguido y un solitario por ese olor ,i viento de las sierra que traía su ropa gastada, su miserable sombrero humilde e insolente, las alas humedad de su manta, ahí donde soplaba el viento neblinoso, pero luego volará tranquilo y un poco perfumado, ya huele bonito la tierra, pensaba y se imaginaba el olor de la manta colgada en el patio, entre la neblina ahora y después bajo la luna y ese olor de sangre esos sudores los dejó alguien que pasó por ella por esa manta lo recogieron en ella sólo para ir a mostrársela al capitán o al mayor o al coronel o para ponerle un radiograma al general ya lo encontramos ya lo leñemos amarrado sí claro que sí mi general y sonaban las botas entre cada sílaba sonaban apretándose cada vez más entre sus pulmones entre sus dientes sonaban entre cada letra apretándose sobre sus sesos cómo no mi general lo tenemos aquí mismo en el suelo estirando los pies podemos tocarlo podría verlo mi general en el suelo como un paquete de ropa junto al canasto y el escupitín y entre bota y bota y brillo y golpear de botas iban todas sonando por el aire el telegrama estaba llenos de botas, las botas estaban llenas de un agradable silencio se sonreían con media sonrisa marcial y disciplinada cómo no mi general esta misma noche parte el furgón. Suspiró, mirando sus ojos cansados y enormes, vivos, hirientes y codiciosos. Lo había odiado desde un principio, porque él la miraba con descaro y con cinismo, la miraba con una mirada para mucho tiempo, sobre lodo desentendiéndose del niño que dormía entre sus brazos, apretado a su pecho, y que él, con uno de esos agarrones torpemente expresivos, había despertado con esa mano brusca y suave insolente, nada de temerosa que surgió de lo hondo de sus bolsillos no sabía si para despertar más bien su furia o sus sonrojos y ella abría los labios y mostraba los dientes su odio y su fortaleza y donde había odio y fuerza él podía luchar y por lo tanto esperar. El niño sollozaba dormido y ella estaba ahí plantada en medio de la pieza, como esperando que la lluvia escurriera por las tablas del techo y que pasaran las semanas o como esperando que el viejo se moviera un poco que trajera hacia la lu/su pobre cuerpo asustado. ¡Viejo, viejo!, dijo ella y su voz había sido casi cariñosa, lejanamente sexual, pues el miedo, aunque para ella no era mucho, loa hacía ensoñarse un poco y refugiarse en sus antiguos recuerdos. ¿Diez, quince años?, suspiró para sí y acarició con su mano libre la cabecita del niño, pero ahora el Eloy le estaba sonriendo desde la oscuridad, veía sus dientes y sus pupilas destacarse nítidas en la penumbra y permanecer casi bondadosas y familiares mirándola, mirando lo poco de ella que se podía mirar, una guagua, un paquete de ropas de niño, un viejo tembloroso remecido por la terciana que se apegaba al rincón de la puerta, un atado de pobre ropa, de pobre miedo.&lt;br /&gt; Vio cómo se sentaba él en la cama y eso era expresarle abiertamente sus deseos, por lo menos un deseo, o para significarle que eso, todo eso era el mundo y que había que aceptarlo o que pelear con él; él había tendido los dos brazos en un gesto de paz, para acoger al niño dormido o para acogerla a ella o para indicarle que le pasara todas las cosas que le estorbaban y no la dejaban caminar ni vivir, que la tapaban a ella, a su corazón a sus piernas, a sus pechos los tenía tan adentro, tan cubiertos por la vieja ropa y el viejo tiempo estaban diez años lejos por lo menos y por eso no le decía nada y el horrible viento frío adormecido olor de los pinos venía hacia ellos y los separaba, los dejaba hostiles apartados por un tajo de silencio. Vicio, viejo dijo ella otra vez, y se quería mover hacia la puerta, pero no se movía, no se atrevía a hacerlo, porque, ¿a quién llamaba realmente?, ¿al viejo, viejo o al viejo Eloy al viejo corazón al antiguo recuerdo recién destapado a los antiguos ensueños y sollozos? Le tuvo lástima mirándola, mirando esas ojeras socavadas por el sufrimientos, deseoso sólo ahora de que tuvieran tiempo de conocerse, pero furioso también porque no estaba sola, porque no le entregaba el niño al viejo y los empujaba por la espalda con un gesto hostil, duro y maternal. Encendió un cigarrillo y demoró la llama junto a su boca para que ella se la mirara y borrara, con esa breve luz, los anticipados lúgubres pensamientos que se estaban formando en su mente, allá adentro de su pelo, de sus peinetas y de sus horquillas.&lt;br /&gt; El niño empezó a llorar con suavidad y el viejo a toser desordenadamente, a moverse y remover su tos. a acercarse desde la oscuridad hacia la mujer, a protegerse y refugiarse siempre. El aspiraba con ansias el cigarrillo, miraba los pobres muebles y deseaba estar solo para trajinar un poco por esa triste y estrecha vida, abriendo los íntimos cajones, la vieja aira demasiado señorial y cuidada, demasiado donosa y espléndida para esa miseria, los vestidos de antiguos veranos colgados en clavos, las imágenes de calendarios ya desvanecidos, cuando cumplía condena en Casablanca o estaba fugado en la frontera por el lado argentino, cuando estuvo tan enfermo y echaba sangre por la orina. Perdida su mirada en las paredes se tendió un poco en la cama y entonces se sonrojó, se sonrojó porque la mujer se había acercado a él, tal vez para alejarse del viejo, tal vez para estar sola con su odio, con su propio miedo y con el temor de otro, sólo con el niño que era una poquita cosa, como otro brazo &lt;br /&gt;de ella u otro hermoso pecho que está creciendo de un modo bárbaro unos gritos de amor en la alta noche de invierno y que luego se concretaron en esa carita sucia y esas manilos que podrían ser las del Toño. Se puso de pie y tenía el cigarro en la boca, apretado entre los dientes, no tanto para parecer fiero sino simplemente mundano, no tanto bandolero como aventurero, un hombre que vive entre las ropas de las mujeres, en los calzones y las enaguas y las camisas de dormir y las zapatillas de levantarse y de acostarse y las medias de seda imperceptible y los encajes y los perfumes y los polvos y coloretes y pinturas al aceite o al petróleo un hombre que ha estado toda su vida barajando revolviendo unos muslos algunos pechos de mujer unas copas vacías de champagne entre sus manos nerviosas y de vez en cuando monedad muchas monedas billetes enormes que huelen como las axilas de las hembras; eso es todo, eso era todo, nada más habría ocurrido si no estuvieran los agentes ahí fuera y este viejito desolado junto a ella, prendido a ella, cogido a su pollera, pero yo me quiero coger a su blusa, eso habría querido, eso habría podido suceder si hubieran tenido tiempo y tranquilidad. Debió esperarme, debió esperarme antes de ahora, se dijo, y como el viejo estaba agarrado a la hoja de la puerta y vio lo ridículo y lo insolentemente triste que era, lleno de lágrimas y sollozos que lo llenaban hasta arriba y le escurrían por pescuezo, por ese cuerpo delgado, por ese traje que le quedaba ancho y enorme y que parecía una bolsa llena y atravesada de suspiros y quejidos, quejas bajas humildes insignificantes tampoco gritos, gritos salvajes o desesperados no sabes gritar no sabes crecer un poco más grande de lo que eres, se dijo y vio que los ojos verdes de la mujer se cruzaban con los suyos y se ennegrecían y vio el odio elevado en esa luz espectral oscura, sólo el odio, nunca el amor, la amistad, el deseo, los deseos de descansar, olvidar o sonreírse, y por eso, echando la manta sobre la cama, había empujado donosamente al viejo hacia fuera, donde sintió el frío duro y tangible como un mueble, y vio que la noche estaba luminosa y el viejo se había quedado callado, súbitamente callado y tenso, como si fuera a estallar en un atroz interminable sollozo, el viento estaba tirante y frío y como expectante, como esperando que el viejo sollozara o huyera y lo vio correr como un ratón o un perro hambriento y enfermo, ridículo, feamente ridículo, sus ropas se le volaban con descaro, con verdadera maldad, y tuvo lástima, lástima de él y de sí mismo, él era también un perseguido, sólo que comía un poco más, sólo que su miedo era más robusto y nutría su coraje y su memoria, se repartía por toda su alma y por su cuerpo, lo hacía erguirse y ser audaz y actuar enloquecido y lúcido, fríamente loco y atrevido, imaginando tramas y formidables mentiras y salvaciones, hasta maldiciones; el viejo no, su miedo viscoso, muy usado, escurría por las mangas enormes de su vestón y goteaba en sus pantalones, alzaba la bufanda en su cuello delgado, un poco largo, y se quedaba flotando flojamente con ella en el aire de la noche.&lt;br /&gt; Lo vio correr hasta los árboles y quedarse apoyado en una raíz, derrumbado junto a un tronco, mirando con ansias hacia el rancho, esperando, esperando; dentro de una semana estaría todavía ahí, los feos ojos abiertos, abarcando el rancho y la noche. Cuando tornó a la casa y sentía el calor en la cara, un calor ofensivo que no le concernía, porque comprendía que había actuado él mismo de un modo cruel e injusto, incluso equivocado, se acercó a la mujer, pero ella estaba altanera y dura; no lo miraba, lo despreciaba con los labios y aun los entreabrió para gritarle algún insulto o un evidente y merecido desprecio, pero él no quería perder tiempo, el poco tiempo que les quedaba para toda la vida, el poco escaso tiempo que podían gastar para ellos solos. Sola, sola la hubiera necesitado, sin los caballos y los detectives entre los árboles, sin el viejo y el niño entre sus cuerpos, entre sus ropas, entre sus miradas y sus ganas de beber vino. Estuvo a su lado y acarició brevemente la carita del niño y después se prendió a sus caderas; ella quiso gritar, peor la mano de él tapó su boca y vio, sin que él le provocara a mirar, los dos revólveres y la carabina y las balas, todos desparramados en la cama, en vez de ropas de peinetas de medias y calcetines y enaguas. En la cama, en toda la cama. El se sonrió. No es valiente el viejo, dijo con tranquilidad que estaba en las palabras mismas, pero no en el modo con que las pronunciaba. Usté lo es por los dos o por los tres, dijo con desprecio ella y quiso barrerse la mano de la cadera. Pero él no la soltó y la atraía hacia su cara. Era una hermosa cara morena, limpia, de ojos francos, grandes y duros ahora, una mirada sin duelo y sin pensamientos, pero que en ocasiones serían tiernos y húmedos. A veces tampoco he sido un valiente, dijo él. y agregó en seguida: pero esta noche no es buena y tengo que serlo, tengo que tratar de serlo, porque ahí fuera hay caballos y automóviles y botas y perros y carabinas. Hubo un silencio parra que lo ocupara ella, pero ella estaba muda, hasta hostil. ¿Todo para usté?, preguntó con cierto interés y entusiasmo y se sonrió con media sonrisa de odio temeroso. Todo para mí, contestó él y aflojó su mano de la cadera, pues se sentía débil y disgustado y extrañado. ¿Y por qué el niño, por qué el niño?, se preguntaba en voz alta, como si estuviera solo y ella no podía decir si se refería a ese niño, al de ella o a otro, a algún otro niño más lejano y desamparado. Tampoco él habría podido decirlo, se sentía de repente extraordinariamente frío y abandonado y también desilusionado, aunque sentía el golpear rápido, urgente, del corazón de ella junto a su camisa y le daba lo mismo ahora que fuera por odio a él o por lástima del viejo que se enfriaba afuera, bajo los árboles traspasado por la neblina. Entonces, cuando él había dicho eso y se deshacía en medio de ese silencio que emanaba de ella, ella dulcificó la mirada y lo miró con abierta lástima y con curiosidad: ¿Todos esos perros, esos autos, y caballos y detectives, dos docenas, tres docenas, todo para usté?, preguntó con simpatía y burla y lástima, pues lo veía marcado y señalado y ansioso de gastar rápidamente esos últimos minutos en una larga noche de celebración y baile, pues el tiempo de la embriaguez terminaría con la noche y mañana en la madrugada estarían cerradas todas las cantinas y salones clausuradas todas las copas y vasos y las bocas dormidas. El comprendía esa mirada y se sentía más solo, ya estaba completamente solo, pero a ella también la comprendía. Le miraba los ojos tristes, profundos, llenos de recuerdos, flotando en ellos como la ropita del niño en la laguna bajo la noche invernal, pensaba con miedo, recordando también, y hasta había tenido deseos de conversar un poco con ella, de mirarla más de cerca, de sacarle al chiquillo de los brazos y esconder al viejo bajo las ropas de la cama para que sollozara a su gusto y se durmiera. No es fea, tiene frondosos pechos, pensaba rápido, qué lástima, y como ella ahora sonreía casi con coquetería, casi atenta y se agachaba para recoger el canasto, mirándolo a los ojos para recoger su odio inicial, él lo cogió antes y lo llevó para afuera y los dos se miraron a los ojos y ella había querido agregar otra cosa, porque la noche estaba silenciosa y un viento alto y rumoroso sonaba lejos, entre los árboles, y el viejo ya no se oía gritar y correr por el campo. Cómo te llamas, cómo te llamas, deseaba preguntarle él, preguntarle con urgencia, antes de que no tuviera tiempo, antes de que vengan a agarrarme, le miró los pechos con descaro y con franco deseo, ella se arreboló y la sintió tibia en la oscuridad, tenía bonita boca, qué lástima, pensaba, ahora mismo tenía que suceder, ahora que no tenemos tiempo. La miró con mucho deseo y con la idea de que ella podría regresar sin el viejo, sin el chiquillo, vuelva esta noche esta noche misma, murmuraba para si, mientras lejos, muy lejos todavía, se removían los caballos y calculaba que serían unos veinte hombres los que andaban buscando. Me van a encontrar, seguro que me encuentran antes de que prenda la madrugada, balbuceo, mientras la mujer caminaba ya bajo los árboles y él no había alcanzado a preguntarle cómo se llamaba, cómo se llama, como se llama, si se van ellos, si los mato a todos, podría venir caminado en la oscuridad para juntárseme.&lt;br /&gt; Y fue cuando tornaba hacia la casa que rebotó la primera bala contra las piedras. De un salto él se había hecho a un lado y aún podía ver la pollera encarnada que corría ahora bajo los árboles y había dejado en el suelo, volcado junto a unas matas, el canasto con las cosas. Podía habérselo llevado, haberme disfrazado un poco con esas ropas, podría haber pasado por el viejo, viejo imbécil, no me habría costado llorar corno él, pensaba sacando cuentas, y sobre todo, sobre todo, Kloy, porque estás un poco asustado también, no te habría costado llorar, decía en un leve sopor nervioso. No. no le habría asustado, un poco desorientado quizás, un poco extrañado, venir tantos a buscarme, decía aguardando junto a la puerta, en espera de otras balas. Ya no disparaban más, era sólo para advertirme, se tranquilizaba y miraba la noche negra y azul en la que brillaban desagradablemente unas estrellas sucias y hostiles. Después, sonriendo y recobrando su seguridad, había prendido un cigarro antes de entrar a la casa y permaneció fumando y mirando el humo diluirse en la noche, sintiendo su tibieza envolverle las manos frías y empaparle el bigote. Buena mujer, pensaba en un suspiro, cuando entró a la casa y cerró la puerta y la trancó y encendió el anafe para hacerse un poco de café.&lt;br /&gt; Mientras sonaba el anafe se había paseado durante un buen rato por la habitación, escuchando desconfiado los ruidos que podrían venir de afuera y mirando con furia el anafe que nunca hervía el agua, pero ni siquiera era un ruido desagradable, era un hermoso ronroneo, un suave ronquido casero y doméstico, un perturbador ruido de alguien que tiene casa y quien le encienda el anafe en las madrugadas, cuando te levantas y tienes frío y tienes que salir antes de sea de día. Por ejemplo, la Rosa no tenía anafe y siempre se levantaba rabiando, rascándose la cabeza para despeinarla para sacar maldiciones renuncias desilusiones lágrimas de ella y recogía papeles y amontonaba trocitos de madera y cabo de vela para encender una fogata espesa y hedionda, mientras él refunfuñaba también y el Toño gateaba bajo la cama tratando de sacar el cajón y él miraba con temor y furia la noche que se iba destiñendo en los vidrios cualquier día, cualquier día, por culpa de esta fogatita hedionda, me van acoger los agentes, salía rezongando del rancho, doblando el poncho sobre los hombros.&lt;br /&gt; Miraba la llama azul y amarilla del anafe y en su sombra veía la pollera encarnada que se alejaba apresurada entre los árboles. Pude haber venido antes por aquí, suspiraba con rabia y presentimiento, he muerto agente que no debí matar, por qué no vine cualquier día a este potrero y me comí a este viejito cobarde, llorando tan afligido no se habría dado cuenta de que lo mataba. Buena hembra, pensaba con recelo y un poco de amargura y desaliento, reprochándose su mala suerte. Siempre tuve buena suerte, ahora también la voy a tener, tengo que tenerla porque voy a seguir vivo. Si vienen para matarme, compraré mi vida, arrancaré la muerte que me traen en sus carabinas, la haré pedazos, pelearé con ellos, les arrebataré mi muerte, estaré vivo mientras sea capaz de defenderme, mientras desee estar vivo no, puedo morir, si vienen para matarme van a tener una espantosa fiesta. Podía estar aquí ella para verme, no me creerá tan malo, pensabas nerviosamente con esperanzas de que volviera.&lt;br /&gt; Cogió la taza y el tintineo del platillo y de la cuchara lo hizo ponerse alertas y lo rodeó una extraña claridad, un eco claro e indefenso un eco un grito un ruido que deseaba está en la cocina está cantando en cocina está lavando los platos está en el baño se está peinando ahora va a entrar. Arrastró la silla para romper ese miedo, ese deseo, ese recuerdo, se sirvió el café en silencio y entonces sentado en la mesa, había cogido la carabina y alargándola en el aire había agarrado el cerrojo de la ventana con ella y la había abierto hasta atrás, y mientras bebía el café miraba la alta noche azul y negra y silenciosa. No sentía ruidos, sólo de vez en vez una lechuza tajaba en chillido, en la copa de algún árbol, y el viento se remecía suavemente y le traía un cargado perfume de violetas. Por eso llorará melancólico el viejo, pensaba, oliendo las violetas, es un perfume que pone un poco triste y un poquito maricón. No podría disparar con firmeza con ese olor insoportable refregándome el bigote. Sin embargo, después de todo, era un amable perfume, un perfume para estar descansado y sin preocupaciones cuando no te rodean veinte agentes cargados de balas que quieren esconder en tu cuerpo.&lt;br /&gt; No los sentía caminar ni hablar, se había puesto de pie frente a la ventana mientras sorbía el café y atisbaba la oscuridad sin ruidos y sin luces que se extendía sobre el campo, más allá de los árboles. Debe ser la una de la madrugada, calculaba, tendrán que esperar todas la noche, no se atreverán a venir en los oscuro, ojala vinieran; no me costaría cazarlos uno a uno, no deben ser tan giles. Fue un error, se reprochaba, no debí venir por aquí, deben haberme estado siguiendo toda la mañana y después en el día, mientras anduve con al Rosa en los almacenes y hasta sabrán que ella quedó de esperarme en la botica. Me habrás esperado hasta que cerraron, pensó con disgusto y desaliento, estará despierta en la cama, mirando dormir al Toño y sintiendo los ruidos de mis pasos que vienen por el camino. No voy. no puedo ir, podía estarme mirando aiiora y comprendería. Pensaba que algún día lo irían a buscar a su propio rancho y saber eso le daba un poco de seguridad. Por eso dormía tan mal cuando estaba en la casa, con la carabina bajo el colchón, agarrada la correa en las manos y aun cuando se tendía junto a la Rosa, ella se reía porque con una mano le cogía los pechos y le hacía saltar los botones y con la otra se4 aseguraba que la carabina estaba siempre bajo la almohada. Si la hubiera tenido bajo el colchón entonces no la habría podido sacar en caso de necesidad. Por eso también, estaba seguro de que ahora saldría con vida de esto. Cuando vengan a buscarme y me traigan la muerte, me la irán a dejar a la casa, ahí me encontrarán y será mucho más difícil para ellos y mucho más seguro para mí. Podíamos mandar al Toño para el norte, suspiraba, cualquier día me van caer por la madrugada estos perros y no quiero que una bala me clave al cabro.&lt;br /&gt; Cogió la carabina y alzando el seguro hizo tres disparos hacia el cielo, que resonaron largo rato en lo oscuro y se apagaban dulcemente en las copas de los árboles lejanos. Sabrán que estoy despierto esperándolos, pensaba y pensaba también que ahora irían a dispararle y a arrastrarse en la oscuridad hacia él pero no sentía ruido alguno. La noche estaba sosegada y límpida, sólo muy lejos aullaba un perro, sollozaba lúgubremente y en el suave viento impregnado en el olor, a violetas pasaba el lento croar de unos sapos. Se habrán dormido los agentes, se decía y de repente pensaba que era un imbécil si no trataba de escapar en lo oscuro. Si espero el día me será fácil dispararles, pero siempre escapará alguno que se meterá por la ventan mientras defiendo la puerta, pero no se atrevía a salir afuera, la noche estaba demasiado oscura y silenciosa y ahora comenzaba a hacer un poco de frío. Por el cielo pasaban lentas unas nubes delgaditas como género y en el viento venía un olor imperceptible de humo de cigarrillos, -tuvo &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;un escalofrió, imaginó que los hombres estaban muy cerca, sentados en el suelo, apoyados en los árboles, conversando silenciosos, fumando con apaciguamiento sus cigarrillos, aguardando, aguardándolo, listan esperando que me muera, murmuraba, mirando sus zapatos llenos de barro y quedándose pensativo. Para ellos ya estoy muerto, sólo desean mirarme la cara para estar seguros de que estoy siempre aquí, cuando puedan hacerlo caminarán hacia la casa, se limpiarán la suelas antes de entrar, arrojarán sus cigarrillos en la oscuridad y escupirán al lado afuera.&lt;br /&gt; Entonces vio pasar el primer caballo. Caminaba lentamente a una cuadra de la casa, sin jinete y su grupa blanca y negra se recortaba nítida contra la oscuridad de la noche. Están rodeando la casa, se quejó con desaliento y rabia contra si mismo, mientras miraba al segundo caballo, un animal rubio y lustroso, como mojado, que se deslizó en un trotecito y el tercero, un animal enorme y nervioso, que pasó relinchando hacia el alto cielo, un relincho demasiado terrible, impregnado de deseos, burlón y sarcásticos e insolente, se está riendo, lo han hecho relinchar adrede, pensó con furia y sintió mucho calor y cuando vio que el cuarto caballo no iba solo, sino que junto a él, pegado a su barriga, caminaba un hombre emponchado y vio que brillaba en la luminosidad de la noche, cogió con odio la carabina y la alzó para disparar, pero, pensándolo mejor, no quiso hacerlo. Sólo mataría al caballo, se dijo en voz alta, sintiendo un poco de ternura, y sentándose en el suelo y mirando con recelo la puerta cerrada y la ventana abierta, teniendo la carabina encima de las piernas estiradas, vació el cinturón y el bolso y empezó a contar las balas. Las iba alineando en el suelo, dejándolas paraditas y pensando en el Toño, que se ponía a jugar con ellas mientras él arreglaba los zapatos y martillaba con brío las suelas. Estará dormido el Toño y la Rosa estará despierta, suspiró. Vamos a jugar a los soldaditos. Toño, decía entre dientes y sentía frío en la boca, vamos a jugar a los soldaditos muertos, ya están desfilando los caballos.&lt;br /&gt; Contó ochenta y cuatro balas y entonces las recogió apresuradamente y las echó en los bolsillos del vestón y de los pantalones y sentado en el suelo, sin querer mirar ya a los caballos que todavía seguirían pasando bajo los árboles, atisbaba minuciosamente el cielo a través de la ventana, como si por allí pudieran deslizarse más caballos. Miró de repente la mesa, las sillas, tres sillas, tenían tres sillas, dijo mirando con desconfianza la gran caja atracada aja pared, detrás de la puerta e imaginó que habría sido bueno armar una trinchera con todo eso. Pero habría sido un error, estaba seguro de eso ahora; fue un error entrar a la casa, jamás debía atravesar el potrero, salirme del camino, pero eso ya no tenía arreglo, jamás debí echarlos al viejo, a la vieja y al chiquillo, el viejo les estará llorando ahora a los agentes y la vieja calentando al jefe. Bonita mujer, pensó en un suspiro, arrepentido de haber dicho eso, como si el suspiro fuera suficiente para borrar lo dicho y comprendiendo que no lo era. Le diré después que disculpe, se dijo y rió claramente. Si salgo bien de ésta vendré as buscarla. ¿Cómo se llamará?, decía, ¿Consuelo, rosario o margarita de las mercedes o Domitíla del Carmen? Tiene ojos tristes, decía, tristes ojos llenos de recuerdos y vida y sabía que de ellos sacaba él su fuerza ahora. Estaba seguro de que saldría con vida. Saldré vivo de este rancho, cazaré a unos cuantos agentes y le quitaré un caballo, a la una de la tarde llegaré donde la Rosa, pero siempre que no me hagan un rasguño, si me dejan herido tendré que esconderme y sujetar la sangre con los dedos, hasta que pueda llegar golpeando la puerta en la noche. Tengo que salir con vida, con toda la vida, repetía, pero, ¿por qué lo piensas con vida, con vida, con toda la vida, repetía, pero, ¿por qué lo piensas lauto. Eloy? ¿Es que no estás seguro entonces? Lo malo es estar encerrado en esto, esto es un cajón, las casas, sólo son ataúdes, decía bajito, casi con miedo. Dios no hizo las casas, sólo las tierras solas, los bosques, las montañas y los ríos, el hombre tiene miedo y se encierra en estas cajas. Sí. había sido error meterse en el cuarto, no había ganado nada con ello, sólo mirar a una mujer de pechos tibios y de ojos sensuales y tristes que ni siquiera me va a dejar disparar con sosiego si me acuerdo otra vez de ella. Me llevaré un caballo y la vendré a ver el sábado y entonces sí que haré llorar al viejo. ¿Me creía muerto el viejito bueno?, le preguntaré de repente metiendo el cañón por la ventana y tanteándole las carnes. Pero para salir vivo tengo que estar afuera, pensaba, siempre que me dejaron herido me encontraron en la cama con alguna hembra o atracado a una mesa despedazando un asado, esperaré un poco y en seguida abriré la puerta.&lt;br /&gt; Encendió un cigarrillo y lo fumó en la oscuridad, siempre sentado en el suelo frente a la ventana abierta. El humo del cigarrillo se iba por ella rápido y recto, tal vez demasiado rápido y eso era como un mal presagio, soplaba el viento, un viento frío, y comprendiendo que a medida que avanzaba la noche haría más frío echó una mirada a la manta que estaba tirada en la cama. Me abrigará, pero me amarrará los movimientos, murmuraba, chupando con ansia y dulzura y sed el cigarrillo y pensando siempre en la mujer. Pensaba más en ella que en la rosa, la Rosa está tranquila y tranquila se quedará sí me matan, tal vez pronto me olvide y el Toño perderá en el verano las pocas balas desparramadas que quedan bajo la cama. Volveré, tengo que volver y salir con vida de esto, suspiró mirando hacia la noche por la ventana abierta. ¿Por qué no tendría vino la mujer?, se preguntó pensativo. Tenía frío y le habría gustado beber un poco de vino fuerte y grueso, ese vino que lo tapa a uno y ya no sabe donde está, un vino que te borra y te ablanda y te desmenuza que se hunde o te trae a la superficie como pescado te echa a correr te deja siempre ahí despierto y dormido triste y alegre y con la mente audaz y el brazo tembloroso y tan ligero. El sábado le traeré un cajón de vino, me llevare un caballo y podré traerle hasta un vestido de San Diego y unos zapatos rojos, se dijo, poniéndose de pie y aplastando con firmeza el cigarrillo en el suelo. Caminó en silencio y como le molestara el golpear de los tacos contra las tablas, pisaba despaciosa y silenciosamente, parándose de tanto en tanto frente a la puerta  para escuchar hacia fuera.&lt;br /&gt; Caminando se tanteó los revólveres que colgaban pesados sobre los riñones y sintió las balas distribuida en los bolsillos y se sentía seguro, seguro, porque estaba armado, seguro de que saldría vivo de alguna manera de esto, pero lleno de recelos, de desconfianza, de presentimientos. Comprendía que en alguna parte había una cosa mala, una palabra traicionera, unos ojos que lo habían estado mirando, unos pasos que lo estuvieron siguiendo mientras anduvo con la rosa por el lado de la estación comprando cosas. Bonitos los zapatitos amarillos del Toño, dijo con alegría, acordándose, pero temeroso al mismo tiempo no pensando sólo en ellos. Yo los hacia mejores, suspiró, recordando sus lejanos años del taller y deseando no recordar más, pero veía siempre el cuchillo cortando el cuero y allá en el pasadizo correr apresuradas las botas relucientes de los carabineros, pues estaba lloviendo con fuerza y él había tenido sospecha y miedo cuando sintió a los caballos resoplar afuera y azotar los vidrios casi encima de él y pensaba que los iban a reventar y enviar un poco de baba lluviosa a través de la ventana, y mientras se pasaba la mano por la frente había visto al carabinero encender la linterna y barrer con su luz la ventana y él se había puesto de pie y soplado la lámpara para apagarla y ahí estaba palpitando sin mucho miedo, con desconfíanza y misterio e ignorancia, esperando que entraran, pero no entraron por ahí. porque ni siquiera lo buscaban a él y después, sentado siempre junto al banco, los había sentido hablar ronco y corlo por el pasadizo, golpear una puerta y quebrar unos vidrios y sonaron los gritos los horribles gritos heridos y llenos de sangre que tantas veces escuchó después y había visto al Manolo todo mojado, cubriéndose la cara con las manos, todo mojado, pero con la lluvia que sonaba afuera y había sentido una angustia y sin saber cómo se había puesto de pie y sólo con estirar la mano había sacado la carabina que estaba colgada en la silla del caballo, junto a la ventana, había corrido sus manos por ella y le gustaba, era pesada y suave y le gustaba y como estaba oscuro y podía abarcar todo el pasadizo iluminado con la lluvia, con las chapas de los carabineros y con los gritos llorados del Manolo, había podido disparar perfectamente y tampoco los dos balazos habían sonado demasiado, porque el viento azotaba las calaminas en lo alto de la casa y aun los perros que ladraban adentro, en el patio, hundidos en la oscuridad, tamizaban un poco los disparos. El había visto al carabinero agacharse doblado por el vientre, como si fuera a amarrarse las botas o a coger un poco de agua helada de la lluvia que caía por la canal y no había visto la sangre, pero el Manolo sí que había visto eso, porque había cesado de repente sus gritos y agachado también, como si quisiera jugar al mismo juego del carabinero herido, pasó bajo las botas del otro que miraba con la fea boca abierta hacia la ventana, donde él estaba de pie en la oscuridad, buscando el lugar exacto de la cara para enterrar la tercera bala. Nadie había a esa hora en la casa, las seis, las siete de la tarde de invierno, había una fiesta en la iglesia, una procesión al otro lado de las líneas y sólo los perros se quedaron ladrando cuando él, sin esperar al Manolo para preguntarle, comprendiendo que estaba ala abrigo huyendo por lo oscuro, había salido al patio y mirando la lluvia descender sobre los carabineros heridos, se había acercado al caballo y le palmeteaba la grupa mojada y humeante y había deseado estar también al abrigo, junto a un buen fuego, trabajando callado, hasta un poco triste. Y mientras había ido primero al trote y después al galope, había pensado en su rincón junto a la ventana, que ahora estaba abierta y llovería sobre las suelas, los clavos, la lezna, el hilo y las agujas, llovería sobre la sillita de paja en la estuvo sentado diez años hasta que sintió a los caballos entrar al patio y resoplar contra los vidrios. Había trotado toda la noche bajo la lluvia, estaba muerto de hambre y frío y de cansancio. Tenía sueño, se bajó del caballo cuando comprendió que terminaba la ciudad y comenzaba el campo y dándole unas palmadas en la grupa lo vio alejarse en un trote bajo la lluvia. Un animal así, fiel y bueno, me haría falta ahora, no debí perder a ese caballo, pensaba también en su barquito de zapatero, en el cuchillo que había tenido en las manos cuando sintió el ruido afuera y tuvo miedo. Todavía estaría ahí si el caballo no se hubiera detenido junto a la ventana y recordaba que lo primero que había visto fue la carabina, tan bonita, tan limpia y rubia, inocente y provocativa, casi escandalosa, no habría muerto a nadie todavía. Me venía a buscar ese caballo, balbuceó, se había detenido a esperarme afuera y cuando me salpicó con un poco de lluvia y un poco de baba, era para llamarme la atención y que comprendiera.   Por eso, entonces, había apagado la luz porque tenía que irme, porque de algún modo había adivinado que tenía que irme y el caballo golpeaba con sus belfos el vidrio para que me apurara. Había vagado toda la noche pensando en el caballo, que caminaría solo y triste y extrañado hacia el cuartel, habrá vuelto a la casa a ver si ya he regresado, estará oliendo en el patio los uniformes mojados y las botas, estará en la ventana golpeando los vidrios con el hocico, cansado de esperarme.&lt;br /&gt; Suspiró recordando todo eso y caminando en puntillas se acercó a la ventana y miró hacia fuera. La noche estaba tensa y fría, nubes espesas, desflecadas y negras, volaban a ras de los árboles y soplaba un viento cortante y helado. Serán las dos de la mañana, murmuró, queda mucha noche todavía y si quiero salir vivo de esta cueva tengo que abrir la puerta. Se acercó a ella y pegó la oreja en la madera, no venían ruidos, sólo rumoroso soplar del viento en el cielo negro, entre las copas dormidas de los árboles. Caminó hacia la cama, cogió la manta y se la echó doblada sobre los hombros, recogió la carabina y afirmado como en un bastón en ella, se acercó a la puerta, mirando el cuarto en la oscuridad, los vestidos desteñidos y tristes colgados en el clavo, más allá de la ventana, el lavatorio descascarado, el espejo roto empotrado en la pared y tuvo un estremecimiento. El sábado volveré, estoy seguro de que volveré el sábado a buscarla, se dijo, pero no encontró encanto, alegría ni deseo en eso, a pesar de que estaba seguro de que así sucedería. Cogió la tranca y la quitó de la puerta y caminando sin ruido, la puso encima de la cama, sobre la colcha alba, hospitalaria. Bajo el catre habría zapatos de ella, del viejo, medias rotas, frascos de remedio, se sentía triste y desilusionado mirando la cama limpia y pobre, el catre de fierro negro, lustroso, brillando en la oscuridad, y sin querer mirar ni pensar ya, cogió el pestillo y acordándose violentamente de la mujer, como si lo estuviera esperando afuera, bajo los árboles y ahora no más lo recordara, salió al campo e inmediatamente se sintió tranquilo y seguro y robusto. El viento le amontonaba perfume de violetas en las narices, pero no lo rechazaba, no lo consideraba débil ni desagradable ni de mal augurio, sino que incluso aceptaba como una débil y real y triste y alegre compañía, porque le traía ciertos recuerdos y otro poco de seguridad. No hay flor más mujer que la violeta, pensaba, ni más hembra y sensual y ardiente que la rosa. Se había sentido acorralado e inseguro y trágico y era donde estuco encerrado en la pieza, solo, sin nadie, con el mal recuerdo del viejito cobarde y de la mujer con sus ojos enormes que le quería mostrar todas sus dolorosas cosas en ellos, veía pasar cuchillos por sus ojos, bocas gritando o sollozando y una llovizna delgada y persistente, veía ventanas abiertas de súbito por el terrible viento que soplaba en las cercanías de la estación, alguien entraba en la oscuridad y la mujer, paseándose por la pieza, con el chiquillo dormido en los brazos, miraba hacía la ventana muerta de miedo, con la boca abierta de terror, pero sin gritar, sin atreverse a gritar y teniendo siempre una larga mirada de misterio y odio y estupor en sus ojos tristes. Tenía que haber sido ahora, mismo que no voy a tener tiempo, susurraba con temor y rabia y desconsuelo, mirando hacia la noche.&lt;br /&gt; Era una noche resonante y húmeda, las nubes estaban ahora muy altas y volaban con rapidez, dejando asomar esas estrellas insignificantes y sucias que le daban recelo. Corría el viento que le alborotaba el pelo bajo el sombrero y le hizo comprender que haría mucho frío a medida que avanzara la noche, y mirando con curiosidad y desconfianza hacia los árboles, metió el pescuezo en la manía y alzó los faldones sobre los hombros. Se habrán ido los caballos, se decía queriendo horadar las tinieblas. No venían ruidos extraños ni desagradables, sólo el rumor del agua corriendo más allá de los árboles, en cuyas ondas alborotaban con dulzura unos sapos soñolientos y destapados. A sus pies, a dos o tres pasos, crepitaba el persistente resonar de un grillo, un ruido claro y rumoroso, como vidrio, como de nieve y frío, como el viento del otoño entre los árboles, mientras la música atraviesa los carruajes entre los zapatos y las medias que se cruzan y crujen en los bancos, en la penumbra, como la voz de alguien &lt;br /&gt;que te está llamando y se ríen adentro en el dormitorio, junto a la radio encendida. Resonaba en su pecho, donde había un poco de susto y desconsuelo, quería detenerse para escuchar mejor el canto del grillo, pero no se atrevía, no habría podido hacerlo. ¿Dónde estarán los caballos?, se preguntaba, caminado con recelo alrededor de la casa y el canto del grillo chisporroteaba a sus pies, saltando incansable a su lado. No quisiera pisarlo, reventar este cantíto, se decía y ¿te acuerdas, Eloy, cuando hace ocho años, atravesando otros potreros, echando a correr cuando pasaba un automóvil bocinando por la carretera, llegaste a un rancho que y estaba la noche oscura y profunda y el viento se columpiaba suavemente en lo alto de los árboles y a todo lo largo del camino, bordeado por los altos y flacos y silenciosos álamos, sonaba también, sembrado de trecho en trecho, canto de los grillos? Entonces empezaste a correr porque parecía que el automóvil te venía siguiendo y cuando se acercaba, incluso para meterte más miedo, dejó de sonar la bocina y se apagaron las luces mientras corrías y tenías miedo de reventar los grillos con las botas y los sentías cantar en tus pantalones, subir por ellos para entregarte una noticia grave con urgencia y deseabas meterte por la puerta abierta del rancho que comprendías te estaba llamando, entonces, de repente, criando coraje y mirando con recelo el automóvil detenido, echaste atrás las manos y sacaste los revólveres, esperando los disparos que iluminarían el automóvil para buscarte. Se había salido del camino y escondido tras un árbol, aguardando que dispararan ellos para disparar él, cuando desde dentro del automóvil surgió una ropa de hombre, dos risas de hombre, reventadas alegre y furiosamente en la noche negra, se reían con ganas, con descaro, con cinismo, con desenvoltura, sin nada de miedo, prosiguiendo una alegre y copiosa y malvada y detenida alegría. Estarán borrachos, pensaba con sorpresa, se quieren reír para disimular y engañarme, si serán niños, no me habrán visto nunca la cara, llena de cicatrices por un lado, el ladrón siempre ha resistido la violencia, los gritos, los disparos, la sangre y las lágrimas, el solo lado de mi cara que estuvo preso, si serán inocentes, decía con burla y asco y rabia rodeando el árbol para tratar de mirar adentro. Pero ahora gritaba una mujer, un grito mezclado de alegría y deseos y miedo. Los hombres que parecían muchos, se reían solemnes y temerarios y alguien hablaba en voz alta repartiendo órdenes, sonó una bofetada y la mujer lloro amargamente mientras la puerta del automóvil se abría violenta y él los vio bajar, los pantalones oscuros, las pecheras brillantes y las flores alcohólicas y enfiestadas clavadas en la solapa, Están borrachos esos malas bestias, exclamó con rabia, como si hubiera esperado otra cosa más grave y más peligrosa y para estar más seguro y desenvuelto guardó uno de los revólveres en el bolsillo trasero del pantalón y alzó la mano para aliviarla y ponerla ágil y comprendiendo todo súbitamente sintió que una oleada de calor corría por las sienes y empapaba la boca. La mujer, caída en tierra, junto al automóvil abierto, tenía bonitas piernas que brillaban con dulzura y estupor y desamparo en la noche nublada y lloraba despacito, acostumbrándose, se quejaba más bien con insistencia, con triste descaro, para subrayar más sus lindos muslo. Tras los vidrios del automóvil se movían unos guantes blancos halando de subirla adentro, ya no reía ninguno, estaban desilusionado y enojados, enfriándose, un sombrero hongo rodó disparado por el suelo y el hombre que estaba encendiendo su cigarro, mirando con deseo y desencanto las bellas piernas tendidas, pegó furioso un puntapié al sombrero y después se sentó en la pisadera, mirando minuciosamente los pechos de la mujer, sus muslos blancos, su pelo revuelto que el viento y el llanto sacudían, la miraba con paciencia, con sosiego, fumando su cigarrillo y echando el humo hacia ella, fumando despacio espera, espera te espero espérame sólo un cigarrillo un frágil y corto cigarrillo perfumado se quema luego hay mucho viento. Le había dado rabia mirarlo al mismo tiempo con tanta tranquilidad y tanta insolencia en los ojos, chupando el cigarrillo y estirando los labios en un gesto de descansado deseo, que él mirando las nubes que derivaban por la hermosa noche oscura, amartilló el revólver y. saliendo de detrás del árbol, disparó recto hacia la mano enguantada.   El cigarrillo cayó sobre la mujer, el hombre se había puesto de pie urgido por el dolor y la sorpresa y mirando hacia arriba, hacia las nubes precisamente, antes de que diera tres pasos se derrumbó bocabajo en el suelo, como si se le hubiera acabado la cuerda antes de lo previsto, sus pies quedaron bajo el automóvil, curiosamente guarecidos. Antes de disparar nuevamente había sentido sonar la puerta del otro lado y comprendiendo que alguien huía, corrió tras él, hundiéndose en las tinieblas, buscándolo tras los árboles. Nunca le vi la cara, pensaba ahora, sólo supo que tenía el sombrero puesto y que olía mucho a perfume y a whisky, se reía como idiota cuando él se le acercaba y como deseando anudar una rápida amistad, había querido cogerle del brazo y quería huir con él al mismo tiempo y mirando lo elegante que era y comprendiendo que tal vez tenía el pelo rubio o de color tabaco o de color rojizo y peinado con gomina y tan reluciente el rostro. rojo y ocre, como aliñado, tendría 25 años, tan jovencito, le había ordenado que se sentara y se había sentado en el suelo, junto al agua y estaba temblando de miedo y frío, porque el agua que corría rápida, ensimismada y eterna, enviaba soplos helados hasta donde estaban sentándose ellos y aun podía ver que el hombre tenía un lunar grande, de mal agüero, un maligno lunar envenenado, enorme como un poroto, junto a la mejilla y sintió mucha rabia y deseó preguntarle si se lo habría pintado para parecer más vividor y perverso y quería preguntarle también cómo se llamaba, cómo se llama, señor, tan joven y pije, y tan mala suerte, yo voy a ser tu mala suerte. Se agachó para alzarlo, pero temblando de miedo se alzó sólito y aun más, se acercó a él, él acercó el revólver a la camisa y al mismo tiempo que lo grillaba, lo había cogido del hombro y lo empujaba por el pecho hacia el agua, cómo se llama, don cómo se llama, le dijo cuando caía y veía hundirse y revolverse sus faldones en el agua en la que brillaban la pechera y los guantes y el sombrero navegaba fanfarrón y triste y mirando el agua había tenido deseos de fumar un cigarrillo porque tenía frío y estaba cansado, pues había corrido tanto y más desilusionado estaba ahora porque ese automóvil que venía por la carretera lleno de carcajadas, de ropa negra y fina, de pecheras blancas, de guantes albos y flores hediondas a whisky y amanecida, ni siquiera lo venía persiguiendo. Claro que me perseguía, decía mirando con recelo y odio el agua andaba ya hacia el camino, claro que me perseguía, repetía mirando al hombre caído junto al automóvil, clavada la cara en la tierra, metiéndose por ella, bebiéndola, y la mujer sentada en el suelo, junto a la pisadera, llorando como loca, pero sin ganas, sin lágrimas, ya, sin acordarse, sin verdadero horror y pena y tan cerca del muerto que le habría podido tocar los zapatos. Sintiendo él un poco de lástima y desaliento y de tiempo perdido y de trabajo perdido, no me venían siguiendo a mí, pero era lo mismo, me venían a buscar, hasta apagaron las luces para que les pudiera disparar mejor, abrió la puerta delantera, la que estaba al otro lado del muerto y de la mujer que sollozaba con frialdad y extrañeza, y se sentó en los cojines y estaba transpirando. Debió quedarse dormido, debió dormir un par de horas y despertó tiritando, el automóvil tenía ahora las luces encendidas, alcanzaban a iluminar la bella cabeza del muerto, su cuello blanco, la corbata desanudada que corría ingenuamente por la tierra. El viento alto y fresco que alborotaba entre los árboles y hacía vibrar los vidrios le hizo comprender que tenía que alejarse de ahí. Se bajó del automóvil y entonces la vio dormida en el asiento trasero, apoyada la cabecita en la lona, con el pelo revuelto y las faldas desordenadas mostrando siempre las piernas. Se sentó a su lado y esperó que despertara y alcanzó a sentir el olor del whisky que manaba de su pecho, de sus narices, de su dulce ronquido atormentado. ¿Por qué no quería, entonces. Dios mío?, se preguntaba con desaliento y amargura, imaginando que estaría bebida, cuando bebes te atreves a todo, te entregas al vino, él te salva o te pierde, y no querías, dijo en voz baja, cogiendo un manojo de sus cabellos y sobándolo con asco y pesadumbre. Viendo que tenía lágrimas secas en las mejillas sucias, tuvo lástima y no quería acordarse de nada, estiró sus manos y le bajó las polleras. Abrió las dos puertas para que el viento del amanecer la refrescara y despertara y empezó a acariciarle con dulzura el cabello, enredándolo en el revólver que todavía tenía en las manos. Tuvimos suerte, pensaba, mirándola lleno de ternura y deseo, tuviste suerte, chiquilla, repetía, calculando la edad que podría tener. Cuando despertó y vio afuera el cuerpo tendido bajo la luz del automóvil, que caía recta sobre él, como funda, se llevó las manos a la cara y lloró amargamente, él la atrajo hacia sí y le golpeaba con cariño la cabecita con el revólver. Chiquilla, chiquilla, le dijo, tenemos que irnos, y la empujaba con suavidad para bajarla. Ella se deshacía llorando y se apegaba a él con miedo y trataba de no mirarlo y no le preguntaba por el otro. Se fue por el agua, pensaba, para decirle eso si le preguntaba, se fue por el agua y ahí no suena. No le miré verdaderamente la cara y ni siquiera sé como se llamaba, y de repente se le ocurrió que ella seguramente sabría y deseó que nunca le dijera su nombre. Ojala no me lo diga ni en diez años, decía, para sí, tironeándole la manga para que se bajara, es bonito, saber, Eloy, que mataste a uno y no sabías cómo se llamaba. No le vi la cara tampoco, repetía con seguridad para su tranquilizar su idea, mientras el agua, alla abajo, se le mostraba y se la escondía, alzaba los ojos y el pelo para que los recordara, y, después, de un manotazo hundía todo y sólo dejaba una desmayada manga de camisa flotar con sosiego. Ella había detenido ahora su llanto e incluso se habla desprendido de él trajinaba junto al automóvil rezongando una queja, se agachó y recogió una cartera y él sentía sonar las llaves y las monedas, golpeó con el pie unas botellas que tintinearon cruelmente, después la vio agacharse junto al hombre tendido en tierra, como si fuera a despertarlo o a llevarlo al lecho. Hubo cierta amorosa costumbre; cierto moroso vicio en esas manos que se tendieron hacia la camisa con perfecta confianza, con clara concienciay él miraba con desencanto la bella rodilla hincada en tierra, núbil, y fresca, nada de viciosa, así era, así era en las alfombras, en los salones, entre las copas y la música murmuraba trágico y disgustado. Ella metió la mano en el bolsillo del vestón, sacó un sobre abultado, un par de anteojos oscuros y estivales, un retratito, unas llaves, quiso deslizar la mano por debajo para buscar en el bolsillo interior, alcanzó a alargarla, pero no se atrevio, se puso de pie y dando la vuelta al cadáver se encuclillo al otro lado, estiró la mano y, mirándolo directamente, se puso de pie con deseos de decirle algo, de pedirle algo, pero él no queria que le pidiera nada y ya había echado a andar y ella tuvo que correr para alcanzarlo. La cogió del brazo y la arrastró, caminando apurado, salieron del camino y atravesando potreros, se alejaron. Ante, de torcer, volvió la vista y vio que las luces del automóvil habian quedado encendidas y caían rectas sobre la cabeza del hombre y sobre sus manos que se entreabrían en la tierra, abrazandola, agarrándose a ella para trepar firme hacia la vida o no resbalar del todo. Mirando el cielo calculaba que antes de una hora comenzaria a aclarar. Nos queda poca noche, le dijo, caminando más ligero y comprendiendo que ella quería quejarse, pero no deseando oír ni quejidos ni palabras de conversación o explicación. Podíamos esperar el primer autobús, dijo por fin ella en un suspiro y eso estaba mejor y la quedó mirando, adivinando que era muy joven y que seguramente le correspondería crecer un par de años a su lado. Tomaremos el autobús, dijo él. ¿para dónde? A Rancagua, contestó ella y se puso a llorar. Recordaba que en el autobús, acurrucados en la parte trasera, se habían quedado dormidos y sólo despertaron cuando fueron echados violentamente uno junto al otro y desde lo alto caía aleteando una gallina que le cacareaba en los ojos y una vieja gritaba y el sol venía a través del vidrio y hacía mucho rato que les estaba tostando la mejilla. Ella dormía agazapada en su pecho como un paquetito la despertó remeciéndola de la barbilla y se bajaron con mucho cansancio mucha hambre y mucha sed y había moscas que entraban por la ventana y revoleteaban alrededor d ellos en el restaurant y mientras comían y se miraban y se sentían avergonzados y distantes alcanzaban a divisar los coches detenidos en la avenida y los viajeros que pasaban cargados de maletas y de chalones coloreados y de ese ruido vegetal viajado y rumoroso comestible y soñoliento y dulce y embriagado que baja contigo cuando desciendes del tren y las vendedoras te llenan los oídos con la hojarasca blanca y crema de los alfajores y de los quesillos de cabra y los canastitos con paltas y brevas y huevos duros y sandwiches campestres y copiosos y hay vendedoras tan bonitas tan morenitas tan sonrientes entre sus gorras blancas y su risa robusta y almidonada y los chiquillos que corren chillando por la gran oquedad de la estación llena de viento frío y de anuncios del altoparlante que vocifera horas y estaciones y trenes suspendidos como dando noticias malas llenas de presagio y muerte y en la estación sonaban todas las cosas, y cuando, después de almorzar, la había cogido del brazo para acercarse a ella, y comprendía que ella también temblaba de miedo, porque sólo ahora venía despertando, se sentía triste y apesadumbrado y temeroso y sentía resonar toda la noche en la estación el viento el automóvil la luz manando como agua hacia la cabeza del muerto y las risas los gritos de ella la sangre se alzaba la sangre brillando en lo oscuro, resonando en la gorras rojas de los portaequipajes y un cochero negro y desconfiado que los miraba desde lo alto del pescante los persiguió con la mirada durante mucho rato, tiranteándolos con ella, adivinando, oliéndolo, huelen la sangre estos provincianos ingenuos, decía para sí con disgusto y deseaba olvidar la cara de aquel cochero, vendré en la noche a buscarlo a ver si me mira así en la noche este huevón se quejaba, organizando su rabia, le pediré que me lleve al cementerio número dos para visitar a un asesinado, cuando ella esté dormida vendré a buscar a este viejo, me subiré al pescante y lo cogeré de la solapa, quiero preguntarle qué es lo que me mira, que me explique lo que ve cuando me esta mirando. Y alzando la cabeza del plato alcanzaba a verlo en el medio de la plaza, junto al bebedero de los caballos, atisbando minuciosamente más lejos, irguiendo con curiosidad la cara para Tralar de descubrirlos entre la multitud que atravesaba la calle y llenabas la plaza.&lt;br /&gt; Ahora que estaba frente a la noche, tratando de mirar a través de los árboles para adivinar dónde estaban los caballos, dónde estarán escondidos los agentes, se preguntaba, pensando al mismo tiempo con angustia en ella. Le dije que me esperara frente a la botica, murmuró con desaliento. Le parecía que aún a esa hora ella lo estaría esperando, muerta de miedo y nervios y adivinando qué cosas le habrían podido pasar. Me vinieron siguiendo, rosa, me estuvieron siguiendo todo el día, y a lo mejor, cuando vuelvas a la casa, te la encuentras I lena de agentes, pensaba, caminando con sosiego y cuidado alrededor del rancho y apretando con ansias la carabina. No debí separarme de ella, agregó, estaríamos juntos, juntos en cualquier parte y hasta pelearía mejor mirándola a ella. Creyó sentir un ruido, un susurro de pasos entre los matorrales, por donde la mujer había desaparecido un par de horas antes. Estará durmiendo con el viejo, decía con furia y desilusión de que no se hubiera quedado ahí. Habría sido mucha suerte que se hubiera atrevido a quedarse a mi lado, me habría dado fuerza y mejor puntería, no me rajarían nunca las balas. A ver si el sábado la vengo a visitar, le traeré un vestido nuevo, se dijo sujetándose el sombrero que quería volarle el viento. Soberbia mujer, buena hembra, no tuvimos tiempo, pensaba, caminando con sigilo hacia los matorrales donde estaba seguro de que había alguien agazapado, mirándolo. Tendrán a todos los caballos escondidos por aquí, balbuceaba con cierta conformidad, pero comprendía al mismo tiempo que los caballos no habrían podido estarse tan tranquilos si así lo hubieran hecho. Se habrán ido caminando con ellos, siguiendo al viejo y a la mujer, imaginó de repente con alegría y tuvo rabia de alegrarse tanto y desconfianza de sí mismo y se dio cuenta de que la mano que apretaba el gatillo le estaba temblando. Tenía una risa seca en los labios y pensaba, sin desearlo, que a lo mejor era verdad que los agentes se habían ¡do y sólo habrían querido asustarlo esta vez, dejarlo tan asustado de modo que no fuera capaz de atravesar todo el potrero hasta los árboles. Te alegraste, Eloy, decía con amargura y desaliento y furia, tanteando las balas en las faltriqueras. Estas deseando que se hayan ido, toda la noche no has pensado en otra cosa, que sería bueno que se fueran y te dejaran tranquilo. No se irán, vinieron a buscarte, están escondidos en la tierra, esperando que aclare para mandarte todas las balas y dejarte tendido aquí. No habrían venido tantos si quisieran matarme, decía luego, deseando tranquilizarse, no habrían traído tantos caballos, son cobardes, traen caballos para que los mate y relinchen como locos cuando están heridos en el vientre, quieren atemorizarme con el horrible grito de los caballos heridos, pero no mataré a ningún caballo, cuidaré mis balas sólo para ellos, para sus sucios vientres, no voy a hacer lo que ellos quieren sino lo que debo. No quiero morir ni matar, decía finalmente, acordándose de la mujer que se había alejado corriendo entre los árboles cuando le dispararon las primeras balas. No debí dejarlos ir. dijo, pero comprendía que eso no tenía ya arreglo, el viejo les habrá ido a decir que tengo miedo, que tal vez parezco enfermo y que estoy bebido, que llegué pidiendo vino y disparándole a las piernas. No te dispararé a las piernas, viejo, cuando regrese el sábado, decía con odio, tocando con las alas de la manta los matorrales y quedándose quieto para escuchar. Sólo el susurro del agua corría entre las matas y sonaba en las piedras, un susurro en el que también dormían los grillos, iluminando el silencio y haciendo oír el golpear sordo de la sangre en su corazón. Tengo que cuidarme, murmuraba, y dio unos pasos en la oscuridad, pues estaba seguro de que alguien respiraba cerca. Si hay muchos no debiera haber tanto silencio y otra ve/ comprendía que era posible que los hombres se hubieran ido llevándose a la mujer y al viejo. Un viejo trágico que llora porque te lo acercas es siempre de desconfiar, decía, extrañado de no oír ruido alguno. Estaba, sin embargo, seguro de que los caballos no se encontraban cerca, si lo estuvieran, relincharía alguno oliendo las violetas, recordándole a las yeguas, la noche del otro día, todas las noches cuando salen a cazar borrachos los agentes en los caminos. Se llevaron los caballos y se quedaron ellos solos porque están muy confiados. Yo también lo estoy y a lo mejor alcanzo a regresar a buscarla a la esquina de la botica, dijo finalmente, se dio vuelta y disparó un rosario de balas contra los matorrales, porque había sentido una breve tos ahogada en el ruido del agua y el susurrar del viento.&lt;br /&gt; Como no le disparaban tuvo miedo y retrocedió vuelto hacía los matorrales, cargando con premura y furia y súbita amargura la carabina, el ruidito sonaba lúgubre en sus orejas, como dentro de una caja, y se iba resonando en el agua, sonaba aún en las copas de los árboles que se hundían en la oscuridad. Retrocedió y amartilló otra vez la carabina y estaba seguro de que había desperdiciado todas las balas, si no alguno habría chillado. Hasta yo he gritado a veces cuando me cogían desprevenido o cuando el dolor es más grande que el dolor que uno espera. Veía a la Rosa esperándolo en la esquina de la botica, mirándola retrocedió hacia la casa y sintió el silbar de las balas que venían desde dentro.&lt;br /&gt; Se agachó y puso la carabina a sus pies, la tocaba con los zapatos y vio el humo que salía por la ventana, un humo delgado y azul que veía muy bien en la luminosidad de la noche. Están dentro, se metieron dentro de la casa, dijo, y se quedó quieto y alzando poco a poco la carabina envió hasta seis balas hacia la ventana abierta. Tengo que sacarlos de ahí o echarlos a todos dentro, rezongó, y entonces una bala le mordió la oreja, y comprendió que estaba herido, una herida pequeñita, una leve mordedura, como cuando lo mordía la Rosa y se reía tanto y él no comprendía por qué se reía, por qué te ríes, le preguntaba con rabia y desconfianza y la perseguía por la pieza y tenía él ia oreja llena de sangre y la rosa saltaba de la camay se reía asomada a la ventana que daba a la calle Independencia, frente a la plaza. Ahí está el correo, m’hijito, le decía, ahí te iba a echar las cartas cuando andabas por los cerros, un día me perdí con la neblina. El veía la neblina entrando por la boca de la rosa que corría riendo por la calle, arrebujada en el pañuelo y tosiendo de tanto que se reía, sonaban voces y había mucho humo en la calle, habría incendio hacia los cerros. ¿Por qué se reirá?, se preguntaba con tristeza y la Rosa, de pie frente a ala ventana, con las manos en las caderas se quedaba pensativa y ya no reía, se sonreía con donosura, nada más, ni siquiera lo miraba, venía hablando por dentro. Estaba tan sola entonces, le contaba, y pensaba que estarías muerto, tirado bocabajo en el cerro, bajo el sol, cuídate. Eloy, duerme siempre vestido, no dejes la carabina más lejos que tus manos, úsala de almohada, duerme con el la y con mi recuerdo , y cuando veía que él tenía un poquito de sangre en la oreja se abrazaba a él y lo besaba y lo mordía despacito, con blandura, para enjugarle la sangre y se quedaba largo rato amarrada a su cuello. Rememorando, un sollozo, un maldito sollozo le culebreaba en la garganta. Recordaba su casa, el rincón de su mesita de trabajo, el trecho de comedor que alcanzaba a divisar en la penumbra, sentía el gusto dulce del pan, el gusto acre de las lágrimas, un enorme deseo de estar tranquilo, tendido en la oscuridad, esperando el sueño; sabía que tenía mucho sueño y que no podía dormir, pensarlo sólo le daba cansancio y algo le decía que faltaba mucho, muchas noches, muchos días, demasiados, Eloy, para que disfrutara de esta tranquilidad y de ese sosiego; le venía el recuerdo de ensaladas frescas en el campo, cuando todos estaban comiendo bajo las parras y se elevaban las tufaradas gordas, aliñadas, cálidas y un poco insolentes, demasiado robustas, de los grandes azafates repletos de carnes esponjadas y relucientes y él sintió que adentro de la casa cerrada, completamente cerrada, en la que se descargaba con furia un golpe seco, sonaban gritos, gritos desgarrados y disparos, disparos de revólveres y chocos, y ni siquiera por entre las junturas de la madera que se resecaba al sol salía un rastro de humo, del humo, del humo azul y trágico y evidente que había esperado; sentía vaciar despaciosamente el vino de los jarros, se reían, se reían olvidados, olvidándose las malas bestias, llegaba galopando un jinete, en medio de una polvareda ardiente se desmontaban unas botas nuevas, una cara nueva, una manta insolente, relinchaba el caballo, tornando la cabeza rojiza y blanca hacia las mesas y, de repente, casi sin dolor y sin trance, un llanto desbordado y poderoso que ahogaba el ruido de las bocas que masticaban y se reían, el ruido de los perros que ladraban al sol al otro lado de las cercas inundaba el cielo y ensombrecía el vino. No había podido comer entonces, el llanto lo perseguía, corría por el suelo entre los restos de comida y las cáscaras de fruta, se desbordaba casi con fiereza por el patio, arrastrando todo, queriendo arrastrarlos a todos, y él, muerto de horror y asco y teniendo sed y hambre; otra sed y otra hambre, se había ido caminando sin querer acercarse a la casa, mirando sólo a los jinetes, a los jinetes verdes que ya venían trotando en dirección al pueblo. Estaba tan sola entonces, repetía, tan sola como la noche aquella cuando venía en el automóvil con aquellos borrachos. Cállate, le decía él, lleno de reproche y amargura, porque no deseaba recordar aquello. Y, sin embargo, estamos ahora en Rancagua y aquella vez tomamos de noche el autobús y también llegamos aquí durmiendo y la abrazaba por la cintura y deseaba tanto tenerla en los brazos. Esperándolo de pie, en la esquina de la botica, ya no habría tenido deseos de reír como había reído tanto en la calle cuando salieron de la pastelería y sentía el copo del helado enfriarle el estómago y experimentaba un enorme alivio, un cambio de vida, de aire, de suerte y posibilidades, se hacía la ilusión de que ya no tendría que huir nunca más y se lo había dicho a ella y ella se reía y decía que los helados estaban tan ricos, tan exquisitos, Eloy, por qué no compramos helados esta noche y los tomamos en la oscuridad acostados en la cama desnudos en medio del calor adivinando la plaza iluminada y escuchando el ruido de los viajeros que salen &lt;br /&gt;de la estación y vienen cansados y animados gastándose en las últimas conversaciones, mirando la comida tibia la cama tibia la oscuridad apaciguada fresca y sin ruido que loes está aguardando en el hotel en la casa del compadre en la pensión de la Luchita en la casa de cena Los Dos Claveles. El se había quedado callado y el Toño caminaba cansado y asustado ahí abajo, arrastrando la caja de los zapatitos, bonitos zapatos, Toño, un día te voy a hacer un buen par de botas altas, rojas o blancas, o negras y doradas para que andes a caballo y galopes por los cerros persiguiendo bandidos, le había prometido, pero pensaba en la rosa, en lo que le había dicho. Esta noche, esta noche estaré muy lejos no puedo quedarme Rosa por dios tú sabes que tengo que salir hacia el campo perderme en los potreros caminar como Jesús por el agua donde se borren mis huellas, pero a las nueve, a las nueve en punto, espérame en la esquina de la botica, al medio de la luz, donde te vea desde lejos, de algún modo llegaré hasta ti, y la había visto alejarse llena de sol la pollerita y ni siquiera se habían besado al separarse, no la besé. Todavía, muerto de angustia, atravesado de presentimientos, podía mirarle las piernas brillando al sol, mientras se arreglaba el pelo, se acomodaba los pechos dentro de la blusa y se empolvaba la cara y quería sonreír. Veía que se tornaba en la calle para gritarle, le gritaba asustada viendo al cabo Miranda tras el mostrador de una carnicería, arremangadas las mangas y el delantal sucio, franqueándolo con una cara bonachona y comercial, y ya él había comprendido, tenía miedo, quería abrazarla y besarla para despedirse, quería llamarla y ella huía para siempre y él la veía correr por la calle Bandera y pasar corriendo por entre la gente apresurada y por entre las mesitas llenas de empanadas y de sandwiches y de botellitas con ají y salsa y mostaza inglesa y bandejas llenas de copas vacías y montones de servilletas albas y plan-chadas y desfilaban por la vereda sin tocar las mesas las tacitas de café de ese café lúgubre que te sirven cuando llegas a la casa y los abrazas llorando y están todos vestidos de negro y desde el pasadizo ya alcanzas a ver los candelabros y los cortinajes y para que estés bien seguro sientes el olor cálido de la cera y de las flores y para que no puedas dormir esta noche ni mañana ni dentro de dos semanas cuando te acuerdes sobre el llanto sobre el horrible llanto deshonesto y desbocado a través de las enaguas que desfallecen sobre las piernas viudas te viene ese olor a alcanfor a digitalina y coralina que se te mete en las narices y te empapa la ropa y te vas, te vas empujando la puerta empujando las ventanas y las paredes y el olor y el llanto y los quejidos te persiguen y ves bailar ante tus ojos un par de hermosos candelabros y el humo del cigarro del difunto que arde todavía en el mármol del velador lleno de frascos. Y no la besé, decía muerto de miedo, viendo su vestido olear al sol, hundiéndose en la calle, y el Toño callado y enfurruñado que lo miraba con el rostro enrojecido y sudado y deseoso de que le dijera algo cariñoso, que le pasara plata para dulce, cualquier cosita, pero él había atravesado corriendo la calle y después, pensándolo mejor, había caminado al paso y había entrado a un negocio a beberse una cerveza, donde la radio vociferaba ahí mismo, entre las botellas, rabiosa y amarrada, como si fuera a saltarle al pecho. Se bebió dos cervezas seguidas y no tenía ahora deseos de irse, andaré por aquí toda la tarde, pensaba, revolotearé por los negocios, compraré un buen cinturón, tal vez un sombrero alón, un par de botas altas, no quiero alejarme mucho, a lo mejor tengo suerte y llego antes de las nueve a la esquina de la botica. Se estaba sirviendo la tercera cerveza cuando alguien se sentó a su lado, un hombre flaco, demasiado flaco, para que hubiera parecido enfermo y unos ojos hundidos con tanta fiebre, ardientes y vivos y puntudos como un cuchillo. A éste lo enflaquecieron para mí, pensó mirándolo con desconfianza y lástima al mismo tiempo, porque no estaba seguro. No se sacó el sombrero y miraba el vaso lleno de cerveza con verdadera ansia. Tendrá sed, se dijo, tendrá sed. vendrá de lejos y le empujó el vaso con una sonrisa compasiva. El hombre agarró su mano al vaso y lo quedó mirando, lo miraba minuciosamente, con envidia, con la descarada envidia de los pobres, sacando la cuenta de lo que llevaba puesto y de lo que le habrían costado los zapatos bayos tan rubios y dónde los habría hallado y el vestón lleno de rayitas, en la tienda del turco Lama, en el bazar Los Reyes Magos o en La bola de Oro. Y el corte de pelo, Eloy, ¿dónde te cortaste el pelo? No dejes que te afeiten los desconocidos, no los dejes. Eloy. Tenía la boca lánguida y triste metida en el vaso y echaba una lengua de trapo en él, sorbiendo la cerveza y sacando los ojos húmedos, húmedos de cerveza, para mirarlo y reconocerlo y reconstruirlo cuando fuera necesario y no olvidarlo nunca. Tenía él mucha rabia, pero no quería hablar. No hables, por Dios, no hables, se decía, muerto de desconfianza y con un gesto duro pidió otra cerveza y se metió el gollete entre los dientes, bebiendo con verdadera furia y sed, sacó un billete y lo disparó asustado en el mostrador y el hombre consumido y tísico y borrado e inolvidable, le había dicho en un susurro y un silbido y una tos repulsiva que le hervía en el pecho: gracias, Eloy. Y él había echado a correr y corriendo atravesó otra vez la plaza las líneas del tren la plazoleta donde vendían la bencina y siguió corriendo por el camino que llevaba a Santiago y comprendía que el hombre lo había quedado llamando para que todos supieran cuál era su nombre y cómo andaba vestido y lo bien que puede correr un hombre que está verdaderamente asustado. Entonces saben, decía, mientras corría y luego iba al paso, mirando las puertas de los negocios, los vidrios de las ventanas que reverberaban al sol y quería pensar en algo que no se refería a su miedo, pero no se acordaba, se pasaba con fatiga la mano por la cara, que tenía transpirada, si me afeitara, decía, me aliviaría me refrescaría sí sería bueno que me diera una buena afeitada pero no sabía por qué sería tan bueno eso tan necesario tan urgente entonces saben que ando por aquí dijo empujando con desgana con extraordinaria fatiga y lucidez al mismo tiempo, la mampara de la peluquería y al entrar comprendió que estaba fresco ahí y que eso verdaderamente lo aliviaría y miraba con fijeza, casi con humildad y ruego, al mismo tiempo que con recelo, al peluquero, un hombre joven y descolorido, con los labios rojos e insolentes y chuletas que le bajaban hasta media cara. Lo había mirado con insistencia, casi con rencor, no precisamente con rencor, sino con urgencia y arrogancia profesional y cuando él todavía no terminaba de pasar a través de la mampara, había sacudido con desprecio y odio y le mostraba el cuero del asiento con la palma extendida, se lo mostraba no con atención ni con elegante humildad, ni con esa sonrisa técnica, industrial y pastosa que florece en las bocas de los comerciantes, en ciertos dientes que te ofrecen dejarte cinco pesos más baratos los zapatos amarillos que te gustaban tanto o los tres metros de tocuyo, o eran seis metros, pensaba, los que encargó la Rosa para sábanas o el corte de gabardina que quiere que le compre para la Pascua o el paraguas que le vamos a reglar al cura o el autito con cuerda para el Toño. Sentado ya y tranquilizado, acomodando sus posaderas para que calzaran bien en el asiento y no se enojara el peluquero si se movía él después, y estaba seguro de que tendría que moverse, lo miraba con curiosidad y temor y no sé qué me puede vender éste, decía para sí, me venderá un poco de lavaza, unas cuantas pinceladas con el hisopo, unos tajos con la navaja y se dio cuenta de que ni siquiera el hombre lo había mirado con esa mirada total y absorbente con que te miran los ricos, que te incorporan a su curiosidad y su desprecio, a su tranquilidad sobre todo, te miran y comprenden y están seguros de que mientras haya tipos como tú, tan pobres y tan tranquilos, tan pacientes y satisfechos, jamas va a venir la revolución, la sangre corriendo por las calles y no por las venas. y con esa seguridad total te miran los zapatos y saben que tienes los tacos gastados y torcidos, te miran los calcetines ordinarios y horribles, ciento diez pesos la docena, y, a lo mejor, si compra dos docenas o trece pares, te salen a cuarenta y cinco, y te miran el pantalón, el pobre pantalón arrugado y humilde y gastado y viejo que el sábado tendrá su parche, su gran parche robusto y escandaloso donde tú sabes, tienes que comprarte otro pantalón. Eloy, qué va a decir la Rosa, y te miran la camisa y tu camisa es espantosa y roja y verde, como un papel de diarios, una camisa buena para estar trabajando en una bodega de frutos del país en Cauquenes o enfermo del pulmón en l*cña Hlanca. cuando la tos y el sudor te la pintan y te la empapan y la camisa es ya un poco tu piel, la piel de tu espalda, de tus pulmones y las miras con confianza, con cariño y con recuerdo. La compré hace nueve meses, pensó, era el invierno y ya estaba oscuro cuando atravesé la calle Blanco y el expreso pasó de bruces hacia Santiago y pensaba que también él quería irse y suspirando se abrió el cuello y se sacó la corbata de tono verde, que, en realidad, había sido verdaderamente verde hacía dos años, cuando recién se había enfermado el Toño, pero estaba mejorando y ya no se moría y la Rosa lo fue a encontrar a la esquina de la botica y la esquina estaba llena de sol y él le pudo ver las piernas y las encontró más bonitas y más llenas, le madurarán en la noche, se le deben llenar con un buen sueño, estarán repletas con mis besos, pensaba, y el viento lo comprendía y alzaba con atención la falda y alcanzaba a ver la enagua almidonada que sonaba con suave dulzura y hasta con un poco de escándalo y oferta y ella comprendía lo que él estaba mirando y pensando y deseando y se puso encamada de una vez para siempre, para esconderse tras su rubor y sentir lo mismo que é1 y desear lo mismo que Eloy deseaba y ya no importaría nada, pues ya se había ruborizado hasta el cuello y el escote y todo era. pues, correcto, pues el Toño ya no se moría y tal vez lo pueda levantar el domingo y estaban felices y sin preocupaciones y era hermosa la vida y se quedó pegada a él, pegadas las piernas al vientre de él y se quedaron mirando como sorprendidos y luego lo besó sin decir nada, como si tuviera premura en entregar las cosas que traía, antes de que se desarmara el paquete y cayeran al suelo los duraznos las brevas las chirimoyas que están todas reventadas porque la vieja en el autobús estaba casi sentada en su falda y tenía los ojos llorosos un par de ojos horribles y húmedos y tan pintada debe tener cincuenta años y tan pintada y con esos pechos enormes, unos dos pares de arrogantes pechos en cada sostén, una media docena, m’hijito, le decía después, mordiéndole los labios, estirando las piernas para que se las tocara y las mirara y de las deseara. Y él le besaba la garganta el cuello la nuca y tenía una nerviosa sed y le rodeó la cintura y ella se quejó bajito y se apegó a su rostro y le dijo cómo me clavas Filo) cómo me rompes el cutis la cara los ojos me dejas imposible los labios y se puso de pie enojada y de inmediato abrió la cartera y sacó la corbata, una hermosa corbata carnosa y verde, un verde nuevo y sinuoso, brillando al sol como una lagartija o el sapito Colocoy, una corbata gorda y airosa bastante coqueta como tus piernas como tu cintura como tu pelo amor Rosa florcita mía vamonos luego por amor por caridad y se fueron caminando bajo los árboles y él poniéndose la corbata, dejándola suelta en el cuello, sin apretar el nudo por no ensuciarla, por no reventarla, vida mía, y ahora la había tenido en las manos, desteñida, ajada, miserable y triste. Suspiró bajito y asustado y tendió atrás la cabeza y vio que el peluquero le estaba mirando el pescuezo con insolencia técnica, criticona y de definitiva, porque había adquirido su cabeza por una media hora para hacer con ella lo que viniera en gana, son antropófagos, pensaba, son fríamente asesinos y ahora sonaba el anafe y estaba corriendo el agua del lavatorio y tenía él mucho sueño y el peluquero le miraba con insistencia el pescuezo, me lo querrá comprar, me lo querrá comprar para ponerlo en la vitrina junto a la peluca rubia y cálida y los frascos desteñidos de gemina, típico pescuezo de obrero, de obrero calificado y aburrido, de trabajador del campo que sólo los sábados camina hacia el asfalto para meterse en la peluquería, cuánto me daría por mi cabeza, son como los pacos, como los detectives, pensaba, sólo buscan el lugar exacto donde meter la bala o la navaja y se sonrió con duro temor y sintió el helado contacto de la lavaza en el rostro y un debilitado y añejo y ordinario perfume de agua de colonia que se escurría por sus labios y se evaporaba en su garganta donde se acumulaban el cansancio y el temor que había sentido hacía diez minutos, cuando venía corriendo, y ahora estaba más lejos y menos asustado, asustado en absoluto, y ahora estaba más lejos y menos asustado, asustado en absoluto, porque el jabón perfumado y acre lo estaba separando de todo, lo dejaba protegido y lejano, solo consigo lo mismo y sentía más despejada la cabeza, separada del cuerpo, de las manos, de los pies y la garganta por oleadas de jabón que le llenaban hasta el pecho y le palpitaban con suavidad en las orejas y tenía aún los ojos cerrados y se sonreía con tranquilidad. Podía quedarme dormido, pensaba, y descansar un par de horas dentro de lavaza, la navaja me rebanaría el pescuezo y no me daría cuenta, me iría caminando adormilado a través del jabón, como bajo los árboles y allá, al otro lado de la navaja que brillaba al sol sentía pasar en un celaje el cuchillo y vibrar la voz tensa y estridente, se está quieto, por favor, quieto, quietito, decían y le cogían la nuca y se la daban vuelta como un tornillo y le acomodaban la cabeza en el cuero del respaldo. Es el peluquero y me dice que me sosiegue, podría ser un agente y también me diría que me sosegara, murmuraba para sí, con temor, me diría que alzara los brazos con las manos abiertas y que me estuviera quieto, estará sin moverse, podía estar una semana, hasta el otro sábado, sin moverse, era bonita esa corbata y bonitas las piernas de la Rosa y las medias le subían hasta el vientre, nunca tuvo una medias más lindas y ni siquiera se las sacó esa noche y él las sentía frotar bajo las sábanas y se reía en la oscuridad mirándola con la boca abierta y después, al otro día, se puso furiosa y le dijo que era un infeliz y que la corbata ahora le parecía muy fea. No era muy bonita realmente, pensaba, pero tampoco era fea, le costaría unos treinta pesos, entró a comprarla para mí, se quedó pensando. Pensaba en lo mismo ahora, tapado por la lavaza, que era como las nubes, perfumadas, grandiosas, llenas de viento y de resonancia. Sí, decía, sintiendo los dedos del peluquero que le echaban jabón sobre el bigote, no era muy fea, y sintió que al otro lado del jabón el peluquero estaba furioso, cómo no puede estarse sosegado, ¿está borracho o qué? Y comprendió que lo había cortado, pues la cara le ardía y ahora la sangre le goteaba en la boca y una mujer, tras las cortinas, estaba haciendo girar el dial del aparato de radio y también estaba gritando o llorando o escandalizando hacíamucho rato, mientras él pensaba en la Rosa y miraba las piernas paradas en medio del sol que lo estaban esperando. Estaba seguro de que la mujer, junto a los retazos de música y de avisos comerciales que se vertían de la radio, había estado clamando o rezongando, gritaba o se quejaba contra alguien, contra el peluquero o el dueño del negocio o contra él mismo o contra el muchacho que lustraba zapatos en la misma puerta, junto a la vitrina y ahora se había quedado callada y detrás de la lavaza, sintiendo dura y tirante la cara herida, escuchaba que preguntaba casi con miedo, con cierta amable dulzura y un &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;poco de duda que necesitaba ser confirmada: ¿Y lo cortó, entonces, Gonzalito? Podían estarse sosegados estos campesinos, rezongaba con desprecio el peluquero en el rincón del cuarto, donde estaba la asentadera y pasaba con odio y amenaza por el la la navaja y la navaja buscaba herirlo sin reparo, herirlo, de nuevo, estaba furiosa, se quería clavar en su pescuezo, me lo va a comprar por nada, por unas cuantas gotas de sangre, pensaba, y está armado, por eso grita tanto, porque no sabe que yo también lo estoy y soy un campesino, felizmente ahora soy un pobre campesino, por eso grita tanto y aun tiene miedo y la mujer esperaba todavía una respuesta, porque la radio vibraba sin música y sin voces, aguardando ella una palabra definitiva y siniestra para echarla dentro. ¿Cómo lo fue a cortar, Gonzalito?, dijo con una voz alegre e infantil y puso a todo volumen el receptor y el peluquero caminó entre la lavaza y los papeles y el pelo cortado que tapizaba las baldosas y él se sentía frío e indefenso y ahora se me va echar encima, pensaba, viéndolo venir entre la música del piano y la guitarra y la voz del tenor que cantaba el amor mío se muere ayayay y se muere de frío, cómo lo fue a cortar, Gonzalito, cómo fue eso, decía la mujer con picardía y malicia y querría canturrear su pregunta echando a correr el dial entre la música. No se están nunca sosegados, rezongó con tristeza el hombre, generalizando su desconsuelo y sintió que estaba agachado sobre él y que le agarraba con fiereza la cabeza y le acercaba la navaja para quemarlo, me va a degollar ahora, se dijo, lo puede hacer fácilmente, hay tanto jabón tan blanco y perfumado y la radio está puesta tan fuerte, porque en tu pecho de piedra porque en tu pecho de piedra ayayay tú no quieres darle abrigo! Y ahora le estaba echando más lavaza con el hisopo para taparlo todo, le llenó los labios y la nariz de jabón y él se sentía molesto y al mismo tiempo más tranquilo. Mientras más me jabone menos podrá degollarme y sintió otra vez la navaja clavada casi en su pescuezo y pensó si ahora tosiera o me riera o estornudara, sería malo, él diría después en la comisaría que yo lo había hecho adrede, me odia, me odió desde que empujé la mampara y me miró los zapatos, tengo que comprarme otro par, amarillos o colorados, de suelas de goma, se dijo y sentía ahora la navaja correr con suavidad y limpieza, casi con alegría e inocencia por su cara y la mano del peluquero, a través de la lavaza, estaba más liviana, por lo tanto menos enojada y siniestra y aun la otra mano le había soltado la nuca con súbito desinterés o desprecio, y sentía el gusto de la sangre en los labios, bajo el jabón y se sentía seguro, soy yo mismo, es sangre mía como mi dinero, como mi carabina, pensaba, es mi cuerpo, mi alma, mi corazón y la navaja corría veloz por el otro lado de la cara y la espuma se estaba yendo, cayendo de su rostro como pintura seca o como escamas y se sentía desnudo y otra vez tenía miedo y desconfianza y sólo el gusto de la sangre en los labios le daba seguridad, lis mía, como una mano, como una voz, pensaba, y casi se alegraba de que lo hubieran cortado, y la mujer, derrumbaba junto a la radio, había apagado un poco el ruido y el ruido de la música era sólo un rescoldo agradable en las cortinas, ondulando en las cortinas de cretona y ahora había abierto los ojos y vio que había más gente y tuvo mucha alegría, le habría gustado reírse de intento a ver si lo tajeaban ahora, hay dos personas más, decía, ahora podía sacar los revólveres, y miraba al peluquero con malicia y provocación, para que se diera cuenta de que ya no estaba solo y crujió la mampara y entraron dos personas más y venían cogidas del brazo y eso daba más seguridad y fortaleza y ya con eso venían provocando y ahora la mujer había puesto otra vez más fuerte la radio para agrandar la pieza, para llenarla de ruidos y dejarla más amplia y sonora, por lo menos para no estarían sola, tiene miedo también, pensaba, tiene miedo de algo, espera a alguien que ha de venir a matarla o a herirla o a dejarla definitivamente sola y angustiada y ansiosa y el peluquero, que respiraba a su lado, cerró de un golpe la navaja y la lanzó sobre el mármol, entre los papeles, frotándole la piedra lumbre por la cara, por toda la cara que había podido ser de él durante un cuarto de hora para destrozarla y marcarla para siempre y le pasó con suavidad la piedra por el labio, se la ajustó con dulzura en la herida y le acariciaba con fiereza y sintió el dolor profundo y el gusto de la sangre fresca y le preguntaba con voz distante y desinteresada: ¿Colonia o polvos? Colonia y polvos, contestó por burla y para comprobar sus nervios, mirando la manta, el sombrero y la corbata que colgaban tras la mampara, mirando a la mujer gorda junto a la radio, inclinada como sobre una guagua, un amante o un almuerzo y se puso definitivamente de pie y salió a la calle y diez minutos después se metió en un potrero de alfalfa que brillaba al sol y se derrumbó entre los pastos.&lt;br /&gt; Ahora que se había inclinado un poco para evitar las balas que desgajaban las ramas de los árboles y que sentía la sangre lenta gotearle en la oreja, comprendía que mientras estuvo tendido en el pasto, bajo el sol, debió quedarse dormido, porque cuando se puso de pie no hacía ya tanto calor y el sol estaba suave y horizontal e impregnando en el viento que soplaba plácido, podia tenderme ahora aquí mismo y esperar que asomasen sus manos, lendrán que arriesgarse y sacar sus cabezas, sus brazos, si quieren buscarme, se decía para tranquilizarse y estaba seguro de que había tenido razón al salir del rancho, pero que había sido un error permitir que ellos se metieran dentro. Debí incendiarlo, murmuró mientras calculaba cuartas balas había quemado ya. Podría incendiar la casa ahora si me acercara, tengo que economizar los tiros, tengo que aprovechar cada disparo y no perderlo, cada bala debe merecer un quejido, cada disparo mío debe sacarles sangre a esos perros, y adivinaba que sus propias palabras no significaban seguridad sino desconfianza. Miró el cielo y respiró con fatiga. Podría acercarme a la casa y quemarlos un poco, decía, y recogió la carabina del suelo y, alzándose, se mantuvo encuclillado con una rodilla, apoyando en la otra el brazo que apretaba la carabina, descansaba todo el cuerpo así y comprendía que estaba muy cansado, pero deseaba mantener guardando, ignorando, apaciguado, pero siempre alerta, su cansancio, si comprendo que está ahí y no lo olvido será mejor, siento que si me tiendo en tierra me quedaré dormido y todo me parecerá ya lo mismo, sería feo, sería mi perdición, decía, sintiendo que otra vez comenzaba a transpirar y veía a la neblina descolgarse por las ramas de los árboles y ese rumor le hacía mover imperceptiblemente la cabeza para distinguir ruidos traicioneros que no fueran solo el agua goteando en las hojas, sólo el viento mojado, las estrellas ya no estaban en el cielo y las echaba de menos, aun para sentirse rabioso con ellas. Podía haber incendiado la casa, eso no habría sido bueno, pero comprendía también que la casa era la única señal, el único derrotero para encontrar a la mujer el sábado cuando viniera a verla después de almuerzo si logro quitarles un caballo y el día no está frío y tengo suerte. Le compraré un vestido nuevo mañana, después que duerma todo el día y tome un poco de vino para adquirir confianza y se me entibie la sangre, bajaré para el lado de la estación y le buscaré una bata bonita, de esas telas crujidoras que te dan miedo y risa y te hacen pensar en otras cosas y otros ruidos y quisieras abrirlas y romperlas y que no suenen que no suenen ni suspiren ni se quejen y sudas y maldices y tus manos torpes hacen que ella se te arranque, porque en cuanto mueves tus manos para tantear las piernas ya está sonando todo el trapo y no puedes tenerte quieto, porque hasta tu respiración tanteando los pechos los pelos de la nuca te delata y hace que el vestido se desmaye por la espalda cruja se rompa en estallidos y hasta parezca que se ríe en cierto modo de ti precisamente y ella se pone pálida se ponía cada vez más pálida cuando después de haber comido en Rancagua, él le dijo que se acostaran ya y ella se había puesto a llorar, a llorar muerta de miedo, como si él anduviera vestido de negro, muy flamante y lustrado, con esas pecheras duras y blancas y quebradizas como alfajores y los guantes tan ¡nocentes y regado todo él en whisky, hasta la solapa, hasta el pelo, la gomina tendría tal vez whisky también y mientras abajo sonaban los automóviles detenidos en la esquina de la plaza y subía con el viento el ruido y el olor de la multitud, ese olor evaporado de bencina y aceite y sol y tierra, tuvo rabia porque ella estaba tendida, doblada sobre sí misma, echando sus sollo/os en el vientre y le molestaba que sollozara así. ¿Por qué llora, entonces, por qué llora?, pensaba desconcertado y triste y lleno de vergüenza, porque cuando la había sacado del automóvil había comprendido perfectamente que ella también estaba bebida y si aceptas que te llenen la garganta de licor, ya con eso les das permiso para todo, decía tanteando la cama y queriendo sentarse a su lado. Si pudiera sentarme a su latió y que no se me arrancaran los pechos, ahora sí que la tendría, adivinaba, pero por qué llora tanto, pensó en voz alta y ella lloraba siempre, lloraba con mucha pena, y sonaba a dos cuadras el ruido del tren que venía llegando de Chillan. El tren se metía por la ventana abierta, remeciendo la casa y el humo también entraba por ella y ahora tenía el pelo de ella en sus manos, bajo su boca y se reía cariñosa echándoselo sobre la cara, desparramándolo por la almohada, y pensaba que era extraordinario que una niña tan chiquita y esmirriada pudiera tener tanto pelo. Le habrían pegado, la tiraron de las trenzas y I a echaron al suelo, pensaba con lástima y estaba seguro y ya no tenía remordimiento de haber disparado él primero, antes de que el automóvil huyera y había estado bien, además, que él hubiera venido huyendo y que se equivocaría y creyera que lo perseguían. Hasta el miedo sirve a veces, decía, besándola en la boca y ella quitaba sus dientes, sus labios tríos y él deseaba cerrar la ventan porque el ruido y el viento le recordaban siempre otras cosas y no quería recordar nada ahora, sólo su boca.&lt;br /&gt; Se miró las manos y comprendió que necesitaba mucha firmeza si quería llega hasta la casa y quemarla, pero sintió ruido ahora y creyó ver llamas que surgían y bailaban en la ventana, llamas chicas y secas que volaban en el aire y caían al pasto y rodaban como pelotas. Son linternas, pensó rápidamente, sin deseos de tener miedo, pero bastante extrañado, encendieron linternas para venir a buscarme, creen que ya no puedo más y que tal vez no tengo balas y que estaré curado, el viejo les habrá mentido, les habrá ido a llorar que es fácil cogerme, habrá él mismo ido a buscar más linternas, a comprarlas al otro lado del puente, y como las luces de las linternas rodaban hacia él, alzó la carabina y mirando aún el pelo de la Rosa revuelto en la cama o flotando en el frío aire de la estación, tantos años, Rosa, tantos años, te habrás cansado de esperarme en la esquina de la botica, respiró largamente y apretó con fiereza el gatillo. Al inclinarse el hombre que iluminaba el camino, para saludarlo o para correr con más fuerza o para que le disparara mejor a la cabeza, lo pudo ver, era canoso, tendrá cuarenta años, cuarenta y cinco años, rodó hasta sus pies y le vio los ojos despavoridos, sonrientes o escandalizados y desde ellos corría una minúscula rayita de sangre, como hecha con lápiz, o cortaplumas, sin gracia y sin fiereza, estaba moviendo los labios apresuradamente, para no olvidarse de nada, para tener mucho frío y tiritar en consecuencia y tomarle ese gusto amargo y desesperado y terroso de la neblina que se le metía por la boca. Estaba a sus pies, empalagosamente pegado a sus zapatos y tuvo rabia, cogió la linterna que había rodado un trecho y que se había apagado, la encendió y envió la luz hacia los ojos que en realidad se veían un poco abiertos, acuosos y desagradables, llenos de vida, de indiferencia y de aburrimiento, el hombre roncaba un poco y él comprendió que había cogido la linterna porque estaba atemorizado, para buscar el sitio exacto donde colocar otra bala y sentía una sorda y subterránea inquina, unos deseos de sentarse y secar el sudor, de tenderse en la tierra fría y esperar que pasara la noche, que se desangraran éstos. Por éstos, por otros como éste. Rosa, Rosa, tuvo deseos de sollozar y metiéndose la linterna al bolsillo, echó a correr hacia los árboles, mientras las luces de las linternas lo buscaban y silbaban las balas y bajo los árboles corría un viento duro y lúgubre, empapado en neblina, la veía descender apresuradamente brillando en la luminosidad que se tamizaba a través de los ramajes altos. La noche estaba enrojecida y blanca y tensa, tan olorosa a neblina, desagradablemente impregnada. Tenía las manos ateridas y aun mojadas, será sangre, había pensado, mientras tenía la luz de la linterna apegada al rostro del hombre, será sangre mía o de él y comprendía que no sería necesario meterle otra bala y si lo hubiera sido tampoco lo habría hecho, porque todo había ocurrido tan de repente, tan de repente esto y tan sin desearlo, el hombre venía corriendo solamente, como corres tú, cuando quieres tomar el autobús o el último tren que se va para Cartagena y estás lleno de paquetes y aún el Toño está llorando porque le duelen las muelas y quería además que le compraras chocolate o pastillas o un caballito de palo con la cola encarnada y la Rosa te miraba afligida, te acercaba la cara afligida para que miraras lo asustada y preocupada y triste que se sentía y no te enojaras mucho y no gritaras como le gritabas en Rancagua y el grito era tan fuerte, que. allá abajo, donde estaba el restaurant, sentías nítidamente sonar los vasitos de ponche en el mostrador y sonaban también los dados golpeados contra la mesa mojada y el italiano Antonio y el griego Prinea y el turco Lama se reían y hacían sonar los vasos y tornaban a reír y estabas seguro, oyéndolos, de que aun habían abierto la ventana para que sus risas desconfiadas y escandalosas y sus cogotes curiosos y perturbados subieran rectos hasta el cuarto donde tenías a la Rosa llorando asustada en la cama y todo estaba oscuro y silencioso y entonces, sin haber dicho ya nada, abriste la puerta y bajaste por la escalera triste y enfurruñado, sin pensar en nada preciso, sólo en irte lejos una hora, una noche entera, la voy a dejar sola un par de días, y no tenías siquiera deseos de correr. Ël hombre tampoco habría deseado correr mucho, estaría cansado, seguro que ni siquiera habría comido, sólo el gusto del tabaco acre y el recuerdo del vino que bebieron en el casino antes de coger los caballos tendría en la lengua, en la garganta, pensaba caminando con recelo entre los árboles sintiendo a la neblina gotear sobre sus hombros y el ala del sombrero. Miró hacia arriba y la noche estaba cerrada y la neblina cada vez más espesa, como género, como lana o harina, te va a ahogar, Eloy, no me gusta, es horrible, tétrica, espantosa la neblina. Es tan fría, pensó otra vez después de un silencio, y pensó también en la Rosa. Cuando ella vio descender a la neblina, gotear por los techos hacia los árboles, los avisos luminosos, la caseta del carabinero, se habrá quedado angustiada y mirando el cielo rojizo y blanquizco y helado y desagradable, ese cielo que te rechaza como un vómito, entonces se habrá puesto cada vez más triste y se habrá ido para la casa a tapar al Toño. Tiene débiles pulmones el Toño, decía, sentado en el suelo, desde donde sentía manar el lejano y remoto y apaciguado perfume de las violetas que destallecían bajo la neblina, mientras quitaba el seguro a la carabina y el gatillo sonó seco y duro y alerta, como llamándole la atención no te descuides, Eloy, no te olvides que están ahí, detrás de las luces de las linternas te andan buscando. Las pequeñas lucecitas se veían mejor entre la bruma y se veían mejor, también, las sombras de los hombres apaciguadas y trágicas.&lt;br /&gt; Cargó con sosiego y seguridad la carabina, apretaba sus manos en ella, con tranquilidad y costumbre y confianza, como cuando le ponía los calzoncillos al Toño, estas patitas, este potito, esta carita los hice yo, pensaba y lo miraba con fiereza y con ternura. A tantos que he deshecho, agregaba y acariciaba pensativo la cabecita del Toño y el Toño le preguntaba con la carita llena de risa, una risa que él no sabía ciertamente a qué se refería: ¿Estás loco, Eloy, estás loco, está cantando solo, Eloy, estás cantando? Y después: ¿Te quedan balas, Eloy, te quedan balas, Eloy? Y dentro, en la pieza, en la cocina, la Rosa se reía con temor y llamaba con clara voz al Toño, Toño, ¿qué haces Toño, ¿cómo se te ocurre preguntarle cosas al Eloy? Se reía en seguida a solas, con muchas ganas y muchos deseos y él miraba ,os ojitos del Toño, unos ojitos solamente insinuados, todavía no terminados, los mismos ojos de la Rosa dentro de diez años porque :.. los haces, pero no los dejas completos, después la enfermedad. la soledad, los golpes de la vida, los tremendos sustos, los van terminando, puliendo, gastando, como cuando el Toño tenía fiebre tú ponías tu mano en su frente, en su pecho y cogías su manito la estrujabas y pensabas que se iba a morir. Todo eso estuvo formando los ojitos del Toño, pensaba mirándolos brillar en el rincón del cuarto, mirando caminar a la Rosa, caminar su sombra por la pared, su cabeza sollozando por la pared, palpitando con la luz de la vela, oreando hacia fuera, hacia el cielo sucio e indiferente. El peligro en que estuvo la vida del Toño entonces sin poder salir él a buscar el médico, sin que pudiera salir la Rosa&lt;br /&gt;por muchos días, lo había tornado nervioso y brusco y la sentía en la tarde llorar junto a la venían, mientras él, derrumbado en la silla, con el revólver en una mano y la otra en la rodilla, contemplaba la carita enferma hundida en la fiebre y tuvo pavor, verdadero terror, como cuando Miranda, el cabo Miranda, sin siquiera sentarse a su lado, ni menos sacarse la gorra y sacudir con ella el banco y dejarla en el suelo para darte confianza, sin siquiera decirte buenas noches Eloy o buenas noches bandido o colega mío o compadre te agarrotó la mano enguantada en el hombro y te dijo insolente y provocativo: ¡Entonces, vamos andando, Eloy! Entonces, entonces, cabo Miranda. El estaba sentado simple y humilde, sin recordar que era un bandido. Soy un bandido, se reía a veces para sí, tratando de comprender o de abarcar su destino, un bandolero, un salteador, he muerto a muchos y a muchos más mataré todavía, soy malo y sanguinario, cada vez. más cruel y sin entrañas, dicen los diarios, las radios, lo vieron rondar las bodegas de la estación, susurran las gentes despiertas en sus ranchos, cuando sienten galopar a un caballo, ese caballo soy yo, ese miedo soy yo, se reía con modestia, jubiloso y enfiestado, como cuando era un buen zapatero y todavía no vinieron los caballos trotando bajo la lluvia y se metieron al pasadizo y uno de ellos, aquél, precisamente, que después le serviría para huir, se había plantado frente a la ventana y la lámpara le alumbraba el hocico rubio, sensual y aristocrático, casi humano y golpeaba con él los vidrios para llamarlo y como el caballo lo miraba, no a él sino a su ocupación, a su destino, las herramientas humildes del oficio, la mesa, la silla, la lezna, la escofina, él empezó a reír y se ponía de pie, riéndose desconfiado, y sabía que tenía que desconfiar del viento, de la lluvia, del temporal que silbaba a media cuadra y mascullaba por el pasadizo, mascullaba su miedo la vieja y los niños se fueron a la iglesia a desfilar con los cirios y está lloviendo como en el Diluvio y cómo diablos van a salir con Cristo y María santísima bajo la lluvia y tendremos aguacero toda la noche y, entonces, viendo que las botas de los carabineros brillaban empapadas y aún corría un ancho brazo de agua bajo las piernas de uno de ellos, tuvo otro golpe de su gran miedo y deseos de estar al abrigo de todo, durmiendo solo, incluso enfermo con una fea fiebre y no importaba que la iglesia retumbara bajo el temporal porque él estaba tranquilo y había alcanzado a terminar sin apuro los seis pares de botas y los zapatitos blancos que colgaban tras la puerta y que iluminaban imperceptiblemente la penumbra. Estaba sentado humilde, esperando a la Rosa o al Sangüesa o al Toño, que le había ido a buscar un paquete de cigarros al otro lado de la plaza y como tenía un poco de frío y corría viento se había alzado el cuello del vestón y se quebró el ala del sombrero sobre la frente y ya se estaba durmiendo, soñando bonitas cosas, cosas fáciles y alegres, las horas que no alcancé a gastar, las aventuras que no me dejaron vivir los pacos porque llegó la tropa cuando estaba lloviendo y revolvieron toda la casa y entre los disparos sonaba al otro lado de la cal le el canto de la gente reunida en la iglesia y a cada disparo se oía la campanillita, estremecida de terror, y él de puro pánico y de temor que el miedo lo tapara íntegramente, hasta amarrarle las manos, hasta clavarle los muslos en la banqueta, se había puesto de pie metió la mano a través del vidrio y sintió que la carabina estaba fría, más bien un poco mojada con la lluvia y conocía, además, que estaba nueva. La mano enguantada en cuero, demasiado grande, mano de boxeador, tumefacta, hinchada, como empanada, como un riñon enfermo, esos que cuelgan en los mármoles del Matadero, había caído desde el cielo, desde el caballo, no se bajó del caballo mi cabo, pensó, mirándolo con odio en la penumbra, no me dijo buenas noches perro Eloy bandido colega camarada. Sacó una risa informe, como tos, una risa corta y enferma y empezó a levantarse de a poquito, midiendo su estatura y sintiendo que la mano del cabo no lo quería soltar y el cabo se reía feamente, de modo malo y con mucha seguridad. El se agachó, como cuando estaba en el centro de baile y era delgado y frágil y desenredaba un vals lento o un tango ceñido, se agachaba con suavidad, con dulzura y arte y aun se sosegaba un poco la orquesta para que pudieran contemplarlo los músicos y tendiéndose en el suelo se encabritaba con solemnidad y pasaba su cuerpo bajo las piernas que vibraban junto a sus manos. Comprendiéndolo, el cabo le miraba con paciencia, teniendo tiempo para llevárselo, vamonos juntos, Eloy, le dijo, mientras sacaba un cigarro y entonces, precisamente, cuando el cabo había sacado los fósforos y raspaba uno en el cuero de la montura y no lo soltaba a él por nada del mundo de la mano y aun habría querido cogerlo del pescuezo para iluminarlo con el fósforo y echarle el humo entre los bigotes y desmenuzarle la brasa entre los ojos, adentro de las pupilas, el Toño venía ya atravesando la calle y la calle nunca había sido tan ancha e iluminada y lo vio y comprendió que no debía venir y le gritó sacando su cuchillo, esgrimiéndolo sin que el cabo lo viera porque estaba mirando sonriente hacia la plaza y tanteando las riendas del caballo, imaginando alguna picardía, alguna pequeña y atroz picardía, un excusable accidente, una irreparable desgracia, pensando en el Toño, en lo bonito y cuidado y regalón e irremplazable que era. Se te parece el chico, Eloy, le dijo, raspando el fósforo y apretando la mano sobre su hombro y él gritando al Toño, alzando la mano para decirle que se fuera corriendo, había descargado el cuchillo sobre su propio hombro y sobre la mano enguantada y el fósforo había caído encendido sobre su camisa y empezaba a quemarlo cuando el cabo gritó, gritó alguna cosa endemoniada que nada tenía que hacer con eso, un grito es verdad que de dolor, pero de un dolor distinto que no correspondía, un grito de poca confianza, tampoco de demasiada extrañeza, y él sintiendo que el cuchillo le había alcanzado el hombro, la mano del cabo, el hombro mío, se había ¡do caminando apresuradamente, sin desear correr, sin necesitar hacerlo, porque el cabo Miranda ahora sí que se había bajado del caballo, cómo decía que no sabía hacerlo, ahora sí que se había sacado la gorra para saludar a sí mismo, a su cochina sangre, a sus sudores, a sus terrores y entonces, mientras lo sentía parlotear o gritar llamando a alguien, a alguien que estaría muy cerca, pues no gritaba mucho, y viendo que los automóviles pasaban iluminados con la llovizna y las luces atravesaban el agua y dejaban asomar trozos de impermeables y algunas piernas, algunas piernas lejanas y frías y salpicadas y los piececitos descalzos de los vendedores de diarios que gritaban desolados en la esquina, pero todos ignorando el banco, la plazuela donde el cabo Miranda, completamente solo en el mundo, estaba sentado bajo un árbol, agachado un poco hacia su estómago, como si quisiera mirarlo, mirarse hacia dentro, sin poder hacer, como convenía, el paquete de la mano rota y sintiendo él el dolor en el hombro, sintiendo que le ardía y pesaba cada vez más, había empezado a caminar tuerte y en la mitad de la cuadra estaba esperándolo el Toño y el Toño comprendía siempre, comprendía y sabía ser cariñoso para él y sabía hablar de otra cosa no sólo para disimular y que no oyeran las orejas que pasaban caminando por la vereda, sino que también para que no oyera el cuerpo, el pobre cuerpo desvencijado, asustadizo y miserable, el pobre cuerpo lleno de horror y de miedo de sufrir, de que se enferme otra vez el Toño, quería herir al Toño, estaba enfermo, estuvo tan enfermo el pobrecito, balbuceaba y lo miraba hundido en su camita, en medio de las brasas. Ahora es sábado Eloy, ahora es sábado, le decía el Toño, cogiéndose de su pantalón para caminar a su lado. Me duele el hombro, Toño, le dijo él para meterlo un poco en su vida, en su ropa rota y empapada y que el niño comprendiera que, aunque él le participaba de sus cosas, no lo estaba autorizando para meterse en ellas, para preguntarle nunca nada, como lo hacía la Rosa, la pobre Rosa tan bonita y tan intrusa. Me duele mucho el hombro, Toño, le dijo otra vez y ahora comprendía que tenía necesidad, precisamente ahora, de participarle al Toño su preocupación, que comprendiera que estaba herido y que le dolía mucho la herida. Podía estar más grande el Toño, suspiraba con pena, caminando a su lado, y el Toño le decía: Sí papá, sí Eloy, y como le había dicho esos dos veces comprendía también que el niño sabía realmente que él estaba herido, que sufría y que estaba preocupado, asustado no, pero preocupado. Tengo que irme esta misma noche, pensó en voz alta, tomando una decisión, apretando el paso y viendo que el Toño empezaba a correr a su lado y cuando llegaron a la casa hizo vibrar la puerta, empujándola hasta atrás con todo el cuerpo y caminando de lado por el pasadizo oscuro para no tropezar. Había tenido fiebre y sentía al Toño jugar a su lado, en la cama, cantaba cosas sin nombre y muy lejanas y tristes y alegres, lo sentía después correr afuera y tenía miedo, no lo dejes salir al Toño, no lo dejes salir a la calle al Toño, gritó y estaba llorando y la Rosa estaba inclinada sobre él y recogía con sus labios las lágrimas y siempre le tenía agarrado el hombro con sus manos, su manilo enguantada de blanco primero, después de verde, de café, estaba montada a caballo, en un caballo blanco y verde y se reía mucho, como embriagada, estaba muy pálida y muy linda y el viento le despeinaba el pelo, tiene tanto pelo, tiene siempre tanto pelo, pensaba, y ella se estaba riendo, vamonos juntos, Eloy, vamonos juntos, fumando el mismo cigarro, le decía y se reía, se reía mucho y él sentía sonar el viento y gotear la lluvia al otro lado de la pared, como goteaba ahora la neblina por las ramas de los árboles. El ala del sombrero estaba empapada y el viento removía la neblina y hacía recortarse con nitidez las sombras de los hombres que lo buscaban echando las luces de las linternas contra el suelo. Va a durar más la noche ahora, se dijo, sintiendo que con el frío le molestaba la antigua herida del hombro. ¿Qué habrá sido del cabo Miranda?, pensó, qué habrá sido de él, habrá quedado manco, lo habrán dado de baja, también me andará buscando para cobrarme la mano. Debí matarlo, ¿por qué no lo maté cuando comprendí que quería hacerle algo al Toño? Habrá creído que le tenía miedo y que no me atrevía ya a matar a nadie, porque los nervios no le servían ya sino para dejar una herida encima de la mano, una herida que no puede ser mortal, ni peligrosa, para que te disculpen y después no te busquen para matarte y te sirva de excusa y de testigo. Mi cabo, sólo lo herí en la mano, a nadie mata una mano herida, usté comprende, mi cabo, me olvidé de su corazón, ignoré a su corazón, ni siquiera sabía que lo tenía, es mejor no conocer las cosas que te pueden traer más daño, ahí lo hubiera muerto en el acto, mi cabo, pero solo lo golpeé en la mano y hasta me herí el hombro con el mismo golpe, para acompañarlo, para no dejarlo completamente solo y participar también de su misma herida, de su misma sangre, somos hermanos, compadres, colegas, camaradas.&lt;br /&gt; Se rió, se rió con ganas, con frío, con desolación, con desconfianza, recogió del suelo las balas, que estaban mojadas y sentándose completamente para estar más cómodo, más entregado al propio destino, más en peligro y, por lo tanto, mejor sentado, de modo que le fuera, en caso necesario, más difícil levantarse, por ejemplo, para que comprendieran los agentes que no tenía miedo, todo estaba en no tener miedo, en dejarlo más allá de su carne, de tu sangre, de tu piel, es una borra inmunda que tienes que transpirar, que eliminar con la orina, pensaba, mientras limpiaba cuidadosamente cada bala con el pañuelo grande que le había comprado la Rosa en La Bola de Oro y se lo había traído lleno de balas de plata, de perdigones para cazar pajaritos y él se había reído sarcástico y desilusionado y después enojado y triste y deseoso de beber vino y arrojarse al río y estarse ahogando y pedir auxilio y las piernas de la Rosa brillaban blancas, muy blancas en la orillay un viento duro y tibio le golpeaba la cara y él gritaba aterrorizado y ella hacía señas con las manos, llamando a alguien que estaba lejos, no a ti, Eloy, tú yate ahogaste, vas navegando dormido hacia el mar, y respirando fuerte las iba colocando con cuidado en el bolsillo, como si fueran frágiles y comprendía que le quedaban muchas todavía, tal vez demasiadas. Cuando sea de día me van a sobrar demasiadas balas, se dijo, y al mismo tiempo echó la mano al cinturón para tocarse los revólveres que colgaban pesadamente en él, se puso de pie y vio casi a su lado, iluminado débilmente por la neblina, el canasto, caído de lado tal como lo dejó la mujer y suspiró mirándolo. No se lo llevó, verdad que no se lo llevó, se dijo y tuvo una inmensa alegría y comenzó a reír de gozo, sin comprender en un principio por qué aquello que ya sabía, y que sólo había olvidado, lo alegraba tan grandemente. Cogiendo la carabina se acercó y se encuclilló a su lado y sacó una mano para cogerlo, no lo cogió, levantó sólo la tapa, el pañuelo que lo tapaba, ahí estaba la botella, la cogió con firmeza, con verdadera hambre, pero no alcanzó a sacarla todavía cuando una bala reventó en el gollete y extrañado vio correr la leche y se preguntó de inmediato que por qué no salía la sangre, debió salir la sangre y sólo es leche, la leche que dejó la vieja, pensó y al decir la vieja pensó también que decía eso sabiendo que era mentira, porque estaba enojado con ella, desilusionado de que se hubiera ido, como si hubiera un engaño para él en eso, como si ella, de todas maneras, cuando apenas se conocían, cuando todo su conocimiento se reducía a unos cuantos minutos de pavor y amenazas que él había dado a ella y al viejo para que dejaran el rancho, tuviera cierta obligación en recordarlo y aun en esperarlo. Los eché del rancho, los eché y se fueron, pensó con ansias y atisbando con el oído alerta, porque estaba seguro de que le enviarían más balas. No debió irse, decía para sí y las palabras le remecían levemente en el pecho, cantaba con dulzura junto a su camisa, la llamaban de algún modo. No, no debió irse, decía, pugnando por levantarse, porque era la verdad que no podía hacerlo. Miraba la leche con estupor, es leche, pensó, sintiendo un dolor y un estremecimiento de atención y sospecha le remecía la espalda, la cadera, la pierna. No fue una sola bala, balbuceó con extrañeza, sintiendo, al mismo tiempo, que a través de la neblina que goteaba en su sombrero, se encendían llamaradas y un humo acre y húmedo se esparcía y volaba con pesadez y muchas balas, unas cuantas docenas, hicieron bailar al canasto y lo dejaron de lado, como me hubieran dejado a mí, estaban destinadas a mí, se había quedado pensando, mientras se arrastraba rápidamente y se escondía tras un árbol, sentía arrastrar sus piernas y, después de todo, eso no lo hacía con mucha dificultad, incluso lo había hecho con bastante rapidez, pues tenía todavía la botella en la mano y las gotas de leche resbalaban por ella y las miraba admirado y deseoso de beber un trago, sobre todo ahora que los agentes, aunque los sentía remover el pasto y los matorrales, todavía estaban lejos. No se atreven, dijo, no se atreven, y esto es bueno y comprenderán que aún tengo muchas balas. Estaba sentado sobre una pierna encogida y la otra, estirada de lado en el suelo, no le dolía, la sentía adormecida y ajena, distante, dormida y fatigada para mucho tiempo, y luego tendré el zapato lleno de sangre, pensó con pesadumbre y rabia y se llevó la botella a los labios y bebió con ansias, pues estaba débil y tenía, tal vez un poco de sueño. Será bueno dormir unas diez horas cuando se vayan ellos, suspiró. No. no los podré matar a lodos, tengo que meterles miedo y lejos, muy lejos, más lejos que lo que hubiera esperado, sonaban otras balas, tamizadas por la neblina que rodaba con dulzura a su lado y subía por la botella hasta sus labios. Bebió un largo trago y se sentía tranquilo y seguro de sí mismo, alertando las orejas y preguntándose contra quién más dispararían. Será contra el viejo y la mujer, pensó con simpatía y apretó con cariño casi la botella en sus manos. Era el único vínculo que tenía con ella ahora, pobre mujer, se lamentó, y no quería sino estar solo para estar seguro, fue el viejo, el histérico del viejo el que me obligó a echarlos, tal vez habría podido dejarles un rinconcito para ellos, no, no debió irse, murmuró con cariño, la compañía les habría servido a ellos y a mí también. Me gustaba, dijo, me gustaba, habría vuelto el sábado a verla, le habría traído algunas cositas y de repente deseaba saber dónde estaría, a dónde se habrán ido, se preguntaba con insistencia, mirando la botella y sintiendo a los hombres caminar sobre el pasto. Tropa de imbéciles, bramó con desprecio, si estoy aquí y casi no puedo moverme y no son capaces de encontrarme, hasta el chiquillo y el viejo y la mujer me encontrarían. Cuando se vayan ellos, me quedaré esperándolos aquí mismo hasta que sea de día. le daré una sorpresa al viejo, lo obligaré a agacharse para que me mire la oreja llena de sangre, para que conozca la sangre de cerca, tal vez le dispare a los pies para mostrarle que él también tiene una cuarta de sangre y eso es bueno y vive como si no lo tuviera. Bebió otro poco de leche, lo estaba uniendo a la mujer. ¿Dónde estará?, se dijo, bastante preocupado, mañana irá al hospital, tiene que ir a ver a la Juana, la Juana está hace dos meses en el hospital San José, le había dicho ella cuando él echó a empujones al viejo y el viejo rodó llorando y la mujer, con un tajo de odio en la frente, se quedó ahí mismo para molestarlo, para violentarle, la rabia que también le hiciera daño si se atrevía y era tan maldito como para eso. Dios sabe que no podía hacerle daño entonces, por lo menos el daño que yo hubiera deseado hacerle, con los gritos destemplados del viejo y con el chiquillo dormido plácido e ignorante en sus brazos. Dios sabe que habrías tenido que estar libre, libre en los brazos, sin otros ruidos entre nosotros que el de tu miedo, que el de mi sangre ardiente y recelosa, dijo mirándola desaparecer en la oscuridad. Sonrió con simpatía y la veía en la memoria caminando a su lado despaciosamente, cadenciosamente, con deseos de que le hablara para contestarle alguna barbaridad, esas palabras de odio que te apartan de la mujer y te amarran a ella de otro modo, porque entonces estás viendo otra arista de ella, otro perfil en su cara, otro rostro, el perfume de otros cabellos, un lejano e impreciso deseo, las personas inconclusas que tenemos dentro. Parecía otra hembra cuando caminaba y la miraba de espaldas y me gustaban sus caderas, casi grité para llamarla, pensó. Y por qué no la llamé, porqué no la llame, estaríamos en el rancho y tal vez habría sido mejor, le hubiera conversado al viejo, primero lo habría asustado y le habría puesto un revólver, los dos revólveres en las manos, uno en cada una, y le habría enseñado a disparar, lo habría obligado a que disparara, lo habría llenado de salud y miedo, de coraje y horror y valentía con el humo y el olor de la pólvora y el ruido engrandecido de los disparos, habríamos despertado al chiquillo y la mujer habría tenido que cantarle una canción de cuna, tenía una voz grave y profunda, ahora lo recordaba, y había hecho que ella le hablara, aun para que le dijera palabras de odio y desprecio, sólo para oír el tono tembloroso de su voz. Mujer con hermosa voz, una voz llena de cosas, de gente, de deseos no cumplidos, de horas de la vida no vividas, &lt;br /&gt;mujeres con voces resonantes, con distintos timbres en la voz, cuando están asustadas o enojadas o felices y se ríen y echan a correr la risa que brilla entre las piernas, entre las ondas asoleadas del río y huelen a viento, olía un poco a violetas la voz de la mujer, recordó con ternura y deseaba verla ahora, ahora mismo, esta misma noche, cuando se vayan los agentes, les robaré un caballo, los deben tener por aquí cerca para llevarme amarrado cuando me dejen tendido. No me van a dejar tendido, murmuró con furia, adivinando que los hombres estaban cerca y que vagamente pasaban luces de linternas entre los árboles. Afirmado contra el tronco, como incrustado en él, estaba seguro de sí mismo y tranquilizado, estiró la pierna herida y el dolor era largo y profundo, adormecido y desagradable, pero comprendía que podía caminar perfectamente y aun con más bríos y fuerzas que unas horas antes, cuando salió de la casa y la mujer acababa de irse y él sentía todavía su presencia en sus propias manos, en su boca, en sus ojos, porque le parecía que la había tocado, abrazado y besado demasiado, pero no bastante y estaba seguro de que iba a volver el sábado a verla y que la encontraría bella y compuesta y esperándolo, sonriéndole con seriedad. Ahora no estaba seguro de que volvería, porque no le había gustado que se fuera, se fue incluso sin despedirse, sin decirle nada, buenas noches mierda, que te coman los agentes, salteador, que te acribillen a balazos y te dejen frío, eso le habría hecho reír a carcajadas y le habría hecho comprender que él significaba algo para ella, por lo menos para su odio, tan cercano el amor al odio, pensaba, son vecinos, viven juntos y se salpican, usan las mismas palabras y los mismos gestos, un mismo silencio los une y en las noches muy oscuras, sin estrellas, en las largas noches de invierno en la provincia, se están sentados en la cama, solos, completamente solos y sabiendo que están allí, uno al lado del otro, alimentándose de una misma gente, devoradores de carne humana, de bocas, de ojos que le comen y que comes y que no te olvidan, hila me olvidó, me borró, murmuró, levantándose de a poquito, agarrando la carabina y afirmándose como en un bastón, el cañón golpeó contra la botella y sintió entonces la inmensa soledad que le rodeaba, el grandioso silencio que palpitaba ahí mismo y lo llamaba para absorberlo, la carabina estaba llena de barro y había también mucho barro en los zapatos y el pantalón y las manos las sentía ardientes y la neblina goleaba sin premura, con olvido, desfallecida, sobre sus espaldas.&lt;br /&gt; Cuando estuvo de pie se quedó respirando profundamente junto al árbol, respiraba con verdadera hambre, con verdadera sed, como llamando a sus recuerdos, a sus antiguos recuerdos olvidados para que participaran de su seguridad y de su desconfianza y no lo dejaran solo. Sabía que la pierna era una mala señal, no precisamente eso, superar esa pierna, tenerla herida era casi un error, un leve fracaso, ya no cuento con ella, pero tengo que ser capaz de demostrarles a los agentes que siempre soy Eloy sin mi pierna, que está enferma, que está cansada y como presa. No a ellos, a la noche, más bien, a la neblina, a las estrellas frías que brillaban cuando se fueron la mujer y el viejo, a ellos sí, al pobre viejo llorón, a la mujer sobre todo, sobre lodo para la Rosa, para el Toño, dijo después, bajando la voz. Para el Toño, para la Rosa, tengo que ser yo mismo, yo mismo y completamente entero, aun sin la pierna herida. Este era su compromiso, su consigna, a ver como peleas, Eloy, con una sola pierna, queremos esta franquicia tuya, no puedes negarnos esta ventaja, tú que eres tan feroz y tan valiente, déjanos en rehén tu pierna, te la guardaremos como tuya, será tu joya, tu amuleto, tu recuerdo, será todo tu retrato, no cuentes con ella, bórrala como a la Rosa, como al Toño, bajó la voz, bórrala como a la mujer, después, el sábado, un sábado cualquiera, dos semanas, tres semanas, le contarás todo lo que pasaba aquí cuando se fue ella y los hombres se llevaron los caballos y encendieron las linternas y bajó la neblina. De repente tuvo un relámpago de lucidez y comprendió que por eso era y de inmediato, la risa, una risa cansada y fea y olvidada y enferma le alumbró la cara. Por eso es, pensó, por eso precisamente es, no podía dejar de ser, estoy herido para eso, para salvarme, para que no me maten, es la señal que siempre he tenido y que jamás me falló. Rió despacio y largamente, se acomodó el cinturón con los revólveres y sentía que la sangre le pesaba en la pierna herida, que sentía un poco hinchada, una hinchazón, todavía suave, todavía con poco volumen, un dolor pequeño, solo para iluminarlo un poco, sólo para no dejarlo desamparado y que él no se olvidara. Estás herido. Eloy, estás herido, no te olvides de la pierna. No lo olvidaré, lo comprendía perfectamente y la miraba como a un pobre ser abandonado y solo, deformado y pequeñito e indefenso que estuviera a su lado, al que tuviera que resguardar y preservar de las balas antes que a él mismo. Su pierna era otra persona y tendría que prescindir de ella si quería defenderla y salvarla y salvarse el mismo como consecuencia. Como el Toño, como al Toño aquella vez cuando el cabo Miranda me plantó la mano en el hombro y vio que venía corriendo por el medio de las luces, listo para atravesar la calle, y una sonrisa maligna, una sonrisa llena de sangre se le iluminó el rostro feo y comprendí lo que él comprendía y entonces fue cuando clavé el cuchillo en su mano y, para estar seguro, en mi hombro, y apagué esa fea y sincera sonrisa, como cuando das vuelta la llave y se apaga la ampolleta. Así fue, así tendría que ser y miró con reminiscencia y pesadumbre su zapato completamente embarrado y en el que creía ver asomar ya un leve tamiz de sangre. Estoy seguro que estoy salvado porque tengo la pierna herida, era la señal que necesitaba y tendré tiempo el sábado de venir a ver a la mujer, le traeré remedios para la Juana, un vestido para ella y un rebozo para la neblina, traeré una mamadera para el chiquillo y otra para el viejo, rió siniestramente y comenzó a caminar quedo.&lt;br /&gt; Cojeaba bastante y eso no le preocupaba porque comprendía que así caminaría convenientemente con más lentitud y con más cuidado, no hay cojo que no sea cuidadoso, pensaba, si quedo cojo, si quedo cojo ahora, a lo mejor seré un estupendo bandido, será mi marca de fábrica, mi gallardete, mi distintivo y esas zarandajas que usan los hombres de las películas. Pasaba con sumo cuidado la mano sobre la carabina, acariciándola, primero, recordándola, despertándola para que estuviera a su lado también y no lo dejara solo y no lo olvidara. Duerme con ella y con mi recuerdo, le decía siempre la Rosa, me lo dijo tantas veces en Rancagua, suspiró, y caminando quedo siguió pasando su mano por el cañón que estaba completamente embarrado, estaba frío y húmedo y la neblina salía de él como el humo de los disparos. He disparado pocas balas, se dijo, he estado flojo esta noche, me quedan muchos tiros, tal vez sería bueno que no me quedaran balas de carabina, si tengo los revólveres, si tengo los dos revólveres intactos todavía, debí dejarlos encima de la cama, habría sido una buena señal, señal de que de todos modos había de volver, los habría dejado hasta el sábado ahí, estoy seguro de que la mujer los hubiera mantenido siempre encima de la cama, tal vez dormiría en la silla, sentada en la silla, mirando la noche por la ventana abierta y mirando después los dos revólveres nítidos sobre la colcha. Serían un mensaje mío, unas palabras mías que comprendería sin comprenderlas, un rumor, sólo un rumor, esas frases que se dicen por el teléfono o cuando te estás bañando y la Rosa te grita desde la cocina y tienes las orejas y los ojos llenos de jabón y sólo el rumor acuoso como lavaza de las voces de muchas voces de la Rosa te llega hasta el baño y parece que ella está llena de gente rodeada de gente que está hablando cosas muy importantes y trascendentales cosas grandiosas harto dinero muchos viajes los grandes barcos solemnes navegando por la cocina piteando y humeando entre la ensalada de tomates y de cebolla y de porotos verdes se ríe la Rosa se ríe como una gran señora bajo su moño y te habla, te habla cariñosamente jamás te habló tanto y con tanta elegancia y no la puedes escuchar porque el jabón te llena la cara y estás ahora mucho más joven como diez años antes y tienes mucha más seguridad en la vida en los bonitos proyectos que pensabas realizar voy a hacerle un par de lindos zapatos al Toño anoche soñé que estaban colgados en la ventana y los descubría cuando le abrochabas la camisita y entonces te reías Rosa no te oigo, no te oigo nada, el agua te caía en la cabeza sobre el pescuezo te golpeaba con furia la espalda y te taladraba los huesos la Rosa se estaba riendo de algo muy gracioso se sentó en el sillón de felpa y cruzó las piernas y empezó a reír metódicamente de algo muy divertido estaba llena de gente la casa, el pasadizo, la escalera crujía y se iba derrumbar con las visitas que subían y bajaban afuera del baño había un montón de curiosos riendo y aguardando de dónde diablos salió tanta gente y qué quieren si ahora no me van a tomar preso decía si ya salió el oficio para el Juzgado y hasta tengo una copia debajo del colchón y de repente tenía miedo de que el oficio estuviera mal fundado o equivocado o fuera puro engaño del tinterillo Cárdenas y de que fueran los pacos los que estaban en la casa y la Rosa se reía para contarles cosas graciosas y disimular que él estaba en la casa y taparlo y esconderlo tras su risa y muerto de miedo y echando una mirada a la ventana toda empapada de jabón y agua agarraba la llave y cortaba el agua y cogiendo la toalla pateaba sobre las baldosas y escuchaba las voces y las risas. La casa estaba silenciosa y en ese silencio chisporroteaban con nitidez los huevos, el humo impregnado a fritanga se filtraba por las junturas de las puerta, cacareaba aterrorizada una gallina, imaginaba que estaría cacareando parada en la orilla de la sartén, alborotando con escándalo y la Rosa le estaba gritando con frenesí, vuelta y despeinada hacia acá, precisamente: hasta cuándo te pregunto si te sirvo ya los huevos. Se sonrió despacito recordando eso y sintiendo al viento remover las ramas de los árboles tuvo recelo y pensó que no era natural que el viento soplara ahora con tanta premura y urgencia y alzó la carabina y la puso bajo el brazo. Estaba junto a los matorrales, si no se hallaban los hombres escondidos tras ellos, aguardándolo, ahí estaría más seguro, sólo el viento sonaba soplando lúgubre y frío enviándole ráfagas de neblina que caían duras desde un cielo rojizo. Sentía frío y la leche le bailoteaba en el estómago y le producía náuseas. Sería feo que me enfermara ahora, pensó, sería divertido y ridículo, se morirían de risa los agentes, reventaría de risa el jefe de investigaciones y qué barbaridades crueles dirían los diarios, cómo me pintarían dentro de una botella de leche, encadenado junto a un biberón, sobre unas rueditas. Sentía que iba a vomitar, me estoy enfriando, dijo, y deseó caminar más rápido, pero no podía hacerlo y, sobre todo, había tanto silencio que si caminaba ligero haría mucho ruido y no podía dejar de hacerlo, pues era incapaz ahora, con la pierna herida arrastrando pesada y adormecida, de ser sigiloso para moverse. Sería bueno que me arrastrara mejor, pero será más fácil que me cojan, si te agachas ya estás un poco acostado y el acostado se entrega, los dormidos son como los muertos, murmuró oliendo el pasto junto a su cara, pues estaba muy cansado y hasta desilusionado, pero se sentía extrañamente despierto y también sabía que en cualquier momento iba a vomitar la leche y que si ocurría luego sería mejor, pues tendría unos cuantos minutos para transpirar con fatiga, para morirse sudando y resucitar en seguida con esa piel nueva, extranjera, y sin uso que te surge después que has agonizado en sudor.&lt;br /&gt; Se arrastró despacito y no le gustaba que hubiera tanto silencio y fruncía el ceño con rencor y amenaza y la piel juntos los labios se le ponía tensa y dura. No me gusta el silencio, balbuceó. El silencio es mala señal, es solapado y traicionero, sería mejor que hubiera un poco de ruido, por lo menos que hubieran mantenido siempre encendidas las linternas, porque la luz es como el ruido. ¿Por qué las habrán apagado?, se preguntaba y sin encontrar una respuesta justa que lo tranquilizara. La noche estaba muy oscura, tal vez más oscura que antes, cuando las luces de las linternas se deslizaban blandamente sobre el pasto para buscarlo. No sé por qué las habrán apagado, se preguntaba con confianza, comprendiendo que si él pudiera averiguar por qué lo habían hecho tendría una venganza más y una carta más de triunfo en sus manos. Deben tener miedo de todas maneras, no sabrán que estoy herido, bueno, eso debe ser, entonces tengo que portarme como si no estuviera herido, dejaré aquí mi pierna y me iré caminando, ella estará herida, pero yo no, dijo con sonrisa seria, si me acuerdo de ella, me va a traicionar sin querer ni desearlo, tengo que olvidarla, ignorarla y se arrastraba y mantenía la carabina bajo la pierna sana y la llevaba cogida de la correa. Todo estará bien si dura un poco más la noche, se decía, mirando hacia el cielo encapotado, queriendo, al mismo tiempo, adivinar dónde estarían los caballos, tiene que tenerlos cerca, no pueden habérselos llevado muy lejos porque los trajeron para eso, para llevarme amarrado y estirado entre un par de monturas y ellos en procesión detrás, haciendo fiesta y disparando los tiros que les sobraron contra el cielo mañanero. Quizá esté lloviendo mañana, decía, sintiendo también que la leche helada le empujaba el estómago y quería subir hacia la garganta y lo angustiaba y le hacía tener miedo de enfermarse realmente cuando surgieron los hombres y él no tuviera ya tiempo para disparar, sino sólo para aliviar su vientre y su garganta y no morir ahogado con la leche, con esa horrible leche fría que dejó la vieja de intento para que yo la bebiera. Se le ocurrió que tal vez habrían dejado el canasto como cebo, después de conversarlo y ponerse de acuerdo con los agentes. Me habrán estado esperando, se dijo, y por eso el viejo lloró de modo tan espantoso y fácil y se afligía con tanta maña, porque tenía preparada y aprendida su tragedia. Por eso la mujer no decía nada, sólo que miraba con odio y con mucho silencio, porque la mujer que se enoja y habla, ésa está perdida, dice todo e incluso lo que no pensaba y deseaba sin saberlo, tal vez me habría pedido que la besara, pensó lejanamente y con lástima hacia si mismo ahora, porque sentía que empezaba a transpirar y le tiritaba la espalda. Para eso fue que dejó el canasto con la leche, para que me enfermara feamente, se dijo y sacó la carabina para agarrarse a alguna seguridad y miraba desconfiado hacia los matorrales y las copas de los árboles hundidas en la neblina, que se movían despaciosamente, con pesadez, dejando, de rato en rato, escurrir una larga y súbita manga de agua. Se arrastró durante mucho rato, respiraba con ansias, con deseos de coger todo el aire y el ruido que se agazapaba en él, ese ruido que se arrastraba imperceptible y seguro hacia él, como se arrastraba él mismo sin saber concretamente hacia donde. Es raro, decía, es raro que no hayan seguido disparando, debieron hacerlo en seguida cuando encontré el canasto y estire la mano y agarré la botella. Sólo dos balas, una la leche, otra para la pierna, pensó con furia, adivinando que en ello había seguramente un poco de burla y bastante desprecio como si él ya no valiera la pena, sólo muy poco, dos pesos, dos balas, como si no fuera tan &lt;br /&gt;feroz y temible como decían en Melipilla y Vichuquén los huasos de los fundos o en Chena los parceleros de Santa Inés o los colonos alemanes de Peñaflor. cuando estuvimos allá con el Sangüesa y veníamos llegando del puerto. Sí, el Sangüesa sería capaz de cualquier cosa, de traicionarlo, de venderlo, de vengarse de él en la Rosa, como el cabo Miranda. De repente se acordó de que se parecían mucho al cabo y el Sangüesa. Un día se lo dijo, mientras mirando al mar esperaban que anocheciera y el humo de las carboneras llegaba hasta ellos mezclado con el chillido de las gaviotas y de los patos marinos y empapado en el olor húmedo del mar. Comenzaba a hacer frío y como estaban sobre las rocas, esperando que las luces comenzaran a prender en los cerros y en el cordón de calles que rodeaban la bahía, los almacenes de la aduana, el resguardo aduanero, el cuartel de artillería de costa, los fuertes, lo quedó mirando, lo golpeó con el codo, pues el Sangüesa estaba pegado a él y parecía ensoñado y él alcanzaba a tocar los pies, las rodillas, y sentía una cierta indefinible desconfianza, con enorme fatiga. Si se parece al cabo Miranda usté, Sangüesa. El Sangüesa se quitó el sombrero con un largo suspiro, con un suspiro que no parecía expedido por él, pues no era hombre capaz de suspirar, un suspiro fatigado, plenamente merecido, de alguien que está muy cansado, de un cargador de los muelles, de un mecánico de la maestranza. Lo quedó mirando a él y mirando el sombrero, lo puso sobre las rocas mojadas y lo escrutó honda, indefinidamente, sin decirle nada, se tendió sobre las rocas, arqueando un poco la cintura y colocando su cabeza entre las manos tendidas y cruzadas, la tornó al cielo. Es bonito el cielo, dijo, es libre, está siempre abierto, Eloy. Eloy miró el cielo y ciertamente lo encontraba repulsivo, desagradable, tibio y asqueroso como la mano del cabo Miranda, como esos ojos vegetales, neutros, líquidos del Sangüesa. No dijo nada, se sentía desolado, aburrido, deseoso de que la noche comenzara luego y que se nublara, que comenzara a llover, tal vez, hacia los cerros, hacia el cementerio de Playa Ancha, hacia Quintero y Los Vilos y el camino de Santiago. Podríamos estar ahora trepados en una carreta de bueyes que va crujiendo por la cuesta, en lo alto del puerto, dijo y semblanteó al Sangüesa sin mirarlo. Unas gaviotas cayeron junto a ellos graznando con miedo, mirando el agua negra, verdosa, que se removía siniestra, lejos, el cielo estaba todavía claro, celeste y tenue y ahí mismo parpadeaba con extraña fijeza la primera estrella. ¿No lo ha visto más?, le preguntó de repente el Sangüesa. ¿A quién?, dijo él casi con miedo y sabía perfectamente por quién le preguntaba, pero podría ser por otro, por alguien cualquiera, por algún amigo vivo o muerto, por un ausente, por el padrino de la Rosa, por el cura que rezaba la novena aquella tarde de invierno cuando llegaron los caballos atravesando la penumbra lluviosa y aquel caballo rucio y blanco, lustroso y bello, se detuvo frente a la ventana y lo miraba con melancolía, ciertamente con conocida confianza y empujó la ventana con el belfo para abrirla y relincharle con suavidad. Sentía las narices del caballo soplarle la oreja, buscando el pasto, el sol, y oliendo ellos mismos a pasto y a yuyo y a cielo abierto y a las ventanas iluminadas que se divisan desde el camino. ¿No lo ha visto, entonces?, le preguntó el Sangüesa, sentándose en las rocas y comprendía lo grande que era el sangüesa, recio y duro, enorme, tapaba casi todo el cielo, la porción clara del cielo, el puñado de estrellas que se desparramaban en el horizonte a ras del agua. Roto malo, rezongó él y eso era una respuesta. El Sangüesa se levantó y se fue saltando entre las rocas. Si, se parecía al cabo, serán parientes, primos o hermanos del mismo viejo, pensó con sonrisa dura. El Sangüesa saltaba con pesadez, como un enfermo que no quiere todavía llegar hasta su cama, hasta el sillón de ruedas, que no está, des luego, tan enfermo como dice, sino, más bien, temeroso de estarlo, de estarlo realmente y no poder ya saltar de roca en roca y caminar sobre la arena y arrastrarse hacia la casa, hacia las luces. Lejos ya, en la penumbra, el Sangüesa se volvió para mirarlo y desapreció en la arena, hacia la playa y él se quedó frente al mar, esperando que surgieran las luces violetas y alegres, limpias y aristocráticas de los cerros de Viña del Mar y las más cercanas, las del puerto, frente a la plaza Echaurren, hacia el cerro Cajilla, el cerro Artillería, el cerro Toro, el cerro Cordillera, el cerro Alegre, el agua iba subiendo hacia él y se dio cuenta de ello sólo cuando la vio fría y triste oleando sobre sus zapatos. Se levantó y se sentó un poco más arriba, mirando a los trabajadores que salían sombríos y callados de la maestranza y sobre ellos ululaba lúgubre la sirena del taller, amenazadora y rencorosa, pitaron los trenes en la estación, se escuchaban campanas hacía la plaza Victoria y voces, voces dichosas y despiertas, en el cielo claro a trechos, entre las nubes muy negras, pasaban campanadas leves, melodiosas, y entre ellas tardas gaviotas que tornaban de los cerros, en el mar se hundían con pesadez los barcos y olía el aire a mercadería, a azúcar, a té, a frutas, ese perfume podrido y cálido, amarillento, de los plátanos sumidos en la bodega, del café guardado en latas, en potes, en azucareros, en enormes azucareros floreados, pensaba, y se sonreía con melancolía. Sí, el Sangüesa se parecía al cabo Miranda, era quizá tan cobarde y traicionero como él, capaz de hacerle cualquier cosa al Toño, sin atreverse con él, no, no iría al almacén, que él subiera solo, no deseaba estar a su lado, caminar a su lado, agacharse junto a su respiración para entrar o para huir después. Ese sí es feroz, es cobarde, es malo desde los huesos, pensaba con miedo y asco, sintiendo, al mismo tiempo, que la leche le angustiaba el vientre y no lo dejaba respirar ni estar tranquilo, lo llamaba con urgencia para distraerle los nervios y la voluntad y que él se preocupara de eso solamente y no de vomitar, mientras los hombres se arrastraban con sigilo hacia él, hacia su pierna enferma que ahora estaba hinchada y bastante pesada y si encendían las linternas, todas las linternas y las echaban por lo bajo, de manera que dieran mucha sombra, golpeadas contra los troncos de los árboles, entonces sí que lo descubrirían, porque su pierna debía verse enorme y tumefacta y monstruosa si él caminara envuelto en un cerco de llamas. Podían haber encendido una buena fogata para encerrarme, dijo con un escalofrío, adivinaba que era una maligna idea, fácil de ocurrírsele a cualquiera, al Sangüesa, por ejemplo. Lo veía acarreando leña en la oscuridad, sonriéndoles desde la penumbra a los agentes y amontonando la leña a sus pies, como amontonando el odio para quemarlo con él. Estaba casi seguro de que el Sangüesa habría quizá provocado esa persecución. No es persecución, es cacería, Eloy, se dijo, te están rodeando sin que puedas verlo ni sentirlo, el Sangüesa lo sabe, él está con ellos, se parece a todos ellos y no sólo al cabo, agregó con energía, no sintiendo miedo. Recordaba cómo, en otro tiempo, el Sangüesa miraba a la Rosa, no es verdad que con deseos, porque no era franco, como no lo eran sus ojos amarillentos o verdosos; descoloridos y sucios, como los huiros, como la costra del mar, medio comestible, medio estomacal y doméstica que oleaba a sus pies aquella noche tan lejana. Sí, el Sangüesa lo habría seguido toda la tarde y ahora estaría junto a los hombres, cargando sus carabinas y cargando también la suya, para preguntarle por último: ¿Cómo dice, Eloy, cómo dice que me parezco al cabo Miranda? Miraría en la oscuridad, sin reírse alegre, con la risa despreciativa y tirante en su cara, como otra cicatriz, buscando entre las sombras de los árboles la figura del Eloy, el golpetero de su pierna herida contra el suelo, el rastro de su sangre entre las violetas.&lt;br /&gt; Aquella noche había salido de las rocas cuando ya estaba completamente oscuro y el mar estaba tachonado de estrellas, pero también con nubes duras y hermosas, iluminadas, hacía calor, había humo hacia los cerros, incendio, tal vez, detrás del cementerio, hacia Laguna Verde. Se había ido caminando por la orilla de la playa, mirando los botes de los pescadores tumbados en la arena, las redes echadas a trechos en el agua, deseoso de actuar y de terminar pronto de hacer aquello que debían hacer, cuando sintió el llanto. Un llanto de mujer. Un simple llanto de mujer pobre. Nadie le hacía caso, estaba sentada, llorando, en las redes. Están mojadas las redes cómo no le molestan, pensaba, empezando a subir los escalones húmedos, y por qué llora, qué le habrán hecho, y por qué está sentada, no debiera llorar sentada sino derrumbada en la arena, hundiendo su pelo en ella, no está desesperada seguramente, ésa no se va a tirar al mar desde las rocas y simplemente querrá vender su pena, una pena pobre armada de cualquier manera, sin adornos, sin gracia, sin malicia, y había bajado a la playa con deseos de contarle eso a la Rosa. Está llorando, fíjate que está ahí, en las redes, entre los cordeles, apoyada en un ancla amarillenta y rojiza, gastando inútilmente su llanto en la suave brisa, porque los pescadores no la miran y pasan a pie pelado por encima de ella e incluso la habrán salpicado con un poco de licor o de agua de mar y le habrán mirado con atención los muslos, por simple inadvertencia, sin pizca de lujuria. Y se tendió junto a ella sin poder decírselo, porque estaba dormida, desparramado su pelo, pegada su cara en la suavidad de la arena, y el mar venía lamiendo el litoral, subiendo imperceptible por la arena, apoyándose con tiento, como los ciegos, ya lo olía con fuerzas y comprendía que si también se dormía, estaría en una hora encima de ellos y se derrumbaría con todo su formidable ruido y su gente extraordinaria, el mar es un edificio fantástico construido por Dios junto a las ciudades y un día se va a poner de pie de repente y a aplastar con sus escombros mojados, con sus marinos náufragos y sus enamorados suicidas a todas esas bandas de músicos y bailarines. Sentía a su lado las piernas de ella y estaban tibias y las tocaba y decía no debe ser muy tarde, están todas las luces encendidas en los cerros, serán las nueve, las nueve y media de la noche y recién estarán comenzando a servir la comida en el restaurant, y abrazado a ella aun podía divisar las luces de los cerros por entre su pelo, esas luces que rodeaban la costa y se perdían hacia Concón y Quintero, y pensaba, sería bueno que camináramos un poco y fuéramos a comer después a ese salón de ricos. Sentía hambre y aburrimiento y le tapó las piernas con las suyas, deben ser las diez, seguramente, dijo, besándole los pechos y ella abrió los ojos y se rió despacio porque el mar sonaba mucho, ahí mismo y se había tornado negro esperando para embestirles y aun les salpicaba la cara, y no habrían necesitado decir más para estar felices, sólo escuchar el mar que los juntaba, recogerlo en el rostro, en tus pechos, Rosa, en tus piernas queridas, dijo, y la besó en plena boca. Ella no se reía. Alzaba su cara de la arena y lo miraba. Rosa, dijo finalmente, tengo que subir hacia los cerros. Eso había sido el día antes, una noche como ahora, pero calurosa, ahora no, está noche hacía frío, él tenía frío y sin embargo, estaba ahí, pegado al soplo del mar. Atravesó la estación y caminó por las calles solas, sentía en sus orejas el tintinear de los coches de punto que pasaban por la calle Prat, veía los tranvías amarillos que doblaban en la esquina del correo y se perdían hacia la aduana, desterrados y apacibles, llenos de gente que iba leyendo los diarios de la noche o mirando vagamente las ventanas iluminadas, mirándose con extraña curiosidad criminal los rostros, las bocas, los pechos, la piedra del anillo en el dedo, pensando en el trabajo y en la puerta de calle, en la mampara, en el timbre, en las largas colas de gente que esperaba frente a los ascensores, apretujándose contra las rejillas y mirando con hostilidad, con horrible sufrimiento y cansancio los rieles que brillaban en la noche hacia lo alto del cerro. El olor del mar lo perseguía, lo rodeaba y le empapaba la frente, era casi un alivio para que él también pudiera subir hacia el cerro, mientras el ascensor pasaba a su lado, feamente iluminado, como sucio, y alguien lo miraba con fijeza, con sospecha, el cabo Miranda, tal vez, el Sangüesa, seguramente, habrá querido llegar antes, antes que yo y el manólo, decía, y deseaba tornar a la playa y sentarse sobre las rocas y no pensar en nadie ni en nada. Cuando llegó a la plazoleta se sentó bajo un farol y la luz le caía recta hacia el pecho, hacia las manos callosas y ennegrecidas, las manos que estaban hacía cinco años en el taller, a esa misma hora, a lo sumo las ocho y media o a las nueve de la noche, cuando iba atravesando frente a la Intendencia salía pitiando un expreso, pensó, eran las ocho de la noche, debí irme en él o en la carreta de bueyes, desde entonces que no cojo una lezna, ni una aguja, quizá me haría bien cortarme un par de zapatos o unas botitas de color para el Toño, con guincha de piel y con toperoles, decía para sí y sentía el ruido que hacían todavía, después de cinco años, cuando él los iba golpeando contra la suela y sonaban era verdad que de un modo especial, como si no lo hicieran sus manos, como si tampoco lo escucharan sus orejas, por lo menos como si él estuviera al lado afuera, en la puerta de la calle, mirando llegar la noche, o en la ventana, afirmado en los vidrios, como del caballo se afirmó aquella noche y él pensó que era la viuda del maestro Leiva que venía por las medias suelas. No va a venir la vieja con ese temporal, murmuró limpiándose las manos rápidamente en el delantal y entonces vio al caballo, una hermosa cabeza iluminada de caballo joven, podría ser mío, iríamos a repartir los zapatos al pueblo muy temprano, todavía con la noche encima, llevaría al Toño, pensó y sintió los disparos y rápidamente había apagado la lámpara y desde la oscuridad veía brillar las botas. Estuvo feo, fue una injusticia, exclamó, sin saber ciertamente que cosa era la injusta, si los toperoles que sonaban huecos y hermosos contra la suela y la iban iluminando como las estrellas el cielo o las luces la bahía hacía un rato, o la cabeza del caballo o el cabo Miranda o que el Sangüesa se pareciera tanto al cabo, es igualito al cabo, nunca miré la mano derecha del Sangüesa, pensó con un estremecimiento, pero se rió en voz alta con frialdad, burlándose de su pensamiento y se puso de pie para irse, pues una pareja de enamorados se hubiera sentado frente a él y susurraban y se reían, iluminados y ardientes; ausente de todo, tapados por el pelo de ella que revolvía con dulzura, casi con malignidad, el viento que bajaba del cerro. Si, habría incendio hacia los cerros, sentía el humo y, lejos, todavía abajo, en la ciudad, tintineaban las campanas de los carros de incendio y por todo lo alto, destrenzada y suelta, clamaba la sirena, con escándalo y desesperación, azuzando las grandes llamaradas que surgían robustas desde abajo, los gritos de los vecinos amagados o buscando las mangueras arrumbadas en los cuarteles lejanos, echó a caminar y nunca la calle había estado tan sola, sentía gritar a los chiquillos que jugaban en la oscuridad, pero no los veía, sería al otro lado de la quebrada, un viejo fumaba sentado en una puerta, hundido en la penumbra, y cuando él pasó a su lado lo quedó mirando con una larga, pegajosa mirada soñolienta y teniendo el mismo sueño, un poco de sueño, y pasaban voces a su lado, gente corriendo, no lo miraban ya no habrían podido mirarlo, por que hacia el mar, justo frente a los barcos, se veía el resplandor del incendio, una grandiosa luz crema y enrojecida, airada y trágica, casi triunfadora. Lejos, sonaba solemne y vaticinadora, siniestra y eterna, la sirena llamando a los bomberos, sonando como en el fin del mundo, llamando aun a los muertos, a los que murieron en el incendio de la calle Carrera, a los que fueron aplastados en el derrumbe de la avenida Brasil, partiendo el aire grueso y tibio que soplaba en la bahía. Envuelto por esa luz difusa y sangrienta siguió subiendo y llegó al almacén y sintió risas claras, despiertas, dichosas y despreocupadas adentro y también la voz de una mujer maliciosa y atemorizada. Sonaban lejos, un poco distantes, como si estuvieran en el subterráneo o en el segundo piso, con la ventana cerrada y la puerta con cerrojo. Agachándose, se metió al almacén y se apoyó en el mostrador para mirar o para esperar. Estaba en penumbra, pero iluminado por una ventanita de vidrios sucios abierta en lo alto, la luz estaba encendida, no la luz del almacén, sino la de la pieza del lado. Se asomó y pudo ver las perillas del catre, unos cajones de azúcar, unos chuicos de vino o de parafina, el olor del té llenaba la casa y sentía otra vez las risas, alejadas, como si fuera en automóvil o en el expreso a Santiago. Serán las nueve ahora, suspiró, iría por Quillota, en el almacén no había nadie, alzó la tabla del mostrador y se metió al dormitorio y apagó la luz, quedó muy oscuro, sintió miedo y la encendió nuevamente y cogió el revólver, pero no lo sacó todavía. Se acercó al peinador, cogió el revólver, pero no lo sacó todavía. Se acercó al peinador, cogió el jarro, un hermoso jarro de porcelana celeste y rosa, lleno de hermosas hinchazones floreadas y vació un poco de agua. Ya había-agua en el lavatorio, un agua jabonosa, con restos de pelo y en el borde un poquito de pintura roja, como colorete. Sería de ella, dijo de súbito, asustado, y cogiendo el lavatorio vació el agua en el recipiente, el agua sonó largamente en sus orejas, en sus sienes. Estaba jabonosa, llena de pelos sangrientos o de colorete, pensó con esperanza, cogiendo el lavatorio y vaciando el agua en el recipiente y derramando un poco en el suelo. Puso el lavatorio en el mármol y se lavó cuidadosamente las manos, mirándose en el espejo y encontrándose cansado, envejecido. Eres malo, Eloy, dijo, eres muy malo, pobre hombre. Cogió la toalla que estaba caída en el suelo y se enjugó las manos con pesadumbre, mirando con recelo hacia el almacén, caminó y sintió sonar sus pasos sobre las tablas, sonaban profundamente, hacia la calle, hacia arriba, hacía un momento antes las risas y las voces, bebían vino, se dijo, deseando él mismo beber un poco y echando una mirada melancólica a los chuicos entró al comedor. Es decir, no entró completamente, porque el hombre no lo dejaba pasar, es decir, las piernas del hombre. ¿Pasarías por encima de las piernas de alguien que se está muriendo, Eloy?, se preguntó y empezó a transpirar. Estaba caído junto a la puerta, como sentado en ella, como si hubiera deseado ponerse de pie para llegar hasta la mesa del comedor, o quizá hasta la silla, o tal vez hasta la caja de fondos, parecía que lo miraba, que le rogaba que le ayudara a quejarse por lo menos, tenía la camisa limpia, una camisa blanca, alba, se la plancharon anoche, se la planchó anoche ella, mientras él fumaba sentado en esa misma silla de Viena, mirando hacia el puerto el barco que venía entrando, el Santa María, de Nueva York, y puertos intermedios, con numerosos turistas que huyen del calor neoyorquino y mucha mercadería consignada a las principales casas importadora del puerto y Santiago. Junto a él estaba el cuchillo, un hermoso cuchillo nuevo, sin nada de uso y la mano agarrotada en el suelo parecía querer cogerlo todavía, no se veía sangre, sino sólo un chorrito que emergía del labio y también de la nariz, como de la muela cariada o efecto del calor que hacía esa noche. El retrocedió hasta el cuarto y las piernas del hombre quedaron iluminadas siempre por la luz difusa que venía de afuera, que entraba por la ventana con la luz del incendio y el lejano tañido de las campanas de los bomberos que se amontonaban frente a la Intendencia. Salió al almacén, mirando con recelo hacia la calle, ni siquiera corrieron la cortina, rezongó y caminó por el pasadizo y se metió al comedor. El comedor tenía todas las luces encendidas, como para una fiesta, la mesa estaba puesta, con el largo mantel rosado, las altas copas rojas, verdes y azules, las botellas de vino y el agua con hielo, la frutera donosa y encopetada, repleta de chirimoyas y uvas y tres cubiertos completos. La mujer no estaba precisamente en el comedor, sino que entre él y la cocina, acurrucada en el suelo, como durmiendo o esperando al amante deseado e ilegal, roncaba extrañamente, con persistencia, roncaba tanto que su boca entreabierta fue lo primera que él vio, su boca entreabierta, dolorida o esperanzada, sus vestidos estaban alzados y mostraban la pantorrilla todavía joven y deseable, tenía bonita cintura, pensó con lástima, tenía, tenía, Eloy. También había un cuchillo junto a ella, más bien bajo ella, sólo la cancha blanca y negra asomaba entre los pliegues del vestido. Con ése fue que persiguió al Sangüesa cuando él se levantó de la mesa y caminó hacia dentro, se dijo, queriendo recordar y se acercó a ella, se acercó para mirarla y mirar el cuchillo. Tenía el pelo castaño y las mejillas ardientes, encendidas y todavía frescas y llenas de vida, tenía los ojos cerrados, pero por entre las pestañas parecía que todavía podía mirar con coquetería y ensimismamiento, mirarlo a él, por lo menos su pantalón, sus zapatos. Jesús, qué desplanchado, Eloy, te manchaste el pantalón, límpiate las suelas antes de entrar, parecía decirle y parecía también que, hundida la barbilla, escondía su risa en el seno, una risa para ellos dos, para que no la oyeran el Sangüesa ni el Manolo. Se agachó y la sintió respirar profundamente, hacia otro lado, hacia otro país, hacia Limache o Quillota o la capital, decía, decía siempre que se quería ir para la capital porque ya estaba aburrida con el Hernández. El Manolo se acercó y le pasó un vaso grande de vino, repleto, él lo cogió, mirándolo, mirando al manolo y se agachó para bajarle el vestido, pero no se atrevió a tocarla a ella ni el vestido tampoco, estaba respirando íntimamente, hacía abajo, cada vez más hacía abajo, lo hacen cada vez más profundo, como cavando, pensaba, y se llevó la copa a los labios y entonces sintió reír al Sangüesa, una risa casi bondadosa, feliz o tranquila, simplemente una risa no asustada, no perseguida, estaba al otro lado de la mesa, entre las copas, entre los espejitos del aparador. No bebió y se miró las manos, mientras sentía el humo del incendio meterse imperceptiblemente por la ventana, dejó el vaso en la mesa, en la orilla, y salió al patio y el cielo luminoso estaba impregnado de un humo acre y fuerte y el Sangüesa se reía corto, haciendo vibrar la oscuridad y dentro de un minuto ya no reiría, ya no desearía reír y caminaría por las tablas hacia el patio, hacia él, y él anduvo en puntillas para no sentir sus propios pasos y se miró las manos en la claridad de la noche y las vio completamente, las tenía con sangre y tenía también sangre en el vestón. Sintió el gusto del vino en los labios y después el gusto de la sangre, las risas de la mujer, sus propias risas, tu risa, Eloy, te reías alegremente, olvidado ya de todo, olvidado antes de que ocurriera, sonaban entre las copas, entre los tenedores y los cuchillos, los cuchillos, habían tres encima del mantel, parecían grandes, más grandes que de costumbre, te pusiste de pie, Eloy, pero no sólo tú estabas de pie, también el Sangüesa, no sólo eso, viste bambolearse su espalda que se remecía leve, como lo haría más tarde al saltar de roca en roca y sentiste los gritos de ella, y los golpes, tus propios golpes, estabas agachado y furioso descargándolos, empujándolos como se empuja la ropa adentro de una maleta y se la sujeta con la rodilla para que no se reviente ni se abra más ni grite más estabas transpirando, golpeando todavía, fatigado y pesaroso, cuando se abrió la puerta y se cerró de inmediato con violencia, se rió largamente el Sangüesa y por la puerta abierta vio deslizarse los zapatos del hombre, unos bellos zapatos blancos, de verano, no para un viejo, no para un viejo, pensó y salió afuera, mirándose las manos que el viento del mar le arrebataba.&lt;br /&gt; Ahora también la neblina se las empujaba con furia con naciente incuria, como si quisiera llamarle la atención hacia alguna cosa. Notaba hacia él como el viento aquella noche en el cerro, cuando salió del almacén, creyendo que el Sangüesa saltaría sobre su espalda. Es capaz de todo. dijo, debe estar ahora con ellos, él me ha vendido, estoy seguro de que él ha sido, él les dirá que estoy herido, muy herido, mucho más de lo que él espera y que me rodeen con un cerco de llamas, repitió, temeroso de que ellos pudieran haber oído lo que él pensaba, pues hacía rato hablaba en voz baja, para sí, conversando para sí, pero tal vez también para su pierna, que yacía a su lado, engordando y perfeccionando su herida, queriendo huir hacia el muslo, hacia el vientre, hacia los brazos, para sanar o para no morir sola, para abrazarse a él y participarle de la herida, soy tu misma sangre. Eloy, mi vida, soy tu misma carne y tienes que morir conmigo, vamonos juntos, le diría, desearía poder decirle. Se arrastró otro poco, alertando las orejas, sólo el gotear del agua se oía a la distancia y también el arrastrar sigiloso de los pies, creyó incluso oír unas risas apagadas, muy alegres y siniestras y sanas y dispuestas a todo. Risas incompletas y malignas de gente malvada y vengativa, de gente criminal viviendo en sus amargos trajes sombríos, porque ésa era la hora de ellos, la hora de los pequeños tristes hombres de la ciudad, cuando abandonan sus sillas y sus pupitres y abren los cajones y sacan los revólveres y pistolas, cuando ya bajaron la cortina metálica del bar y los borrachos que estaban discutiendo y gritando, amarrados por las cartas del naipe y por los rebordes del vaso de vino, ya se fueron hacia los hospitales y los cementerios, esas botellas que miras primero como a enemigas y después como a hermanas o queridas y por último se te olvidan y las amontonas a tus pies, y el mozo de rostro blanco y lampiño, de rostro sin pelo y sin pasiones, aun sin breves y mezquinas pasiones, que te atendía obsequioso y maquinal, mientras servía las empanadas rojas y perfumadas, ya se fue también, se fue espantosamente solo tarareando un horrible tango, hace rato que se fue caminando, atravesando el parque Cousiño, para seguir cantando aburridamente, bajo la oscuridad húmeda de los árboles, mientras pasean los últimos jinetes, los últimos caballos del Club Hípico y llega todavía, en un golpe de viento, el golpear de las patas que se hunden en el horizonte y en una postrer pincelada de crepúsculo asoleado se ven brillar sus grupas blancas y amarillas, negras y lustradas y cuando ya llegaron, la multitud se quedó callada, atravesada por un largo breve estremecimiento; era ya de noche y la luna delgada y tierna asomaba su copa tras los álamos. Se contarían cuentos, chistes, historietas para no quedarse dormidos e imaginar mujeres en la soledad y en el frío, mujeres apresuradamente formadas en las largas noches de invierno porque se está solo y se tiene tanta salud y pensamientos aplastados y alertas y afuera sopla un cierzo helado e implacable y faltan todavía cuatro meses, quince semanas para que se vaya el invierno y un día, un día cualquiera, por los vidrios que empaña el hielo, a través de las primeras hojas pequeñitas, silvestres y asustadas que se agarran a la madera, asoma un rayo de sol, nuevo, un poco verde, un sol seco y desabrido, pero envuelto todo ese rayito anémico en un perfume persistente, en un inolvidable perfume lejano, azul y blanco y tibio y rumoroso, un perfume empapado en el viento, en el agua que cae desde las altas rocas de la cordillera y brilla a lo lejos y muy abajo, agarrada a la orilla del camino, una brasa de fuego ardiente, unas llamas frescas, limpias y alegres y brillantes y vagan sombras tranquilas, abrigadas sombras que se asoman a los vidrios y se ríen seco y destapan las botellas de coñac, de pisco, y miran el calendario clavado en la muralla de pino, cuatro meses, cuatro meses largos todavía, diecisiete semanas, mucho hielo todavía, lloverá tal vez hasta el sábado y el domingo, a lo mejor, tenemos un poco de sol. No habrá sol mañana, pensaba, tendido a medias en el pasto y sintiendo otra vez el persistente perfume de violetas y estirando su mano adivinó que estaba junto a ellas y la mano le quedó mojada con ese perfume y se la olió con repugnancia y rabia como si aquello fuera un mal presentimiento y un engaño, un olor que lo llevaba otra vez a pensar en cosas débiles, cosas que no le permitían encerrarse en toda su fortaleza. ¿Qué se habrán hecho los agentes?, se preguntaba, deseando, al mismo tiempo, que, de todos modos, surgieran ahí mismo, al otro lado de los matorrales, ahí donde él adivinaba ahora que terminaba el sendero y brillaba una laguna y sentía el leve hilo de agua correr desfallecido, envuelto en la neblina que formaba copos encima de ella. Ahí estaba despejado el campo, los árboles estaban ahora más lejos y seguramente el rancho se encontraba al otro lado del largo sendero. Habré caminado unas cuantas cuadras, se dijo, y sintió al mismo tiempo que tenía rotos los pantalones en las rodillas, me he arrastrado tanto, balbuceó despacito, disculpándose y comprendiendo que no valía la pena siquiera pensar en eso, nada significaba haberse arrastrado así sino conservar la vida, ellos han pasado escondidos y serán unos veinte o treinta y trajeron los caballos y seguramente comieron bastante antes de trotar a buscarme, dijo con rabia y sintió mucha hambre, deseos de comer algo caliente, mas bien de beber un poco de vino y sabía que mientras tuviera esa maldita leche fría en el estómago, que lo enfriaba más y lo martirizaba, no podría actuar como él quería y tenía miedo de que ahora, ahora mismo, antes de que pudiera desocupar su vientre, aparecieran los hombres y comenzaran a disparar. No le gustaba este prolongado silencio, estarán conversando sus proyectos, estarán organizando una buena partida, querrán encerrarme por fin y cogerme vivo, pensó con recelo, pero cualquier cosa podría soportar, menos que lo cogieran vivo. Muerto sí. asesinado, acribillado, la sangre tiene cierta dignidad, por eso es terrible, pensaba, cualquiera puede ganar una buena muerte, hay que trabajarla, hacerla, labrarla con balas, por lo menos con un cuchillo, dijo, apretando con ternura su carabina, una muerte así vale la pena, es un trabajo limpio y concreto, es como hacer un par de lindas botas para el Toño con el cuero sangriento de una oveja, cualquiera no es capaz de morir peleando, la mayoría se suben a la cama en cuanto se les enfrían los pies, se tienden de espaldas y esperan a la muerte despeinados para que ella los peine, acostados para ser valientes, es bueno matar, pensó, es bueno morir así, no me cogerán vivo, tengo muchas balas todavía y las voy a gastar en ellos, quiero buscarlos para convidarlos y meterlos en mi juego y consumir mis balas en ellos.&lt;br /&gt; Como creyó oír un leve, un apagado llanto de niño, se sobresaltó y poniéndose de pie se afirmó contra un árbol para oír nítidamente. Serán las cuatro de la mañana, a lo sumo las cinco o seis, pensó, cómo pueden andar con una criatura a esta hora, hace tanto frío tanta neblina, cómo pueden ser tan bestias y sin entrañas, y desconfiado y asustado, porque sabía que ese llanto, era para él, que estaba haciendo llorar a la guagua para él, para que comprendiera todo súbitamente, se apegó al árbol y &lt;br /&gt;comprobando que el seguro de la carabina estaba perfecto y alerta el gatillo y firme y tranquilo y leal y completamente suyo el cuerpo del arma, su madera, su carne que llevó durante tantas noches apretada al cuello del caballo, al cañón que acariciaba ahora en una leve y estremecida despedida, no porque fuera a morir, no porque se fueran a separar para siempre, sino porque cuando ya estuvieran los hombres disparándole y gritándole cosas, ríndete, Eloy, no seas cobarde y muestra la cara, mira cuántos somos, somos tres docenas, catorce docenas, y acabamos de tomar desayuno y los niños que vienen hasta acá se acaban de levantar y aún tenían la radio puesta cuando se quedaron dormidos entre un par de buenos y generosos pechos, mira. Eloy, mira cuántas balas descansadas, frías todavía, te trajimos, entonces, cuando él tuviera definitiva confianza y agarrara el pescuezo de la carabina para despertarla y se enojara también y sintiera que él estaba con ella, despierto y furioso a su lado, peleando su misma rabia, cazando una misma clase de enemigos, entonces estarían juntos y también separados, sabiendo, a través de las breves llamaradas de los disparos, que estaban siempre ahí, apartados en medio de la noche, demoliendo los escombros, ciertas ropas, ciertos ponchos, ciertos sombreros siniestros que los separaban, rompiéndolos y volteándolos al suelo, hundiéndose en todo eso, echando maldiciones, sudando sangre y cansancio, teniendo calor y miedo y frío y sed y hambre y encendiendo otras llamas para pulverizar otro sombrero, otra mano, para apagar otros gritos y estar ahora un poquito más cerca. Efectivamente, un niño lloraba en los alrededores, sentía estremecerse levemente la neblina con sus gritos, como si se levantara y se fuera lejos y quisiera hacer que amaneciera luego y saliera hasta un trozo de sol invernal, un poco de sol para calentar a esa criatura. Qué andan haciendo con ella a estas horas, exclamó en voz alta, sintiendo desconfianza, pues sabía que ese &lt;br /&gt;llanto lo estaba llamando, era como una luz de linterna, como una puerta abierta, ansiosa y engañadora, para que él entrara por ella. Tenía pena y sueño, deseos de caminar y buscarla, sabía que los hombres también lo estaban buscando, buscando al niño que lloraba, ignorándolo a él, pero buscando al niño, acercándose con sigilo al niño para taparle los pies, para acariciarle la cabecita y hacerlo dormir, no serán tan malos, pensó sin convicción y se puso de pie.&lt;br /&gt; Al otro lado de la laguna vio pasar unas sombras, una tras otra, iban agachadas, buscando algo, mirando hacia el suelo, donde brillaría, llamándolos, el llanto del niño, lo sentía resonar en el agua de la laguna, estará en el agua, estará sentado en la orilla, muerto de terror, tendrá miedo del agua, estará sentado en la orilla, muerto de terror, tendrá miedo del agua, murmuró y se acordaba de aquella vez, hacía también tantos años, cuando habían salido con el Sangüesa de las casas y llevaban mucho susto porque las mujeres habían gritado demasiado, con exageración, qué les hicimos, qué les hicimos a ellas, después de todo, decía extrañado el Sangüesa, taconeando apurado y mirándolo con recelo bajo el sombrero que le sombreaba el rostro feo, donde se helaba una sonrisa cínica. Cómo podían llorar tanto y tan fuerte, reclamaba otra vez el Sangüesa y lo miraba fijo y temeroso para que él le diera una respuesta conveniente. Había una hermosa luna, una luna demasiado grande, demasiado redonda, gloriosa y candida, una luna frutal y perfumada, envuelta en celajes de azahar y limoneros, la luna no tiene sangre y es fría, ovillada en sí misma, dormida en su cueva húmeda, dijo el Sangüesa cuando estaban desatando los caballos que tiritaban de cansancio y frío, aunque no hacía frío sino más bien calor, un leve y delgado calor bajo el cielo alto y puro. &lt;br /&gt;El no contestó nada y sólo miraba lejanamente la noche de luna. La luna estaba en todas partes. Había visto que el viejo, de bruces sobre la mesa, el sombrero a su lado y el revólver bajo él y la mano encima, estaba lleno de luna, la luna le salpicaba la cabeza y caía por la espalda sobre el satín encarnado del chaleco y le iluminaba con dulzura, con demasiada dulzura, el pelo canoso y las guías del bigote. Por qué los usaría tan largos y tan engominados, se había preguntado extrañado y con rabia, con rabia precisamente por eso, como si el viejo se cuidara particularmente el bigote y lo engominara y perfumara sólo para molestarlo. Cuando se acercó a él y lo sintió que roncaba en un comienzo de sopor o ensueño comprendió que el viejo tenía ya bastante, porque todo el pecho, la camisa y la corbata deshecha estaban empapadas y sobre todo eso caía también la luz de la luna y tuvo que limpiar el revólver con el pañuelo y la luna caía también sobre él y lo encandilaba. Las llaves estaban en el suelo, estaban mojadas también y se agachó él para recogerlas porque el viejo no las había querido soltar de las manos, y, agachado, vio que el viejo tenía unas lindas botas cate, color sangre, color fuego o cobre, como las que hacía antes yo, pensó, podría habérselas pedido, haberlas visto a tiempo y estaba seguro de que el viejo se las habría dado porque habría comprendido que al hacer ese pedido él no era del todo malo, sino comprendía ciertas cosas que no se dicen, que se respiran, que se explican y comprenden con los ojos, con el temblor de los labios. Estupendas botas, pensó él con remembranza, mirando otra vez la mesita y la silla, la ventana lluviosa y la cabeza del caballo que se diluía en ella, iguales a los cueros que yo cortaba, suspiró cogiendo las llaves y deseando poder haberlas visto antes para decírselo al viejo y poder meter un poco de simpatía en el horror, un poco de vida en la muerte, un par de lindas botas viajeras y estaba seguro de que sus palabras habrían sonado como una galantería y no como una amenaza y también como una sinceridad, incluso como un arrepentimiento y el viejo se lo hubiera agradecido y a lo mejor, entonces, le habría entregado las llaves. Le habría pedido las botas, debí decirle que me las regalara, se reprochaba mirando montar al Sangüesa que tenía la boca abierta en un gesto idiota de golosinería y apetito. Me las habría dado, dijo, me las habría dado y nada habría sucedido y le pasó la zamarra al Sangüesa que la alzó en el aire y dio unas bofetadas en ella y sonaron las monedas y las medallas y los anillos y se sintió él desolado y triste y comprendiendo también que debían irse luego, porque las mujeres gritaban mucho y ahora corrían luces por el interior de la casa y lejos, muy lejos todavía, ladraban unos perros, aunque él tenía la impresión de que ladraron todo el rato que ellos estuvieron en el comedor con el viejo y el huaina y pidieron vino y entonces entraron las mujeres y trajeron unos azafates con asado y unos jarros con vino y unos potes con dulce y los miraron llenas de terror y vergüenza y no sabían qué hacer al principio y tal vez por congraciarse su miedo sino que también su desprecio, le habían pasado a él, a él, precisamente, el pote con dulce, un agradable dulce de alcayotas, perfumado a campo, al agua del estero, al pelo de la Rosa a quien todavía no conocía y que tendría entonces unos quince años y dónde estás dónde estabas entonces vida mía y él cogió la compotera y miró a la mujer y vio que tenía una frondosa cabellera color de fuego, color de las botas del viejo, pensó con siniestra burla y se sintió triste, de súbito, una cara encendida llena de pecas, lindas orejas delgadas y rosadas y una boca grande y carnosa, demasiado carnosa, demasiado grande para sonreír con miedo o quejarse con pasión o coquetería, tal vez tampoco tendría mucho miedo y mírala seco, sin sonreír, mirándola no a ella precisamente, sino que más allá de sus ojos profundos y desteñidos, ojos de cielo en la madrugada, cuando vas galopando solo, Eloy, y todavía sientes los disparos tras de ti y las estrellas se hacen pequeñas y frágiles y son tal vez de vidrio o de escarcha tal vez de carne un escalofrío recorre el cielo y tu espalda te acaricia el pelo y tiene una forma de mano querida de vientre querido de boca grande lastimera y sarcástica, por la que sopla el viento un viento perfumado y ardiente, ardientes labios que se le querían burlar y para que comprendiera que se daba cuenta, había metido la mano en la compotera, toda la mano, y la sacó llena de dulce y se la llevó a la boca con gula y lujuria y desolación, mirándola siempre, mientras tras él, a su lado, el Sangüesa se reía con muchas ganas, con demasiada gracia y él sentía que el dulce estaba quizá demasiado recocido y comió otro poco y se acercó a la mujer y ella no retrocedió ni dos pasos, pero se puso más pálida, muy blanca y más bonita, y sentía que estaba temblando y olía de un modo exótico y mezclado y sintió rabia de que se hubiera querido burlar de él y miró al viejo y el viejo estaba con el reloj en las manos, un reloj de oro, grueso y grande como tortilla y lo miraba hundido en la oscuridad, donde brillaban sus labios húmedos con el vino y él le dijo, sacando el revólver, las llaves, viejo, las llaves, viejo, y lo malo había estado en que le disparó antes de que el viejo dijera que no quería dar las llaves, pero comprendía que nunca se las hubiera dado. Debí sacarle las botas al viejo, había dicho él diez minutos después, mirando a la mujer tendida en la cama, donde caía la luna, iluminándole el pelo, el hermoso pelo revuelto, estirado en la almohada y le caía por el pecho hacia las piernas. Lloró demasiado, pensó con amarguray desilusión ahora, pero la seguía mirando llorar, hundida la cara en el almohadón y él no sabía por qué lloraba ella precisamente y ni siquiera se lanzó por la ventana o cogió el espejo o la lámpara o hizo alguna otra cosa descabellada o trágica para defenderse o para matarlo o matarse ella misma. Son unas bárbaras malagradecidas, dijo el Sangüesa, echando al trote el caballo y agregando: Mire, Eloy, mire, compadre, pues en la casa habían abierto las ventanas y se asomaban ahora las dos mujeres gritando extrañamente, llorando, era la verdad y clamando de un modo áspero y trágico y solemne y desagradable &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;en medio de la noche envuelta en la luna. Nos están despidiendo, había comentado con una sonrisilla imbécil el Sangüesa, pero en realidad los brazos agitados en las ventanas, las cabezas despeinadas gritando hacia la noche, hacía el gran camino ancho por el que iban sólo ellos, parecía que los estaban despidiendo, muertas ya de pena y lejanía y morriña. Si serán peliculeras, dijo el Sangüesa echando al galope el caballo y él también galopó para alzar polvo del camino y echar un poco de mugre de ruido sucio sobre la plácida noche de luna, que se le pegaba a la camisa y el rostro y al recuerdo.&lt;br /&gt; El Sangüesa será capaz, de todo, pensó apegado al árbol, sintiendo llorar siempre al niño, no lloraba ya, se adormilaba en un prolongado y dulce sollozo, como narcotizado por el dolor y la larga espera. Será la mujer, se dijo sin demasiada convicción, habrá vuelto, creerá que estoy muerto y desea pasar la noche en su propia casa, y eso le produjo bastante desazón. Cree que estoy muerto porque desea verme muerto. No, no podría venir el sábado sin pegarle, se dijo, hay que pegarles a las mujeres para amoldarlas a tu carácter, para meterlas bien en tu vida y que encajen bien con tu carne, como golpeas los zapatos para que se hormen a tu pie, es mala, está llena de soledad y miedo y ahora tiene despierto al niño para atraerme hacia ella y que los agentes me cojan desprevenido. Me habrá visto que tengo la pierna herida, a lo mejor, acurrucada en el pasto, cuando caminaba hacia acá, alcanzó a verme que estoy herido, estaría junto al canasto y no la alcancé a ver, les habrá dicho que me tienen asegurado, murmuró con rabia y deseos de vengarse. Claro que voy a venir el sábado a verla, le traeré un vestido, un vestidito lindo, se lo voy a poner yo mismo, dijo con odio, y hablaba ahora en voz alta, sin cuidarse ya y como no sentía llorar al niño, lo habrá ahogado, lo habrá aplastado contra sus tetas para que me sienta extrañado y perdido y salga a averiguar por qué no llora más, &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;pensó, y dio unos pasos alrededor del árbol, mirando hacia el suelo, hacia la laguna, hacia los árboles. Lejos, al otro lado de los árboles, se movían siempre las sombras y tuvo el presentimiento de que ya lo habían visto y que lo estaban rodeando y comprendió también que ya no podía arrastrarse, si lo hacía será su perdición y comprendió también que podría caminar, no muy ligero, pero con Cierta seguridad, con bastante agilidad para cargar la carabina y sacar las balas sin nervios. Miró hacia el cielo y fue un buen augurio verlo completamente cerrado y negro y rojizo. Me queda mucha noche, se dijo y comenzó a dar pasitos cortos en dirección a los árboles. Esto es bueno, esto es bueno, murmuraba, acercarse a ellos, tal vez he estado temeroso porque no los veo ni sé por dónde andaban ni lo que estaban haciendo. Cuando los vea y sepa lo que traman y los mire caminar y hablar y moverse y fumar para entibiar la cara y las manos, será malo para ellos y yo estaré seguro. Si pudiera ver algunas caras también sería bueno, sería bastante bueno, es agradable mirar el miedo pintado en sus ojos, en sus bocas, y hacer que comprendan que de todos modos voy a disparar, aunque tengan hijos, aunque tengan mujeres y padres y padrinos y compadres, dispararé mejor si sé todo eso, mientras más cosas despedazo con las balas será peor para ellos porque tendrán más miedo, si pudiera gritarles cosas habría sido estupendo, el Sangüesa me habría hecho falta para esto, se reiría con esa risa mala que despellejaba de horror a las mujeres. Es malo, balbuceó, se portó cruel aquella noche en la casa, bajo la luna, no tuvo para qué sacar el revólver cuando hay otras armas para eso, es un salvaje, es atraidorado el Sangüesa, cómo no iba a llorar y temblar la mujer y él decía que era otra cosa. Lo sentía reírse ahí mismo, con su risa fea, siniestra y perversa, estaba sonando junto al agua, e instintivamente caminó alejándose de la laguna y se acordaba que cuando atravesaban aquella noche hacía los caballos había mirado la laguna y vio extrañado y pensativo que flotaban en ella unas ropitas ahogadas de niño. tal vez una carita dormida a la luz de la luna, hundida en medio del agua. Sangüesa, ¿anduvo usté por los jardines?, le preguntó con voz lúgubre. Son bonitos los jardines, contestó el Sangüesa y no quiso decir más y lo miró con un coito relámpago de odio y amenaza y él miraba todavía la laguna envuelta en la luna y las ropitas del niño flotando en ella. Después no habían conversado nada y cuando estuvieron en medio del campo y serían las seis de la mañana y un sol picante y fuerte asomaba tras los álamos, habían detenido los caballos, se habían bajado de ellos y, sentados en el suelo, mientras el Sangüesa se liaba un cigarro, desenvolviendo su petaca roja y lustrosa y lo miraba extrañamente, para preguntarle qué le pasa, don, qué se le ofrece, don, una mirada un poco humilde, pero también cargada de implacable odio, de un odio descansado y aliviado, él había volcado la zamarra en el pasto para mirar y desparramar el dinero y las joyas y se las repartieron en silencio, como el naipe, y las había echado en el bolsillo trasero del pantalón, sin desear mirarlas, como el naipe, y después las había sacado de ahí y las había depositado en su chaqueta de cuero, en el bolsillo del pañuelo, en el bolsillo del corazón, don, le observó el Sangüesa, mirándolo risueño, media hora más tarde, mientras revolvía el café y el sol pegaba sobre el mantel de hule y adentro, entre las matas, salía el humo del horno, bajo el sol, y se elevaba el olor a tortillas y a leche fresca y alguien pasaba canturreando trotando por el camino. Tenía los ojos cansados con la luz, el sol daba sobre la carpeta y la taza era un ascua de calor y de luz del sol, había viento y afuera los caballos ramoneaban las hojas nuevas y lustrosas. Tenía pesadumbre y sueño y el Sangüesa había empujado la taza desocupado ya con bastante soberbia y había alzado una pierna y colocado la bota sobre la tranquera y sacó otra vez la petaca y lió un cigarrillo, apretando con furia, con premura y sosiego, los pulgares sobre el tabaco, ciñéndolo a él en la mirada, entre los pulgares, metiéndolo y mezclándolo con el tabaco, apretando sus dedos sobre él, que no lo miraba, pero lo adivinaba. Una mirada curiosa, llena de odio y desconfianza, había en los ojos del Sangüesa y cuando encendió el fósforo, la llama iluminó demasiado largo rato y el Sangüesa se quemó los dedos y los movió quedo en el aire, sin decir nada, pero sólo para significarle que esa llama era una advertencia y un aviso, no me confío de usté, don, no me confío y no dormiré a su lado de aquí para adelante, tan silencioso y se queja y grita y sol loza más que las mujeres, y salió tranqueando fuerte y desató su caballo y sin esperarlo se fue al trote, azotando con furia la cabeza del animal. No es a él a quien pega, pensó, levantándose callado y acariciando con ternura, con consuelo y descanso y olvido la cabeza y el pescuezo de su caballo. Cuando montó creyó sentir que el Sangüesa se reía a carcajadas, pero ya no estaba visible, había doblado la esquina y huía al galope bajo el sol.&lt;br /&gt; Ahora, al sentir su risa sonando entre el agua y la neblina, ahora que no sentía llorar al niño, pensaba que el sangüesa sería capaz de entregarlo, tanto como la mujer. Sí, sería capaz, es bueno para tejer historias, miente de miedo, dijo, echando a caminar otra vez y dispuesto a todo. Caminaba apegado a los árboles, iba rápido y nervioso, cojeando entre claro y claro y cuando I legaba a un árbol se apretaba al tronco y respiraba hondo y se sentía seguro, hasta bastante optimista y cierto de que todo había de salir bien, respiraba con ansias, sentía el perfume del bosque dormido y el suave olear de la neblina impregnada también en olores vegetales que le acariciaban el bigote y le mordían las orejas. La herida de la oreja la sentía lejana y dura, amortiguada y distante, la pierna le arrastraba pesada, le molestaba, era más bien un estorbo que una herida, si no hubiera sido por ella habría podido arrastrarse con sigilo sin que pudieran oír, porque ahora, aunque caminaba con sumo cuidado, siempre hacia bastante ruido, de repente creía que arrastraba montones de hojas bajo los pies, sobre todo con la pierna herida y se detenía atemorizado para mirar el suelo y estaba seguro de que si los hombres se encontraban cerca lo estaban oyendo perfectamente y también lo estarían mirando. Corría ahora bastante viento que revolvía y le echaba hacia el rostro la neblina y lo hacía otear con desconfianza el cielo, adivinando que pronto, tal vez, comenzaría a aclarar. No queda mucha noche, no queda mucha noche y tengo que apurarme, dijo y cayó de rodillas, agarrándose fuerte a la carabina. Allá lejos, no tan lejos, al otro lado de los árboles donde se alzaban las matas y desde donde seguramente emanaba esa brisa cargada de perfumes de violetas que venía hacia él, se habían encendido otra vez las linternas, pero no se movían ahora, estaban quietas a medio metro del suelo, formando una larga fila, no deseaba contarlas, no lo creía necesario ni urgente, le parecía que era buen augurio ignorar cuántos hombres había ahí. ¿O no serían linternas? Son velas, trajeron velas, velones enormes, de la iglesia o del almacén, balbuceaba quedo y sorprendido, contando lentamente sus palabras, sintiendo que sonaban como monedas, comprendiendo lo terribles y definitivas que eran. En el almacén había cajones, muchos cajones con velas de esperma y cera, para los conventillos y los matrimonios, para la miseria y la salud, y fósforos, cajas de fósforos, latas de cerillas rojas y verdes, o terriblemente azules, para que me quemen ahora, pensaba y creía sentir el humo y el chisporroteo de esas llamas en la sacristía o en la cocina; pero era sólo la neblina y el pequeño estallido de las gotas heladas que escurrían en la oscuridad, como iluminándola, brillaban entre las ramas y se deslizaban espantosamente silenciosas por los gajos y las hojas hacia su manta y su sombrero, entreabriéndose en busca del calor no gastado que yacía acurrucado, acorralado y ahorrado en su carne. Empezó a tiritar y a tener verdadero miedo de enfermarse y sentía la saliva fría en su garganta y quería otra vez tener calor. Si tuviera un poco de espantosa y fatal fiebre me salvaría, pensaba con lucidez, y sabía que hablaba en voz alta y eso no era bueno. La fiebre es la vida, toda la gente y sus carruajes, el rencor, el coraje, la memoria eternamente abierta, ese malestar, ese dolor partido me puede mantener despierto y no me duermo, no me puedo dormir, porque si ahora me quiebro y debilito, eso sería el comienzo de toda la infeliz y fácil muerte, ni destierro, ni cadena, ni silencio, ni sosiego, quiero vida y amor, unas gotas de sudor, unas gotas de vida que siempre han andado conmigo, que siempre, finalmente, me sobraban intactas, sólo unas pocas horas, dos o tres horas de oscuridad como ésta, esta oscuridad enrojecida que les recuerda a ellos la increíble suerte mía que tanto terror les ha dado todos estos años, este último tiempo, estas semanas y días en que han enchado por los caminos los furgones y las camionetas en que cargan todo su miedo, y los reflectores para armarse un bonito camino y salir en mi busca e iluminar primeramente su terror, sus ojos abiertos, su sudor frío, buscando la huella de mis zapatos, la herradura de mi caballo, el humo de cigarro y de mi carabina, ni siquiera perros tengo ya, los maté o me los mataron, no me acuerdo apenas de sus nombres y no me importa, aunque tal vez lloré entonces y tuve miedo; me deshice de todo, de todo amigo y todo cómplice y toda debilidad, estoy solo y mientras más solo más seguro de mí mismo, nadie aquí, sólo yo, las balas, mis manos que serán lo último mío que me maten. Las sentía ardientes, apretadas contra los fierros y comprendía que esos trozos suavizados de fierro, de madera sobada y gastada, suavemente brillante, ese silencio que emanaba de su ropa, esa respiración cansada que salía de su carne, de toda su carne, era todo lo que quedaba de su mundo, el mundo era sólo eso para él y tal vez lo sea. se decía: el cielo humedecido lo rodeaba y preservaba, estaba cerca, muy bajo, podía tocarlo con sus manos, tajearlo con su cuchillo, todo eso le daba seguridad. Debo haber sido enorme y peligros galopando por estos campos, se dijo, queriendo recordar, pero no recordaba, y sus labios temblaron, separados de su cuerpo, como labios, dientes, lengua de olro. Soy enorme de todos modos, se dijo y se sentía pequeño y débil, pero no asustado, ni herido, ni en fatal peligro, sólo cansado, desilusionado, sentía una extraña e íntima soledad, la soledad del abandonado, pero no del perseguido, se repetía, para estar seguro de que eso era y para oír su voz, que era recia y no temblaba y mostraba toda su fuerza. Si no hubiera sido por los buhos que estaban allá, al otro lado de los árboles, como al otro lado del país, al extremo de la tierra, al final del invierno, mudos petrificados, pacientes y vivos, vivos a pesar de que parecían muertos, inanimados e inermes, pescadores prendidos a su anzuelo para extraerlo a él del fondo de la neblina y del frío de ese invierno interminable, de su intimidad y su abandono, se hubiera sentido descansado y deseoso de dormir, seguro de si mismo, de su ropa que sentía seca e íntima junto a mi pecho, su vientre y sus muslos; tendrían que llegar hasta ahí, hasta su carne y sus huesos y también más allá, más adentro, mas profundo, si querían cogerlo, o, por lo menos, matarlo, sabia que no lo harían, que no lograrían hacerlo, que no tendrían tiempo habilidad, ni paciencia, ni fuerza para conseguirlo; junto con la noche tendrían que fugarse, evaporarse fría y humildemente con la neblina, aunque no quisieran y aguzaba los oídos para sentir el esperado ruido de los motores que, perforando las tinieblas, dejarían escapar sus nervios y su verdadero miedo. Empezó a sonreír como ensoñado, pero al mismo tiempo un poco enfermo, enfermo de una enfermedad antigua que ahora surgía para traicionarlo también: una sonrisa contaminada de disgusto y de insatisfacción; y también de crueldad, sabía que le iluminaba la cara y el bigote, sabía que lo acompañaba y le daba confianza en sí mismo; que lo hacía más duro, inalcanzable y peligroso; la sentía seca, seca en su rostro, endurecida, como un trozo de tela emplástica un poco sucia, casi amenazadora; siempre tuvo esa sonrisa fuerte lista para sacarla a la superficie de sus labios, asomada a sus ojos, sabía que había fuerza y muerte en ella y que esa fuerza le servía a él para preservarse, que iba directa y malignamente a sus manos y sus balas, como una luz sólida, seca, que lo obligaba a estar despierto y desconfiado. Nada podrán hacer, nada podrán hacerme esta noche, es el invierno, decía, y el invierno es como Dios, total e implacable, y miraba hacia arriba el cielo rojizo, las ramas húmedas, la neblina que rodaba hacia él y envolvía sus botas; todo eso era el invierno. En el verano tal vez tuviera mala suerte; alguna noche de cálida luna, algún amanecer de mucho calor, de muchos deseos, cuando te duermes nervioso, belicoso, un poco apartado de unas piernas porque el sol fluye de ellas, el calor, la fiebre, la inseguridad o más bien la debilidad; desconfía, Eloy, desconfía de unas hermosas piernas, de unas irresistibles caderas, un par de provocadores, obscenos y duros pechos, que te atraen, te atraen golosamente hacia ellos, para que trepes por su breve e infinita ladera y te agotes y te pierdas y te hundas. Recordaba el ruido de las cañas cuando las iba apartando con sus manos, como iba apartando con sus mismas manos primero sus brazos, sus sollozos, su pelo, por Dios que tenía harto pelo la Inés, decía recordando y recordaba el calor de la noche y los zancudos y el pasto seco, que crujía partido bajo sus botas y, sobre todo, &lt;br /&gt;la luz &lt;br /&gt;de la lámpara que venía bamboleándose hacía ellos desde las vigas altas, donde colgaban tiras de frutas secas, cordeles, cueros de ovejas, unas correas nuevas, una lámpara que echaba una trenza de humo que se revolcaba y rodaba en lo alto y parecía mirarlos con desprecio, ignorarlos y enredarlos y sentenciarlos, y las sábanas, las sábanas blancas y blandas, también olían a algo bueno, esponjoso y prometido, algo deseado y buscado durante muchos años, durante toda la vida. Toda la vida te quiero apartar y romper y atraer hacia mí, decía, los hombres rompen mujeres para hacer hijos con ellas. Lo decía bajito, para sí mismo primero, casi con susto o con miedo de contagiarse de dulzura y debilidad, y ella le advertía, besándolo que estaba gritando y que no lo hiciera porque podían oírlos los perros. No gritaba, era ella quien gritaba, hasta se quejaba, un quejido que sacaba desde muy debajo de las sábanas, desde dentro de sus medias y sus calzones y sus frascos de crema y sus cajas con trapos y canastos con hilos de colores y agujas y alfileres enormes y guindas y hojas de género para adornar sombreros, y ella estaba aguardando, esperando un poco de ruido o de silencio, debía él pasarle un poco de silencio con la boca, un manojo de sosegado amor sellado y mudo, y deseo y sueño con las manos. La sintió frágil y enferma y terriblemente viva y ardiente bajo él y él sentía la sed en la garganta y miraba la lámpara que ni siquiera se mecía en medio de la noche cálida, que estaba recta, inmóvil y amenazadora. Habia tenido sed y hambre cuando trotó en la tarde hacia ella y ella estaba cerca de la puerta y la carreta, una carreta gastada y vicia, vieja vagabunda de anchas ancas, desguañangada y triste, poro esperando a alguien, a un forastero, al amor o al deseo o a la aventura que llegan a veces sucios y horribles y transpirados y contaminados de otras cosas, de otras bocas, de otras manos y atravesados de horribles pensamientos y deseos y ella estaba iluminada, empaquetada por el sol y el sol doraba las frutas en el techo, las empujaba hacia el otoño, hacia los frascos, los tarros y los vidrios y los vagones sombríos de la sombría estación, que estaba a dos cuadras, y él tenía la garganta seca, enorme, chicoteada con la tierra y la emoción y, por eso, cuando recogió las riendas del caballo, sólo vio el delantal ofertando sus pechos, tan blanco y planchado e indiferente y frío, que en seguida sintió el deseo de revolcarse en él para arrugarlo y deshacer ese equilibrio y esa tranquilidad y romper y mancillar esa blancura que lo amenazaba y hostilizaba, y vio su cutis, impecable y violento, que bajaba por su garganta con fría provocación y amenaza, lleno de deseos y de veladas promesas y maldiciones y pases de brujas y naipes y alfileres y muñecos, un cutis insolente y fogoso que separaba tajante el cuerpo de ella de los deseos de él; como el delantal, planchado y albo como él, que lo franqueaba con desprecio y lo desafiaba e insultaba sin palabras, sobre todo sin palabras, y también esa boca y esos dientes duros, parejos y malignos que salían apretados, apenas insinuados, y venían hacía él, hacía su carne, la carne de su boca, de sus ojos, y sonreían, sin embargo sonreían, espantosamente solos, analizando y descomponiendo al caballo y a él mismo. Cogió él las riendas hasta llegar al hocico y las apretaba remeciendo esas ramas, cogió la cabeza del caballo, estilizada y fría, y la atrajo hacia su cuerpo y palmeteaba despaciosamente, con tranquila rabia, el pescuezo, adelgazándolo, y se quedaba un poco cohibido, pero disimulaba y esperaba, y ella lo miraba sin decirle nada, sin darle demasiada importancia y, sobre todo, sin mostrar preocupación y miedo, y todo eso era una suerte y, en cierto sentido, una delicadeza y él agradecía y se sacó el sombrero y sintió el aire limpio que le ceñía el pelo transpirado y el sombrero estaba también transpirado y tenía vergüenza y sabía que ella estaba mirando lo espantosa e irremisiblemente sucio que venía ese extraño jinete por el camino solitario, haciendo el forjado exótico y debilitado para asaltarla y hacer cosas criminales o minuciosas con ella o pedirle rastros señas cicatrices direcciones nombres de personas fechas e itinerarios de trenes o de autobuses y tenía sed y hambre y deseos de sentarse en una verdadera profunda silla en la que te hundes durante meses de aguacero y viento; descansar, dormirse, desmayarse y enfermarse en ella, allá al fondo, donde brilla el alcohol como una brasa, y miraba el sol revolcarse apaciguadamente en el fondo de esos ojos verdes y profundos, un sorbo de agua bajo el pelo, a la orilla de esas cejas apenas insinuadas, formadas lo bastante para que terminara él de hacer ese trabajo, si lo daba tiempo y el sol se hundía luego, y una hora después era do noche y todavía estaba sumido su calor en los potreros, y lo traían una buena palangana de agua, fresca y limpia, para echar su costra, su miseria, su suciedad en ella, sus feos recuerdos en ese cuenco de agua. He pulido cueros y metales y muslos de mujeres bonitas y feas, pero siempre espantosamente difíciles, sonadoras y apetitosas, se dijo, empujando una bala, dos, tres balas, hasta que el catre se aplastó suavemente, un poco tímido, un poco deseoso de que no lo sintieran. Los ojos enormes, abiertos bajo él, lo cogían en su foco tibio y húmedo, ansioso y expectantes. ¿Cuántos años, cuántos meses, Eloy?, dijo, mientras se desabotonaba ella misma los botones y él se avergonzaba otra vez de lo sucio y asqueroso que venía y quería decirlo para disculparse. Demasiado sucio, demasiado urgido, demasiado asustado o nerviosos y pareciendo tan valiente y bárbaro y firme y hambriento y sediento de ellas y de la vida. Carne y vino son las mujeres, ellas son la vida en cierto modo, cuando las matas o las dejas, matas la vida, la calle la ventana, se muere la  vida con ellas, ellas la contienen y la desmenuzan y reparten y arreglan y peinan y despeinan, la hacen terrible y digna, aunque sean feas, no hay cuerpo de hembra feo, ni caderas horribles ni muslos que no echen un endemoniado calor y se llenen de ojos y de manos, murmuraba y se sentía desfallecer con los recuerdos y con el frío y la neblina y deseaba que no lo abandonaran. Todo eso estaba lejos y tal vez ya no volvería. Pues ahí estaban los hombres. Los veía moverse, es decir, se agitaban alas de manta, los enormes cuellos de los ponchos, brillaba también la brasa de un cigarrillo y pensó que le habría hecho bastante bien poder fumar también un poco, pues sentía mucho frío y el estómago débil y estrujado, tanto que no deseaba pensar en él. Mirando las luces inmóviles de las linternas caminó hacia ellas, agazapándose en los troncos de los árboles. No es cosa de mostrarles el pecho para que me lo llenen de balas, decía desabridamente y no deseaba pensar que en otro tiempo salía al campo libre esquivando con desprecio y fanfarronería los troncos de los árboles y las paredes de las casas, sin miedo, sin absolutamente nada de miedo y con mucha arrogancia y seguridad de que nada mayor ni grave ni irremediable podría sucederle. Las luces estaban inmóviles, pero caminaban todas juntas, es decir venían rectas, toda la línea luminosa que formaban venía hacía él y él las miraba afiebrado y maravillado, como si lo hubieran visto y lo tuvieran amarrado y sólo faltara recogerlo. Me han visto, seguramente que me han visto, me han adivinado, me habrán sentido hablar solo, tal vez habré gritado, se decía pensando en el Sangüesa, en el niño que lloraba y le daba furia y recelo pensar que podría empezar a llorar de nuevo y le parecía que eso podría significar algo malo para él.&lt;br /&gt; Estuvo mirando un rato las luces que avanzaban imperceptibles y sentía ya el leve rumor de las conversaciones, de las risas, de las toses ahogada. Alguien muy enfermo tosía cerca, con mucha angustia muriéndose ya, creía verle los ojos inyectados de sangre, agrandados por el terror de la agonía y la muerte, agachado hacia el suelo, tapado por el poncho de castilla y envuelta y volcada la cara que tosía con terror y desesperación en un pañuelo blanco. Sólo esa angustiosa tos rompía el silencio del campo, apagando todo, el rumor del viento en los árboles y el brillo de las luces de las linternas. Pobre, pobre, pobre, pensó, con tanto frío, con tanta neblina, está muy enfermo, se levantó anoche en medio del invierno, estiró la mano flaca en la oscuridad para agarrar el reloj despertador y transpirando todo entero, saltó de la cama tiritando de pavor y frío y abrió el postigo, la celosía, alzó la cortina de cretona vieja y, ahogando un feo sollozo, se fue a lavar al baño, el agua estaba fría y dura, le palpitaban las sienes y creía que se iba a desmayar y a caer al suelo y quería llamar a la Rosario, Rosario, el termómetro, el doctor, llama al doctor Sepúlveda, dame las gotas, tenía mucha fiebre y una fatiga, una suave fatiga que lo rodeaba amorosa y que le apretaba con amoroso odio el pescuezo y le remecía las piernas. Se lavó tiritando y después fue a encender el anafe, los fósforos nunca los encontraba y aun la ventana de la cocina estaba abierta y por ella se metía un brazo de viento sucio y frío, oliendo a neblina, la casa estaba en lo alto y la neblina surgía desde abajo, con furia y con mucha lucia, soplos fríos y plomizos que subían a buscarlo y le remecían la cara y le azotaban el pelo y el pobre pecho enflaquecido. Los fósforos no estaban, fue al dormitorio y llorando de apuro y de miedo, de enfermedad y angustia y humillación, estuvo gateando bajo la cama para encontrar la caja de los fósforos. Rosario, decía despacito, no para llamarla y despertarla, sino para acompañarse él mismo, para no estar tan solo, para tener una breve lux que le permitiera encontrar los fósforos bajo la cama, donde se perdían sus manos tanteando la bacinica, las pantuflas de la mujer, la mamadera del Enriquito y el diario de la tarde, donde, en la primera página, salía retratado Eloy, Eloy el sanguinario el feroz asesino que ha sido visto esta madrugada por los cerros de Chena que cometió un salteo en Melipilla, el último sábado y estuvo en Rancagua donde saqueó un hotel y un restaurant y el Ministerio del Interior la Prefectura de Carabineros los bomberos el Rotary Club, la Cruz Roja, las radioemisoras están alertas y preparados para salir en su busca, en su busca precisamente hoy que hace tanto frío y tanta tos, y maldiciendo, porque ahora había dado vuelta la bacinica, sudando de angustia y transpiración, porque había encontrado, por fin, los fósforos, pero ahora estaban mojados y acaba de saltársele un botón trasero del pantalón y la Rosario se movía en la cama, llamando a alguien que no era él, clamando con una voz ajustada y doliente, y tosiendo también en el sueño, llamando muerta de terror y ahogada se sentaba en la cama y tenía los pechos palpitantes fuera de la camisa y él estaba tan enfermo y estaba transpirando y la miraba desde lo hondo de la transpiración, se los miraba con un antiguo deseo adormilado, plegado y guardado para siempre y con una breve simpatía, una rápida simpatía, porque ya no aguantaba más y tuvo que sentarse en el sillón, donde estaban tendidos el vestido, la enagua, los calzones, y sudando y teniendo angustia y sonando en sus oídos la campanilla del despertador y la sirena de la asistencia pública, que subía lentamente hacia él, trepando por sus piernas, se había quedado dormido y llorando casi, sollozando de desilusión y miedo había despertado como a las nueve de la mañana y ahora sí estaba encendido el anafe, hermoso y rojo y reluciente, y la Rosario lo miraba con rencor y preguntando la hora, sabiendo que era la hora en punto, que estaba clavando el reloj siempre en la misma hora las nueve, las nueve, las nueve de la mañana ya se habrán ido ya se habrán ido, tosiendo, ocultándose y amparándose en su tos se había encaminado arrastrándose casi al comedor y tragado apresuradamente el café desabrido y tibio entre borbotones de tos que le empapaba de olor de café y de tostadas con mantequilla el pañuelo. Sintiendo mucha lástima por él y quedándose pensativo, estaba junto al árbol, mirándolo toser, tosía con angustia, muy enfermo, completamente enfermo, estaba doblado sobre las rodillas y en ellas, atravesada en ellas, tenía la carabina, toda su preocupación era toser con gran angustia, toser lo más fuerte que podía para quedarse solo, para quedarse libre y solo, sin la tos que te llena completamente, que te remueve hasta las uñas de los pies y te estruja el pelo, que te desordena la ropa y quiere quedarse sólo ella ahí en tus pantalones en tus calcetines en tus zapatos y te empuja te golpea te urge para que salgas y te llena de sudor y miedo y te empuja cada vez más para que la dejes sola y te hundas en el pañuelo, en el inmenso pañuelo que te acoge como el mar al ahogado, como el cielo lleno de nubes, como el camino lleno de tierra y le vayas hundiendo, alejando, muriendo, pero siempre vivo, cada vez, más vivo y desesperado. Teniendo mucha piedad por ese hombre, por el único hombre al que estaba dispuesto a no hacerle daño, te dejaré limpio, te salvaré como a lu pañuelo para que puedas toser a tus anchas, pensaba, mirando con sorpresa, sin nada de furia, tampoco con lástima o desilusión, sólo con sorpresa, la carabina atravesada en las rodillas del enfermo, y el enfermo tosía hacia él y lo miraba, le explicaba. Eslos son los elementos de mi oficio, Eloy, soy casado y tengo cuatro hijos y dieciocho años de servicios en la policía y cuatro en el ejercito, otros usan archivadores metálicos, máquinas de escribir y listas de enfermos de jubilados de fallecidos y horarios, horarios y horarios nosotros usamos balas grillos, terrores gritos, quejido, lagrimas, suspiros, traiciones, delaciones, mi escritorio está lleno de sangre, esta tierra, este campo, este pasto, son mi escritorio, estoy trabajando, soy como tú, Eloy, igual que tú, nos parecemos, tú todavía no toses, no necesitarás toser, amigo mío, hermano mío, compañero, estás en nuestra lista, aquí la tengo, tenemos muchos papeles, listas de vivos, de muertos, listas de vivos que hay que matar, listas de muertos, nosotros los matamos, éstas son nuestras labores diarias, el orden normal de mi trabajo, aquí están mis vacaciones, mi desahucio, mi jubilación tal vez, pero no es seguro, déjame toser, Eloy, Mirándolo toser con mucha lástima, se dio cuenta de que estaban todos ellos ya demasiado cerca, pues ahora sí que podía ver ciertos pedazos de rostros, las bocas sumidas y duras, las orejas enrojecidas y alborotadas, monstruosas, los grandes cuellos alzados, solemnes y tranquilos, tras las cabezas cubiertas con sombreros de paño, veía también las manos agarradas a las carabinas, teniéndolas un poquito de lado, como los remeros, los remos para navegar hacia él, para meterse en él y hacerlo pedazos, entero soy peligroso, tienen que romperme como a los bueyes en el matadero, para eso vinieron, sólo para eso y trajeron al enfermo, tal vez, para no verlo sufrir, para que no los siga molestando con su tos, despedazándoles los nervios y no dejándolos dormir, la Rosario le habrá pedido al jefe que lo traiga esta vez porque la tiene desilusionada y aburrida y tiene ella ya otros proyectos en sus piernas y no los puede compaginar porque la tos no la deja dormir y aun en la noche tose él con tanta fuerza que echa al suelo la ropa de la cama y entonces ¿por qué don Raimundo, don Eugenio, don Ismael no lo manda a cazar también al Eloy? A lo mejor lo desarma y aterroriza con la tos y de todos modos el Eloy lo puede matar y le haría a él el pobre una caridad y a mí un señalado servicio y lo miraría donosamente a los ojos, autorizándolo, incluso, para que le mirara con minuciosidad los pechos y para que, cuando ella se fuera, envuelta la cara en una sonrisa de agradecimiento, levemente sensual y prometedora, don Raimundo, don Eugenio, don Ismael le chicoteara la cintura con una mirada de fuego y le acariciara las piernas con una mirada vagarosa y hambrienta por donde trepaban los ojos como cucarachas ávidas y húmedas. No, a él no, a todos, a cualquiera, menos a él, déjalo que tosa tranquilamente, tal ve/ la tos le ayude a ponerse cómodo, se dijo, sintiendo que la angustia retornaba a su estómago y que otra vez tornaba a quedarse frío y soñoliento y que si no se movía, si no caminaba, se iba a enfermar definitivamente. Si me descompongo y empie/o a vomitar, el único que tendría derecho para ponerme la mano encima sería el enfermo, se dijo con sonrisa de simpatía y lástima, sin querer seguir caminando a través de los árboles, sin desear hacerlo, porque ya no tenía miedo, hacía mucho rato que ya no tenía miedo y no pensaba en nada ni en nadie, sino sólo en el hombre que tosía tanto y le tenía compasión y deseaba no hacerle daño.&lt;br /&gt; Atraído por las luces de las linternas que iluminaban los rostros de los hombres y las cañas de las botas embarradas agazapadas en el suelo, salió un poco a la luz, a la debilitada luz que echaba la neblina empujada por el viento y caminó con tiento pegado a los matorrales. El enfermo ya no tosía, incluso se había puesto de pie y vio que se limpiaba la boca con tranquilidad y sosiego, con mi gesto de salud, acabaría de terminar el primer acto de esa tos, se decía, ya no está enfermo, ahora está completamente sano, ya dejó de manar la tos, ya cortó el agua, cerro la llave, ya apagó la luz y está solo y libre y robusto frente a mi, como los otros, es igual a ellos, juro que ahora no podría distinguirlo y que tengo perfecto derecho para matarlo como a los otros creo que le dispararé antes que a ninguno. Pensaba que hasta cierto punto era una inconsciente insolencia haber dejado de toser, porque la tos era la salvación de ese hombre, el emblema, el distintivo en la solapa, en la garganta, en el pulmón que le permitiria a él saber que se trataba de un enfermo, hacer distinciones bondadosas y humanitarias, porque Eloy, no, nunca fuistes tan feroz como te pintaban los diarios y como clamaba de ti la radio, pero ahora el hombre, el pobre hombre, en un gesto de desmedido orgullo, de amor propio no contaminado, había decidido no toser nunca más, quería ser también de la partida, un perro de presa más, ahora la carabina, que antes era una burla, un sarcasmo y un sacrilegio en las rodillas de ese moribundo, ahora ya era un arma y no un termómetro, un arma y no un ramo pintarrajeado de flores para la capilla ardiente, a lo mejor se muere aquí mismo, murmuraba él antes y después dirán que también lo maté yo, que yo le tosí esa muerte; porque el hombre estaba consumido y quemado y calenturiento, estaba seguro de que tendría mucha fiebre y que habría una aureola de resolana alrededor de él y que los otros, envueltos y refugiados en la neblina, lo mirarían dentro de su fiebre como en el zaguán de su casa, junto a un buen fuego. Ahora estaba sano, completamente sano, y eso era casi una irrisión, una trampa para él, a lo mejor ese hombre ni siquiera estaba enfermo, o si lo estaba no era agente ni carabinero ni detective, sino un pobre y auténtico.enfermo de hospital, un padre de familiacon un manojo de hijos cloróticos y huesudos, el marido de una mujer airada y trágica, que no tenía sino ese trabajo que desempeñar, salir con esa partida de perros emponchados, olvidar y maquillar un poco su fiebre, pero cuidar su tos, robustecerla y amaestrarla y estilizarla para que sirviera de señuelo, de carnada, de propaganda y aviso y que él, el eterno perseguido, sacara la cabeza desde detrás de los árboles, desde dentro de la sombra. Primero hicieron llorar al chiquillo, ahora traen al tísico, balbuceó con furia y poniéndose un poco de rodillas, comenzó a disparar hacia las luces. Disparó, en realidad, en dirección del hombre de la tos, que lo miraba, tal vez, con sorpresa y desengaño, pues no lo creería tan despiadado, le disparó hacia los pies, era verdad, lo había visto agacharse un poco, como antes para botar sus toses y pensó que quizá no lo había herido y como los otros, los otros, pero no el enfermo, le contestaban, quería decirle, con ese gesto, que en realidad así era y se metió casi entre los matorrales y. agazapado bajo ellos, metiéndosele las ramas por la cara, atisbo con desconfianza y furia. El hombre había comenzado otra vez a toser, tosía despacito, sin escándalo, con modestia y humildad, sin hacer demasiado hincapié en su tos, hasta con dulzura y educación, tosía con una suave voz ordenada, sin nervios, sólo para significarle, para enviarle con ella un breve mensaje, un conciso telegrama de urgencia, me heriste, Eloy, me heriste bien, a lo mejor demasiado bien, disparas maestro, muchacho, tal vez ya no muera de la los, (al vez ya ella no me sea necesaria, por eso toso, para decírtelo, para que lo sepas y comprendas, estoy tosiendo para ti, aiiiif.o, hermano, y ahora los matorrales eran sacudidos por las balas y las luces estaban más cerca y él retrocedía apegado a las hojas, experimentando una extraña alegría, una loca tranquilidad, una certeza feroz y sintiendo el suave perfume de las ramas mojadas, que le rayaban la cara y se le metían en los ojos. Soplaba el viento y atrás, donde estaban los hombres, se alzaban voces furiosas, voces de frío y odio y organización sentía sonar los fierros de las carabinas y olía el humo de una fogata, se sentó en el suelo, junto a la sombra, respirando corto y profundo y viendo que transpiraba y no deseando enfermarse, se arrastró agazapado, acercándose hacia el el ruido y las luces. Ya no escuchaba toser al hombre, no estará muerto todavía, pensaba con odio y rabia, deseando que tosiera para saber que estaba vivo, deseando sentirlo toser para poder dispararle entonces con mayor seguridad, su tos lo guiaría, podré mirarlo perfectamente y a lo mejor le entierro un par de balas en el pulmón, se decía y estaba todo transpirado. No se podía ponerse de pie, porque a través del follaje, sonaban las balas que slibaban suavemente, remeciéndolo con dulzura y atravezaban hasta el otro lado. Tenía mucho calor y una molestia en el estómago, no debí beber esa leche, me engañaron con ella, la vieja, el viejo, el chiquillo, lo hicieron llorar para engañarme, decía enumerando sus faltas y mirando su pierna hinchada y dormida. Han estado toda la noche engañándome, se habrán reído en la oscuridad de mí. mascullaba, viéndome tan crédulo y primerizo, y furiosos se puso de pie y caminó apretado a los matorrales, por donde se tamizaban suavemente las luces de las linternas. Una docena de balas silbó por encima, entre las hojas, y sintió el dolor en la cabeza y una trenza de sangre se le descolgaba por el pelo y tuvo un poco de confianza al sentir su tibieza y se agachó tranquilo, completamente alerta y despierto. El sombrero había quedado sentado encima de los matorrales y otro golpe de balas se lo llevó por los aires, para que sepa yo, para que no se me olvide que así me van a hacer bailar, se dijo y se echó al suelo y tendido en tierra envió una ventolera de balas hacia el otro lado, donde se deslizaban las luces y crujían las botas y sonaban las alas de las mantas. Hundido en la tierra, donde había muchas hojas mojadas, era difícil que las balas pudieran alcanzarlo y por eso pasaban entre las hojas, descuerando los tallos y partiendo los perfumes apretados y empaquetados entre los matorrales. Con una risa en la cara miraba y aguardaba, respirando hondo, mientras el hilo desangre le rodeaba la mejilla y bajaba hasta la boca,y sentía que lo acompañaba y lo acariciaba y lo dejaba más íntimo, con ella sola, en su soledad, no estamos solos ni abandonados, la sangre rumorosa le hablaba quedo, le decía que la Rosa, no te preocupes. Eloy, no te preocupes, está durmiendo con el Toño, verás que nos irá bien, que nos irá estupendo, sólo tenemos que esperar, siempre pensaste que nada te podía suceder, estás sentado en la oscuridad, pleno de confianza y seguridad, está bonita la noche y limpio y alto el cielo, no te preocupes, Eloy, se decía, sacando la lengua y besando y recogiendo su sangre, haciendo sonar el seguro y moviendo el brazo para alzar un poco el bolsillo y sacar más balas y meterlas en el cañón que tenía quebrado entre las manos. Tráiganme más enfermitos. mierda, gritaba empujando con inquina las balas dentro del cañón y sintiendo una enorme seguridad y olvidando su pierna herida y su estómago débil, se sentía capaz de estar toda la noche disparando y no desperdiciando las balas. Estaba seguro de que ahora todo iría mejor y de que el sábado vendría por aquí, en un trotecito plácido del caballo, llegaría al paso, trayendo un silbido soñador entre los labios, acariciando el pescuezo del caballo, sintiendo el paquete del vestido golpear contra sus piernas y oteando el rancho amarrado en una curva del camino, se bajaría con sosiego y sería capaz de sacarse el sombrero antes de golpear la puerta, golpearía para avisar que venia licuando y después agarraría la hoja de la puerta y entraría con todo el cuerpo, con el rostro tranquilo, sin sonreír. Metió la última bala alzando el cañón, buscó entre las luces para mcjorar la puntería y estuvo disparando en silencio. Disparó durante mucho rato con gran alivio, con mucha confianza, tendido en la tierra, con las hojas húmedas y perfumadas, habría podido estar toda la noche disparando hacia las sombras que se movían y recortaban entre las luces, se movían y hablaban con urgencia, apresuradas, como asustándose, como queriendo ignorar el miedo, el frío, la neblina, el cielo rojizo que les permitiría escapar. El viento soplaba en tanto con furia, alzaba las puntas de las manta aplastaba las alas de los sombreros contra los rostros y echaba a volar la tos del pohrecito enfermo. Tosía un poco más lejos, donde se perdían las balas de él, en dirección de los árboles que se movían con dulzura en el cielo rojizo. Estaría sentado en una piedra, tosiendo por mucho tiempo, derrumbado en un montón de carabinas que el viento y la tos remecían, se sonreía con dureza y respiraba fuerte, sintiendo los chasquidos de las balas pasar por encima de él y rodar junto a su vientre, tal vez, tal vez, alguna lo había alcanzado, le había remecido el hombro, como si quisiera echarlo a un lado para seguir volando, se agarró fuerte a él y cuando ya lo tuvo sujeto, lo tironeaba con fiereza, con cariño y con fiereza, urgiéndolo para que se levantara, para que huera, párate, Eloy, párate, por Dios. Teniendo las manos llenas de balas y comprendiendo que en el bolsillo no le quedaban muchas ya y extrañado de que tuviera tanta sangre en la cara, pues le manaba un chorro grueso y tibio, tal vez demasiado tibio y preguntándose cuándo, cuándo me dispararon esas balas a la cara y poniéndose un poquito de lado para que la sangre no le tapase el ojo, se estuvo poniendo en pie con sumo cuidado, como si estuviera rodeado de enfermos, de heridos, de guaguitas, de gatitos, de pollitos recién nacidos a los que con sólo moverse quedo podría aplastar y reventar. Se puso completamente de pie, urgido por el hombro, por el mismo hombro que le había agarrado el cabo Miranda hacía unos dos años. Lo dejé sin mano, le corté la mano y me la eché al bolsillo, se decía con furia, comprendiendo que no era cierto y mirando con fijeza para adivinar algo que lo amenazaba, estaba un poco agachado para disimularse entre las ramas y veía que las luces se apartaban, se quedaba su línea y se formaba hacia dentro, hacia los árboles, hacia donde estaba el enfermo tosiendo junto a la laguna, ahogando sus toses en el agua dormida, haciendo sonar el seguro y teniendo unas pocas balas en la mano para no perder tiempo buscando el bolsillo que se le perdía, se le iba hacia la espalda, hacia la nuca, tras el viento, tras el perfume de las flores y la humedad impregnada de recuerdos. Caminó agachándose hacia ellos, hacia los hombres, hacia las luces. Estaba seguro de lo que hacía, no tenía miedo, ni siquiera frío, miraba el cielo rojizo y descolorido para comprender que le quedaba un buen trozo de noche por delante, gastaré mis balas antes de que amanezca, los obligaré a irse, los empujaré hasta la laguna, se dijo, agachándose y disparando rendido en tierra, haciéndose el muerto y sobre él descendían las luces de las linternas y rebotaban las balas. Alzó el rostro lleno de sangre, y, apretando una maldición entre los dientes, disparó otra vez, teniendo la carabina contra su pecho y alzando un poco el cañón. El hombre de la tos, entre el humo o la neblina o la penumbra algodonosa que echaban las luces de las linternas tosía quedo, con tranquilidad, apartado de lodo eso, a él no le concernía sino su tos, debía cuidarla y vivir para ella, como los otros vivían para sus linternas, para sus carabinas, como él para sí mismo. A través de los disparos, que sonaban en sus orejas, en sus mandíbulas, que le remecían la pierna herida, lo sentía toser con dulzura, con claridad y felicidad casi y le tenía una inmensa simpatía, esa tos le decía algo, era tal una señal, un camino, le señalaba el derrotero que deberían seguir sus balas. Como no se dan cuenta, se preguntó mirando una hilera de ataúdes a través del camino, en el piso, hundido en el agua, poniéndose de rodillas y acurrucado tras una mata dura y seca y terrible, que ni siquiera estada mojada con la neblina, que no soportaba ni conservaba un solo atisbo de perfume y sintiéndose seguro así, se puso de rodillas y siguió disparando y tenía lágrimas de rabia en los ojos la sangre le caía de la cabeza y tal vez de más alto, de los árboles del mismo cielo enfriado y enrojecido, una sangre espesa y ardiente, desagradable y presurosa que lo trataba con dulzura, que le ceñia el ojo, la cara, que lo ceñía a él, a su pierna renorme y mostruosa, como un emplasto, como un beso pastoso e insoportable y entonces vio caminar hacia él al hombre pequeñito, lo veía muy bien, risueño el rostro redondo y moreno, como un cacharro de greda de greda, como un lustroso jarrito deTalagante o Melipilla dorado al fuego, al rumor del fuego entre las brasas del invierno pequeño y encantador y alzando sus manos cortas y abriendo sus ojillos verdes oscuros y amables y alegres y optimistas y risueños, caminó en la sombra apresuradamente hacia él y era seguro que hasta las linternas se habían apartado para permitirle caminar con sosiego y sin nerviosismo, pensó que desearía pedirle algo, contarle un chascarro, conversarle en una tregua, pedirle un cigarrillo, preguntarle si tenía frío, si precisaba un pañuelo para enjugarse la sangre del ojo o una taza de café caliente con pisco o cognac. Lo miró con simpatía, sin miedo, sin odio y sólo comprendiendo que así tenía que ser, sin poder olvidar y sin ser capaz de hacerlo, mirándolo sonreír, listo para reír él mismo, abriendo la boca para decirle unas palabras alegres, alzó un poco la carabina y estuvo disparando un buen rato y miró muchas llamas cortas que se encendían y todavía sentía los disparos y él mismo estaba caído en tierra y miraba siempre al hombrecito risueño, estaba también tendido en tierra, por congraciarse con él, por anudar una amistad, casi habría podido tocarle la cara, los dientes, si se hubiera movido, estaba sonriéndose siempre con la misma sonrisa, con esa sonrisa y esa mirada limpia que no había alcanzado a gastar, tan chiquito, tan enormemente chiquito, pensaba y veía que ahora estaba más blanco, untada con neblina la cara, los dientes que brillaban estaban llenos de neblina, le estaría haciendo una gracia, estará borracho, querrá engañarme, cómo no llora ni se queja, cómo no se pone a toser también, se dijo y tenía rabia y mucho calor. Sentía que estaba hundido en el agua, por lo menos las piernas, la pierna herida estaba completamente hundida en el agua y la sentía liviana y lejana flotando casi, pugnando por alzarlo a él, comprendió que se estaba deshinchando y si eso era cierto, sólo tendría que esperar unos minutos para poder levantarse y entonces sí que podría pelear mejor. Alzó la mano para coger la carabina y le dolió el brazo, lo tenía pegado al cuerpo y comprendía que era sangre, la misma sangre de la cara. Balbuceaba, pugnando por levantarse y sintiendo angustia y comprendiendo que iba a vomitar esa maldita leche, esa desgraciada leche, por qué no reventaron la botella, pensó con furia y miraba con recelo. Las &lt;br /&gt;linternas estaban ahí. inmóviles, y le extrañaba que no se movieran, eso era ya para tener desconfianza y no moverse tampoco, no te muevas. Eloy, no todavía, y comprendía que todo él estaba empapado en sudor. Logró sacar la carabina de debajo de su pierna, era muy larga, mucho más larga ahora, le llegaba hasta el vientre y más lejos, la culata estaba junto a su pierna enferma, hundida en el agua, y sacarla le había dolido, la levantó con esfuerzo y mirando siempre las luces de las linternas inmóviles, que lo estaban aguardando o mirando, por qué me mirarán tanto, por qué no me disparan ahora, se dijo y echando una maldición, logró desenredar la correa y, alzando el cañón, lo acomodó justo en dirección a la cara del hombrecito sonriente, carita de maricón o regalón, le estaba tocando la cara, llorando de rabia y dolor y cansancio y desesperanza y no sabía él de qué más, por qué lloras, Eloy, por qué lloras, algo le decía hacia adentro, movía el seguro, acarició el cañón, no lo mates, por Dios, no lo mates, que es tan bonito, apretó el gatillo. Se llenó de humo, no sintió el disparo, sólo veía el humo rodeando la carita risueña, metiéndose en los tranquilos ojos abiertos, golpeando contra los dientes, alzando la cabeza olía el humo y oía los disparos, estaban disparando hacia él, todas las balas dirigidas hacía él, las habría podido contar, pues venían con mucho orden, tal vez con demasiado orden, pensaba con sarcasmo. Comprendía perfectamente que ya la noche se estaba yendo, pues las linternas estaban ahora apagadas y sólo el humo, el humo acre que se le metía por los bigotes y le agarraba el pescuezo y le cosquilleaba la garganta, recordaba las luces, el fuego, estaban disparando hacia él, pero no lo harían, ya no lo podrían herir nunca más, le extrañaba que las balas pudieran pesar tan poco, en realidad no pesaban nada, caían sobre él, sobre su vientre, sobre su cara, sobre sus manos especialmente, las balas eran como hojas, hojas muertas del otoño, nunca pensé que pudieran pesar tan poco, murmuraba, queriendo oírlas, no pesaban en absoluto, eran como el humo o el olor de la pólvora o los gritos de alerta, perdiéndose unos a otros, como cohetes pasaban por él y descendían y él comprendía que estaban ahí dentro, en sí mismo, rodeadas por su carne y su sangre que las acogían con inusitada fe y seguridad y ternura y sueño, estaban quizá perfumadas, narcotizadas, y él las recibía sin quejarse, tampoco con extrañeza, sin sentirlas descender casi, las veía más bien y ellas penetraban y atravesaban y tornaban y permanecían con él, acompañándolo de algún modo, no se sentía solo, comprendía que eran muchas, demasiadas, yo podría haber tenido tantas balas entonces, cuando estábamos en Peñaflor, o Las Condes, susurraba, cuando estaba la luna encima de la mesa y el Sangüesa se reía con miedo, son bonitas las balas, decía, bonitas y fieles, descendían hacia él suavemente, como flores, llenándolo de hojas y de perfumes, sintió al enfermo toser junto a él, parecía que estaba sentado a su lado, desearía conversarle, contarle la historia de su tos, cada tos tiene su historia, cada cicatriz su aventura, pensaba, sintiendo la sangre manar por su cara y taparle el ojo y comprendiendo que eso le hacía bien y le permitiría descansar, sonaban disparos a su espalda ahora, estaban tal vez disparando sobre su pierna hinchada, es el hombre de la tos, se dijo, sintiéndolo toser y trajinar por ahí, querrá deshincharme la pierna, y lo sentía toser y descargar las balas sobre sus zapatos y su pierna y hundirse en el agua que sonaba despacito, tenía una mano agarrada a la carabina, apretados los dientes contra la correa y la otra hundida en el agua, el agua que manaba de su pierna que surgía de los matorrales y subía hacia él para aliviarlo, para refrescarlo, sintió una angustia en el estómago y quiso alzarse un poquito y, sabiendo que el hombre tosía a su lado, alzó la cabeza y vomitó un poco de leche, se quejó con angustia y vomitó más y comenzó a transpirar y ahora estaba seguro de que se aliviaría y luego se podría levantar. Estaba completamente transpirado, tenía una suave fatiga y un calor muy agradable, estaba seguro de que pronto podría alzarse, el enfermo tosía con dulzura junto a él estaba pegado a su cara, podía verle las botas que la tos remecía y el sonreía con simpatía para que el enfermo comprendiera que él sabía que lo estaba acompañando, movió sus manos sobre la carabina para golpear la bota y que el hombre comprendiera que él sabía, logró mover la mano, empujó el cañón contra la bota y las botas se movieron y arriba tosió él. muy arriba, demasiado arriba, podría bajar y sentarse a mi lado. dijo con reproche y con deseos de que así ocurriera. El olor de las violetas se le amontonó en la cara, subía por su mano que estaba hundida en el agua y que se agarraba a las flores, nunca había sentido tan inerte y suave y persistente el perfume de las violeta. Son buenas, son buenas, se dijo y él se hundía en ellas. Tenía la caía llena de llores y los hombros, la espalda, la mano mirada también estaba llena de flores, qué bueno, decía, qué bueno que esto haya ocurrido ahora, con la leche no habría podido soportar este perfume y sonreía con cansancio porque en realidad estaba muy cansado y sabía que abrigado por las violetas podría echar un corto sueño, en media hora estaré listo decía, sintiendo al enfermo toser con dulzura a través de las violetas, como apartándolas para acercársele más. ya no podía verlo si seguían cayendo tantas flores, estarán creciendo sobre los árboles, trepando con la neblina, y puso la cara de lado en la tierra para sentir la humedad que lo aliviaba y se le comunicaba e impregnaba el olor de la sangre el olor de las violetas. La cara pegada al suelo, la movió un poco, otro poco más para dejarla junto a la tierra. La cara en tierra, de lado en ella, podía incluso mirar mejor. Ahora había más botas junto a él serían varios pares, tantos como tenía aquella noche en el taller junto a la ventana y llegó el caballo empujando el hocico contra el vidrio, eran botas nuevas y firmes y estaban embarradas, había muchas, unos, tres o cuatro pares, las demás se perdían en la sombra. Se fueron, agarraron miedo y se fueron, se dijo, se fueron en silencio para que no los sienta, se sacaron las botas para huir, las dejaron junto a mí para que las vea y no los persiga. Las veía completamente y comprendía todo eso muy bien. Dentro de unos minutos podría contarlas. El perfume de las violetas se le amontonó en las narices y ahí sonaba con dulzura la voz del enfermo, que estaba a su lado. Apartaba las flores para mirarlo y tosía bajito hacia su rostro. Aquí estoy, Eloy, aquí, aquí. Está aquí, pensó suavemente y pegó más la cara a tierra y se perdió. &lt;br /&gt; Ahora se movieron las botas.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6302781537218621346-7765785867013762998?l=antologiaschilenas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://antologiaschilenas.blogspot.com/feeds/7765785867013762998/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6302781537218621346&amp;postID=7765785867013762998&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6302781537218621346/posts/default/7765785867013762998'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6302781537218621346/posts/default/7765785867013762998'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://antologiaschilenas.blogspot.com/2008/02/eloy-de-carlos-droguett-chileno.html' title='Eloy  de Carlos Droguett (Chileno)'/><author><name>EDITORIAL PUBLIGRAFICA CHILE</name><uri>http://www.blogger.com/profile/10558168194552098239</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='22' src='http://3.bp.blogspot.com/-UL_QkX7AfyU/TyaqTjcwXWI/AAAAAAAAEJs/YqvGdZdTstM/s220/Tapa-sopas-11.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6302781537218621346.post-2805253131749698747</id><published>2008-02-17T08:29:00.000-08:00</published><updated>2008-02-17T08:31:34.404-08:00</updated><title type='text'>LA MARISCADORA Baldomero Lillo</title><content type='html'>LA MARISCADORA&lt;br /&gt;Baldomero Lillo&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sentada en la mullida arena y mientras el pequeño acallaba el hambre, Cipriana, con los ojos húmedos y brillantes por la excitación de la marcha, abarcó de una ojeada la líquida llanura del mar.&lt;br /&gt;Por algunos instantes olvidó la penosa travesía de los arenales ante el mágico panorama que se desenvolvía ante su vista. Las aguas, en las ¿que se reflejaba la celeste bóveda, eran de un azul profundo. La tranquilidad del aire y la quietud de la bajamar daban al océano la apriencia de un vasto estanque diáfano e inmóvil. Ni una ola ni una arruga sobre su terso cristal. Allá en el fondo, en la linea del horizonte, el velamen de un barco interrumpía apenas la soledad augusta de las calladas ondas.&lt;br /&gt;Cipriana, tras un breve descanso, se puso de pie. Aún tenía que recorrer un largo trecho para llegar al sitio donde se dirigía. A su derecha, un elevado promontorio que se internaba en el mar mostraba sus escarpadas laderas desnudas de vegetación, y a su izquierda, una dilatada playa de fina y blanca arenase extendía hasta un obscuro cordón de cerros que se alzaban hacia el oriente. La joven, pendiente de la diestra el cesto de mimbre y cobijando al niño que dormía bajo los pliegues de su rebozo de lana, cuyos chillones matices escarlata y verde resaltaban intensamente en el gris monótono de las dunas, bajó con lentitud por la arenosa falda y echó a andar a lo largo de la playa. El descenso del agua había dejado al descubierto la ancha faja de un terreno firme, ligeramente humedecido, en el que los pies de la mariscadora dejaban apenas una leve huella. Ni un ser humano se distinguía en cuanto alcanzaba la mirada. Mientra algunas gaviotas revoleteaban en la blanca cinta producida por la tenue resaca, enormes alcatraces, con las alas abiertas e inmóviles, resbalaban, unos tras otros, como cometas suspendidas por un hilo invisible, sobre las dormidas aguas; sus siluetas fantásticas alargábanse desmesuradamente por encima de las dunas y, en seguida, doblando el promontorio, iban a perderse en alta mar Después de media hora de marcha la mariscadora se encontró delante de gruesos bloques de piedra que le cerraban el paso. En ese sito la playa se estrechaba y concluía por desaparecer bajo grandes planchones de rocas basálticas cortadas por profundas grietas. Cipriana salvó ágilmente el obstáculo, torció hacia la izquierda y se halló de improviso en una diminuta caleta abierta entre los altos paredones de una profunda quebrada.&lt;br /&gt;La playa reaparecía allí otra vez, pero muy corta y angosta. La arena de oro pálido se extendía como un tapiz finísimo en derredor del sombrío semicírculo que limitaba la ensenada.&lt;br /&gt;La primera diligencia de la madre fue buscar un sitio al abrigo de los rayos del sol donde colocar la criatura, lo que encontró bien pronto en la sombra que proyectaba un peñasco enorme, cuyos flancos, húmedos aún, conservaban la huella indeleble del zarpazo de las olas.&lt;br /&gt;Elegido el punto que le pareció más seco y distante de la orilla del agua, desprendió de sus hombros el amplio rebozo y arregló con él un blando lecho al dormido pequeñuelo, acostándolo en aquel nido improvisado con amorosa solicitud para no despertarle.&lt;br /&gt;Muy desarrollado para sus diez meses, el niño era blanco y rollizo, con ojos velados en ese instante por sus párpados de rosa finos y transparentes.&lt;br /&gt;La madre permaneció algunos minutos como en éxtasis, devorando con la mirada aquel bello y gracioso semblante. Morena, de regular estatura, de negra y abundante cabellera, la joven no tenía nada de hermoso. Sus facciones toscas, de lineas vulgares, carecían de atractivos. La boca grande, de labios gruesos, poseía una dentadura de campesina, blanca y recia, y los ojos pardos un tanto hundidos eran pequeños, sin expresión. Pero cuando aquel rostro se volvía hacia la criatura, las lineas se suavizaban, las pupilas adquirían un brillo de intensidad apasionada, y el conjunto resultaba agradable, dulce y simpático.&lt;br /&gt;El sol, muy alto sobre el horizonte, inundaba de luz aquel oculto rincón de una belleza incomparable. Los flancos de la cortadura desaparecían bajo la enmarañada pared de arbustos y plantas trepadoras. Dominando el leve zumbido de los insectos y el blanco arrullo del oleaje entre las piedras, resonaba a intervalos en la espesura del melancólico grito del pitío.&lt;br /&gt;Lacalmadel océano, la inmovilidad del airey la serena placidezdel cielo tenían algo de la dulzura que se retrataba en la faz del pequeño y resplandecía en las pupilas de la madre, subyugada, a pesar suyo, por la magia irresistible de aquel cuadro.&lt;br /&gt;Vuelta hacia la ribera, examinaba la pequeña playa, delante de la cual se extendía una vasta plataforma de piedras que se internaba una cincuentena de metros dentro del mar. La superficie de la roca era lisa y bruñida, cortada por innumerables grietas tapizadas de musgos y diversas especies de plantas marinas.&lt;br /&gt;Cipriana se descalzó los gruesos zapatos, suspendió en torno de la cintura la falda de percal descolorido, y cogiendo la cesta, atravesó la enjuta playa y avanzó por encima de las peñas húmedas y resbaladizas, inclinándose a cada instante para examinar las hendiduras que encontraba al paso. Toda clase de mariscos llenaban esos agujeros. La joven, con ayuda de un pequeño gancho de hierro, desprendía de las piedras los moluscos y los arrojaba en su canasto. De cuando en cuando interrumpía la tarea y echaba una rápida mirada a la criatura, que continuaba durmiendo sosegadamente.&lt;br /&gt;El océano asemejábase a una basta laguna de turquesa liquida. Aunque hacia ya tiempo que la hora de la bajamar había pasado, la marea subfa con tal lentitud, que sólo un ojo ejercitado podía percibir cómo la parte visible de la roca disminuía insensiblemente. Las aguas se escurrían cada vez con más fuerza y en mayor volumen a lo largo de las cortaduras.&lt;br /&gt;La mariscadora continuaba su faena sin apresurarse. El sitio leerá familiar y, dada la hora, tenía tiempo de sobra para abandonar la plataforma antes que desapareciera bajo las olas.&lt;br /&gt;El canasto se llenaba con rapidez. Entre las hojas transparentes del luche destacábanse los tonos grises de los caracoles, el blanco mate de las tacas y el verde viscoso de los chapes. Cipriana, con el cuerpo inclinado, la cesta en una mano y el gancho en la otra, iba y venía con absoluta seguridad en aquel suelo escurridizo. El apretado corpino dejaba ver el nacimiento del cuello redondo y moreno de la mariscadora, cuyos ojos escudriñaban con vivacidad las rendijas, descubriendo el marisco y arrancándolo de la áspera superficie de la piedra. De vez en cuando se enderezaba para recoger sobre la nuca las negrísimas crenchas de los cabellos. Y su talle basto y desgarbado de campesina destacábase entonces sobre las amplias caderas con líneas vigorosas no exentas de&lt;br /&gt;gallardía y esbeltez. El cálido beso del sol coloreaba sus gruesas mejillas y el aire oxigenado que aspiraba a plenos pulmones hacía bullir en sus venas su sangre joven de moza robusta en la primavera de su vida.&lt;br /&gt;El tiempo pasaba, la marea subía lentamente, invadiendo poco a poco las partes bajas de la plataforma, cuando de pronto Cipriana, que iba de un lado a otro, afanosa en su tarea, se detuvo y miró con atención dentro de una hendidura. Luego se enderezó y dio un paso hacia adelante; pero casi inmediatamente giró sobre si misma y volvió a detenerse en el mismo sitio. Lo que cautivaba su atención obligándola a volver atrás era la concha de un caracol que yacía en el fondo de una pequeña abertura. Aunque diminuto, de forma extraña y rarísima, parecía más grande visto a través del agua cristalina.&lt;br /&gt;Cipriana se puso de rodillas e introdujo la diestra en e! hueco, pero sin éxito, pues la rendija era demasiado estrecha y apenas tocó con la punta de tos dedos el nacarado objeto. Aquel contacto no hizo sino avivar su deseo. Retiró la mano y tuvo otro segundo de vacilación, mas el recuerdo de su hijo le sugirió el pensamiento de que seria aquello un lindo juguete para el chico y no le costaría nada.&lt;br /&gt;Y el tinte rosa pálido del caracol, con sus tonos irisados tan hermosos, destacábase tan suavemente en aquel estuche de verde y aterciopelado musgo, que, haciendo una nueva tentativa, salvó el obstáculo y cogió la preciosa concha. Trató de retirar la mano y no pudo conseguirlo. En balde hizo vigorosos esfuerzos para zafarse. Todos resultaban inútiles: estaba cogida en una trampa. La conformación de la grieta y to viscoso de sus bordes habían permitido con dificultad el deslizamiento del puño a través de la estrecha garganta que, ciñendoie ahora la muñeca como un brazalete, impedía el paso de la mano endurecida por el trabajo.&lt;br /&gt;En un principio, Cipriana sólo experimentó una leve contrariedad, que se fue transformando en una cólera sorda a medida que transcurría el tiempo en infructuosos esfuerzos. Luego, una angustia vaga, una inquietud fue apoderándose de su ánimo. El corazón precipitó sus latidos y un sudor helado le humedeció las sienes. De pronto la sangre se paralizó en sus venas, las pupilas se agrandaron y un temblor nervioso sacudió sus miembros. Con ojos y rostro desencajados por el espanto había visto delante de ella una línea blanca, movible, que avanzó un corto trecho sobre la playa y retrocedió luego con rapidez: era la espuma de una ola. Y la aterradora imagen de su hijo arrastrado y envuelto en el flujo de la&lt;br /&gt; marea se presentó ciara y nítida a su imaginación. Lanzó un penetrante alarido que devolvieron los ecos de la quebrada, resbaló sobre las aguas y se desvaneció mar adentro en la líquida inmensidad.&lt;br /&gt;Arrodillada sobre la piedra, se debatió algunos minutos furiosamente. Bajo la tensión de sus músculos, sus articulaciones crujían y se dislocaban, sembrando con sus gritos el espanto en la población alada .que buscaba su alimento en las proximidades de la caleta: gaviotas, cuervos, golondrinas de mar alzaron el vuelo y se alejaron presurosos bajo el radiante resplandor del sol.&lt;br /&gt;El aspecto de la mujer era terrible: las ropas empapadas de sudor se habían pegado a la piel, la destrenzada cabellera le ocultaba en parte el rostro atrozmente desfigurado; las mejillas se habían hundido y los ojos despedían un fulgor extraordinario. Había cesado de gritar y miraba con fijeza el pequeño envoltorio que yacía en la playa, tratando de calcular lo que las olas tardarían en llegar hasta él. Esto no se haría esperar mucho, pues la marea precipitaba ya su marcha ascendente y muy pronto la plataforma sobresalió apenas unos centímetros sobre las aguas.&lt;br /&gt;El océano, hasta entonces tranquilo, empezaba a hinchar su torso y espasmódicas sacudidas estremecían sus espaldas relucientes. Curvas ligeras, leves ondulaciones interrumpían por todas partes la azul y tersa superficie. Un oleaje suave con acariciador y rítmico susurro comenzó a azotar los flancos de la roca y a depositar en la arena albos copos de espuma que, bajo los ardientes rayos del sol, tomaban los tonos y cambiantes del nácar y del arco iris.&lt;br /&gt;En la escondida ensenada flotaba un ambiente de paz y serenidad absolutas. El aire tibio, impregnado de las acres emanaciones salinas, dejaba percibir a través de la quietud de sus ondas el leve chasquido del agua entre las rocas, el zumbido de los insectos y el grito lejano de los halcones de mar.&lt;br /&gt;La joven, quebrantada por los terribles esfuerzos hechos para libertarse, giró en torno sus miradas imploradoras y no encontró ni en la tierra ni las aguas un ser viviente que pudiera prestarle auxilio. En vano clamó a los suyos, a la autora de sus días, al padre de su hijo, que, allá detrás de las dunas, aguardaban su regreso en el rancho humilde y miserable Ninguna voz contestó la suya, y entonces dirigió su vista hacia lo alto, y el amor maternal arrancó de su alma inculta y ruda, torturada por la angustia, frases y plegarias de elocuencia desgarradora:&lt;br /&gt;- i Dios mío, apiádate de m i hijo; sálvalo; socórrelo!... ¡ Perdón para mi hijito, señor! ¡ Virgen Santa, defiéndelo!... ¡ Toma mi vida: no se la quites a él! i Madre mía, permite que saque la mano para ponerlo más allá!...¡ Un momento, un ratitonomás!... ¡ Te juro volver otra vez aquí!. ¡ Dejaré que las aguas me traguen, que mi cuerpo se haga pedazos en estas piedras; no me moveré, y moriré bendiciéndote ! ¡ Virgen Santa, ataja la mar; sujeta las olas; no consientas que muera desesperada!... ¡ Misericordia, Señor! ¡ Piedad, Dios mío! ¡ Óyeme, Virgen Santísima! i Escúchame, Madre mía !&lt;br /&gt;La primera ola que invadió la plataforma arrancó a la mdre un último grito de loca desesperación. Después sólo brotaron de su garganta sonidos roncos, apagados como estertores de moribundo.&lt;br /&gt;La frialdad del agua devolvió a Cipriana sus energías, y la lucha para zafarse de la grieta comenzó otra vez más furiosa y desesperada que antes. Sus violentas sacudidas y el roce de la carne contra la piedra, habían hinchado los músculos, y la argolla de granito que la aprisionaba pareció estrecharse en torno de la muñeca.&lt;br /&gt;La masa líquida, subiendo incesantemente, concluyó por cubrir la plataforma. Sólo la parte superior del busto de la mujer arrodillada sobresalió por encima del agua. A partir de ese instante, los progresos de la marea fueron tan rápidos que muy pronto el oleaje alcanzó muy cerca del sitio en que yacía la criatura. Transcurrieron aún algunos minutos y el momento inevitable llegó. Una ola, alargando su elástica zarpa, rebalsó el punto donde dormía el pequeñuelo, quien, al sentir el frío contacto de aquel baño brusco, despertó, se retorció como un gusano y lanzó un penetrante chillido.&lt;br /&gt;Para que nada faltase a su martirio, la joven no perdía un detalle de la escena. Al sentir aquel grito, que desgarró las fibras más hondas de sus entrañas, una ráfaga de locura fulguró en sus extraviadas pupilas, y así como la alimaña cogida en el lazo corta con los dientes en miembro prisionero, con la hambrienta boca presta a morder se inclinó sobre la piedra; pero aun ese recurso le estaba vedado; el agua que la cubría hasta el pecho obligábala a mantener la cabeza en alto.&lt;br /&gt;En la playa, las olas iban y venían alegres, retozonas, envolviendo en sus pliegues juguetonamente al rapazuelo. Habíanle despojado de los burdos pañales y el cuerpecito regordete, sin más traje que la blanca camisilla, rodaba entre la espuma, agitando desesperadamente las&lt;br /&gt;pienas y brazos diminutos. Su tersa y delicada piel, herida por ios rayos del sol, relucía abrillantada por el choque del agua y el roce áspero e interminable sobre la arena.&lt;br /&gt;Cipriana, con el cuello estirado, los ojos fuera de lasórbitas, miraba aquello estremecida por una suprema convulsión, y en el paroxismo del dolor, su razón estallo de pronto. Todo desapareció ante su vista. La luz de su espíritu, azotada por una racha formidable, se extinguió, y mientras la energía y el vigor, aniquilados en un instante, cesaban de sostener el cuerpeen aquella forzada postura, la cabeza se hundió en el agua, un leve remolino agitó las ondas y algunas burbujas aparecieron en la superficie tranquila de la pleamar.&lt;br /&gt;Juguete de las olas, el niño lanzaba en la ribera .vagidos cada vez más tardos y más débiles, que el océano, como una nodriza cariñosa, se esforzaba en acallar, redoblando sus abrazos, modulando sus más dulces canciones, poniéndole ya boca abajo o boca arriba trasladándolo de un lado para otro, siempre solícito e infatigable.&lt;br /&gt;Por último, los lloros cesaron: el pequeño había vuelto a dormirse, y aunque su carita estaba amoratada, los ojos y la boca llenos de arena, su sueño era apacible, pero tan profundo, qué cuando la marejada lo arrastró mar adentro y lo depositó en el fondo, no se despertó ya más.&lt;br /&gt;Y mientras el cielo azul extendía su cóncavo dosel sobre la tierra y sobre las aguas, tálamos donde la muerte y la vida se enlazan perpetuamente, el infinito dolor de la madre que, dividido entre las almas, hubiera puesto taciturnos a todos los hombres, no empañó con la mas leve sombra la divina armonía de aquel cuadro palpitante de vida, de dulzura, paz y amor.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6302781537218621346-2805253131749698747?l=antologiaschilenas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://antologiaschilenas.blogspot.com/feeds/2805253131749698747/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6302781537218621346&amp;postID=2805253131749698747&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6302781537218621346/posts/default/2805253131749698747'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6302781537218621346/posts/default/2805253131749698747'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://antologiaschilenas.blogspot.com/2008/02/la-mariscadora-baldomero-lillo.html' title='LA MARISCADORA Baldomero Lillo'/><author><name>EDITORIAL PUBLIGRAFICA CHILE</name><uri>http://www.blogger.com/profile/10558168194552098239</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='22' src='http://3.bp.blogspot.com/-UL_QkX7AfyU/TyaqTjcwXWI/AAAAAAAAEJs/YqvGdZdTstM/s220/Tapa-sopas-11.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6302781537218621346.post-2112170440342786574</id><published>2008-02-17T08:26:00.000-08:00</published><updated>2008-02-17T08:29:23.437-08:00</updated><title type='text'>Lucero Oscar Castro</title><content type='html'>Lucero&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Oscar Castro&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recortadas unas sobre otras, las cresterías de la cordillera barajan sus naipes &lt;br /&gt;pétreos hasta donde la mirada de Rubén Olmos puede alcanzar. Cumbres albísimas, &lt;br /&gt;azules hondonadas, contrafuertes dentados, enhiestas puntillas van surgiendo &lt;br /&gt;ante su vista siempre cambiantes, cada vez más difíciles al paso a medida que &lt;br /&gt;asciende. Antes de iniciar un repecho demasiado fatigoso, el viajero decide &lt;br /&gt;conceder un descanso a su cabalgura, que resopla ya como un fuelle. Y cuando se &lt;br /&gt;ha detenido, cruza su pierna izquierda por encima de la montura y despeña su &lt;br /&gt;mirada hacia el valle.&lt;br /&gt;Primero le salta a la pupila el espejo del río, que alarga con desgano su &lt;br /&gt;caprichoso serpenteo por entre pastizales y sembrados. Pasan luego sus ojos por &lt;br /&gt;sobre los cuadriláteros de unos cuantos potreros y busca el pueblo de donde &lt;br /&gt;partiera en la mañana. Allí está, escaparate de juguetería, con sus casas enanas &lt;br /&gt;y los tajos oscuros de sus valles. Algunas planchas de zinc devuelven el reflejo &lt;br /&gt;solar, tajeando el aire con plateado y violento resplandor.&lt;br /&gt;Con un aleteo de párpados, Rubén Olmos borra la imagen del valle y examina a su &lt;br /&gt;cabalgadura, cuyos mojados ijares se contraen y elevan en rítmico movimiento.&lt;br /&gt;-¿T'estay poniendo viejo, Lucero? -interroga con tono cariñoso. Y el animal gira &lt;br /&gt;su cabeza negra, que tiene una mancha blanca -plagio de una estrella- en la &lt;br /&gt;frente, como si comprendiera.&lt;br /&gt;-Güeno, también es cierto que harto habís trabajao; pero te quean años de &lt;br /&gt;viajes, toavía. Por lo menos, mientras la cordillera no se bote a mairastra...&lt;br /&gt;Torna a mirar la mole andina, familiar y amiga para él y Lucero; no en balde la &lt;br /&gt;han atravesado durante once años. Rubén Olmos, encandilado un poco por la &lt;br /&gt;llamarada blanca del sol en la nieve, piensa en sus compañeros de viaje y en la &lt;br /&gt;ventaja que le llevan. Pero no le concede importancia al detalle: está cierto de &lt;br /&gt;darles alcance antes de que anochezca.&lt;br /&gt;-Siempre que vos me acompañís; la'e no vamos a tener que alojar solitos &lt;br /&gt;-manifiesta al caballo, completando su pensamiento.&lt;br /&gt;Rubén Olmos es baqueano antiguo. Aprendió la difícil ciencia junto a su padre, &lt;br /&gt;que desde niño lo llevó tras él por entre peñascales y barrancos, pese a sus &lt;br /&gt;rebeliones y a la desconfianza que le inspiró al comienzo la cordillera. Cuando &lt;br /&gt;el viejo murió -tranquilamente en su cama-, el patrón de la hacienda lo designó &lt;br /&gt;a él como reemplazante. Cruzó por lo menos cien veces esta barrera, que al &lt;br /&gt;principio se le antojara inexpugnable, y trajo arreos numerosos de ganado &lt;br /&gt;cuyano, siempre en buenas relaciones con la fortuna.&lt;br /&gt;Eligió a Lucero cuando éste era todavía un potrillo retozón y él mismo tuvo a su &lt;br /&gt;cargo la tarea de domarlo. Desde entonces nunca quiso aceptar otra cabalgadura, &lt;br /&gt;a pesar de que su patrón le regaló dos bestias más, de mayor empuje al parecer, &lt;br /&gt;y de superiores condiciones. Este caballo ha sido para él una especie de mascota &lt;br /&gt;a la que se aferró la superstición de su vida siempre jugada al azar.&lt;br /&gt;El baqueano, habituado a la lucha épica contra los elementos, antes que por las &lt;br /&gt;hembras se apasionó por el peligro. Con instintiva sabiduría puso su devoción en &lt;br /&gt;un bruto, presintiendo quizás que de él no podía esperar desaires ni traiciones. &lt;br /&gt;Si un día le dieran a elegir entre la vida de su hermano y la de Lucero, &lt;br /&gt;vacilaría un rato antes de decidirse. Porque el animal, más que un vehículo, &lt;br /&gt;significó desde el comienzo un amigo para él. Fue algo así como la prolongación &lt;br /&gt;de sí mismo, como la vibración de sus músculos continuando en los tendones de &lt;br /&gt;Lucero.&lt;br /&gt;Rubén Olmos nació con la carne tallada en dura sustancia. Sintió la vida en &lt;br /&gt;oleadas galopándole las rutas de su ser. Arriba de un caballo fue siempre el que &lt;br /&gt;conduce, no el que se deja llevar. Y esta fuerza pidió espacio para vaciarse; &lt;br /&gt;ninguno pudo resultarle más propicio ni más adaptado a sus medios que la &lt;br /&gt;tumultuosa crestería de los Andes.&lt;br /&gt;Mirado sin atención, el baqueano es un hombre como todos. A lo sumo, da &lt;br /&gt;sensación de confianza en sí mismo.&lt;br /&gt;Debajo de su piel cobriza y de su nariz achatada asoma la evocación de algún &lt;br /&gt;indio, su antepasado. Su risa no tiene resplandores; se le oscurece en los ojos &lt;br /&gt;y, a lo más, blanquea en la punta de sus dientes. Apacentador de soledades, &lt;br /&gt;aprendió de ellas el silencio y la profundidad. Con Lucero se entiende mejor que &lt;br /&gt;con los humanos. Será porque el caballo no responde. O porque dice siempre que &lt;br /&gt;sí con sus ojos tiernos y húmedos. ¡Vaya uno a saber...!&lt;br /&gt;-Güeno, ahora vamos andando.&lt;br /&gt;Asentados sus cascos en cualquier hendedura, el caballo enfila en dirección al &lt;br /&gt;cielo. El jinete, inclinado hacia adelante, lleva el compás del balanceo. Ruedan &lt;br /&gt;piedrecillas hacia las profundidades y tintinean las argollas del freno. Y &lt;br /&gt;Lucero, tac–tac–tac, arriba, por fin, a la cima, tras caminar un cuarto de hora.&lt;br /&gt;En la altura, el viento es más persistente, más cargado de agujas frías. Resbala &lt;br /&gt;por la cara del baqueano. Busca cualquier hueco de la manta para clavar su &lt;br /&gt;diente. Sin embargo, la costumbre inmuniza al hombre de su ataque. Y por más que &lt;br /&gt;el soplo insiste, no consigue inmutarlo.&lt;br /&gt;Traspuestas unas cuantas cadenas de montañas, ya no se divisa el valle. Hay &lt;br /&gt;cerros hacia donde se vuelve la mirada. Y arriba, un cielo frágil, puro, más &lt;br /&gt;azul que el frío del viento, manchado apenas por el vuelo de un águila, señora &lt;br /&gt;de ese predio inabarcable.&lt;br /&gt;La soledad de la altura es tan ancha, tan diáfanamente desamparada, que el &lt;br /&gt;viajero siente a veces la leve sensación de ahogarse en el viento, como si se &lt;br /&gt;hallara en el fondo de un agua infinitamente liviana. Pero el hombre no tiene &lt;br /&gt;tiempo de admirar las perspectivas magníficas del paisaje. Ni esta atmósfera que &lt;br /&gt;parece una burbuja translúcida; ni el verde rotundo y orquestal de las plantas; &lt;br /&gt;sin la sinfonía de pájaros e insectos que ascienden en flechas finas hacia la &lt;br /&gt;altura, dicen nada a su espíritu tallado en oscuras sustancias de esfuerzo y &lt;br /&gt;decisión.&lt;br /&gt;Desde una puntilla que resalta por sobre sus vecinas, Rubén Olmos explora el &lt;br /&gt;sendero con la esperanza de divisar a quienes lo preceden. Pero la mirada vuelve &lt;br /&gt;vacía de este peregrinaje. El hombre arruga la boca. Sus cuatro compañeros, que &lt;br /&gt;partieron de la hacienda una hora antes que él, le han tomado mucha ventaja. &lt;br /&gt;Tendrá que forzar a su pingo.&lt;br /&gt;A su paso van surgiendo lugares conocidos: La Cueva del León, la Puntilla del &lt;br /&gt;Cóndor; la Quebrada Negra. "-Mis compañeros pueen tar esperándome en el Refugio &lt;br /&gt;'el Arriero" -piensa, y aprieta las espuelas en las costillas de Lucero.&lt;br /&gt;El sendero es apenas una huella imprecisa, en la cual podrían extraviarse otros &lt;br /&gt;ojos menos experimentados que los suyos. Pero Rubén Olmos no puede engañarse. &lt;br /&gt;Este surco anémico por donde transita, es una calle abierta y ancha que conduce &lt;br /&gt;a un fin: la tierra cuyana.&lt;br /&gt;A medida que asciende, la vegetación cambia de tono. Se hace más dura y &lt;br /&gt;retorcida para resistir los embates de las tormentas. Espinos, romerillos, &lt;br /&gt;quiscos filudos, ponen brochazos nocturnos en el albor de la nieve. La soledad &lt;br /&gt;comienza a tornarse cada vez más blanca y honda, revistiéndose de una majestuosa &lt;br /&gt;serenidad. El sol, ya soslayado hacia Occidente, forcejea por tamizar su calor a &lt;br /&gt;través del viento.&lt;br /&gt;Cambia de pronto el decorado, y el caballo del baqueano desemboca en un inmenso &lt;br /&gt;estadio de piedra. Dos montañas enormes enfrentan sus paréntesis, encerrando un &lt;br /&gt;tajo cuyo fondo no se divisa. Parece que un inmenso cataclismo hubiera hendido &lt;br /&gt;allí la cordillera, separándola de golpe en dos.&lt;br /&gt;El jinete detiene a Lucero. El Paso del Buitre ejerce una extraña fascinación en &lt;br /&gt;su mente. A los quince años, cuando lo atravesó por vez primera, se le ocurrió &lt;br /&gt;mirar hacia abajo, pese a las advertencias de su padre, y al cabo de un momento, &lt;br /&gt;vio que la hondonada empezaba a girar semejante a un embudo azul. Algo como una &lt;br /&gt;garra invisible lo tiraba hacia el abismo, y él se dejaba ir. Por fortuna, el &lt;br /&gt;taita advirtió el peligro y destruyó la fascinación con un grito imperioso: &lt;br /&gt;"-¡Güelve la cabeza, baulaque!" Desde entonces, a pesar de toda su serenidad, no &lt;br /&gt;se atreve a descolgar sus ojos hacia aquella profundidad insondable.&lt;br /&gt;Además, el Paso del Buitre tiene su leyenda. No puede ser atravesado en Viernes &lt;br /&gt;Santo por un arreo de ganado sin que ocurran terribles desgracias. También su &lt;br /&gt;padre le advirtió este detalle, contándole, como ilustración, diversos casos en &lt;br /&gt;que la sima se había tragado reses y caballos de modo inexplicable.&lt;br /&gt;En verdad, el paso es uno de los más impresionantes que puede presentar la &lt;br /&gt;cordillera. El sendero tiene allí unos ochenta centímetros de ancho: lo justo &lt;br /&gt;para que pueda pasar un animal entre el muro de piedra y el abismo. Un paso en &lt;br /&gt;falso... y hasta el Juicio Final.&lt;br /&gt;Antes de aventurarse por aquella repisa suspendida quién sabe a cuántos metros &lt;br /&gt;del fondo, Rubén Olmos cumple escrupulosamente la consigna establecida entre los &lt;br /&gt;transeúntes de la cordillera: desenfunda su revólver y dispara dos tiros al aire &lt;br /&gt;para advertir a cualquier posible viajero que la ruta está ocupada y debe &lt;br /&gt;aguardar. Los estampidos expanden sus ondas por el aire diáfano. Rebotan en las &lt;br /&gt;peñas y vuelven, multiplicados, hasta los oídos del baqueano. Tras un momento de &lt;br /&gt;espera, el jinete se decide a reanudar su viaje. Lucero, asentando con precisión &lt;br /&gt;sus cascos en la roca, prosigue la marcha, sin notar, al parecer, el cambio de &lt;br /&gt;fisonomía en la ruta.&lt;br /&gt;-¡Caballo lindo! -musita el hombre, resumiendo en esas palabras todo su cariño &lt;br /&gt;hacia el bruto.&lt;br /&gt;Lo que ocurre enseguida nunca podrá olvidarlo Rubén Olmos.&lt;br /&gt;Al salir de un recodo cerrado, el corazón le da un vuelco enorme. En dirección &lt;br /&gt;contraria, a menos de veinte pasos, viene otro hombre, cabalgando un alazán &lt;br /&gt;tostado. El estupor, el desconcierto y la ira se barajan en el rostro de los &lt;br /&gt;viajeros. Ambos, con impulso maquinal, sofrenan sus caballos. El primero en &lt;br /&gt;romper el angustioso silencio es el jinete del alazán. Tras una gruesa &lt;br /&gt;interjección, añade a gritos:&lt;br /&gt;-¿Y cómo se le ocurre metes'en el camino sin avisar?...&lt;br /&gt;Rubén Olmos sabe que con palabras nada remediará. Prosigue su avance hasta que &lt;br /&gt;las cabezas de los caballos casi se tocan. Enseguida, saca una voz tranquila y &lt;br /&gt;segura del fondo de su pecho:&lt;br /&gt;-El que no disparó jue usté, amigo.&lt;br /&gt;El otro desenfunda su revólver, y Rubén hace lo mismo con rapidez insospechada &lt;br /&gt;en él. Se miran un momento fijamente, y hay un chispazo de desafío en sus ojos. &lt;br /&gt;El desconocido tiene unas pupilas aceradas, frías, y unas facciones acusadoras &lt;br /&gt;de voluntad y decisión. Por su exterior, por su seguridad, parece hombre de &lt;br /&gt;monte, habituado al peligro. Ambos comprenden que son dignos adversarios.&lt;br /&gt;Rubén Olmos se decide por fin a establecer que la razón está de su parte. &lt;br /&gt;Empuñando su arma con el cañón hacia el abismo, para no infundir desconfianza, &lt;br /&gt;extrae las balas, presentando un par de vainillas vacías.&lt;br /&gt;-Aquí'stán mis dos tiros -expresa.&lt;br /&gt;El desconocido lo imita, y presenta, igualmente, dos cápsulas sin plomo.&lt;br /&gt;-Mala suerte, amigo; disparamos al mismo tiempo -expresa el baqueano.&lt;br /&gt;-Así es, compañero. ¿Y qué hacimos ahora?&lt;br /&gt;-Lo qu'es golver, no hay que pensarlo siquiera.&lt;br /&gt;-Entonces, uno tiene que quearse de a pie.&lt;br /&gt;-Sí, pero... ¿Cuál de los dos?&lt;br /&gt;-El que la suerte diga.&lt;br /&gt;Y sin mayores comentarios, el jinete del alazán extrae una moneda de su bolsillo &lt;br /&gt;y, colocándola sin mirarla entre sus manos unidas, dice a Rubén Olmos.&lt;br /&gt;-Pida.&lt;br /&gt;Hay una vacilación inmensa en el espíritu de Rubén. Aquellas dos manos unidas &lt;br /&gt;que tiene ante los ojos guardan el secreto de un veredicto inapelable. Poseen &lt;br /&gt;mayor fuerza que todas las leyes escritas por los hombres. El destino hablará &lt;br /&gt;por ellas con su voz inflexible y escueta. Y, como Rubén Olmos nunca se rebeló &lt;br /&gt;ante el mandato de lo desconocido, dice la palabra que alguien moduló en su &lt;br /&gt;cerebro:&lt;br /&gt;-¡Cara!&lt;br /&gt;El otro descubre, entonces, lentamente, la moneda, y el sol oblicuo de la tarde &lt;br /&gt;brilla sobre un ramo de laureles con una hoz y un martillo debajo: el baqueano &lt;br /&gt;ha perdido. Ni un gesto, sin embargo, acusa su derrumbe interior. Su mirada se &lt;br /&gt;torna dulce y lenta sobre la cabeza y el cuello de Lucero. Su mano, después, &lt;br /&gt;materializa la caricia que brota de su corazón. Y, finalmente, como sacudiendo &lt;br /&gt;la fatalidad, se deja deslizar hacia el sendero por la grupa lustrosa del &lt;br /&gt;caballo. Desata el fusil y el morral con provisiones que van amarrados a la &lt;br /&gt;montura. Quita después el envoltorio de mantas que reposa sobre el anca. Y todo &lt;br /&gt;ello va abriendo entre los dos hombres un silencio más hondo que el de la &lt;br /&gt;soledad andina.&lt;br /&gt;Durante estos preparativos, el desconocido parece sufrir tanto como el perdedor. &lt;br /&gt;Aparentando no ver nada, trenza y destrenza los correones del rebenque. Rubén &lt;br /&gt;Olmos, desde el fondo de su ser, le da las gracias por tan bien mentida &lt;br /&gt;indiferencia. Cuando su penosa labor ha finalizado, dice al otro, con voz que &lt;br /&gt;conserva una indefinible y desesperada firmeza:&lt;br /&gt;-¿Encontró en el camino a cuatro arrieros con dos mulas, por casualidad?&lt;br /&gt;-Sí, en el Refugio'staban descansando. ¿Son compañeros?&lt;br /&gt;-Sí, por suerte.&lt;br /&gt;Lucero, sorprendido tal vez de que se le quite la silla en tan intempestivo &lt;br /&gt;lugar, vuelve la cabeza y Rubén contempla por un momento sus ojos de agua mansa &lt;br /&gt;y nocturna. La estrella de la frente. Las orejas erguidas. Las narices &lt;br /&gt;nerviosas... Para decidirse de una vez, echa al aire su voz cargada de secreta &lt;br /&gt;pesadumbre.&lt;br /&gt;-Sujete bien su bestia, amigo-el otro afirma las riendas, desviando la cabeza de &lt;br /&gt;su alazán hacia el cerro.&lt;br /&gt;Entonces, Rubén Olmos, como quien se descuaja el corazón, palmotea nuevamente a &lt;br /&gt;Lucero en el cuello, y de un empellón inmenso, lo hace rodar al abismo.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6302781537218621346-2112170440342786574?l=antologiaschilenas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://antologiaschilenas.blogspot.com/feeds/2112170440342786574/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6302781537218621346&amp;postID=2112170440342786574&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6302781537218621346/posts/default/2112170440342786574'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6302781537218621346/posts/default/2112170440342786574'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://antologiaschilenas.blogspot.com/2008/02/lucero-oscar-castro.html' title='Lucero Oscar Castro'/><author><name>EDITORIAL PUBLIGRAFICA CHILE</name><uri>http://www.blogger.com/profile/10558168194552098239</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='22' src='http://3.bp.blogspot.com/-UL_QkX7AfyU/TyaqTjcwXWI/AAAAAAAAEJs/YqvGdZdTstM/s220/Tapa-sopas-11.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6302781537218621346.post-3604959434049018496</id><published>2008-02-17T07:43:00.000-08:00</published><updated>2008-02-17T08:05:14.342-08:00</updated><title type='text'>Cañuela y Petaca, El Perro del Regimiento, Candelilla,a,</title><content type='html'>Cañuela y Petaca&lt;br /&gt;Baldomero Lillo&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras Petaca atisba desde la puerta, Cañuela, encaramado sobre la mesa, descuelga del muro el pesado y mohoso fusil. &lt;br /&gt;Los alegres rayos del sol filtrándose por las mil rendijas del rancho esparcen en el interior de la vivienda una claridad deslumbradora. &lt;br /&gt;Ambos chicos están solos esa mañana. El viejo Pedro y su mujer, la anciana Rosalía, abuelos de Cañuela, salieron muy temprano en dirección al pueblo, después de recomendar a su nieto la mayor circunspección durante su ausencia. &lt;br /&gt;Cañuela, a pesar de sus débiles fuerzas -tiene nueve años, y su cuerpo es espigado y delgaducho- ha terminado felizmente la empresa de apoderarse del arma, y sentado en el borde del lecho, con el cañón entre las piernas, teniendo apoyada la culata en el suelo, examina el terrible instrumento con grave atención y prolijidad. Sus cabellos rubios, desteñidos, y sus ojos claros de mirar impávido y cándido contrastan notablemente con la cabellera renegrida e hirsuta y los ojillos oscuros y vivaces de Petaca, que dos años mayor que su primo, de cuerpo bajo y rechoncho es la antítesis de Cañuela a quien maneja y gobierna con despótica autoridad. &lt;br /&gt;Aquel proyecto de cacería era entre ellos, desde tiempo atrás, el objeto de citas y conciliábulos misteriosos; pero, siempre habían encontrado para llevarlo a cabo dificultades e inconvenientes insuperables. ¿Cómo proporcionarse pólvora, perdigones y fulminantes? &lt;br /&gt;Por fin, una tarde, mientras Cañuela vigilaba sobre las brasas del hogar la olla de la merienda, vio de improviso aparecer en el hueco de la puerta la furtiva y silenciosa figura de Petaca, quien, al enterarse de que los viejos no regresaban aún del pueblo, puso delante de los ojos asombrados de Cañuela un grueso saquete de pólvora para minas, que tenía oculto debajo de la ropa. La adquisición del explosivo era toda una historia que el héroe de ella no se cuidó de relatar, embobado en la contemplación de aquella sustancia reluciente semejante a azabache pulimentado. &lt;br /&gt;A una legua escasa del rancho había una cantera que surtía de materiales de construcción a los pueblos vecinos. El padre de Petaca era el capataz de aquellas obras. Todas las mañanas extraía del depósito excavado en la peña viva la provisión de pólvora para el día. En balde el chico había puesto en juego la travesura y sutileza de su ingenio para apoderarse de uno de aquellos saquetes que, el viejo, tenía junto a sí en la pequeña carpa, desde la cual dirigía los trabajos. Todas sus astucias y estratagemas habían fracasado lamentablemente ante los vigilantes ojos que observaban sus movimientos. Desesperado de conseguir su objeto, tentó, por fin, un medio heroico. Había observado que cuando un tiro estaba listo, dada la señal de peligro, los trabajadores, incluso el capataz, iban a guarecerse en un buceo abierto con ese propósito en el flanco de la montaña y no salían de allí sino cuando se había producido la explosión. Una mañana, arrastrándose como una culebra, fue a ponerse en acecho cerca de la carpa. Muy pronto, tres golpes dados con un martillo en una barrena de acero, anunciaron que la mecha de un tiro acababa de ser encendida, y vio cómo su padre y los canteros corrían a ocultarse en la excavación. Aquel era el momento propicio, y abalanzándose sobre los saquetes de pólvora se apoderó de uno, emprendiendo enseguida una veloz carrera, saltando como una cabra por encima de los montones de piedra que, en una gran extensión, cubrían el declive de la montaña. Al producirse el estallido que hizo temblar el suelo bajo sus pies, enormes proyectiles le zumbaron en los oídos, rebotando a su derredor una furiosa granizada de pedriscos. Mas, ninguno le tocó, y cuando los canteros abandonaron su escondite, él estaba ya lejos oprimiendo contra el jadeante pecho su gloriosa conquista, henchida el alma de júbilo. &lt;br /&gt;Esa tarde, que era un jueves, quedó acordado que la cacería fuese el domingo siguiente, día de que podían disponer a su antojo; pues, los abuelos, se ausentarían como de costumbre para llevar sus aves y hortalizas al mercado. Entretanto, había que ocultar la pólvora. Muchos escondites fueron propuestos, y desechados. Ninguno les parecía suficientemente seguro para tal tesoro. Cañuela propuso que se abriese un hoyo en un rincón del huerto y se la ocultase ahí, pero, su primo, lo disuadió contándole que un muchacho, vecino suyo, había hecho lo mismo con un saquete de aquellos, hallando días después sólo la envoltura de papel. Todo el contenido se había desecho con la humedad. Por consiguiente, había que buscar un sitio bien seco. Y, mientras trataban inútilmente de resolver aquel problema, el ganso de Cañuela, a quien, según su primo, nunca se le ocurría nada de provecho, dijo, de pronto, señalando el fuego que ardía en mitad de la habitación: &lt;br /&gt;-¡Enterrémosla en la ceniza!&lt;br /&gt;Petaca lo contempló admirado, y por una rara excepción; pues lo que proponía el rubillo le parecía siempre detestable, iba a aceptar aquella vez cuando a la vista del fuego lo detuvo: ¿y si se prende? -pensó. De repente brincó de júbilo. Había encontrado la solución buscada. En un instante ambos chicos apartaron las brasas y cenizas del hogar y cavaron  en medio del fogón un agujero de cuarenta centímetros de profundidad, dentro del cual, envuelto en un pañuelo de hierbas, colocaron el saquete de pólvora cubriéndole con la tierra extraída y volviendo a su sitio el fuego encima del que se puso nuevamente la desportillada cazuela de barro. &lt;br /&gt;En media hora escasa todo quedó lindamente terminado, y Petaca se retiró prometiendo a su primo que los perdigones y los fulminantes estarían antes del domingo en su poder. &lt;br /&gt;Durante los días que precedieron al señalado, Cañuela no cesó de pensar en la posibilidad de un estallido que, volcando la olla de la merienda, única consecuencia grave que se le ocurría, dejase a él y a sus abuelos sin cenar. Y este siniestro pensamiento cobraba más fuerza al ver a su abuela Rosalía inflar los carrillos y soplar con brío atizando el fuego bien ajena, por cierto, de que todo un Vesubio estaba ahí delante de sus narices, listo para hacer su inesperada y fulminante aparición. Cuando esto sucedía, Cañuela se levantaba en puntillas y se deslizaba hacia la puerta mirando hacia atrás de reojo y mascullando con aire inquieto: &lt;br /&gt;-¡Ahora sí que revienta, caramba! &lt;br /&gt;Pero no reventaba, y el chico fue tranquilizándose hasta desechar todo temor. &lt;br /&gt;Y cuando llegó el domingo y los viejos con su carga a cuesta hubieron desaparecido a lo lejos en el sendero de la montaña, los rapaces radiantes de júbilo empezaron los preparativos para la expedición. Petaca había cumplido su palabra escamoteando a su padre una caja de fulminantes, y, en cuanto a los perdigones, se les había sustituido con gran ventaja y economía por pequeños guijarros recogidos en el lecho del arroyo. &lt;br /&gt;Desenterrada la pólvora que ambos encontraron, después de palparla, perfectamente seca y calientita, y examinado prolijamente el fusil del abuelo, tan venerable y vetusto como su dueño, no restaba más que emprender la marcha hacia las lomas y los rastrojos, lo que efectuaron después de asegurar convenientemente la puerta del rancho. Adelante, con el fusil al hombro, iba Petaca, seguido de cerca por Cañuela, que llevaba en los amplios bolsillos de sus calzones las municiones de guerra. Durante un momento disputaron acerca del camino que debían seguir. Cañuela era de opinión de descender a la quebrada y seguir hasta el valle, donde encontrarían bandadas de tencas y de zorzales; pero, su testarudo primo deseaba ir más bien a través de los rastrojos, donde abundaban las loicas y las perdices, caza según él muy superior a la otra y, como de costumbre, su decisión fue la que prevaleció. &lt;br /&gt;Petaca vestía una chaqueta, desecho de su padre, a la cual se le había recortado las mangas y el contorno inferior a la altura de los bolsillos, los cuales quedaron, con este arreglo, eliminados. Cañuela no tenía chaqueta y cubríase el busto con una camisa; pero, en cambio, llevaba enfundadas las piernas en unos gruesos pantalones de daño, con enormes bolsillos que eran su orgullo y le servían, a la vez, de arca, de arsenal y de despensa. &lt;br /&gt;Petaca, con el fusil al hombro, sudaba y bufaba bajo el peso del descomunal armatoste. Irguiendo su pequeña talla esforzábase por mantener un continente digno de un cazador, resistiendo con obstinación las súplicas de su primo, que le rogaba le permitiese llevar, siquiera por un ratito, el precioso instrumento. &lt;br /&gt;Durante la primera etapa, Cañuela, lleno de ardor cinegético, quería se hiciese fuego sobre todo bicho viviente, no perdonando ni a los enjambres de mosquitos que zumbaban en el aire. A cada instante sonaba su discreto: ¡Psh, psh! llamando la atención de su compañero y, cuando éste se detenía interrogándole con sus chispeantes ojos, le señalaba, apuntando con la diestra, un mísero chincol que daba saltitos entre la yerba. Ante aquella caza ruin encogíase desdeñosamente de hombros el moreno Nemrod y proseguía su marcha triunfal a través de las lomas, encorvado bajo el fusil cuyo enmohecido cañón sobresalía, al apoyar la culata en el suelo, una cuarta por encima de su cabeza. &lt;br /&gt;Por fin, el descontentadizo cazador vio delante de sí una pieza digna de los honores de un tiro. Una loica macho, cuya roja pechuga parecía una herida recién abierta, lanzaba su alegre canto sobre una cerca de ramas. Los chicos se echaron a tierra y empezaron a arrastrarse como reptiles por la maleza. El ave observaba sus movimientos con tranquilidad y no dio señales de inquietud sino cuando estaban a cuatro pasos de distancia. Abrió, entonces, las alas y fue a posarse sobre la yerba a cincuenta metros de aquel sitio. Desde ese momento, empezó una cacería loca a través de los rastrojos. Cuando después de grandes rodeos y de infinitas precauciones Petaca lograba aproximarse lo bastante y empezaba a enfilar el arma, el pájaro volaba e iba a lanzar su grito, que parecía de burla y desafío, un centenar de pasos más allá. Como si se propusiese poner a prueba la constancia de sus enemigos, ora salvaba un matorral o una barranca de difícil acceso, pero siempre a la vista de sus infatigables perseguidores, quienes, después de algunas horas de este gimnástico ejercicio, estaban bañados en sudor, llenos de arañazos y con las ropas hecho una criba; mas no se desanimaban y proseguían la caza con salvaje ardor. Por último, el ave, cansada de tan insistente persecución, se elevó en los aires y, salvando una profunda quebrada, desapareció en el boscaje de la vertiente opuesta. &lt;br /&gt;Cañuela y Petaca que con las greñas sobre los ojos, caminaban a gatas a lo largo de un surco, se enderezaron consultándose con la mirada, y luego, sin cambiar una sola palabra, siguieron adelante resueltos a morir de cansancio antes que renunciar a una pieza tan magnífica. Cuando, después de atravesar la quebrada, rendidos de fatiga, se encontraron otra vez en las lomas, lo primero que divisaron fue la fugitiva, que posada en un pequeño arbusto, estaba destrozando con su recio pico los tallos tiernos de la planta. Verla y caer ambos de bruces sobre la yerba fue todo uno, Petaca, con los ojos encandilados, fijos en el ave, empezó a arrastrarse con el vientre en el suelo remolcando con la diestra penosamente el fusil. Apenas respiraba, poniendo toda su alma en aquel silencioso deslizamiento. A cuatro metros del árbol se detuvo y reuniendo todas sus exhaustas fuerzas, se echó la escopeta a la cara. Pero, en el instante en que se aprestaba a tirar del gatillo Cañuela, que lo había seguido sin que él se apercibiera, le gritó de improviso con su vocecilla de clarín, aguda y penetrante: &lt;br /&gt;-¡Espera, que no está cargada, hombre! &lt;br /&gt;La loica agitó las alas y se perdió como una flecha en el horizonte. &lt;br /&gt;Petaca se alzó de un brinco, y precipitándose sobre el rubillo lo molió a golpes y mojicones. ¡Qué bestia y qué bruto era! Ir a espantar la caza en el preciso instante en que iba a caer infaliblemente muerta. ¡Tan bien había hecho la puntería! &lt;br /&gt;Y cuando Cañuela entre sollozos balbuceó: &lt;br /&gt;-¡Porque te dije que no estaba cargada...!&lt;br /&gt;A lo cual el morenillo contestó iracundo, con los brazos en jarras, clavando en su primo los ojos llameantes de cólera: &lt;br /&gt;-¿Por qué no esperaste que saliese el tiro? &lt;br /&gt;Cañuela cesó de sollozar, súbitamente, y enjugándose los ojos con el revés de la mano, miró a Petaca, embobado, con la boca abierta. ¡Cuán merecidos eran los mojicones! ¿Cómo no se le ocurrió cosa tan sencilla? No, había que rendirse a la evidencia. Era un ganso, nada más que un ganso. &lt;br /&gt;La armonía entre los chicos se restableció bien pronto. Tendidos a la sombra de un árbol descansaron un rato para reponerse de la fatiga que los abrumaba. Petaca, pasado ya el acceso de furor, reflexionaba y casi se arrepentía de su dureza porque, a la verdad, matar un pájaro con una escopeta descargada no le parecía ya tan claro y evidente, por muy bien que se hiciese la puntería. Pero, como confesar su torpeza habría sido dar la razón al idiota del primillo, se guardó calladamente sus reflexiones para sí. Hubiera dado con gusto el cartucho de dinamita que tenía allá en el rancho, oculto debajo de la cama por haber matado la maldita loica que tanto los había hecho padecer. ¡Si al salir hubiesen cargado el arma! Pero aún era tiempo de reparar omisión tan capital, y, poniéndose en pie, llamó a Cañuela para que le ayudase en la grave y delicada operación, de la cual ambos tenían sólo nociones vagas y confusas, pues no habían tenido aún oportunidad de ver cómo se cargaba una escopeta. &lt;br /&gt;Y, mientras Cañuela, encaramado en un tronco para dominar la extremidad del fusil que su primo mantiene en posición vertical, espera órdenes baqueta en mano, surgió la primera dificultad. ¿Qué se echaba primero? ¿La pólvora o los guijarros? &lt;br /&gt;Petaca, aunque bastante perplejo, se inclinaba a creer que la pólvora, e iba a resolver la cuestión en este sentido, cuando Cañuela, saliendo de su mutismo, expresó tímidamente la misma idea. &lt;br /&gt;El espíritu de intransigente contradicción de Petaca contra todo lo que provenía de su primo, se reveló esta vez como siempre. Bastaba que el rubillo propusiese algo para que él hiciese inmediatamente lo contrario. ¡Y con qué despreciativo énfasis se burló de la ocurrencia! Se necesitaba ser más borrico que un buey para pensar tal despropósito. Si la pólvora iba primero había forzosamente que echar encima los guijarros. ¿Y por dónde salía entonces el tiro? Nada, al revés había que proceder. Cañuela, que no resollaba, temeroso que una respuesta suya acarrease sobre sus costillas razones más contundentes, vació en el cañón del arma una respetable cantidad de piedrecillas sobre las cuales echó, enseguida, dos gruesos puñados de pólvora. Un manojo de pasto seco sirvió de taco y con la colocación del fulminante, que Petaca efectuó sin dificultad, quedó el fusil listo para lanzar su mortífera descarga. Púsoselo al hombro el intrépido morenillo y echó a andar seguido de su camarada, escudriñando ávidamente el horizonte en busca de una víctima. Los pájaros abundaban, pero emprendían el vuelo apenas la extremidad del fusil amenazaba derribarles de su pedestal en el ramaje. Ninguno tenía la cortesía de permanecer quietecito mientras el cazador hacía y rectificaba una y mil veces la puntería. Por último, un impertérrito chincol tuvo la complacencia, en tanto se alisaba las plumas sobre una rama, de esperar el fin de tan extrañas y complicadas manipulaciones. Mientras Petaca, que había apoyado el fusil en un tronco, apuntaba arrodillado en la yerba, Cañuela, prudentemente colocado a su espalda, esperaba, con las manos en los oídos, el ruido del disparo que se le antojaba formidable, idea que asaltó también al cazador recordando los tiros que oyera explotar en la cantera y, por un momento, vaciló sin resolverse a tirar del gatillo; pero, el pensamiento de que su primo podía burlarse de su cobardía, lo hizo volver la cabeza, cerrar los ojos y oprimir el disparador. Grande fue su sorpresa al oír en vez del estruendo que esperaba, un chasquido agudo y seco, pero que nada tenía de emocionante. Parece mentira, pensó, que un escopetazo suene tan poco. Y su primera mirada fue para el ave, y no viéndola en la rama, lanzó un grito de júbilo y se precipitó adelante seguro de encontrarla en el suelo, patas arriba. &lt;br /&gt;Cañuela, que viera al chincol alejarse tranquilamente, no se atrevió a desengañarle; y fue tal el calor con que su primo le ponderó la precisión del disparo, de cómo vio volar las plumas por el aire y caer de las ramas el pájaro despachurrado que, olvidándose de lo que había visto, concluyó, también, por creer a pie juntillas en la muerte del ave, buscándola ambos con ahínco entre la maleza hasta que, cansados de la inutilidad de la pesquisa, la abandonaron, desalentados. Pero, ambos habían olido la pólvora y su belicoso entusiasmo aumentó considerablemente, convirtiéndose en una sed de exterminio y destrucción que nada podía calmar. Cargaron rápidamente el fusil y, perdido el miedo al arma, se entregaron con ardor a aquella imaginaria matanza. El débil estallido del fulminante mantenía aquella ilusión, y aunque ambos notaran al principio con extrañeza el poquísimo humo que echaba aquella pólvora, terminaron por no acordarse de aquel insignificante detalle. &lt;br /&gt;Sólo una contrariedad anublaba su alegría. No podían cobrar una sola pieza a pesar de que Petaca juraba y perjuraba haberla visto caer requete muerta y desplumada, casi, por la metralla de los guijarros. Mas, en su interior, empezaba a creer seriamente, recordando cómo las flechas torcidas describen una curva y se desvían del blanco, de que la dichosa pólvora estuviera chueca. Prometiose, entonces, no cerrar los ojos ni volver la cabeza al tiempo de disparar para ver de qué parte se ladeaba el tiro; mas, un contratiempo inesperado le privó de hacer esta experiencia. Cañuela, que acababa de meter un grueso puñado de guijarros en el cañón, exclamó de repente desde el tronco en que estaba encaramado, con tono de alarma: &lt;br /&gt;-¡Se acabó la escopeta! &lt;br /&gt;Petaca miró el fusil que tenía entre las manos y luego a su primo, lleno de sorpresa, sin comprender lo que aquellas palabras significaban. El rubillo le señaló entonces la boca del cañón, por la que asomaba parte del último taco. Inclinó el arma para  palpar la abertura con los dedos y se convenció de que no había medio de meter ahí un grano más de pólvora o de lo que fuese. Su entrecejo se frunció. Empezaba a adivinar por qué el armatoste había aumentado tan notablemente de peso. Se volvió hacia el rancho, al que se habían ido acercando a medida que avanzaba la tarde, y reflexionó acerca de las probables consecuencias de aquel suceso, decidiendo, después de un rato, emprender la retirada y dejar a Cañuela la gloria de salir a su sabor del atolladero. Demasiado conocía el genio del abuelo para ponerse a su alcance. Pero su fecunda imaginación ideó otro plan que le pareció tan magnífico que, desechando la huida proyectada, se plantó delante de su primo, el cual, muy inquieto, le había observado hasta ahí sin atreverse a abrir la boca, y le habló con animación de algo que debía ser muy insólito, porque Cañuela, con lágrimas en los ojos, se resistía a secundarle. Pero, como siempre, concluyó por someterse y ambos se pusieron afanosamente a reunir hojas y ramas secas, amontonándolas en el suelo. Cuando creyeron había bastante, Cañuela sacó de sus insondables bolsillos una caja de fósforos e incendió la pira. Apenas las llamas se elevaron un poco, Petaca cogió el fusil y lo acostó sobre la hoguera, retirándose, enseguida, los dos, para contemplar a la distancia los progresos del fuego. Trascurrieron algunos minutos y ya Petaca iba a acercarse nuevamente, para añadir más combustible, cuando un estampido formidable los ensordeció. La hoguera fue dispersada a los cuatro vientos, y siniestros silbidos surcaron el aire. Cuando pasada la impresión del tremendo susto ambos se miraron, Petaca estaba tan pálido como su primo, pero su naturaleza enérgica hizo que se recobrase bien pronto, encaminándose al sitio de la explosión, el cual estaba tan limpio como si le hubiesen rastrillado. Por más que miró no encontró vestigios del fusil. Cañuela, que lo había seguido llorando a lágrima viva, se detuvo de pronto petrificado por el terror. En lo alto de la loma, a treinta pasos de distancia, se destacaba la alta silueta del abuelo avanzando a grandes zancadas. Parecía poseído de una terrible cólera. Gesticulaba a grandes voces, con la diestra en alto, blandiendo un tizón humeante que tenía una semejanza extraordinaria con una caja de escopeta. Petaca, que había visto, al mismo tiempo que su primo, la aparición, echó a correr por el declive de la loma, golpeándose los muslos con las palmas de las manos, y silbando al mismo tiempo su aire favorito. Mientras corría, examinaba el terreno, pensando que así como el abuelo había encontrado la caja del arma, él podía muy bien hallar, a su vez, el cañón o un pedacito siquiera con el cual se fabricaría un trabuco para hacer salvas y matar pidenes en la laguna. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PERRO DEL REGIMIENTO&lt;br /&gt;Daniel Riquelme&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entre tos actores de la batalla de Tacna y las victimas lloradas de la de Chorrillos, debe contarse, en justicia, al perro del Coquimbo, perro abandonado y callejero, recogido un día a lo largo de una marcha por el piadoso embeleco de un soldado, en recuerdo, tai vez, de algún otro que dejó en su hogar al partir a la guerra, que en cada rancho hay un perro y cada roto cría al suyo entre sus hijos&lt;br /&gt;Imagen viva de tantos ausentes, muy pronto el aparecido se atrajo el cariño de los soldados, y éstos, dándole el propio nombre de su regimiento, lo llamaron Coquimbo para que de este modo fuera algo de todos y de cada uno.&lt;br /&gt;Sin embargo, no pocas protestas levantaba al principio su presencia en el cuartel; causa era de grandes alborotos y por ellos tratóse en una ocasión de lincharlo, después de juzgado y sentenciado en consejo general de ofendidos, pero Coquimbo no apareció. Se había hecho humo como en todos los casos en que presentía tormentas sobre su lomo. Porque siempre encontraba en los soldados el seguro amparo que el nieto busca entre las faldas de su abuela, y sólo reaparecía, humilde y corrido, cuando todo el peligro había pasado.&lt;br /&gt;Se cuenta que Coquimbo tocó personalmente parte de la gloria que en el día memorable del Alto de la Alianza, conquisto su regimiento a las órdenes del Comandante Pinto Agüero, a quién pasó el mando, bajo las balas, en reemplazo de Gorostiaga. Y se cuenta también que de ese modo, en un mismo día y jornada, el jefe casual del Coquimbo y el último ser que respiraba en sus filas, justificaron heroicamente el puesto que cada uno, en su esfera, había alcanzado en ellas...&lt;br /&gt;Pero mejor será referir el cuento tal como pasó, a fin de que nadie quede con la comezón de esos puntos y medias palabras, mayormente desde que nada hay que esconder.&lt;br /&gt;Al entrar en batalla, la madrugada del 26 de mayo de 1880, el Regimiento Coquimbo, no sabía a que atenerse respecto de su segundo jefe, el comandante Pinto, quien, días antes solamente de la marcha sobre Tacna, había recibido un ascenso de mayor y su nombramiento de segundo comandante. Por noble compañerismo deseaban todos lo oficiales del cuerpo que semejante honor recayera en algún capitán de la propia casa, y con tales deseos esperaban, francamente, a otro. Pero el ministro de la guerra en campaña a la sazón don Rafael Sotomayor, lo habla dispuesto así.&lt;br /&gt;Por tales razones, que a nadie ofendían, el comandante Pinto Agüero fue, pues, recibido con reserva y frialdad en el regimiento. Sencillamente, era un desconocido para todos ellos; acaso sería también un cobarde. ¿Quién sabía lo contrario? ¿Donde se había probado?&lt;br /&gt;Así las cosas y los ánimos, despuntó con el sol la hora de la batalla que iba a trocar bien luego, no solo la ojeriza de los hombres, sino la suerte de tres naciones. Rotos los fuegos, a los diez minutos quedaba fuera de combate, glorioso y mortalmente herido a la cabeza de su tropa, el que más tarde debía ser el héroe feliz de Huamachuco, don Alejandro Gorostiaga.&lt;br /&gt;En consecuencia, el mando correspondía-¡travesuras del destino!-al segundo jefe; por lo que el regimiento se preguntaba con verdadera ansiedad qué haría Pinto Agüero como primer jefe.&lt;br /&gt;Pero la expectación, por fortuna, duró bien poco.&lt;br /&gt;Luego se vio al joven comandante salir al galope de su caballo de las filas postreras, pasar por el flanco de las unidades que lo miraban ávidamente; llegar al sitio que le señalaba su puesto, la cabeza de regimiento, y seguir más adelante todavía. Todos se miraron entonces, ¿a dónde iba a parar?&lt;br /&gt;Veinte pasos a vanguardia revolvió su corcel y desde tal punto, guante que arrojaba a la desconfianza y al valor de los suyos, ordenó el avance del regimiento, sereno como en una parada de gala, únicamente altivo y dichoso por la honra de comandar a tantos bravos.&lt;br /&gt;La tropa, aliviada de enorme peso, y porque la audacia es aliento y contagio, lanzóse impávida detrás de su jefe; pero en el fragor de la lucha, fue inútil todo empeño de llegar a su lado.&lt;br /&gt;El capitán desconocido de la víspera, el cobarde tal vez, no se dejó alcanzar por ninguno, aunque dos veces desmontando, y concluida la batalla, oficiales y subalternos, rodeando su caballo herido, lo aclamaron en un grito de admiración.&lt;br /&gt;Coquimbo, por su parte, que en la vida suelen tocarse los extremos, había atrapado del ancho mameluco de bayeta, y así lo retuvo hasta que llegaron los nuestros, a uno de los enemigos que huía al reflejo de las bayonetas chilenas, caladas al toque pavoroso de degüello.&lt;br /&gt;Y esta hazaña qué Coquimbo realizó de su cuenta y riesgo, concluyó de confirmarlo el niño mimado del regimiento.&lt;br /&gt;Su humilde personalidad vino a ser, en cierto modo, el símbolo vivo y querido de la personalidad de todos; de algo material del regimiento, así como la bandera lo es de ese ideal de honor y de deber, que los soldados encarnan en sus frágiles pliegues.&lt;br /&gt;El, por su lado, pagaba a cada uno su deuda de gratitud, con un amor sin preferencia, eternamente alegre y sumiso como cariño de perro.&lt;br /&gt;Comía en todos los platos; diferenciaba el uniforme; según los rotos, hasta sabía distinguir los grados, y por un instinto de egoísmo digno de los humanos no toleraba dentro del cuartel la presencia de ningún otro perro que pudiera, con el tiempo, arrebatarle el aprecio que acaso él mismo calificaba de distinguida.&lt;br /&gt;Llegó, por fin, el día de la marcha sobre las trincheras que defendían a Lima. Coquimbo, naturalmente, era de la gran partida. Los soldados, muy de mañana, le hicieron su tocado de batalla.&lt;br /&gt;Pero el perro, cosa extraña para todos, no dio al ver los aprestos que tanto conocía, las muestras de contento que manifestaba cada vez que el regimiento salía a campaña.&lt;br /&gt;No ladró ni empleó el día en sus afanosos trajines de la mayoría de las cuadras; de éstas a la cocina y de ahí a husmear el aspecto de la calle, bullicioso y feliz, como un tambor de la banda.&lt;br /&gt;Antes, por el contrario, triste y casi gruñón, se echó desde temprano a orillas del camino, frente a la puerta del canal en que se levantaban las rucas del regimiento, como para demostrar que no se quedarla atrás y asegurarse de que tampoco sería olvidado.&lt;br /&gt;¡Pobre Coquimbo!&lt;br /&gt;¡Quien puede decir si no olía en el aire la sangre de sus amigos, que en el curso de breves horas iba a correr a torrentes, prescindiendo del propio y cerrado fin que a él le aguardaba!&lt;br /&gt;La noche cerró sobre Lurin, rellena de una niebla que daba al cielo y a la tierra el tinte lívido de una alborada de invierno. Casi confundido con la franja argentada de espuma que formaban las olas fosforescentes al romperse sobre la playa, marchaba el Coquimbo cual una sierpe de metálicas escamas.&lt;br /&gt;El eco de las aguas apagaba los rumores de esa marcha de gato que avanza sobre su presa.&lt;br /&gt;Todos sabían que del silencio dependía el éxito afortunado del asalto que llevaban a las trincheras enemigas.&lt;br /&gt;Y nadie hablaba y los soldados se huían para evitar el choque de las armas. Y ni una luz, n¡ un reflejo de luz.&lt;br /&gt;A doscientos pasos no se había visto esa sombra, que llevando en su seno todos los huracanes de la batalla, volaba, sin embargo, siniestra y callada como la misma muerte.&lt;br /&gt;En tales condiciones, cada paso adelante era un tanto más en la cuenta de las probabilidades favorables.&lt;br /&gt;Y así habían caminado ya unas cuantas horas.&lt;br /&gt;Las esperanzas crecían en proporción; pero de pronto, inesperadamente, resonó-en la vasta llanura el ladrido de un perro, nota agudísima que, a semejanza de la voz del clarín, puede, en el silencio de la noche, oírse a grandes distancias, sobre todo en las alturas.&lt;br /&gt;-¡Coquimbo!- exclamaron los soldados. Y suspiraron como sí un hermano de armas hubiera incurrido en pena de la vida.&lt;br /&gt;De allí a poco, se destacó al frente de la columna la silueta de un jinete que llegaba a media rienda.&lt;br /&gt;Reconocido con las precauciones de ordenanza, pasó a hablar con el comandante Soto, el bravo José María Segundo Soto, y tras de lacónica plática, partió con igual prisa, borrándose en la niebla, a corta distancia.&lt;br /&gt;Era el jinete un ayudante de campo del jefe de la Primera División, coronel Lynch, el cual ordenaba redoblar "silencio y cuidado" por haberse descubierto avanzadas peruanas en la dirección que llevaba el Coquimbo.&lt;br /&gt;A manera de palabra mágica, la nueva consigna corrió de boca en oreja desde la cabeza hasta la última fila, y se continuó la marcha; pero esta vez parecía que los soldados se tragaban el aliento.&lt;br /&gt;Una cuncuna no habría hecho más ruido al deslizarse sobre el tronco de árbol. Sólo se oía el ir y venir de las olas del mar, aquí suave y manso, como haciéndose cómplice del golpe; allá violento y sonoro, donde las rocas lo dejaban sin playa. Entre tanto, comenzaba a divisarse en el horizonte de vanguardia una mancha renegrida y profunda, que hubiese hecho creer en la boca de una cueva inmensa cavada en el cielo.&lt;br /&gt;Eran el Morro y el Salto del Fraile, lejanos todavía; pero ya visibles.&lt;br /&gt;Hasta ahí la fortuna estaba por los nuestros; nada había que lamentar. El plan de ataque se cumplía al pie de la letra. Los soldados se estrechaban las manos en silencio, saboreando el triunfo; mas el destino había escrito en la portada de las grandes victorias que les tenía deparadas, el nombre de una víctima, cuya sangre, obscura y sin deudos, pero muy amada, debía correr la primera sobre aquel campo, como ofrenda a los números adversos.&lt;br /&gt;Coquimbo ladró de nuevo, con furia y seguidamente, en ademán de lanzarse hacia las sombras.&lt;br /&gt;En vano los soldados trataban de aquietarlo por todos los medios que les sugería su cariñosa angustia.&lt;br /&gt;¡Todo inútil!&lt;br /&gt;Coquimbo, con su finísimo oído, sentía el paso o veía en las tinieblas a las avanzadas que había denunciado el coronel Lynch, y seguía ladrando, pero lo hizo allí por última vez para amigos y contrarios. Un oficial se destacó del grupo que rodeaba al comandante Soto, separó dos soldados y entre los tres, a tientas, volviendo la cara, ejecutaron a Coquimbo bajo las aguas que cubrieron su agonía.&lt;br /&gt;En las filas se oyó algo como uno de esos extraños sollozos que el viento arranca a las arboladuras de los bosques... y siguieron andando con una prisa rabiosa que parecía buscar el desahogo de una venganza implacable.&lt;br /&gt;Y quien haya criado un perro y hecho de él un compañero y un amigo comprenderá, sin duda, la lágrima que esta sencilla escena que yo cuento como puedo, arrancó a los bravos del Coquimbo, a esos rotos de corazón tan ancho y duro como la mole de piedra y bronce que iban a asaltar; pero en cuyo fondo brilla con la luz de las más dulces ternuras mujeriles de este rasgo característico:&lt;br /&gt;Su piadoso amor a los animales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;CANDELILLA&lt;br /&gt;Federico Gana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un mediodía de primavera, mi padre, que se paseaba, como era su costumbre, por el corredor interior de las casas del fundo, me dijo:&lt;br /&gt;-Tienes que ir luego a los potreros de abajo, a los Montes, porque don Calixto me ha mandado decir que mi medianía estaba mala y se le pasaban mis animales. Anda con el Candelilla, para que te señale bien.&lt;br /&gt;Llameen voz alta y tendí mis miradas por el largo corredor, en cuyo extremo se agrupaban los peones que esperaban el pago, y no vi entre ellos el llamado Candelilla. Allí estaban, afirmados en los pilares o paseándose y mirando cavilosos el suelo, algunos trabajadores que conocía desde la niñez.&lt;br /&gt;El viejo Bartolo; el hercúleo Juan Sierra; el Chercán, vejete pequeñito, apergaminado, vestido de andrajos; el borracho y fiel regador del potrero de Santa Teresa, don Sosa; Núñez, el bodeguero; estos eran, puede decirse, los criollos, los aborígenes del fundo; pero Candelilla no estaba.&lt;br /&gt;El apodado Candelilla, a causa talvez de sus ojos claros y rubios cabellos, era una especie de vagabundo, casi siempre invisible para mí, y muy popular en esos contornos. Sabía yo, vagamente, que era algo así como un ayudante intermitente del cuidador de animales, sin sueldo, y con ración solamente cuando trabajaba, que muchas noches llegaba a la cocina de las casas a comer cualquier cosa de los restos; que en los veranos, cuando llegaba la época de los cortes y cosechas de trigo, emigraba al sur, a Traiguén, Victoria, la Frontera, en busca de trabajo, llegando, después, en invierno y entrada de primavera, a refugiarse al calor del fogón hospitalario de las cocinas, como tantos otros.&lt;br /&gt;De pronto, del grupo de peones, una voz ronca, alegre, burlona, de acento despreciativo, dijo:&lt;br /&gt;-Patrón, allá viene el Candelilla... Se escucharon risas contenidas...&lt;br /&gt;Dirigí la vista por todo el amplio patio plantado de enormes eucaliptus y pequeños durazneros florecidos, tapizado de yerba, sobre la que corrían y picoteaban las gallinas, encuadrado por diversas construcciones muy bajas: cocheras, mediaguas para las caballerizas y las carretas, graneros, la gran bodega del fundo con su único portón, y allá, al fin del patio, vi a Candelilla, que salía de la cocina y avanzaba hacia el corredor con la cabeza descubierta&lt;br /&gt;Se detuvo frente a mí con un afectado ademán de respetuosa obediencia. Yo examinaba ahora con interés el aspecto de ese hombre que -antes había mirado con indiferencia. Era un individuo de regular estatura y anchas espaldas, delgado, recio. Vestía una ropa a la que el largo uso había dado un color indefinible; sus pies estaban calzados con ojotas. Y a pesar de la tibieza del día, cubríale el torso una gruesa manta de invierno, rota y deshilachada. Se inclinaba humilde ante mí, pero sus redondos ojos verdes, muy claros, fijábamos con risueña expresión interrogativa en mi semblante. Imposible habría sido definir la edad de aquel sujeto; pues los ásperos y lucientes cabellos, el grueso mostacho, las espesas cejas de un rubio claro, denunciaban la juventud, al par que las ondas mejillas fatigadas, sueltas, picadas de viruelas; la estrecha frente, en que las marcadas arrugas parecían cicatrices, hablaban de largos años de trabajos y padecimientos. Y ahora, su gruesa boca fruncíase en una sonrisa, como la de un niño que acabase de cometer una falta de la que pidiera perdón.&lt;br /&gt;Le expliqué, rápidamente, lo que teníamos que hacer, y mientras me ponía las espuelas le pregunté:&lt;br /&gt;-¿Hay mucho barro todavía, allá abajo?&lt;br /&gt;-Algo queda, señor, porque el invierno ha sido malo.&lt;br /&gt;Subimos a caballo y al montar Candelilla la flojísima yegua, casi inválida, que cabalgaba, del grupo de peones alguien le dijo con voz fuerte:&lt;br /&gt;-¡No se te valla a cargar la bestia!&lt;br /&gt;Candelilla sonrió vagamente a la broma, mostrando su gruesa dentadura amarillenta.&lt;br /&gt;Marchábamos lentamente, aspirando con delicia el puro aire campesino. Mi vista se extendía por el vasto potrero de las casas, donde pacía el temeraje; a lo lejos, al sur, divisaba el caserío del pueblo que se proyectaba, amontonándose a los pies de los enormes murallones de cal y ladrillo de la iglesia inconclusa aún; en el confín de la costa, sucedíanse los cercados de perales floridos de blanco, de sauces cubiertos de hojitas nuevas, los grandes álamos, las tupidas zarzamoras. Aquí y allá, los pequeños ranchos de paja de los inquilinos, destacaban con profunda claridad, sus manchas sombrías sobre el cielo pálido y tranquilo. En lo alto, una red finísima de nubes cubría el azul; el aire era tibio y suave. Los temeros separados de sus madres, jugaban no lejos de mi sobre el césped brillante y manchaban el paisaje de colores vivos; bandadas de jilgueros, de diucas, de loicas, de tordos, gozaban de la tibieza de la yerba, de la tierra y de la luz y se alzaban a cada instante ante mis pasos. Por todas partes los grandes charcos de las lluvias recientes del invierno, brillaban inmóviles como espejos resplandecientes. Y yo sentía que una dulce embriaguez se apoderaba de mí, gozando de ese hermoso día; recordaba cosas lejanas de la niñez.&lt;br /&gt;Y seguimos atravesando potreros y potreros, unos destinados a la engorda, cubiertos de espeso trébol y báltica; otros, recién arados, que esperaban la próxima siembra de chacras. Al fin llegamos a nuestro destino, el potrero de Los Montes o La Crianza, como indistintamente se le denominaba. Y vi a Candelilla esforzándose en vano por bajar las gruesas varas de un tranquero. Me desmonté de mi caballo y entre los dos corrimos, con dificultad, los pesados largueros.&lt;br /&gt;Le dije sonriendo:&lt;br /&gt;-¡Estás muy falso, hombre!&lt;br /&gt;-Es que este brazo lo tengo malo- me contestó, indicándome con su izquierda, la mano derecha, en la que observé, inmediatamente, una grande y profunda cicatriz en la muñeca y algunos dedos encogidos y engarrotados.&lt;br /&gt;-¿Y de que te vino eso?&lt;br /&gt;-Fue de un balazo que me pegaron hace años. Aquí en el hombro tengo otro- continuó-; y por eso no tengo fuerzas.&lt;br /&gt;-¿Dónde te pegaron esos balazos?&lt;br /&gt;Su alegre rostro se iluminó con una sonrisa tímida; su gruesa nariz aguileña, más encendida y avinada que de costumbre con el reciente esfuerzo, parecía alumbrarle la cara.&lt;br /&gt;Contestó entre dientes:&lt;br /&gt;-Ahí le contaré eso más tarde...&lt;br /&gt;Y yo, atravesando el hondo y sombrío estero cubierto de espeso bosque que aún nos separaba de Los Montes, pensaba en que tales desperfectos debían haber sido causados por una riña precedida de una colosal borrachera, como acostumbraba mi acompañante.&lt;br /&gt;El potrero a que entrábamos formaba extraño contraste con los que acabábamos de atravesar. La espesura era allí inculta, selvática, virgen; las pataguas, los arrayanes el maqui, el canelo y el litre crecían silvestres, libres y opulentos en las hondonadas pantanosas; las tórtolas y las torcazas, que aún no emigraban a la montaña, volaban lentamente, descuidadas, de árbol en árbol, sobre nuestras cabezas; de cuando en cuando oíase a la distancia el golpe seco y duro de los picos carpinteros, que labraban sus nidos en las altas y secas ramas de los árboles muertos.&lt;br /&gt;Al desembocar en los claros, veíamos uno o varios terneras de la crianza, que pacían tranquilamente en las altas yerbas y nos miraban inmóviles, confiados, con sus grandes y negros ojos purísimos. Todo era allí sombra, frialdad, silencio interrumpido por un movimiento leve, por el grito o el arrullo de una ave, el rumor de una rama agitada por un animal, y después era más profunda la tranquilidad misteriosa de esa pequeña selva.&lt;br /&gt;Atravesando por estrechos senderos, baches y ciénagas, inclinándonos sobre nuestras monturas para deslizamos a través de la espesa maraña del bosque, llegamos por fin a las medianías.&lt;br /&gt;Candelilla me mostró, cuidadosamente, los deslindes del vecino y los de mi padre, y llegué con mi ocular inspección al convencimiento de que la medianía en mal estado era la del mañoso don Calixto.&lt;br /&gt;Fatigados de marchar por atajos, pantanos y boscosos vericuetos, llegamos por fin, a un pequeño alto donde crecían algunos maitenes jóvenes, cubiertos de espesos quintrales. Alrededor de las rojas flores, color de sangre fresca, de los hermosos parásitos, zumbaban bandadas de picaflores, que volaban siempre inquietos yendo rápidamente de un árbol a otro, lanzando estridentes gritos de alegría, de íntima embriaguez. A los pies de los hermosos árboles silvestres, veíase la tierra suelta, pisoteada y revuelta por los animales que venían a revolcarse bajo sus frescas sombras.&lt;br /&gt;El sol, muy bajo ya sobre las montañas de la costa, lanzaba sus últimos rayos; el cielo, despejado de nubes, era un azul profundo, purísimo; una helada brisa venía del bosque cercano.&lt;br /&gt;Candelilla se acercó a mí; permanecimos silenciosos a la sombra de los árboles. Le dije:&lt;br /&gt;-Cuéntame, al fin, cómo te, pegaron esos balazos.&lt;br /&gt;Su rostro animado, alegre, enigmático; sus ojos ingenuos, casi infantiles, se ensombrecieron; parecía haber envejecido de súbito; se sacó el viejísimo sombrero, rascóse fuertemente la cabeza, suspiró, e inclinando el rostro, exclamó, como hablándose a si mismo:&lt;br /&gt;-¡Yo he sido muy padecido, patrón! Si le contara...&lt;br /&gt;Yo escuchaba atento..&lt;br /&gt;Alzó la cabezas, miró vagamente a su alrededor, y continuó:&lt;br /&gt;-Yo nací aquí, en este fundo. De aquí son mis padres; mi familia vivía en esta tierra cuando el dueño del fundo era el finado don Antonio Pando.&lt;br /&gt;A la muerte de don Antonio, los hijos y las hijas se empobrecieron, según habla la gente, porque había poco trabajo entonces, apenas para poder comer un pan. Yo estaba aquí cuando llegó el patrón de hoy, que les compró a todos los Pando...Yo era joven, como el patrón, como su padre; era el quesero en este fundo-continuo, alzando orgullosamente la voz al recuerdo de aquellos felices tiempos de juventud, de abundancia-.Me ocupaban en todo; ¡que Camilo, aquí; que Camilo, acá! ¡Con que gusto trabajaba!&lt;br /&gt;Meditó un instante y en seguida continuó con una voz misteriosa, con los ojos brillantes, encendidos, tal vez al recuerdo de una felicidad lejana, perdida para siempre:&lt;br /&gt;-Ud. no debe acordarse de todo esto, porque era muy mediano, apenas se levantaba del suelo. Un día llega la señora de Santiago. ¡Que bulla en la casa con los arreglos, qué trajines! Traía una chiquilla, la Tránsito, muy joven y nada mal parecida. Nos veíamos a cada instante...Pasó el verano, y cuando la señora se volvió para Santiago, Aquí me quedé yo con la Tránsito. Me Casé con ella pues señor. En esto viene la guerra del Perú y principian a enganchar gente en el pueblo. Entonces no entraba nadie a la fuerza. ¡Cómo se llenaba el cuartel! Hacía dos meses no mas que me había casado, cuando un sábado que, le confesaré, andaba con mi copa desde temprano, ¿no me da por ir a meterme a la estación? Pues allí habla una bolina de gente y músicas, porque pasaba un batallón de los que toan a pelear al norte. Los enganchadores muy amables, y copa y copa con todo el mundo. Sale un futre y se monta a un carro y dice que la patria la tienen traicionada, que la van a cautivar, que todos tenemos que correr a defenderla porque somos sus hijos, que nuestra sangre es poca para daría, y aquí me tiene Ud. perdido y embarcado para la guerra por las palabras de ese futre. Mi mujer, a la que noticiaron que me iba, alcanzó a llegar cuando el tren ya estaba andando Y así la vi, señor, por última vez llorando sin consuelo y levantando los brazos como si quisiera sujetarme Vino la noche en el camino; ¡ya no habla remedio! ¡Qué sacaba con arrepentirme! Cuando llegue al norte, me destinaron al 2º de línea y en él hice la campaña con mi finado comandante Ramírez guardó silencio un instante, profundamente absorto en sus recuerdos v en seguida continuó con grave acento&lt;br /&gt;Allá fuimos mandados a pelear en esa traición de Tarapacá. Los que sabían dijeron que. después de San Francisco, a los cholos los íbamos a agarrar como gallinas, que iban de derrota Y vamos marchando, niños, muy con lentos por aquellos desiertos que parecían brasas encendidas; brasas, patrón en la cabeza, en las espaldas y en la boca, reseca como yesca ¡Hubiera visto, señor algunos compañeros que quedaban rezagados buceando el agua en la arena, con las dos manos, como locos!&lt;br /&gt;Cuando tuvimos al enemigo al frente, ya no nos quedaba agua en tas caramayolas; el sol siempre en la cabezas y la boca amarga como hiel y bala y bala. De repente mandan bajar una quebrada; ahí está el agua, decían; los compañeros corren sin obedecer orden ninguna y se ponen de boca a beber hasta empaparse, cuando a los dos lados de la barranca aparecen los cholos como moscas, que nos estaban cateando ¡Hubiera visto patrón! Todos los sedientos quedaron ahí muertos como patos en bandada. Yo, con mi teniente Arrieta y un subteniente Valenzuela, logramos guarecernos de las balas que caían como granizo, en una casita de tejas que habla arriba. Allí había muchos de los traicionados. Los cholos los teníamos siempre tan cerca que les vetamos las caras y les escuchábamos las voces. Nos tenían rodeados; las balas atravesaban las murallas de adobe y el que se asomaba a la puerta era hombre muerto. Mi capitán Necochea estaba allí herido de muchos tiros y pedía a gritos agua y que lo mataran y nosotros sin poder darte nada saltábamos por encima de él v disparábamos defendiendo la vida amas v mejor De repente por una ventana veo patrón como en una estampa que mi estandarte, el estandarte del 2º, se lo están peleando la guardia del regimiento con una niebla de cholos, no a tiros, sino a culatazos, guantadas y tirones, pedacito a pedacito. ¡Qué le diré patrón! Al ver esto, sentí yo lo mismo que el día que me enganche allá en el pueblo y habló el futre de la estación, y casi sin saber cómo, corrí solo hacia mi estandarte, como si me hubiese vuelto loco. Iba corriendo con el fusil bien apretado cuando escucho una descarga cerrada y siento aquí, en el pecho, como si me hubiesen dado un trancazo tan fuerte que me hizo dar mil vueltas y perder los sentidos. Cuando volví en mi y levanté la cabeza, ya no estaban los que peleaban y del estandarte no había ni señas. Ahí cerca no vi sino un numero de muertos hechos pedazos y chorreando sangre. Con la descarga me hicieron las dos heridas en la muñeca y en el hombro. ¡Así fue como me pegaron estos balazos, patrón!&lt;br /&gt;Después, en la campaña, me vino esa fiebre de tiritones que todavía me da, y me mandaron a Chile.&lt;br /&gt;Cuando llegué aquí me encontré solo, sin casa y sin mujer, porque la pobre Tránsito se había muerto de viruela. Y así estoy solo desde hace más de veinte años, sin nadie en este mundo, viviendo aquí y allá. ¡Qué hacerle! ¡Esa habría sido mi suerte)&lt;br /&gt;-¿Y que sacaste de la guerra?&lt;br /&gt;-Nada más que este brazo malo y las malditas tercianas que no me dejan -contestó sencillamente.&lt;br /&gt;Durante esta relación, el sol se puso; el crepúsculo manchaba ya de sombras el horizonte; las primeras estrellas principiaban a brotar dulcemente en el cielo.&lt;br /&gt;Regresamos en silencio. Y al llegar a las casas le digo:&lt;br /&gt;-Pásame tu mano.&lt;br /&gt;Me la tiende en silencio y yo estrecho con fuerza, en la oscuridad, aquella diestra mutilada de un héroe humilde e ignorado, como tantos otros...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;PAULITA&lt;br /&gt;Federico Gana &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Llueve Paulita? -le pregunto, abriendo los ojos cargados de sueno. -Lloviendo toda ¡a noche sin descansar, señor- me contesta, al mismo tiempo que deposita cuidadosamente sobre el velador una humeante taza de café. En seguida, cruza tos brazos sobre el pecho y se queda inmóvil contemplando fijamente, a través de los vidrios de la ventana, el cielo, de un gris sucio y opaco, cerrado por la lluvia torrencial.&lt;br /&gt;Yo, desde mi lecho, diviso confusamente allá, afuera, las siluetas de los árboles doblados por el fuerte viento del norte; las nubes tenebrosas que vuelan rápidas hacia el sur; los campos, de un verde tierno y brumoso, cubiertos de agua; los animales que vagan aquí y allá en los potreros como entumecidos de frío; las gotas que borbotean sin término en las charcas.&lt;br /&gt;-Con este tiempo tan malo, los animales y los pobres son los que padecen- agrega Paulita, contemplando tristemente, embebida, el paisaje.&lt;br /&gt;Después se vuelve hacia mí y me mira sonriendo, con los ojos brillantes, como invitándome a entablar una de esas charlas matinales a que la tengo acostumbrada, en las que tratamos largamente de toda la crónica doméstica de la casa de campo, de la que ella está muy impuesta como llavera del fundo que es, desde hace largos años.&lt;br /&gt;Es una viejecita de pequeña estatura, encorvada por los años y los achaques, vestida de riguroso luto, y a pesar del frío y la humedad de esa mañana de invierno, no lleva por todo abrigo sino un pequeño pañuelo de lana que apenas le cubre la cabeza y el cuello.&lt;br /&gt;Sus cabellos grises, ásperos y fuertes, su color oscuro y bilioso, su estrecha frente y los pómulos y las mandíbulas muy pronunciados, denuncian a las claras su origen araucano. Sólo los ojos son grandes, negros, rasgados e inteligentes. Por fin le digo&lt;br /&gt;-¿Y ha sabido de José?&lt;br /&gt;Al escuchar estas palabras, un destello indefinible de orgullo, de embriaguez y de esperanza, parece encenderse de súbito en el fondo de sus ojos, que parpadean; se acerca a mi lecho y me contesta rápidamente en voz baja, confidencialmente:&lt;br /&gt;-¡De José, de Josecito, mi hijo! sí señor, i como no había de saber! Está muy en grande por allá, en Antofagasta. Dicen que ya se salió de ese hotel y que ha juntado plata para poner una tienda. Dicen también que anda muy elegante, que parece todo un caballero.&lt;br /&gt;Yo lo decía que Dios había de proteger a mi hijo tan bueno, tan amante, tan sometido y respetuoso con su madre. Cuando lo puse a servir, el primer sueldo me lo trajo hasta el último centavo, y me dijo: "Aquí tiene, madre, para que se compre todas sus faltas" Después, cuando salía a verme, siempre me traía cualquier regalito. Decía también que yo ya no estaba para trabajar, que él me da-. ría para que descansara en mi vejez Ahora, tan arreglado, tan cuidadoso de su persona, tan sin vicios...&lt;br /&gt;Se interrumpe un instante, apoya la barba en su mano enflaquecida, suspira débilmente y, fijando sus ojos dilatados en el suelo, exclama con voz apagada, como hablándose a sí misma:&lt;br /&gt;-Y ahora ¡tan lejos de mí el pobre niño! ¿Quién me lo atenderá por allá?...&lt;br /&gt;-¿Y le ha escrito desde que se fue? ¿Le ha; mandado algún recuerdo?&lt;br /&gt;Al escuchar estas palabras, su rostro moreno y amarillento parece demudarse de súbito, cierra los ojos a medias y contesta con voz estrangulada, sonriendo pálidamente:&lt;br /&gt;-Sí... siempre me escribe... desde que se fue, ahí tengo las cartas... se las traeré para que las vea... Es tan atento... También me ha mandado algunos engañitos... Dice que no se viene, porque no quiere llegar pobre aquí-. Suspira con esfuerzo, fija los ojos turbios e inciertos en la abierta ventana, y continúa:&lt;br /&gt;-Y pensar que va para los tres años que anda por allá. ¡Esto es terrible para una, verse sola en la vejez sin tener a nadie que le cierre los ojos!- Guarda silencio un instante, fijando en mí su mirada triste y abatida y, en seguida, agrega con dolorosa sonrisa:&lt;br /&gt;-¡Ah! señor ¡qué crimen más grande es la pobreza, porque si yo hubiera tenido algo, José no se me habría ido con ese caballero, su pariente, que le vino a formar tan bonitos planes para llevárselo al norte! Y ese hombre tiene la culpa de que yo esté padeciendo ahora-, termina con voz fuerte, vibrante de cólera y desesperación.&lt;br /&gt;Trata de proseguir, pero la voz se le ahoga en la garganta; su boca se contrae convulsivamente; gruesas lágrimas asoman a sus ojos encendidos, y resbalan lentamente por sus mejillas rugosas, y, por fin, murmura con acento entrecortado por los sollozos&lt;br /&gt;-Y él allá., al fin del mundo y yo tendré que morirme aquí como un perro: ¡Porque esto me matará, esto me ha muerto, señor!&lt;br /&gt;Se lleva al pecho las manos como tratando de desembarazarse de algo que la ahogara, se da vuelta y se aleja rápidamente, tambaleándose, con el rostro contraído inclinado hacia la tierra y la trémula cabeza hundida en los hombros&lt;br /&gt;Pocos días después de esta escena, estoy sentado frente a mi escritorio, leyendo tranquilamente los diarios que acaba de traer el correo de la mañana. Por la abierta ventana penetran los rayos del sol de invierno; en el jardín que hay al frente se escucha el lento gotear de los árboles que sacuden el agua de la pasada lluvia, el grito estridente de las golondrinas, el confuso gorjeo de, los pájaros, saludando alegremente al buen tiempo.&lt;br /&gt;Grandes, espesas nubes blancas se divisan allá entre los árboles del camino real, destacándose inmóviles sobre el húmedo azul del cielo, y un hálito poderoso, embriagante de vida, cargado con el acre perfume de las yerbas silvestres y de la tierra mojada, llega hasta lo más hondo de mi pecho.&lt;br /&gt;Todo lo que me rodea parece nuevo, brillante, claro: los campos, las casas, los montes distantes, hasta la blanca torrecilla del Cementerio lugareño que contemplo, en lontananza, a través de los álamos negruzcos. Yo me siento también ágil, ligero y alegre, con el corazón henchido de no sé qué vaga, indefinible esperanza.&lt;br /&gt;De repente siento que la puerta de la habitación se abre suavemente: rápidas pisadas que yo conozco muy bien resuenan tras de mí, sobre la alfombra. Paulita está frente a mi trae debajo del brazo un pequeño envoltorio, sus labios se agitan como si desearan comunicarme luego algo importante.&lt;br /&gt;Con la luz fuerte y clara que penetra por la ventana, su rostro parece demacrado, pálido y enfermizo: sus grandes ojos negros circundados de profundas ojeras violáceas brillan intensamente, con los resplandores de la fiebre; pero su boca sonríe enigmática, maliciosa... Se inclina a mi oído y me dice misteriosamente:&lt;br /&gt;-Hoy me ha llegado carta de él. ¿sabe? Aquí la traigo para que la vea&lt;br /&gt;-¡Ah! José le ha escrito -le digo Me hace un repetido signo de afirmación con la cabeza, al mismo tiempo que busca nerviosamente algo en el pecho. Por fin, saca un pequeño papel todo arrugado y me lo pasa cuidadosamente, diciéndome:&lt;br /&gt;-Léamela, señor, para ver qué es lo que ha puesto ahí!&lt;br /&gt;Es una breve carta que principia con el consabido: "Espero que al recibo de ésta se encuentre gozando de una completa salud, yo quedo aquí, bueno, a sus órdenes. Esta es para decirle que ya muy luego me voy a embarcar. Espero sólo juntar algo para el pasaje porque hay que atravesar el mar.&lt;br /&gt;"También le diré que yo no me puedo hacer por aquí, porque no hay día que no me acuerde de usted y de todos. También quería decirle que el negocio mío es una cantina. Algo se gana, porque es mejor, trabajar, solo que no apatronado. Le mando esas cositas para que se abrigue este invierno y se acuerde de su pobre hijo. -José Morales".&lt;br /&gt;Mientras deletreo pausadamente en voz alta esta epístola, la anciana con la mano en la mejilla, las cejas fruncidas y una suave sonrisa en los labios, parece sumergida en un dulce y embriagador ensueño.&lt;br /&gt;De cuando en cuando, durante la lectura, exhala un suspiro entrecortado.&lt;br /&gt;Al terminar, le devuelvo su tesoro, diciéndole:&lt;br /&gt;-José es un buen muchacho, porque se acuerda de su madre, y no es ingrato.&lt;br /&gt;-Ingrato él -me contesta con una expresión de extravío en la mirada-, ¡cuando es el mejor, el más bueno de todos los hijos! Vea, mire lo que me manda-;y principia a desdoblar precipitadamente el paquete que traía bajo el brazo. Y allí sobre la mesa, veo extenderse un pañuelo de colores chillones, de los de rebozo, y un género" oscuro de lana, todo muy ordinario. Durante esta exhibición, ella me mira a cada instante con el aire inquieto sonriendo orgullosamente, como diciéndome: ¡Qué le parece!&lt;br /&gt;-Muy borato, muy bonito está todo, y la felicito porque, al fin, va a ver a su hijo.&lt;br /&gt;-Sí, ya va a llegar muy pronto -me contesta rápidamente, con los ojos ardientes, llenos de lágrimas.&lt;br /&gt;Por fin, se aleja con su habitual rapidez, haciéndome alegres signos con las manos, agitando triunfalmente, como un trofeo, su paquete.&lt;br /&gt;Dos días después tuve que hacer un viaje a Santiago, donde me llamaban diversos negocios urgentes.&lt;br /&gt;Regresé una tarde, y conversando con el anciano mayordomo Simón sobre las novedades ocurridas en el fundo durante mi ausencia, le pregunté:&lt;br /&gt;-Y ¿qué ha habido de nuevo por acá?&lt;br /&gt;-Lo único que hay de nuevo, señor -me contestó-, es que doña Paulita está en las últimas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Cómo! -le dije sorprendido- ¿y qué tiene?&lt;br /&gt;-Hacía tiempo que andaba enferma, sin querer decir nada. Usted sabe lo ágil y alentada que era: pues se lo pasaba días enteros sentada en el corredor mirando para el campo, y tan triste, sin hablar cosa.&lt;br /&gt;Ahora, enflaqueciendo de día en día que da una compasión, hasta que se quedó en los huesos. Yo creo también que en mucho entraba la malura de cabeza, porque todo se le volvía hablar de José, que le había escrito, que iba a llegar...Allá, a mi casa, iba siempre a mostrarme las cartas para que se las leyera y entonces sí que se ponía contenta.&lt;br /&gt;Hace como diez días cayó a la cama. Vino a verla el doctor, y dijo que era consunción*, vejez, y que no tenía para qué volver, porque la encontró sin remedio. Ayer traje al señor cura del pueblo para que le pusiese la extremaunción y la confesará. Está muy mala, señor; parece que no pasará de esta noche.&lt;br /&gt;-Vamos a verla -le digo, hondamente conmovido con la noticia.&lt;br /&gt;(*) consunción. Enflaquecimiento excesivo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al entrar a la habitación de la anciana, situada en la parte baja del edificio destinada a la servidumbre, vi a un individuo desconocido, de manta, que estaba sentado en el umbral de la puerta, quien, al verme y para dejarme paso, se puso de pie respetuosamente con el sombrero en la mano.&lt;br /&gt;En el interior de la humilde estancia, a pesar de ser de día aún, una vela, colocada frente a las imágenes, difundía su claridad triste y amarillenta; algunas mujeres, sirvientas de la casa, arrodilladas aquí y allá sobre la estera, rezaban en voz sorda y monótona. De cuando en cuando, un hondo suspiro ahogado interrumpía la fúnebre calma que reinaba en la habitación.&lt;br /&gt;Allá, en un rincón sepultado en la sombra, distinguí el lecho donde la anciana yacía. En su rostro terroso, profundamente demacrado, vagaba ya la fría majestad de la muerte. Sus ojos, entreabiertos, como velados por una bruma espesa, se fijaban allá, muy lejos, en lo alto; sus labios, fuertemente plegados, denunciaban el misterioso y terrible trabajo de destrucción que se operaba por instantes en su ser; sus manos delgadas y huesosas vagaban continuamente sobre la colcha, como tratando de coger a puñados algo invisible que por el aire vagara, y que se le escapaba siempre...&lt;br /&gt;-Paulita -le digo en voz baja- ¿me conoce?&lt;br /&gt;Al escuchar estas palabras su cabeza rueda lánguida sobre la almohada, volviendo el rostro hacia mí; sus ojos se agrandan bajo las cejas fruncidas, y sus labios se agitan trabajosamente, pareciendo murmurar algo en secreto.&lt;br /&gt;De pronto, su semblante se anima y dulcifica, un gesto de íntima satisfacción se dibuja en su boca contraída, y no sé qué luz interior parece iluminar su frente inmóvil. Destellos fugitivos y ardientes se reflejan rápidamente en el fondo de las obscuras pupilas, cual los últimos resplandores de una lámpara próxima a extinguirse. Su cuerpo se agita débilmente bajo las ropas, y, por fin, con una voz sorda¿ lejana, vacilante, entrecortada por el estertor de la agonía, murmura pausadamente, como en un sueño: .&lt;br /&gt;-José... Josecito... ¿estás ahí? ¿Has llegado al fin, hijo?... Acércate... pero... ¡Tan flaco, tan distinto! ¿Por qué te pierdes ahora? ¡Abrázame... así... Y tan elegante!... ¡Dios te bendiga!... ¿Pero ya te vas?... ¡No vuelves más!&lt;br /&gt;Después lanzó un grito ronco y profundo; hace una gran aspiración; exhala un leve suspiro, y se queda para siempre con los ojos entreabiertos y sin luz, fijos en el más allá tenebroso...&lt;br /&gt;Al ponerme de pie, veo a mi lado al individuo desconocido que estaba sentado a la puerta, cuando entrara. Es un anciano de cabellos grises, pobremente vestido. Con la cabeza inclinada contempla fijamente a la muerta. Y yo, para disimular mi emoción, murmuro entre dientes:&lt;br /&gt;-Pobre José ¡cuánto va a sentir esta desgracia! ¡Tanto que quería a su madre; tan buen hijo!&lt;br /&gt;El anciano, al escuchar estas palabras, hace un violento gesto de negación con la cabeza, y exclama con voz velada, sonriendo irónicamente:&lt;br /&gt;-José, buen hijo, señor, cuando es él quien tiene la culpa de lo que estamos viendo, de que mi pobre comadre...&lt;br /&gt;-¿Cómo?-le digo, mirándolo sorprendido...&lt;br /&gt;-Sí, señor -agrega-, porque desde que se fue al norte, ya no se acordó más que tenía madre; no le escribió nunca; y como han llegado las noticias de que por allá las está echando de caballero...&lt;br /&gt;-¿Y esas cartas que ella andaba mostrando a todos?&lt;br /&gt;-Se las escribía yo, señor, que soy su compadre; porque la pobre vieja me decía que no quería que nadie supiera nunca que su hijo era un ingrato.&lt;br /&gt;-¿Y los regalos?&lt;br /&gt;-Los compraba ella misma en el pueblo con sus ahorros, para venir a enseñarlos aquí en la casa. Yo creo que ella misma trataba de engañarse al fin, porque no tenía la cabeza buena de tanto sufrir... ¡Pobre doña Paulita, al fin ha dejado de padecer!-. Y al terminar, el anciano va lentamente a sentarse, allá en el umbral de la puerta, donde se queda en silencio, meditando al parecer, con la barba apoyada entre las manos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL PERRO DEL REGIMIENTO&lt;br /&gt;Daniel Riquelme&lt;br /&gt;EL CHIFLÓN DEL DIABLO&lt;br /&gt;Baldomero Lillo&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En una sala baja y estrecha, el capataz de turno sentado en su mesa de trabajo y teniendo delante de si un gran registro abierto, vigilaba la bajada de los obreros en aquella fría mañana de Invierno. Por el hueco de la puerta se vela el ascensor aguardando su carga humana que, una vez completa, desaparecía con él, callada y rápida, por la húmeda abertura del pique.&lt;br /&gt;Los mineros llegaban en pequeños grupos, y mientras descolgaban de los ganchos&lt;br /&gt;adheridos a las paredes sus lámparas, ya encendidas, el escribiente fijaba en ellos una ojeada penetrante, trazando con el lápiz una corta raya al margen de cada nombre. De pronto, dirigiéndose a dos trabajadores que iban presurosos hacia la puerta de salida los detuvo con un ademán, diciéndoles:&lt;br /&gt;-Quédense ustedes.&lt;br /&gt;Los obreros se volvieron sorprendidos y una vaga inquietud se puntó en sus pálidos rostros. El más joven, muchacho de veinte años escasos, pecoso, con una abundante cabellera rojiza, a la que debía el apodo de Cabeza de Cobre, con que todo el mundo lo designaba, era de baja estatura, fuerte y robusto. El otro más alto, un tanto flaco y huesudo, era ya viejo de aspecto endeble y achacoso.&lt;br /&gt;Ambos con la mano derecha sostenían la lámpara y con la izquierda su manojo de pequeños trozos de cordel en cuyas extremidades habla atados un botón o una cuenta de vidrio de distintas formas y colores; eran los tantos o señales que los barreteros sujetan dentro de las carretillas de carbón para indicar arriba su procedencia.&lt;br /&gt;La campana del reloj colgado en el muro dio pausadamente las seis. De cuando en cuando un minero jadeante se precipitaba por la puerta, descolgaba su lámpara y con la misma prisa abandonaba la habitación, lanzando al pasar junto a la mesa una tímida mirada al capataz, quien, sin despegar los labios, impasible y severo, señalaba con una cruz el nombre del rezagado.&lt;br /&gt;Después de algunos minutos de silenciosa espera, el empleado hizo una seña a los obreros para que se acercasen, y les dijo:&lt;br /&gt;-Son ustedes carreteros de la Alta, ¿no es así?&lt;br /&gt;-Si, señor -respondieron los interpelados.&lt;br /&gt;-Siento decirles que se quedan sin trabajo. Tengo orden de disminuir el personal de esa veta.&lt;br /&gt;Los obreros no contestaron y hubo por un instante un profundo silencio. Por fin el de más edad dijo:&lt;br /&gt;-¿Pero se nos ocupará en otra parte?&lt;br /&gt;El individuo cerró el libro con fuerza y echándose atrás en el asiento con tono serio contestó:&lt;br /&gt;-Lo veo difícil, tenemos gente de sobra en todas las faenas. El obrero insistió:&lt;br /&gt;-Aceptamos el trabajo que se nos dé, seremos torneros, apuntaladores, lo que Ud. quiera.&lt;br /&gt;El capataz movía la cabeza negativamente.&lt;br /&gt;-Ya lo he dicho, hay gente de sobre y si los pedidos de carbón no aumentan, habrá que disminuir también la explotación en algunas otras vetas.&lt;br /&gt;Una amarga e irónica sonrisa contrajo los labios del minero, y exclamó:&lt;br /&gt;-Sea usted franco, don Pedro, y díganos de una vez que quiere obligarnos a que vayamos a trabajar al chiflón del Diablo.&lt;br /&gt;El empleado se irguió en la silla y protestó indignado:&lt;br /&gt;-Aquí no se obliga a nadie. Así como Uds. son libres de rechazar el trabajo que no les agrade, la Compañía, por su parte, está en su derecho para tomar las' medidas que más convengan a sus intereses.&lt;br /&gt;Durante aquella filípica, los obreros con los ojos bajos escuchaban en silencio y al ver su humilde continente la voz del capataz se dulcificó.&lt;br /&gt;-Pero, aunque las órdenes que tengo son terminantes -agregó-, quiero ayudarles a salir del paso. Hay en el Chiflón Nuevo o del Diablo, como Uds. lo llaman, dos vacantes de barreteros, pueden ocuparlas ahora mismo, pues mañana seria tarde. Una mirada de inteligencia se cruzó entre los obreros. Conocían la táctica y sabían de antemano el resultado de aquella escaramuza: Por lo demás estaban ya resueltos a seguir su destino. No había medio de evadirse. Entre morir de hambre o morir aplastado  por un derrumbe, era preferible lo último tenia la ventaja de la rapidez. ¿Y dónde ir? El invierno, el implacable enemigo de los desamparados, como un acreedor que cae sobre los haberes del insolvente sin darle tregua ni esperas, había despojado a la naturaleza de todas sus galas. El rayo tibio del sol, el esmaltado verdor de los campos, las alboradas de rosa y oro, el manto azul de los cielos, todo había sido arrebatado por aquel shylock inexorable que, llevando en la diestra su inmensa talega, iba recogiendo en ella los tesoros de color y luz que encontraba al paso sobre la faz de la tierra.&lt;br /&gt;Las tormentas de viento y lluvia que convertían en torrentes los lánguidos arroyuelos, dejaban los campos desolados y yermos. Las tierras bajas eran inmensos pantanos de aguas cenagosas, y en las colinas y en las laderas de los montes, los árboles sin hojas ostentaban bajo el cielo eternamente opaco la desnudez de sus ramas y de sus troncos.&lt;br /&gt;En las chozas de los campesinos el hambre asomaba su pálida faz a través de los rostros de sus habitantes, quienes se veían obligados a llamar a las puertas de los talleres y de las fábricas en busca del pedazo de pan que les negaba el mustio suelo de las campiñas exhaustas.&lt;br /&gt;Había, pues, que someterse a llenar los huecos que el fatídico corredor abría constantemente en sus filas de inermes desamparados, en perpetua lucha contra las adversidades de la suerte, abandonados de todos, y contra quienes toda injusticia e iniquidad estaba permitida.&lt;br /&gt;El trato quedó hecho. Los obreros aceptaron sin poner objeciones el nuevo trabajo, y un momento después estaban en la jaula, cayendo a plomo en las profundidades de la mina.&lt;br /&gt;La galería del Chiflón del Diablo tenia una siniestra fama. Abierta para dar salida al mineral de un filón recién descubierto, se habían en un principio ejecutado los trabajos con el esmero requerido. Pero a medida que se ahondaba en la roca, ésta se tornaba porosa e inconsistente. Las filtraciones un tanto escasas al empezar habían ido en aumento, haciendo muy precaria la estabilidad de la techumbre que sólo se sostenía mediante sólidos revestimientos. Una vez terminada la obra, como la inmensa cantidad de maderas que había que emplear en los apuntalamientos aumentaba el costo del mineral de un modo considerable, se fue descuidando poco a poco esta parte esencialísima del trabajo. Se revestía siempre, si, pero con flojedad, economizando todo lo que se podía.&lt;br /&gt;Los resultados de este sistema no se dejaron esperar. Continuamente había que extraer de allí a un contuso, un herido y también a veces algún muerto aplastado por un brusco desprendimiento de aquel techo falto de apoyo, y que, minado traidoramente por el agua, era una amenaza constante para las vidas de los obreros, quienes atemorizados por la frecuencia de los hundimientos empezaron a rehuir las tareas en el mortífero corredor. Pero la Compañía venció muy luego su repugnancia con el cebo de unos cuantos centavos más en los salarios y la explotación de la nueva veta continuó. Muy luego, sin embargo, el alza de los jornales fue suprimida sin que por esto se paralizasen las faenas, bastando para obtener este resultado el método puesto en práctica por el capataz aquella mañana.&lt;br /&gt;Muchas veces, a pesar de los capitales invertidos en esa sección de la mina,&lt;br /&gt;Se había pensado en abandonarla, pues el agua estropeaba en breve los revestimientos que había que reforzar continuamente, y aunque esto se hacia en las partes sólo indispensables, el consumo de maderos resultaba siempre excesivo. Pero para desgracia de los mineros, la hulla extraída de allí era superior a la de los otros filones, y la carne del dócil y manso rebaño puesta en el platillo más leve, equilibraba la balanza, permitiéndole a la Compañía explotar sin interrupción el riquísimo venero, cuyos negros cristales guardaban a través de los siglos la irradiación de aquellos millones de soles que trazaron su ruta celeste, desde el oriente al ocaso, allá en la infancia del planeta.&lt;br /&gt;Cabeza de Cobre llegó esa noche a su habitación más tarde que de costumbre. Estaba grave, meditabundo, y contestaba con monosílabos las cariñosas preguntas que le hacia su madre sobre su trabajo del día. En ese hogar humilde había cierta decencia y limpieza por lo común desusadas en aquellos albergues donde en promiscuidad repugnante se confundían hombres, mujeres y niños y una variedad tal de animales que cada uno de aquellos cuartos sugería en el espíritu la bíblica visión del Arca de Noé.&lt;br /&gt;La madre del minero era una mujer alta, delgada, de cabellos blancos, su rostro muy pálido tenia una expresión resignada y dulce que hacia más suave aún el brillo de sus ojos húmedos, donde las lágrimas parecían estar siempre prontas a resbalar. Llamábase María de los Ángeles.&lt;br /&gt;Hija y madre de mineros, terribles desgracias la habían envejecido prematuramente. Su marido y dos hijos muertos unos tras otros por los hundimientos y las explosiones del grisú, fueron el tributo que los suyos habían pagado a la insaciable avidez de la mina. Sólo le restaba aquel muchacho por quien su corazón, joven aún, pasaba en continuo sobresalto. siempre temerosa de una desgracia, su imaginación no se apartaba un instante de las tinieblas del manto carbonífero que absorbía aquella existencia que era su único bien, el único lazo que la sujetaba a la vida.&lt;br /&gt;¡Cuántas veces en esos instantes de recogimiento había pensado, sin acertar a explicárselo, en el porqué de aquellas odiosas desigualdades humanas que condenaban a los pobres, al mayor número, a sudar sangre para sostener el fausto de la inútil   existencia de unos  pocos! ¡Y si tan sólo se pudiera vivir sin aquella perpetua zozobra por la suerte de los seres queridos, cuyas vidas eran el precio, tantas veces pagado, del pan de cada día!&lt;br /&gt;Pero aquellas cavilaciones eran pasajeras, y no pudiendo descifrar el enigma, la anciana ahuyentaba esos pensamientos y tornaba a sus quehaceres con su melancolía habitual.&lt;br /&gt;Mientras la madre daba la última mano a los preparativos de la cena, el muchacho sentado junto al fuego permanecía silencioso, abstraído en sus pensamientos.&lt;br /&gt;La anciana, inquieta por aquel mutismo, se preparaba a interrogarlo cuando la puerta giró sobre sus goznes y un rostro de mujer asomó por la abertura.&lt;br /&gt;-Buenas noches, vecina. ¿Cómo está el enfermo? -preguntó cariñosamente Maria de los Ángeles.&lt;br /&gt;-Lo mismo -contestó la interrogada, penetrando en la pieza-. El médico dice que el hueso de la pierna no ha soldado todavía y que debe estar en la cama sin moverse.&lt;br /&gt;La recién llegada era una joven de moreno semblante, demacrado por vigilias y privaciones. Tenia en la diestra una escudilla de hoja de lata y, mientras respondía, esforzábase por desviar la vista de la sopa que humeaba sobre la mesa.&lt;br /&gt;La anciana alargó el brazo y cogió el jarro y en tanto vaciaba en él el caliente liquido, continuó preguntando:&lt;br /&gt;-¿Y hablaste, hija, con los jefes? ¿Te han dado algún socorro? La joven murmuró con desaliento:&lt;br /&gt;-Si, estuve allí. Me dijeron que no tenia derecho a nada, que bastante hacían con darnos el cuarto; pero, que si él moría fuera a buscar una orden para que en despacho me entregaran cuatro velas y una mortaja.&lt;br /&gt;Y dando un suspiro agregó:&lt;br /&gt;-Espero en Dios que mi pobre Juan no los obligará a hacer ese gasto. Maria de los Ángeles añadió a la sopa un pedazo de pan y puso ambas dádivas en mano de la joven, quien se encaminó hacia la puerta, diciendo agradecida:&lt;br /&gt;-La Virgen se lo pagará, vecina.&lt;br /&gt;-Pobre Juana -dijo la madre, dirigiéndose hacia su hijo, que había arrimado su silla junto a la mesa-, pronto hará un mes que sacaron a su marido del pique con la pierna rota.&lt;br /&gt;-¡En qué se ocupaba?&lt;br /&gt;-Era barretero del Chiflón del Diablo.&lt;br /&gt;-¡Ah, si, dicen que los que trabajan ahí tienen la vida vendida!&lt;br /&gt;-No tanto, madre -dijo el obrero-, y ahora es distinto, se han hecho grandes trabajos de apuntalamientos. Hace más de una semana que no hay desgracias. &lt;br /&gt;-Será así como dices, pero yo no podría vivir si trabajaras allá; preferiría irme a mendigar por los campos. No quiero que te traigan un día como trajeron - a tu padre y a tus hermanos.&lt;br /&gt;Gruesas lágrimas se deslizaron por el pálido rostro de la anciana. El muchacho callaba y comía sin levantar la vista del plato. cabeza de Cobre se fue a la mañana siguiente a su trabajo sin comunicar a su madre el cambio de faena efectuado el día anterior. Tiempo se sobra habría siempre para darle aquella mala noticia. Con la despreocupación propia de la edad no daba grande importancia a los temores de la anciana. Fatalista, como todos sus camaradas, creía que era inútil tratar de sustraerse al destino que cada cual tenia de antemano designado.&lt;br /&gt;Cuando una hora después de la partida de su hijo Maria de los Ángeles abría la puerta, se quedó encantada de la radiante claridad que inundaba los campos.&lt;br /&gt;Hacia mucho tiempo que sus ojos no veían una mañana tan hermosa. Un nimbo de oro&lt;br /&gt;circundaba el disco del sol que se levantaba sobre el horizonte enviando a torrentes sus vividos rayos sobre la húmeda tierra, de la que se desprendían por todas partes azulados y blancos vapores. La luz del astro, suave como una caricia, derramaba un soplo de vida sobre la naturaleza muerta. Bandadas de aves cruzaban, allá lejos, el sereno azul, y un gallo de plumas tornasoladas desde lo alto de un montículo de arena lanzaba una alerta estridente cada vez que la sombra de un pájaro deslizábase junto a él.&lt;br /&gt;Algunos viejos, apoyándose en bastones y muletas, aparecieron bajo los sucios corredores, atraídos por el glorioso resplandor que iluminaba el paisaje. Caminaban despacio, estirando sus miembros entumecidos, ávidos de aquel tibio calor que fluía de lo alto.&lt;br /&gt;Eran los inválidos de la mina, los vencidos del trabajo. Muy pocos eran los que no estaban mutilados y que no carecían ya de un brazo o de una pierna. Sentados en un banco de madera que recibía de lleno los rayos del sol, sus pupilas fatigadas, hundidas en las órbitas teñían una extraña fijeza. Ni una palabra se cruzaba entre ellos, y de cuando en cuando tras una tos breve y cavernosa, sus labios cerrados se entreabrían para dar paso a un escupitajo negro como la tinta.&lt;br /&gt;Se acercaba la hora del mediodía y en los cuartos las mujeres atareadas preparaban las cestas de la merienda para los trabajadores, cuando el breve repique de la campana se alarma las hizo abandonar la faena y precipitarse despavoridas fuera de las habitaciones.&lt;br /&gt;En la mina el repique había cesado y nada hacia presagiar una catástrofe. Todo allí tenia el aspecto ordinario y la chimenea dejaba escapar sin interrupción su enorme penacho que se ensanchaba y crecía arrastrado por la brisa que lo empujaba hacia el mar.&lt;br /&gt;Maria de los Ángeles se ocupaba en colocar en la cesta destinada a su hijo la botella de café, cuando la sorprendió el toque de alarma y, soltando aquellos objetos, se abalanzó hacia la puerta frente a la cual pasaban a escape con las faldas levantadas, grupos de mujeres seguidas de cerca por turbas de chiquillos que corrían desesperadamente en pos de sus madres. La anciana siguió aquel . ejemplo: sus pies parecían tener alas, el aguijón del terror galvanizaba sus viejos músculos y todo su cuerpo se estremecía y vibraba como la cuerda del arco en su máximum de tensión.&lt;br /&gt;En breve se colocó en primera fila, y su blanca cabeza herida por los rayos del sol parecía atraer y precipitar tras de si la masa sombría del harapiento rebaño.&lt;br /&gt;Las habitaciones quedaron desiertas. Sus puertas y ventanas se abrían y se cerraban con estrépito impulsadas por el viento. Un perro atado en uno de los corredores, sentado en sus cuartos traseros, con la cabeza vuelta hacia arriba, dejaba oír un aullido lúgubre como respuesta al plañidero clamor que llegaba hasta él, apagado por la distancia.&lt;br /&gt;Sólo los viejos no habían abandonado su banco calentado por el sol, y mudos e inmóviles, seguían siempre en la misma actitud, con los turbios ojos fijos en un más allá invisible y ajenos a cuanto no fuera aquella férvida irradiación que infiltraba en sus yertos organismos un poco de aquella energía y de aquel tibio calor que hacia renacer la vida sobre los campos desiertos.&lt;br /&gt;Como los polluelos que, percibiendo de improviso el rápido descenso del gavilán, corren lanzando pitios desesperados a buscar un refugio bajo las plumas erizadas de la madre, aquellos grupos de mujeres con las cabelleras destrenzadas, que gimoteaban fustigadas por el terror, aparecieron en breve bajo los brazos descarnados de la cabria, empujándose y estrechándose sobre la húmeda plataforma. Las madres apretaban a sus pequeños hijos, envueltos en sucios harapos, contra el seno semidesnudo, y un clamor que no tenia nada de humano brotaba de las bocas entreabiertas contraídas por el dolor. Una recia barrera de maderos defendía por un lado la abertura del pozo, y en ella fue a estrellarse parte de la multitud. En el otro lado unos cuantos obreros con la mirada hosca, silenciosos y taciturnos, contenían las apretadas filas de aquella turba que ensordecía con sus gritos, pidiendo noticias de sus deudos, del número de muertos y del sitio de la catástrofe.&lt;br /&gt;En la puerta de los departamentos de las máquinas se presentó con la pipa entre los dientes uno de los ingenieros, un inglés corpulento, de patillas rojas, y con la indiferencia que da la costumbre, paseó una mirada sobre aquella escena.&lt;br /&gt;Una formidable imprecación lo saludó y centenares de voces aullaron:&lt;br /&gt;-¿Asesinos, asesinos!&lt;br /&gt;Las mujeres levantaban los brazos por encima de sus cabezas y mostraban los puños ebrias de furor. El que había provocado aquella explosión de odio lanzó al aire algunas bocanadas de humo y volviendo la espalda, desapareció la noticias que los obreros daban del accidente calmó un tanto aquella excitación. El suceso no tenia las proporciones de las catástrofes de otras veces: sólo había tres muertos de quienes se ignoraban aún los nombres. Por lo demás, y casi no había necesidad de decirlo, la desgracia, un derrumbe, había ocurrido en la galería del chiflón del Diablo, donde trabajaba ya hacia dos horas en extraer las victimas, esperándose de un momento a otro la señal de izar en el departamento de las máquinas.&lt;br /&gt;Aquel relato hizo nacer la esperanza en muchos corazones devorados por la inquietud. María de los Ángeles, apoyada en la barrera, sintió que la tenaza que mordía sus entrañas aflojaba sus férreos garfios. No era la suya esperanza si no certeza: de seguro él no estaba entre aquellos muertos. Y reconcentrada en si misma con ese feroz egoísmo de las madres oía casi con indiferencia los histéricos sollozos de las mujeres y sus ayes de desolación y angustia.&lt;br /&gt;Entretanto huían las horas, y bajo las arcadas de cal y ladrillo la máquina inmóvil dejaba reposar sus miembros de hierro en la penumbra de los vastos departamentos; los cables, como los tentáculos de un pulpo, surgían estremecíentes del pique hondisimo y enroscaban en la bobina sus flexibles y viscosos brazos; la maza humana apretada y compacta palpitaba y gemía como una res desangrada y moribunda, y arriba, por sobre la campiña inmensa, el sol, traspuesto ya el meridiano, continuaba lanzando los haces centelleantes de sus rayos tibios y una calma y serenidad celestes se desprendían del cóncavo espejo del cielo, azul y diáfano, que no empañaba una nube.&lt;br /&gt;De improviso el llanto de las mujeres cesó: un campanazo seguido de otros tres resonaron lentos y vibrantes: era la señal de izar. Un estremecimiento agitó la muchedumbre, que siguió con avidez las oscilaciones del cable que subía, en cuya extremidad estaba la terrible incógnita que todos ansiaban y temían descifrar.&lt;br /&gt;Un silencio lúgubre interrumpido  apenas  por uno que otro sollozo reinaba en la  plataforma, y el aullido lejano se esparcía en la llanura y volaba por los aires, hiriendo los corazones como un presagio de muerte.&lt;br /&gt;Algunos instantes pasaron, y de pronto la gran argolla de hierro que corona la jaula asomó por sobre el brocal. El ascensor se balanceó un momento y luego se detuvo por los ganchos del reborde superior.&lt;br /&gt;Dentro de él algunos obreros con las cabezas descubiertas rodeaban una carretilla negra de barro y polvo de carbón. un clamoreo inmenso saludó la aparición del fúnebre carro, la multitud se arremolinó y su loca desesperación dificultaba enormemente la extracción de los cadáveres. El primero que se presentó a las ávidas miradas de la turba estaba forrado en mantas y sólo dejaba ver los pies descalzos, rígidos y manchados de lodo. El segundo que siguió inmediatamente al anterior tenia la cabeza&lt;br /&gt;desnuda: era un viejo de barba y cabellos grises.&lt;br /&gt;El tercero y último apareció a su vez. Por entre los pliegues de la tela que lo envolvía asomaban algunos mechones de pelos  rojos que lanzaban a la luz del sol un reflejo de cobre recién fundido. Varias voces profirieron con espanto:&lt;br /&gt;-¡El cabeza de Cobre!&lt;br /&gt;El cadáver tomado por los hombros y por los pies fue colocado trabajosamente en la  camilla que lo aguardaba.&lt;br /&gt;María de  Los Ángeles al percibir aquel libido rostro y esa cabellera que parecía empapada en sangre, hizo un esfuerzo sobrehumano para abalanzarse sobre el muerto; pero apretada contra la barrera sólo pudo mover los brazos en tanto que un sonido inarticulado brotaba de su garganta.&lt;br /&gt;Luego sus músculos se aflojaron, los brazos cayeron a lo largo del cuerpo y permaneció inmóvil en el sitio como herida por el rayo.&lt;br /&gt;Los grupos se apartaron y muchos rostros se volvieron hacia la mujer, quien con la cabeza doblada sobre el pecho, sumida en una sensibilidad absoluta, parecía absorta en la contemplación del abismo abierto a sus pies.&lt;br /&gt;Un rayo de luz, pasando a través de la red de cables y de maderos, haría oblicuamente la húmeda pared del pozo. Atraídas por aquel punto blanco y brillante las pupilas de la anciana, espantosamente dilatadas, claváronse en el circulo luminoso, el cual lentamente y como si obedeciera a la inexorable, escrutadora mirada, fue ensanchándose y penetrando en la masa de roca como a través de un cristal diáfano y transparente.&lt;br /&gt;Aquella rendija, semejante al tubo de un colosal anteojo, puso a la vista de Maria de los Ángeles un mundo desconocido; un laberinto de corredores abiertos en la roca viva, sumergidos en tinieblas impenetrables y en las cuales el rayo del sol esparcía una claridad vaga y difusa.&lt;br /&gt;A veces el haz luminoso, cual una barrera de diamantes, agujereaba los techos de lóbregas galerías a las que se sucedían redes inextricables de pasadizos estrechos por los que apenas podría deslizarse una alimaña.&lt;br /&gt;De pronto las pupilas de las ancianas se animaron: tenia a la vista un largo corredor muy inclinado en el que tres hombres forcejeaban por colocar dentro de la vía una carretilla de mineral. Una lluvia copiosa caía desde la techumbre sobre sus torsos desnudos. María de los Ángeles reconoció a su hijo en uno de aquellos obreros en el instante en que se erguían violentamente y fijaban en el  techo una mirada de espanto: siguióse un chasquido seco y desapareció la visión.&lt;br /&gt;Cuando las tinieblas se disiparon, la anciana vio flotar sobre un montón de escombros una densa nube de polvo, al mismo tiempo que un llamado de infinita angustia, un grito de terrible agonía subió por el inmenso tubo acústico y murmuró junto a su oído:&lt;br /&gt;-Madre mía!&lt;br /&gt;Jamás se supo cómo salvó la barrera. Detenida por los cables niveles, se la vio por un instante agitar sus piernas descarnadas en el vacío, y luego, sin un grito, desaparecer en el abismo. Algunos segundos después, el ruido sordo, lejano, casi imperceptible, brotó de la hambrienta boca del pozo de la cual se escapaban bocanadas de tenues vapores: era el aliento del monstruo ahíto de sangre en el fondo de su cubil.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;AFUERINOS&lt;br /&gt;Luis Durand &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Suerte más perra! -rezongó Rosendo Parías, al echarse de nuevo el saco de "monos" al hombro-. Ijíi qu'estuviéramos apestaos. Hay que ver la gente bien desconsidera pá' ayudar al pobre. Y di hay, ¿qué hacimos? - interrogó, volviéndose hacia su compañero, que, sentado en la cuneta del camino, se amarraba despaciosamente una chala.&lt;br /&gt;-La aloja es la molestosa -repuso el otro con aire distraído, pasándose el revés de la mano por la nariz roja de frío.&lt;br /&gt;-Sí, pue, la alojá no más será -agregó de nuevo Farías, con irritado acento-. El hambre que nos maltrata serán florecitas en el ojal, ¿no es cierto?&lt;br /&gt;Miraba a su "cumpa", de soslayo, en una actitud que le era peculiar, muy abierto e inmóvil el ojo izquierdo, enturbiado por una nube. Era un hombre alto, cenceño,* con el rostro derrumbado por el cansancio y las penurias de una existencia aporreada. Unos pelos ralos le poblaban a retazos la cara y, junto a la nariz, como un torrente seco, una ancha cicatriz le cruzaba la piel.&lt;br /&gt;-¿Y qué sacái** con ajisarte? No vamos a componer el apero por andar chillando, como rueda sin aceite. O vos eréis que yo no llevo hambre... Tengo también las tripas que ya me hablan.&lt;br /&gt;Sonreía entreabriendo los labios gruesos y sensuales, mostrando unos dientes blancos y enteros, capaces de devorar a un buey. A guisa de chalina, se abrigaba el cuello con un ponchito desflocado. Y sobre la frente despejada se le iba un mechón de pelos negros como sus ojos, alegres y brillantes. Álvaro Pérez estaba hecho, sin duda, de otra pasta harto distinta de la de su malhumorado compañero de correrías.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;* cenceño. Delgado o enjuto.&lt;br /&gt;**Esta conjugación de la segunda persona singular de presente del indicativo -típica del habla rural es la misma que después popularizaría el lenguaje juvenil: estái. creís. pensái, etc.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Echaron a andar de nuevo por el reborde alto del camino, sorteando el barrizal que en los bajos se convertía en lagunas espesas, de color chocolate. Un crepúsculo húmedo, de luz mermada prematuramente, daba triste entonación al canto o silbido de los pájaros cuando pasaban volando bajo unas nubes negras y amenazadoras.&lt;br /&gt;En la distancia, clareó fugazmente el horizonte, tiñendo de rosa y amarillo algunas nubes. Pero aquello fue sólo como la insinuación de una sonrisa, pues muy pronto la luz se veló de nuevo y las sombras se apretaron, desdibujando el contorno de los árboles, de los ranchos próximos al camino y los de algunos vacunos que, de rato en rato, bramaban desolados en el fondo de los potreros.&lt;br /&gt;-Va a llover qu'es vicio -exclamó Pérez. Y la del diantre que por aquí ni autos pasan pa que nos acarreen a un hotel, a onde podamos servirnos una güeña cazuela di ave y unas varas de longaniza, con su medio cántaro de mosto, pa calentar las tripas. Después nos iríamos a dormir en un colchón bien alto y el riñón abrigao, con una de esas frazadas capaces de hacer sudar a un riel. Si la plata hay que gastarla, huacho.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Eja! Dale güira* no más a la lengua. L'hambre te está haciendo difariar. Yo no sé qué objeto tendrá eso de andar hablando vanidades. Más es la pica que baja.&lt;br /&gt;-¡Las cosas tuyas! Pa divertirlos, pues ho.** Pior es ponerse tragedioso. Contimás*** que uno se marea, queda en los mismos pelos. Si la vida del pobre es así... Y como no habimos conoció otra.&lt;br /&gt;-Muy verdá es -convino Rosendo-, pero no por eso nos hemos de conformar. Date vos cuenta que los animales, con ser brutos, viven mejor que nosotros. No pasan necesidades y tienen su güen gualpón a onde duermen bien reparaos. Lo que el pobre no merece muchas veces ni un pedazo de rancho pa favorecerse de la lluvia.&lt;br /&gt;-Razones son ésas. Pero el hombre no saca na con lamentarse si no hace empeño a buscarse un acomodo. A naide le cae ja breva pela y en la boca. Es preciso considerar una cosa tamién, y es que a nosotros los gusta tantísimo la tomaúra. Somos más sufrios p'al litro que p'al arao. Y es qu'es tan bonitazo andar por el camino sin que naide lo gobierne a uno. Dándole gusto al cuerpo no más. Y toparse por ey con los pobres gallos afirmándolas día a día, a la siga de los güe-yes.&lt;br /&gt;Rosendo Farías masculló algunas palabras que Pérez no se preocupó de averiguar. Silbaba ahora una vieja tonada, la única que sabía, y que jamás dejaba de recordar cuando lo roía alguna preocupación.&lt;br /&gt;El Negro Pérez era de carácter risueño y francote; detrás del cual ocultaba todo cuanto lo podía hacer desmerecer ante el propio concepto de su hombría. En ese momento iba meditando en la razón de haberse apareado con Farías, que con su cara de vinagre y su voz chillona, no caía bien en ninguna parte.&lt;br /&gt;El día antes, sin ir más lejos en sus recuerdos, pasaron a pedir trabajo en un fundo cuyas casas se divisaban desde el camino.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;* güira. Aquí equivale a darle soga, lienza (como al trompo).&lt;br /&gt;* * También este "ho", por hombre, ha sido incorporado al lenguaje juvenil: "cuéntate otra, ho...".&lt;br /&gt;*** contímás. Cuanto más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los atendió el propio dueño, un hombre de aspecto bonachón, que los miraba con unos grandes ojos pardos, mansos y tranquilos. Después de oír la petición que le formularon, les contestó afablemente:&lt;br /&gt;-Trabajo tengo, y al buen peón aquí no le va 'nial. Si quieren quedarse, pasen a la cocina a comer y ahí hablan con el mayordomo cuando llegue la gente a entregar el apero.&lt;br /&gt;El Tuerto Farías se lo quedó mirando con su actitud característica: el ojo turbio muy abierto e inmóvil y el otro de soslayo. Con chillona voz de tiuque en día de lluvia, preguntó:&lt;br /&gt;-¿Cuánto pagan aquí? Y cuando el hacendado se lo dijo, Farías desdeñosamente replicó:&lt;br /&gt;-¡Chis!, por esa plata yo no le trabajo a naide. Pa eso, mejor estoy sentado en mi casa.&lt;br /&gt;El dueño se encogió de hombros, sin pizca de malicia. Afirmándose el fiador del sombrero y levantando las riendas del caballo que lo esperaba, les dijo a manera de despedida:&lt;br /&gt;-¡Que les vaya bien!&lt;br /&gt;Al Negro Pérez, no obstante el disgusto que aquella salida de tono le causara, le dio una loca tentación de reírse a gritos. Y, ya en el camino, le dijo:&lt;br /&gt;-Güeno, pue ho, ¡ahora nos iremos a sentara tu casa!&lt;br /&gt;Y ante la furiosa mirada de Farías, Alvaro Pérez había dejado escapar el atropellado tumulto de carcajadas que le estaba haciendo cosquillas en la garganta. Esa noche durmieron al abrigo precario de un muelle de paja que encontraron al paso. Muy trillado por los animales y ya pasado por el agua de las lluvias, aquella alojada fue harto penosa. Apenas clarearon las primeras luces, Pérez se enderezó entumecido, exclamando:&lt;br /&gt;-Oye, ta güeno que le mandís a componer el techo a tu casa. Tengo la cara como cartón con la garuga* de anoche. Güeno, pues, hombre, llama luego a la empliá pa que nos traiga desayuno. A mí me gusta el caldo por la mañana.&lt;br /&gt;Mediante algunos escasos centavos que les quedaban comieron pan con ají en un chinchel** del camino. Rosendo caminaba silencioso y huraño, rumiando su mal humor. El Negro, indiferente, como si no lo afligiese ninguna preocupación. Sin embargo, iba decidido a aprovechar la primera oportunidad que se le ofreciera para separarse de su in-confortable amigo.&lt;br /&gt;Bajo un cielo nuboso, la noche se había extendido por el campo. En los charcos se oía el metálico croar de los sapos, mientras&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;* garuga. (De garúa,) "Provincialismo penjano y chileno" por llovizna, que en el campo se hizo "garuga" (Diccionario de chilenismos de Zorobabel Rodríguez, 1875).&lt;br /&gt;** chinchel. Cantina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;los perros,; desde los ranchos distantes, comenzaban a bravuconearle a la oscuridad, engendradora dé fantasmas. El viento húmedo les mojaba las espaldas, hormigueando en la carne, con helada insistencia.&lt;br /&gt;La mezquina luz de una fogata interior les mostró en un recodo una vivienda. Y de común acuerdo se acercaron a ella para hablarles a sus moradores. El Tuerto Farías, •con la voz más melosa que pudo sacar, exclamó:&lt;br /&gt;-Buenas noches toa la gente; ¿Podríamos hablar con el dueño de casa?&lt;br /&gt;Por la ventana que daba al callejón, asomó el rostro de una mujer desgreñada y flaca, con una criatura en los brazos. Sus ojos curiosos trataron de perforar la oscuridad para ver a los que llegaban. Recelosa, inquirió:&lt;br /&gt;-¿Quiénes son ustedes?&lt;br /&gt;-Gente honra, señora. Por favor, dígalos si podríamos hablar con su marido.&lt;br /&gt;-Tá durmiendo el dueño de casa. ¿Que lo conocen ustedes?&lt;br /&gt;-No, pero como somos forasteros de pu aquí y como no teñimos conocencias, quisiéramos pedirle una ayudita. Andamos con harte necesidá y no teñimos ni a onde alojar.&lt;br /&gt;El gruñido irritado de un quiltro se oyó en ese momento, junto con la voz de un chiquillo que habló medrosamente.&lt;br /&gt;-¡Taitita! Despiértese, taitita. Fastidiada; la mujer lo hizo callar.&lt;br /&gt;-Cállate vos, chiquillo intruso -y dirigiéndose a los hombres; les habló en seguida con voz desabrida y quejumbrosa, en la que no obstante se advertía cierta compasión por ellos-: Oigan. No sacan na con hablar con Filidor, porque no teñimos ni una na con qué poderlos favorecer. Es mejor que sigan hasta La Rinconada. Allí pueden encontrar algún acomodo, aunque sea pa dormir. A la vuelta del ,cerro está la casa de on Jesús Chandía, qu'es hombre rico y muy güen cristiano pa tratar al pobre. Hasta trabajo les puede dar, porque endenantes no más le oí decir a mi marido que al jutre le estaba haciendo falta galla pa la siembra. Por ahí van bien, porque lo qu'es p'al pueblo, es casi toa gente pobre la que vive. Contimas que no hay casa a onde no tengan enfermos. Ha cargado mucho una epidemia que la mientan gripe. Es como cotipao con calentura. Y el pobrerío es el que más padece. Va duro el año este...&lt;br /&gt;A la mujer se le había desatado la lengua, y llevaba intenciones de seguir adelante con su chachará, cuando el Negro Pérez se la cortó de pronto, diciéndole:&lt;br /&gt;-Muchas gracias, señora. Que pase güeñas noches con toa la compaña.&lt;br /&gt;Rosendo Parías, que escuchaba con gran interés la conversación, pues era muy aficionado a ésta clase de tertulias, pegó un respingo de caballo rabioso, se tocó el ala del sombrero y con aire grave aprobó las últimas palabras de la mujer:&lt;br /&gt;-Malo va el año. Muy verdá, señora A poco andar encontraron el cerro de que les habló la mujer. En la oscuridad era como un enorme monstruo informe que, recostado junto al camino, acechaba a los viajeros. Descendieron hasta un bajo abrigado por unas pataguas y luego subieron hacia el alto, en donde el viento vino de nuevo a clavarles sus heladas agujas. Arriba, las nubes se habían desgarrado para mostrar un cielo lívido, de difusa claridad lunar. Caminaban ahora junto a una tapia, por encima de la cual algunos árboles extendían sus ramas hacia el camino. En el interior, oíase el ronco vozarrón de un perro que ladraba a intermitencias.&lt;br /&gt;Al final de la tapia se alzaba un largo edificio de construcción ligera y en seguida una casa de adobes, en cuyas ventanas, a través de los postigos cerrados, se filtraba la luz del interior. El Negro Pérez se acercó a poner el oído junto al postigo y después de escuchar un momento exclamó en voz baja, atrayendo por una manga a su compañero:&lt;br /&gt;-Oye, gallo. ¡Tan cucharíando en lo mejor! Aquí sí que nos puede ir bien. Vos sabís que guatita llena corazón contento. Cómo van a ser tan piratas que se nieguen a favorecerlos con algo.&lt;br /&gt;-¡Mi maire! Se me está haciendo agua la boca. Me recondenara si no son porotos con chicharrones los que están comiendo.&lt;br /&gt;Tras de una prudente espera, golpearon discretamente. Oyóse adentro el ruido de una silla que se aparta y luego unos pasos enérgicos hacia la puerta. En seguida la pregunta de rigor, formulada con voz recia :&lt;br /&gt;-¿Quién llama?&lt;br /&gt;Esta vez fue el Negro Pérez quien se apresuró a contestar, dando a su acento la mayor amabilidad que pudo:&lt;br /&gt;-Somos nosotros, patrón Chandía, que querimos hablar unas palabras con su mercé.&lt;br /&gt;Crujió una tranca y rechinó una llave antes de que se abriera la puerta. En el vano de ella apareció la voluminosa figura de Jesús Chandía, con un sombrero alón metido hasta las orejas y envuelto en un poncho largo, color vicuña. Sus cejas canosas y erizadas se arquearon, tratando de identificar a los recién llegados. Después su vozarrón inquirió&lt;br /&gt;-¿Qué se les ofrece?&lt;br /&gt;-Andamos buscando liga a onde ponerle el hombro, patrón Chandía, y como sabimos que su mercé está necesitando güeña galla, venimos a ofertarlos con mi compañero. En , el trabajo somos rotos harto sufrios y empeñosos.&lt;br /&gt;Jesús Chandía irguió su alta figura, dejando escapar un ¡ejem!, tan sonoro y vigoroso, que pareció quedarle vibrando en el pecho. Después de sonarse estrepitosamente con un gran pañuelo floreado, les dijo con voz de severa reconvención:&lt;br /&gt;-Pero éstas no son horas de venir a molestar a una casa. El buen peón llega a la luz del día a pedir trabajo y no anda ocultándose en las sombras de la noche. Para mí que ustedes son rotos mañosones.*&lt;br /&gt;iba a contestar el Tuerto Parías, pero el Negro lo atajó, diciendo alegremente&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;* mañoso. Que tiene costumbres inadecuadas para la convivencia (Diccionario del había chilena).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-La punta que es bien verdá lo que nos dijeron de que usté era muy divertío, patrón.&lt;br /&gt;¡Qué vamos a ser rotos mañosos! Pregunte usté en "Santa Teresa", en "El Peumo", o aquí más cerca, en "Las Rosas", y le dirán quiénes somos nosotros. Aguaite, su mercé, estos tremendos callos. Lo que hay es que se nos hizo tarde, porque los caminos están muy barrosos y pesaos y andamos necesitaos de echarle algo por debajo del bigote.&lt;br /&gt;Jesús Chandía apoyó la mano sobre la puerta, en la actitud de cerrarla, diciéndoles:&lt;br /&gt;-De noche no entro en tratos con nadie. Si quieren trabajo, vuelvan mañana, que será otro cuento.&lt;br /&gt;-Conformes, patrón, pero hágase cargo que andamos entumios y con hambre. Lo que su mercé disponga se lo agradeceremos.&lt;br /&gt;Sin contestarles, Chandía dio un grito hacia el interior de la casa.&lt;br /&gt;-jErmelinda! Ve si hay comida en la cocina y tráete dos raciones. También un pan grande. ¿Andan trayendo en qué recibir comida ustedes?&lt;br /&gt;-Sí, patrón. Aguárdese un momentito. Apresurados buscaron entre las pilchas de su saco un jarro de latón grueso, que alargaron a Chandía. A tiempo de recibirlo, éste volvió a gritar:&lt;br /&gt;-¡Que venga caliente esa comida!&lt;br /&gt;Al poco rato apareció Ermelinda, una moza de carrillos encendidos, ojos vivos y una naricita respingada que le agraciaba. Traía una fuente llena de porotos que despedían un vaho cálido y apetitoso. Los vació en el jarro de aquellos huéspedes no convidados !y se los pasó junto con un gran pan. Pérez le dijo:&lt;br /&gt;-En su nombre nos vamos a servir esta comidita. ¡Qué rica ha de estar! Se ve que la hizo usté, prenda.&lt;br /&gt;Chandía en ese momento exclamó desde el medió del pasadizo:&lt;br /&gt;-¡Cierra bien la puerta, mujer!&lt;br /&gt;-Muchas   gracias, patrón Chandía. ¡Hasta mañana!&lt;br /&gt;Otra vez las tinieblas del camino. Mas ahora llevaban adentro una loca alegría que era como un rayo de sol.&lt;br /&gt;Rosendo Parías, enternecido, dijo con trémula voz.&lt;br /&gt;-Seco el viejo, pero harto güen cristiano, no se puede negar. Toy dispuesto a trabajarle una güeña tira de días. Tamos necesitando unos cobres pa comprar tantísimas faltas. Ni pa los vicios habimos tenido estos días. Yo, cuando no pito, te diré que me pongo bien lile. Oye, vamos pa bajo a merendar, porque allí hay muy güen reparo.&lt;br /&gt;-Esa es la letra. Los juimos dijo la venida. Ahí estaremos bien y después nos serviremos una güeña cacha e mosto blanco, de ese que pasa por debajo del puente.&lt;br /&gt;Comieron amistosa y fraternalmente, conversando de las incidencias de su cotidiano deambular. El estero gorgoriteaba* leve a pocos pasos de ellos. Arriba el cielo se había limpiado, dejando ver algunas estrellas.&lt;br /&gt;-Parece que quiere componerse el tiempo -opinó el Negro Pérez, echando una rápida mirada hacia el cielo, en el momento de levantarse para ir a lavar su cuchara-. Oye, voy a ver cómo anda la cosa por aquí pa que arreglemos el dormitorio.&lt;br /&gt;Crujieron las ramas del pequeño monte en donde se metió. Después gritó:&lt;br /&gt;-No sirve esto, gallo. Tá muy húmedo. Se nos puede echar a perder el colchón aquí. Vamos a tener que seguir taloneando pa La Rinconada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-De allá somos, pues -le contestó Parías, con el ánimo muy levantado.&lt;br /&gt;-¡Áh, chitas que te hicieron bien los porotos ho! Yo creo que ahora serías bien capacito de dormir parado debajo de un árbol.&lt;br /&gt;-Voltario que me hallo...&lt;br /&gt;Pero, al pasar junto al galpón de Chandía, oyeron el recio estornudo de un animal y, acercándose más, el poderoso crujir de sus dientes triturando el pasto.&lt;br /&gt;De pronto el Negro dio un brinco de júbilo.&lt;br /&gt;-¡Oye, oye! Aquí hay una ventana, y si no tiene barrotes, estamos al otro lao. Atrácate, con eso me encumbras.&lt;br /&gt;De pie encima de los hombros de Parías, el Negro alcanzó la ventana. Un juramento se escapó de sus labios al comprobar que la defendían gruesas barras de hierro.&lt;br /&gt;-Abájate luego, ho, si éstamo pa nunca -rezongó Rosendo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;* gorgotear. Producir ruido un liquido o un gas al moverse en el interior de una cavidad. Borbotear o borbotar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Chiíist! Aguántate un ratito, gallo, mira que una barra está jugando. Conque la saco, pasamos pa entro como un aceite.&lt;br /&gt;Afortunadamente, la vigueta que sujetaba los hierros estaba ya podrida y fue cediendo poco a poco hacia desastillarse. Pérez apartó el barrote y metió los brazos hacia adentro. La lisa y tibia suavidad de la paja le acarició las manos. Afirmándose en el marco, se alzó de un envión* y, una vez adentro, se volvió para asomarse hacia la calle a decirle con voz gozosa a su compañero:&lt;br /&gt;-Pase no más ailante, on Parías. Mire que la noche está muy heladaza y se puede cotipar.&lt;br /&gt;Una alegre risotada fue la respuesta. Parías le pasó los sacos con los "monos" y Pérez a tiempo de recibirlos le advirtió:&lt;br /&gt;-Oiga, on Parías, no vaiga a dejar la sobrecama abajo. Es preciso cuidar las prendas ahora, porque están los tiempos muy estériles.&lt;br /&gt;Alargándole la correa de la cintura, ayudó a Parías en la subida. Adentro había una atmósfera tibia que olía a estiércol fresco y a pasto seco. En el recinto contiguo oíase a los animales que seguían devorando su ración&lt;br /&gt;Enterrados en la paja, conversaron un rato. Al Negro se le ocurrió preguntar&lt;br /&gt;-Oye, gallo, y vos cuánto tiempo hace que te dedicai a los viajes.&lt;br /&gt;-¡Bututui! Montón de tiempo, pues, no Pa no mentirte, te diré que yo ey sío siempre muy trajinante. Me entra un tremendo aburrimiento cuando estoy mucho tiempo en una parte. Y entonces me las emplumo a la sin rumbeque... Pero el hombre andante padere mucho también.&lt;br /&gt;-Se padece. A mí a veces me tira a que darme por ey, arranchao. Y buscarme una mujer que me haga la merienda y me costuree. Así se anda como jergel de tirillento.&lt;br /&gt;-Es cierto. Pero la mujer es muy lleva de sus ideas y muy amiga de gobernar al hombre como chiquillo mediano Y en tocan te a esa cuestión yo soy muy ríspero.* El hombre, cuando la mujer quiere pagarse de su capricho, debe ser muy tieso de mechas Si no, tá perdió. ¿No te parece? &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;* envión. Empujón. &lt;br /&gt;** ríspero. (Rispido.) Áspero, violento, intratable&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En las lindes del sueño, Pérez murmuro algunas palabras que no se entendían. En seguida se oyó su ronquido acompasado. Rosendo Parías era de sueño tardío y se quedó oyendo el susurrar del viento y los chillidos de las ratas, que se festejaban con algún pedazo de sebo en el cuarto de los aperos. No supo cuándo se durmió con un sueño sobresaltado. A ratos volvía a oír las palabras entrecortadas del Negro Pérez, que en un trabajoso diálogo contestaba a algún misterioso personaje que visitaba su sueño.&lt;br /&gt;Y, en efecto, Pérez soñaba con una puebla que lo tenía obsesionado allá en la hacienda de "Las Mercedes", en Talagante. Estaba situada en una pequeña vega, junto a un camino interior. En el fondo, entre maquis, culenes y chilcos, pasaba el estero, con el que se regaba esa tierrecita negra y mullida, muy a propósito para sembrar hortalizas y legumbres. En ese fundo, él había hecho mérito largo tiempo, hasta captarse la simpatía del administrador. Y mientras maduraban sus proyectos le echaba el ojo a la Rosa Amelia, la hija de on Paredes, un mediero ricachón. Pero cuando le manifestó sus aspiraciones al administrador, éste le cortó el aliento de raíz con una rotunda negativa. Aquella puebla estaba en poder de un antiguo sirviente, muy apreciado por el patrón. Pensar en quitársela era como hacerle una raya a la luna. Y más él que era un afuerino. Era imposible.&lt;br /&gt;Y esa noche soñaba que había vuelto a "Las Mercedes". Estaba de ayudante de capataz y caminaba por una larga alameda, en donde silbaban los zorzales, montado en un alazán cariblanco que tenía una rienda de primera. Se dirigía hacia la puebla de la vega que por fin había conseguido para él y la -Rosa Amelia, su mujer. ¡Qué lindo estaba todo! Unos cardos azules junto a las trancas, y más adentro, varas de amapolas florecidas. Primavera de luz transparente y cálida. Un chancho overo, amarillo y negro, dormía en el patio, haciendo un ¡hoho! deleitoso. Y en el fondo de la huerta las flores amarillas de los zapallos, cuyas guías se encaramaban por las ramas secas.&lt;br /&gt;Subiendo el repecho venía una vaca clávela bramando, con su ternero que la cabeceaba hambriento. Y tras ella, Rosa Amelia, con la correa de manear y las mejillas rojas como las amapolas que el vientecillo jovial y travieso agitaba suavemente.&lt;br /&gt;Alvaro Pérez sintió la noche de un suspiro. Aquellos porotos calientes y sabrosos, y esa paja en la que se dormía tan abrigado, eran como para soñar sueños de dicha. Sintió una furia atroz cuando el frío de la mañana vino a despertarlo.&lt;br /&gt;-¡Caracho, quién pudiera quedarse dormido pa siempre cuando sueña cosas tan relindas!&lt;br /&gt;Se enderezó fastidiado. En la penumbra del amanecer se oía el ruinar del campo que despertaba. Gallos que cantaban, perros ladrando, relinchos de potrillos, y más cerca el chismorreo jubiloso e indiscreto de las aves de! corral. Y a ratos un silencio profundo que hacía grave el rumor del viento, cuyos dedos entumecidos no eran capaces ni de insinuar melodías.&lt;br /&gt;Después de dormir en ella, al Negro Pérez lo afiebraba la paja. Bajó apenas despertó, para darse cuenta del panorama que lo rodeaba. Al otro lado había una yunta de bueyes, un caballo y dos vacas. Una de ellas era una clávela de narices rosadas y húmedas, que lo miraba con una dulce y asombrada viscosidad. En el cobertizo del frente dos terneros trataban vanamente de escaparse por la puerta del chiquero que resistía tercamente sus atropelladas.&lt;br /&gt;Una alegre idea vino a acariciarlo. Un desayuno con leche sería estupendo. Y él era "'harto baqueano* para ordeñar. Sin pensarlo mas sacó al ternero clavel, laceado con su correa de la cintura, y lo llevó donde su madre que lo recibió bramando bajito, con temblorosa ternura. Sin alzar mucho la voz llamó:&lt;br /&gt;-Rosendo. ¡Despiértate, hombre! Pásame el jarro pa lechar esta vaquita que nos mandó p'al desayuno on Chandía. No se puede negar qu'es harto atento el jutre.&lt;br /&gt;Aún medio dormido, bajó Rosendo con el tiesto. Y muy pronto un grueso chorro comenzó a sonar dentro de él. Era leche tibia y substanciosa, alimento de primer orden que sus paladares no saboreaban con frecuencia Rosendo se sirvió un trago largo y se volvió a repetir. Después tomó lentamente Pérez, gozándola con visible deleite. En seguida ofreció de nuevo a Rosendo, pero éste muy cumplido rehusó:&lt;br /&gt;-Ya no soy capí pa más. Te lo agradezco. Y sería güeno que juerai abreviando, no sea cosa que se levante el jutre y nos eche una elevada.&lt;br /&gt;Pérez le contestó:&lt;br /&gt;-Fíjate, hombre, lo que es la vía. Anoche dormí soñando que estaba allá en "Las Mercedes", viviendo en la puebla de on Quiñones. Y la Rosa Amelia era mi mujer. Teníamos chancho, vaca y cuanto hay. Me está bajando pensión de recordar too eso, te diré. Ganas de envelármelas pa allá. ¿Qué decís vos?&lt;br /&gt;Era un hombre serio Pérez, y fue de nuevo a encerrar el ternero. En seguida subieron al pajar y se descolgaron hacia la calle por la ventana. En ese momento el sol, como un rubí gigantesco del cual se desprendían llamas enrojecidas, se encumbró por encima de un cerro. Y la luz, con su aliento vivificante, animó e inundó de alegría todo, lo que se extendía por el campo.&lt;br /&gt;Rosendo Farías exclamó:&lt;br /&gt;-¡Lindo día, hombre!&lt;br /&gt;-¡Lindo!&lt;br /&gt;Y fue entonces el Negro Pérez quien propuso:&lt;br /&gt;-¿Qué te parece que volvamos otro día a trabajarle a on Chandía?&lt;br /&gt;Rosendo, con aire de fatiga y displicencia, repuso:&lt;br /&gt;-Muy justo. Alguna vez el pobre tamién ha de darse gusto en algo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;baqueano. Práctico, experto; el que conoce bien un trabajo (o un camino).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los inválidos&lt;br /&gt;Baldomero Lillo&lt;br /&gt;De Sub terra&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La extracción de un caballo en la mina, acontecimiento no muy frecuente, había agrupado alrededor del pique a los obreros que volcaban las carretillas en la cancha y a los encargados de retornar las vacías y colocarlas en las jaulas&lt;br /&gt;Todos eran viejos, inútiles para los trabajos del interior de la mina, y aquel caballo que después de diez años de arrastrar allá abajo los trenes de mineral era devuelto a la claridad del sol, inspirábales la honda simpatía que se experimenta por un viejo y leal amigo con el que han compartido las fatigas de una penosa jornada. &lt;br /&gt;A muchos les traía aquella bestia el recuerdo de mejores días, cuando en la estrecha cantera con brazos entonces vigoroso hundían de un solo golpe en el escondido filón el diente acerado de la piqueta del barretero. Todos conocían a Diamante, el generoso bruto, que dócil e infatigable trotaba con su tren de vagonetas, desde la mañana hasta la noche, en las sinuosas galerías de arrastre. Y cuando la fatiga abrumadora de aquella faena sobrehumana paralizaba el impulso de sus brazos, la vista del caballo que pasaba blanco de espuma les infundía nuevos alientos para proseguir esa tarea de hormigas perforadoras con tesón inquebrantable de la ola que desmenuza grana por grano la roca inconmovible que desafía sus furores. &lt;br /&gt;Todos estaban silenciosos la aparición del caballo, inutilizado por incurable cojera para cualquier trabajo dentro o fuera de la mina y cuya última etapa sería el estéril llano donde sólo se percibían a trechos escuetos matorrales cubiertos de polvo, sin que una brizna de yerba, ni un árbol interrumpiera el gris uniforme y monótono del paisaje. &lt;br /&gt;Nada más tétrico que esa desolada llanura, reseca y polvorienta, sembrada de pequeños montículos de arena tan gruesa y pesada que los vientos arrastraban difícilmente a través del suelo desnudo, ávido de humedad. &lt;br /&gt;En una pequeña elevación del terreno alzábanse la cabría, las chimeneas y los ahumados galpones de la mina. El caserío de los mineros estaba situado a la derecha en una pequeña hondonada. Sobre él una densa masa de humo negro flotaba pesadamente en el aire enrarecido, haciendo más sombrío el aspecto de aquel paraje inhospitalario. &lt;br /&gt;Un calor sofocante salía de la tierra calcinada, y el polvo de carbón sutil e impalpable adheríase a los rostros sudorosos de los obreros que apoyados en sus carretillas saboreaban en silencio el breve descanso que aquella maniobra le deparaba. &lt;br /&gt;Tras los golpes reglamentarios, las grandes poleas en lo alto de la cabría empezaron a girar con lentitud, deslizándose por sus ranuras los delgados hilos de metal que iba enrollando en el gran tambor, carrete gigantesco, la potente máquina. Pasaron algunos instantes y de pronto una masa oscura chorreando agua surgió rápida del negro pozo y se detuvo a algunos metros por encima del brocal. Suspendido en una red de gruesas cuerdas sujeta debajo de la jaula balanceábase sobre el abismo con las patas abiertas y tiesas, un caballo negro. Mirado desde abajo en aquella grotesca postura asemejábase a una monstruosa araña recogida en el centro de tu tela. Después de columpiarse un instante en el aire descendió suavemente al nivel de la plataforma. Los obreros se precipitaron sobre aquella especie de saco, desviándolo de la abertura del pique, y Diamante libre en un momento de sus ligaduras se alzó tembloroso sobre sus patas y se quedó inmóvil, resoplando fatigosamente. &lt;br /&gt;Como todos los que se emplean en las minas, era un animal de pequeña alzada. La piel que antes fue suave, lustrosa y negra como el azabache había perdido su brillo acribillada por cicatrices sin cuento. Grandes grietas y heridas en supuración señalaban el sitio de los arreos de tiro y los corvejones ostentaban viejos esparavanes que deformaban los finos remos de otro tiempo. Ventrudo, de largo cuello y huesudas ancas, no conservaba ni un resto de la gallardía y esbeltez pasadas, y las crines de la cola habían casi desaparecido arrancadas por el látigo cuya sangrienta huella se veía aún fresca en el hundido lomo. &lt;br /&gt;Los obreros lo miraban con sorpresa dolorosa. ¡Qué cambio se había operado en brioso bruto que ellos habían conocido! Aquello era sólo un pingajo de carne nauseabunda buena para pasto de buitres y gallinazos. Y mientras el caballo cegado por la luz del mediodía permanecía con la cabeza baja e inmóvil, el más viejo de los mineros, enderezando el anguloso cuerpo, paseó una mirada investigadora a su alrededor. En su rostro marchito, pero de líneas firmes y correctas, había una expresión de gravedad soñadora y sus ojos, donde parecía haberse refugiado la vida iban y venían del caballo al grupo silencioso de sus camaradas, ruinas vivientes que, como máquinas inútiles, la mina lanzaba de cuando en cuando, desde sus hondas profundidades. &lt;br /&gt;Los viejos miraban con curiosidad a su compañero aguardando uno de esos discursos extraños e incomprensibles que brotaban a veces de los labios del minero a quien consideraban como poseedor de una gran cultura intelectual, pues siempre había en los bolsillos de su blusa algún libro desencuadernado y sucio cuya lectura absorbía sus horas de reposo y del cual tomaba aquellas frases y términos ininteligibles para sus oyentes.&lt;br /&gt;Su semblante de ordinario resignado y dulce se transfiguraba al comentar las torturas e ignominias de los pobres y su palabra adquiría entonces la entonación del inspirado y del apóstol. &lt;br /&gt;El anciano permaneció un instante en actitud reflexiva y luego, pasando el brazo por el cuello del inválido jamelgo, con voz grave y vibrante como si arengase a una muchedumbre exclamó: &lt;br /&gt;-¿Pobre viejo, te echan porque ya no sirves! Lo mismo nos pasa a todos. Allí abajo no se hace distinción entre el hombre y las bestias. Agotadas las fuerzas, la mina nos arroja como la araña arroja fuera de su tela el cuerpo exangüe de la mosca que le sirvió de alimento. ¡Camaradas, este bruto es la imagen de nuestra vida! Como él callamos, sufriendo resignados nuestro destino! Y, sin embargo, nuestra fuerza y poder son tan inmensos que nada bajo el sol resistiría su empuje. Si todos los oprimidos con las manos atadas a la espalda marchásemos contra nuestros opresores, cuán presto quebrantaríamos el orgullo de los que hoy beben nuestra sangre y chupan hasta la médula de nuestros huesos. Los aventaríamos, en la primera embestida, como un puñado de paja que dispersa el huracán. ¡Son tan pocos, es su hueste tan mezquina ante el ejército innumerable de nuestros hermanos que pueblas los talleres, las campiñas y las entrañas de la tierra! &lt;br /&gt;A medida que hablaba animábase el rostro caduco del minero, sus ojos lanzaban llamas y su cuerpo temblaba presa de intensa excitación. Con la cabeza echada atrás y la mirada perdida en el vacío, parecía divisar allá en lontananza la gigantesca ola humana, avanzando a través de los campos con la desatentada carrera del mar que hubiera traspasado sus barreras seculares. Como ante el océano que arrastra el grano de arena y derriba las montañas, todo se derrumbaba al choque formidable de aquellas famélicas legiones que tremolando el harapo como bandera de exterminio reducían a cenizas los palacios y los templos, esas moradas donde el egoísmo y la soberbia han dictado las inicuas leyes que han hecho de la inmensa mayoría de los hombres seres semejantes a las bestias: Sísifos condenados a una tarea eterna los miserables bregan y se agitan sin que una chispa de luz intelectual rasque las tinieblas de sus cerebros esclavos donde la idea, esa simiente, divina, no germinará jamás. &lt;br /&gt;Los obreros clavaban en el anciano sus inquietas pupilas en las que brillaba la desconfianza temerosa de la bestia que se ventura en una senda desconocida. Para esas almas muertas, cada idea nueva era una blasfemia contra el credo de servidumbre que les habían legado sus abuelos, y en aquel camarada cuyas palabras entusiasmaban a la joven gente de la mina, sólo veían un espíritu inquieto y temerario, un desequilibrado que osaba rebelarse contra las leyes inmutables del destino. &lt;br /&gt;Y cuando la silueta del capataz se destacó, viniendo hacia ellos, en el extremo de la cancha, cada cual se apresuró a empujar su carretilla mezclándose el crujir de las secas articulaciones al estirar los cansados miembros con el chirrido de las ruedas que resbalaban sobre los rieles. &lt;br /&gt;El viejo, con los ojos húmedos y brillantes, vio alejarse ese rebaño miserable y luego tomando entre sus manos la descarnada cabeza del caballo acaricióle las escasas crines, murmurando a media voz: &lt;br /&gt;-Adiós amigo, nada tienes que envidiarnos. Como tú caminamos agobiados por una carga que una leve sacudida haría deslizarse de nuestros hombros, pero que nos obstinamos en sostener hasta la muerte. &lt;br /&gt;Y encorvándose sobre su carretilla se alejó pausadamente economizando sus fuerzas de luchador vencido por el trabajo y la vejez. &lt;br /&gt;El caballo permaneció en el mismo sitio, inmóvil, sin cambiar de postura. El acompasado y lánguido vaivén de sus orejas y el movimiento de los párpados eran los únicos signos de vida de aquel cuerpo lleno de lacras y protuberancias asquerosas. Deslumbrado y ciego por la vívida claridad que la transparencia del aire hacía más radiante e intensa, agachó la cabeza, buscando entre sus patas delanteras u n refugio contra las luminosas saetas que herían sus pupilas de nictálope, incapaces de soportar otra luz que la débil y mortecina de las lámparas de seguridad. &lt;br /&gt;Pero aquel resplandor estaba en todas partes y penetraba victorioso a través de sus caídos párpados, cegándolo cada vez más; atontado dio algunos pasos hacia adelante, y su cabeza chocó contra la valla de tablas que limitaba la plataforma. Pareció sorprendido ante el obstáculo y enderezando las orejas olfateó el muro, lanzando breves resoplidos de inquietud; retrocedió buscando una salida, y nuevos obstáculos se interpusieron a su paso; iba y venía entre las pilas de madera, las vagonetas y las vigas de la cabría como un ciego que ha perdido su lazarillo. Al andar levantaba los cascos doblando los jarretes como si caminase aún entre las traviesas de la vía de un túnel de arrastre; y un enjambre de moscas que zumbaban a su alrededor sin inquietarse de las bruscas contracciones de la piel y el febril volteo del desnudo rabo, acosábalo encarnizadamente, multiplicando sus feroces ataques. &lt;br /&gt;Por su cerebro de bestia debía cruzar la vaga idea de que estaba en un rincón de la mina que aún no conocía y donde un impenetrable velo rojo que ocultaba los objetos que le eran familiares. &lt;br /&gt;Su estadía allí terminó bien pronto: un caballerizo se presentó con un rollo de cuerdas debajo del brazo y yendo en derechura hacia él, lo ató por el cuello y, tirando del ronzal, tomó seguido del caballo la carretera cuya negra cinta iba a perderse en la abrasada llanura que dilataba por todas partes su árida superficie hacia el límite del horizonte. &lt;br /&gt;Diamante cojeaba atrozmente y por su vieja y oscura piel corría un estremecimiento doloroso producido por el contacto de los rayos del sol, que desde la comba azulada de los cielos parecía complacerse en alumbrar aquel andrajo de carne palpitante para que pudieran sin duda distinguirlo los voraces buitres que, como puntos casi imperceptibles perdidos en el vacío, acechaban ya aquella presa que les deparaba su buena estrella. &lt;br /&gt;El conductor se detuvo al borde de una depresión del terreno. Deshizo el nudo que oprimía el fláccido cuello del prisionero una fuerte palmada en el anca para obligarlo a continuar adelante, dio media vuelta y se marchó por donde había venido. &lt;br /&gt;Aquella hondonada era cubierta por una capa de agua en la época de las lluvias, pero los calores del estío la evaporaba rápidamente. En las partes bajas conservábase algún resto de humedad donde crecían pequeños arbustos espinosos y uno que otro manojo de yerba reseca y polvorienta. En sitios ocultos había diminutas charcas de agua cenagosa, pero inaccesibles para cualquier animal por ágil y vigoroso que fuese. &lt;br /&gt;Diamante acosado por el hambre y la sed, anduvo un corto trecho, aspirando el aire ruidosamente. De vez en cuando ponía los belfos en contacto con la arena y resoplaba con fuerza, levantando nubes de polvo blanquecino a través de las capas inferiores del aire que sobre aquel suelo de fuego parecían estar en ebullición. &lt;br /&gt;Su ceguera no disminuía y sus pupilas contraídas bajo sus párpados sólo percibían aquella intensa llama roja que había sustituido en su cerebro a la visión ya lejana de las sombras de la mina. &lt;br /&gt;De súbito rasgo el aire un penetrante zumbido al siguió de inmediato un relincho de dolor, y el mísero rocín dando saltos se puso a correr con la celeridad que sus deformes patas y débiles fuerzas le permitían, a través de los matorrales y depresiones del terreno. Encima de él revoloteaban una docena de grandes tábanos de las arenas. &lt;br /&gt;Aquellos feroces enemigos no le daban tregua y muy pronto tropezó en una ancha grieta y su cuerpo quedó como incrustado en la hendidura. Hizo algunos inútiles esfuerzos para levantarse, y convencido de su impotencia estiró el cuello y se resignó con la pasividad del bruto a que la muerte pusiese fin a los dolores de su carne atormentada. &lt;br /&gt;Los tábanos, hartos de sangre, cesaron en sus ataques y lanzando de sus alas y coseletes destellos de pedrería hendieron la cálida atmósfera y desaparecieron como flechas de oro en el azul espléndido del cielo cuya nítida transparencia no empañaba el más tenue jirón de la bruma. &lt;br /&gt;Algunas sombras, deslizándose a ras del suelo, empezaron a trazar círculos concéntricos en derredor del caído. Allá arriba cerníase en el aire una veintena de grandes aves negras, destacándose el pesado aletear de los gallinazos el porte majestuoso de los buitres que con las alas abiertas e inmóviles describían inmensas espirales que iban estrechando lentamente en torno del cuerpo exánime del caballo. &lt;br /&gt;Por todos los puntos del horizonte aparecían manchas oscuras: eran rezagados que acudían a todo batir de alas al festín que les esperaba. &lt;br /&gt;Entre tanto el sol marchaba rápidamente a su ocaso. El gris de la llanura tomaba a cada instante tintes más opacos y sombríos. En la mina habían cesado las faenas y los mineros como los esclavos de la ergástula abandonaban sus lóbregos agujeros. Allá abajo se amontonaban en el ascensor formando una masa compacta, un nudo de cabezas, de piernas y de brazos entrelazados que fuera del pique se deshacía trabajosamente, convirtiéndose en una larga columna que caminaba silenciosa por la carretera en dirección de las lejanas habitaciones. &lt;br /&gt;El anciano carretillero, sentado en su vagoneta, contemplaba desde la cancha el desfile de los obreros cuyos torsos encorvados parecían sentir aún el roce aplastador de la roca en las bajísimas galerías. De pronto se levantó y mientras el toque de retiro de la campana de señales resbalaba claro y vibrante en la serena atmósfera de la campiña desierta, el viejo, con pesado y lento andar, fue a engrosar las filas de aquellos galeotes cuyas vidas tienen menos valor para sus explotadores que uno solo de los trozos de ese mineral que, como un negro río, fluye inagotable del corazón del venero. &lt;br /&gt;En la mina todo era paz y silencio, no se sentía otro rumor que el sordo y acompasado de los pasos de los obreros que se alejaban. La obscuridad crecía, y allá arriba en la inmensa cúpula brotaban millares de estrellas cuyos blancos, opalinos y purpúreos resplandores, lucían con creciente intensidad en el crepúsculo que envolvía la tierra, sumergida ya en las sombras precursoras de las tinieblas de la noche. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La compuerta número 12&lt;br /&gt;Baldomero Lillo&lt;br /&gt;De Sub terra&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pablo se aferró instintivamente a las piernas de su padre. Zumbábanle los oídos y el piso que huía debajo de sus pies le producía una extraña sensación de angustia. Creíase precipitado en aquel agujero cuya negra abertura había entrevisto al penetrar en la jaula, y sus grandes ojos miraban con espanto las lóbregas paredes del pozo en el que se hundían con vertiginosa rapidez. En aquel silencioso descenso sin trepidación ni más ruido que el del agua goteando sobre la techumbre de hierro las luces de las lámparas parecían prontas a extinguirse y a sus débiles destellos se delineaban vagamente en la penumbra las hendiduras y partes salientes de la roca; una serie interminable de negras sombras que volaban como saetas hacia lo alto.&lt;br /&gt;Pasado un minuto, la velocidad disminuyó bruscamente, los pies asentáronse con más solidez en el piso fugitivo y el pesado armazón de hierro, con un áspero rechinar de goznes y de cadenas, quedó inmóvil a la entrada de la galería. &lt;br /&gt;El viejo tomó de la mano al pequeño y juntos se internaron en el negro túnel. &lt;br /&gt;Eran de los primeros en llegar y el movimiento de la mina no empezaba aún. De la galería bastante alta para permitir al minero erguir su elevada talla, sólo se distinguía parte de la techumbre cruzada por gruesos maderos. Las paredes laterales permanecían invisibles en la oscuridad profunda que llenaba la vasta y lóbrega excavación. &lt;br /&gt;A cuarenta metros del pique se detuvieron ante una especie de gruta excavada en la roca. Del techo agrietado, de color de hollín, colgaba un candil de hoja de lata cuyo macilento resplandor daba a la estancia la apariencia de una cripta enlutada y llena de sombras. En el fondo, sentado delante de una mesa, un hombre pequeño, ya entrado en años, hacía anotaciones en un enorme registro.. Su negro traje hacía resaltar la palidez del rostro surcado por profundas arrugas. Al ruido de pasos levantó la cabeza y fijó una mirada interrogadora en el viejo minero, quien avanzó con timidez, diciendo con voz llena de sumisión y de respeto: &lt;br /&gt;-Señor, aquí traigo el chico. &lt;br /&gt;Los ojos penetrantes del capataz abarcaron de una ojeada el cuerpecillo endeble del muchacho. Sus delgados miembros y la infantil inconsciencia del moreno rostro en el que brillaban dos ojos muy abiertos como de medrosa bestezuela, lo impresionaron desfavorablemente, y su corazón endurecido por el espectáculo diario de tantas miserias, experimentó una piadosa sacudida a la vista de aquel pequeñuelo arrancado a sus juegos infantiles y condenado, como tantas infelices criaturas, a languidecer miserablemente en las humildes galerías, junto a las puertas de ventilación. Las duras líneas de su rostro se suavizaron y con fingida aspereza le dijo al viejo que muy inquieto por aquel examen fijaba en él una ansiosa mirada: &lt;br /&gt;-¿Hombre! Este muchacho es todavía muy débil para el trabajo. ¿Es hijo tuyo? &lt;br /&gt;-Sí, señor. &lt;br /&gt;-Pues debías tener lástima de sus pocos años y antes de enterrarlo aquí enviarlo a la escuela por algún tiempo. &lt;br /&gt;-Señor -balbuceó la voz ruda del minero en la que vibraba un acento de dolorosa súplica-. Somos seis en casa y uno solo el que trabaja, Pablo cumplió ya los ocho años y debe ganar el pan que come y, como hijo de mineros, su oficio será el de sus mayores, que no tuvieron nunca otra escuela que la mina. &lt;br /&gt;Su voz opaca y temblorosa se extinguió repentinamente en un acceso de tos, pero sus ojos húmedos imploraban con tal insistencia, que el capataz vencido por aquel mudo ruego llevó a sus labios un silbato y arrancó de él un sonido agudo que repercutió a lo lejos en la desierta galería. Oyóse un rumor de pasos precipitados y una oscura silueta se dibujó en el hueco de la puerta. &lt;br /&gt;-Juan -exclamó el hombrecillo, dirigiéndose al recién llegado- lleva este chico a la compuerta número doce, reemplazará al hijo de José, el carretillero, aplastado ayer por la corrida. &lt;br /&gt;Y volviéndose bruscamente hacia el viejo, que empezaba a murmurar una frase de agradecimiento, díjole con tono duro y severo: &lt;br /&gt;_He visto que en la última semana no has alcanzado a los cinco cajones que es el mínimum diario que se exige a cada barretero. Nol olvides que si esto sucede otra vez, será preciso darte de baja para que ocupe tu sitio otro más activo. &lt;br /&gt;Y haciendo con la diestra un además enérgico, lo despidió. &lt;br /&gt;Los tres se marcharon silenciosos y el rumor de sus pisadas fue alejándose poco a poco en la oscura galería. Caminaban entre dos hileras de rieles cuyas traviesas hundidas en el suelo fangoso trataban de evitar alargando o acortando el paso, guiándose por los gruesos clavos que sujetaban las barras de acero. El guía, un hombre joven aún, iba delante y más tras con el pequeño Pablo de la mano seguía el viejo con la barba sumida en el pecho, hondamente preocupado. Las palabras del capataz y la amenaza en ellas contenida habían llenado de angustia su corazón. Desde algún tiempo su decadencia era visible para todos; cada día se acercaba más el fatal lindero que una vez traspasado convierte al obrero viejo en un trasto inútil dentro de la mina. El balde desde el amanecer hasta la noche durante catorce horas mortales, revolviéndose como un reptil en la estrecha labor, atacaba la hulla furiosamente, encarnizándose contra el filón inagotable, que tantas generaciones de forzados como él arañaban sin cesar en las entrañas de la tierra. &lt;br /&gt;Pero aquella lucha tenaz y sin tregua convertía muy pronto en viejos decrépitos a los más jóvenes y vigorosos. Allí en la lóbrega madriguera húmeda y estrecha, encorvábanse las espaldas y aflojábanse los músculos y, como el potro resabiado que se estremece tembloroso a la vista de la vara, los viejos mineros cada mañana sentían tiritar sus carnes al contacto de la vena. Pero el hambre es aguijón más eficaz que el látigo y al espuela, y reanudaban taciturnos la tarea agobiadora, y la veta entera acribillada por mil partes por aquella carcoma humana, vibraba sutilmente, desmoronándose pedazo a pedazo, mordida por el diente cuadrangular del pico, como la arenisca de la ribera a los embates del mar. &lt;br /&gt;La súbita detención del guía arrancó al viejo de sus tristes cavilaciones. Una puerta les cerraba el camino en aquella dirección, y en el suelo arrimado a la pared había un bulto pequeño cuyos contornos se destacaban confusamente heridos por las luces vacilantes de las lámparas: era un niño de diez años acurrucado en un hueco de la muralla. &lt;br /&gt;Con los codos en las rodillas y el pálido rostro entre las manos enflaquecidas, mudo e inmóvil, pareció no percibir a los obreros que traspusieron el umbral y lo dejaron de nuevo sumido en la obscuridad. Sus ojos abiertos, sin expresión, estaban fijos obstinadamente hacia arriba, absortos tal vez, en la contemplación de un panorama imaginario que, como el miraje del desierto, atraía sus pupilas sedientas de luz, húmedas por la nostalgia del lejano resplandor del día. &lt;br /&gt;Encargado del manejo de esa puerta, pasaba las horas interminables de su encierro sumergido en un ensimismamiento doloroso, abrumado por aquella lápida enorme que abogó para siempre en él la inquieta y grácil movilidad de la infancia, cuyos sufrimientos dejan en el alma que los comprende una amargura infinita y un sentimiento de execración acerbo por el egoísmo y la cobardía humanos. &lt;br /&gt;Los dos hombres y el niño después de caminar algún tiempo por un estrecho corredor, desembocaron en una alta galería de arrastre de cuya techumbre caía una lluvia continua de gruesas gotas de agua. Un ruido sordo y lejano, como si un martillo gigantesco golpease sobre sus cabezas la armadura del planeta, escuchábase a intervalos. Aquel rumor, cuyo origen Pablo no acertaba a explicarse, era el choque de las olas en las rompientes de la costa. Anduvieron aún un corto trecho y se encontraron por fin delante de la compuerta número doce. &lt;br /&gt;-Aquí es -dijo el guía, deteniéndose junto a la hoja de tablas que giraba sujeta a un marco de madera incrustado en una roca. &lt;br /&gt;Las tinieblas eran tan espesas que las rojizas luces de las lámparas, sujetas a las viseras de las gorras de cuero, apenas dejaban entrever aquel obstáculo. &lt;br /&gt;Pablo, que no se explicaba ese alto repentino, contemplaba silencioso a sus acompañantes, quienes, después de cambiar entre sí algunas palabras breves y rápidas, se pusieron a enseñarle con jovialidad y empeño el manejo de la compuerta. El rapaz, siguiendo sus indicaciones, la abrió y cerró repetidas veces, desvaneciendo la incertidumbre del padre que tenía que las fuerzas de su hijo no bastasen para aquel trabajo. &lt;br /&gt;El viejo manifestó su contento, pasando la callosa mano por la inculta cabellera &lt;br /&gt;de su primogénito, quien hasta allí no había demostrado cansancio ni inquietud. &lt;br /&gt;Su juvenil imaginación impresionada por aquel espectáculo nuevo y desconocido se hallaba aturdida, desorientada. Parecíale a veces que estaba en un cuarto a oscuras y creía ver a cada instante abrirse una ventana y entrar por ella los brillantes rayos del sol., y aunque su inexperto corazoncito no experimentaba ya la angustia que le asaltó en el pozo de bajada, aquellos mimos y caricias a que no estaba acostumbrado despertaron su desconfianza. &lt;br /&gt;Una luz brilló a lo lejos en la galería y luego se oyó el chirrido de las ruedas sobre la vía, mientras un trote pesado y rápido hacía retumbar el suelo. &lt;br /&gt;-¡Es la corrida! -exclamaron a un tiempo los dos hombres. &lt;br /&gt;-Pronto, Pablo -dijo el viejo-, a ver cómo cumples tu obligación. &lt;br /&gt;El pequeño con los puños apretados apoyó su diminuto cuerpo contra la hoja que cedió lentamente hasta tocar la pared. Apenas efectuada esta operación, un caballo oscuro, sudoroso y jadeante, cruzó rápido delante de ellos, arrastrando un pesado tren cargado de mineral. &lt;br /&gt;Los obreros se miraron satisfechos. El novato era ya un portero experimentado, y el viejo, inclinando su alta estatura, empezó a hablarle zalameramente: él no era ya un chicuelo, como lo que quedaban allá arriba que lloran por nada y están siempre cogidos de las faldas de las mujeres, sino un hombre, un valiente, nada menos que un obrero, es decir, un camarada a quien había que tratar como tal. Y en breves frases le dio a entender que les era forzoso dejarlo solo; pero que no tuviese miedo, pues había en la mina muchísimos otros de su edad, desempeñando el mismo trabajo; que él estaba cerca y vendría a verlo de cuando en cuando, y una vez terminada la faena regresarían juntos a casa. &lt;br /&gt;Pablo oía aquello con espanto creciente y por toda respuesta se cogió con ambas manos de la blusa del minero. Hasta entonces no se había dado cuenta exacta de lo que se exigía de él. El giro inesperado que tomaba lo que creyó un simple paseo, le produjo un miedo cerval, y dominado por un deseo vehementísimo de abandonar aquel sitio, de ver a su madre y a sus hermanos y de encontrarse otra vez a la claridad del día, sólo contestaba a las afectuosas razones de su padre con un ¡vamos! quejumbroso y lleno de miedo. Ni promesas ni amenazas lo convencían, y el ¡vamos, padre!, brotaba de sus labios cada vez más dolorido y apremiante. &lt;br /&gt;Una violenta contrariedad se pintó en el rostro del viejo minero; pero al ver aquellos ojos llenos de lágrimas, desolados y suplicantes, levantados hacia él, su naciente cólera se trocó en una piedad infinita: ¡era todavía tan débil y pequeño! Y el amor paternal adormecido en lo íntimo de su ser recobró de súbito su fuerza avasalladora. &lt;br /&gt;El recuerdo de su vida, de esos cuarenta años de trabajos y sufrimientos se presentó de repente a su imaginación, y con honda congoja comprobó que de aquella labor inmensa sólo le restaba un cuerpo exhausto que tal vez muy pronto arrojarían de la mina como un estorbo, y al pensar que idéntico destino &lt;br /&gt;aguardaba a la triste criatura, le acometió de improviso un deseo imperioso de disputar su presa a ese monstruo insaciable, que arrancaba del regazo de las madres los hijos apenas crecidos para convertirlos en esos parias, cuyas espaldas reciben con el mismo estoicismo el golpe brutal del amo y las caricias &lt;br /&gt;de la roca en las inclinadas galerías. &lt;br /&gt;Pero aquel sentimiento de rebelión que empezaba a germinar en él se extinguió repentinamente ante el recuerdo de su pobre hogar y de los seres hambrientos y desnudos de los que era el único sostén, y su vieja experiencia le demostró lo insensato de su quimera. La mina no soltaba nunca al que había cogido, y como eslabones nuevos que se sustituyen a los viejos y gastados de una cadena sin fin, allí abajo los hijos sucedían a los padres, y en el hondo pozo el subir y bajar de aquella marca viviente no se interrumpiría jamás. Los pequeñuelos respirando el aire emponzoñado de la mina crecían raquíticos, débiles, &lt;br /&gt;paliduchos, pero había que resignarse, pues para eso habían nacido. &lt;br /&gt;Y con resuelto ademán el viejo desenrolló de su cintura una cuerda delgada y fuerte y a pesar de la resistencia y súplicas del niño lo ató con ella por mitad del cuerpo y aseguró, en seguida, la otra extremidad en un grueso perno incrustado en la roca. Trozos de cordel adheridos a aquel hierro indicaban que no era la primera vez que prestaba un servicio semejante. &lt;br /&gt;La criatura medio muerta de terror lanzaba gritos penetrantes de pavorosa angustia, y hubo que emplear la violencia para arrancarla de entre las piernas del padre, a las que se había asido con todas sus fuerzas. Sus ruegos y clamores llenaban la galería, sin que la tierna víctima, más desdichada que el bíblico &lt;br /&gt;Isaac, oyese una voz amiga que detuviera el brazo paternal armado contra su propia carne, por el crimen y la iniquidad de los hombres. &lt;br /&gt;Sus voces llamando al viejo que se alejaba tenían acentos tan desgarradores, tan hondos y vibrantes, que el infeliz padre 
